DOS ERRORES BÁSICOS QUE SON DIFERENTES

Parashá SHELAJ

En su libro Shévet Yehudá, Rabí Shelomó Ibn Verga asume la hipótesis de la existencia de dos factores fundamentales que determinan el destino del individuo y de la sociedad. Por un lado está el elemento religioso, el cumplimiento de las ordenanzas de la Torá, pero al mismo tiempo hay efectos que son la consecuencia de decisiones de carácter sociopolítico. Según Yehudá Haleví, el pueblo judío había gozado de una estructura sociopolítica superior y por ello fue escogido por Dios para recibir la Torá. La Torá no fue entregada en un vacío: el comportamiento del judío había sido de un orden diferente al de otros y por ello era merecedor de la deferencia Divina. En este sentido, los jajamim opinan que los patriarcas observaban todos los preceptos de la Torá con anterioridad a su revelación en el Sinaí, de tal manera que sus descendientes siempre habían exhibido un comportamiento altamente moral.

De acuerdo con Maimónides, el incumplimiento de los mandatos Divinos trae como consecuencia el castigo de karet, que quiere decir “ser cortado”, imposibilitado de ser incorporado al Olam Habá, el “mundo por venir”, mientras que la persona que pasa por el proceso de Teshuvá, la que se arrepiente de sus transgresiones, es recompensada con el Olam Habá. En cambio, las violaciones de orden sociopolítico reciben el castigo en este mundo y el arrepentimiento por estas faltas conduce a una era mesiánica. De esta forma, la era mesiánica y el Olam Habá son dos conceptos diferentes: así entiende el profesor Jose Faur el sentir de Maimónides.

El incumplimiento de un mandato de índole religioso produce un castigo que trasciende el mundo terrenal y se cumple en el más allá, mientras que los errores sociopolíticos repercuten en la vida cotidiana. Por ejemplo, los pecados de carácter nacional, cuando el liderazgo asume políticas equivocadas, son errores que pueden conducir al exilio del pueblo.

En nuestro texto bíblico leemos acerca de la equivocada decisión de los emisarios que Moshé envió a indagar sobre las condiciones en la Tierra Prometida. Su conclusión negativa sobre la posibilidad de la conquista de esas tierras constituía un error sociopolítico: era el resultado de una falta de confianza en su fuerza propia y una clara demostración de que aún no se habían despojado de la mentalidad propia del esclavo. El liderazgo del pueblo argumentó que había que desistir de emprender la conquista porque las ciudades estaban muy bien fortificadas y sus habitantes eran gigantes.

Los meraglim, los mencionados espías, también mostraron su falta de fe en la promesa Divina dada a los patriarcas y repetida varias veces en la Torá. Dios los conduciría a la tierra de sus antepasados para que allí pudieran vivir de acuerdo con los preceptos que les habían sido revelados en el monte Sinaí. Por ello, los jajamim opinan que los meraglim también perdieron el derecho a ser incorporados en el Olam Habá.

Las faltas de orden religioso tienen arreglo mediante la Teshuvá. As yom motó ajaké lo, “Dios está dispuesto a aceptar el arrepentimiento en cualquier momento”, incluido el día del deceso del individuo. Pero, ¿cómo se puede hacer Teshuvá en el caso de un error de carácter nacional? Por el pecado de los meraglim, los hebreos deambularon por el desierto durante cuarenta largos años hasta que fallecieran todos aquellos que habían salido de Egipto con una edad mayor a veinte años. La mentalidad esclava era incompatible con la valentía y la iniciativa, la temeridad, fe y esperanza necesarias para construir una nación en la Tierra Prometida.

Cabe destacar que el primer Beit HaMikdash fue reconstruido mientras que el segundo Beit HaMikdash aún no tiene sucesor. ¿Por qué? Tal vez la respuesta resida en el hecho de que las faltas que condujeron a la destrucción del primero eran de orden religioso: la continua presencia de la idolatría. Los pecados de la época del segundo Beit HaMikdash tenían que ver con la enemistad gratuita, la envidia y la codicia, pecados de un orden social cuyo castigo se concreta en este mundo.

DIFERENTES ASPECTOS DEL MISHKÁN

Parashá BEHAALOTEJÁ

Los Kohanim habían sido consagrados al servicio de Dios: era el turno del resto de la tribu de Leví. La Torá recuerda que esta tribu fue escogida en sustitución de los primogénitos que habían participado en el episodio del Éguel Haza- hav, hecho que los descalificó para integrar el liderazgo religioso.

Con esta consagración se podía dar inicio a las actividades del Mishkán. Por ello, resulta tardío el relato de la consagración de los Levitas, hecho que conduce a opinar, no obstante, que nos encontremos en la sección de Bemidbar. Esta consagración se produjo inmediatamente después del levantamiento del Mishkán, siguiendo el principio Ein mukdam umeujar baTorá, “la Torá no sigue un orden cronológico”.

¿Cuál era la función del Mishkán? Originalmente, el propósito de esta construcción era dar albergue a la Shejiná, la Presencia Divina. Tal como reza el texto bíblico, Veasú li Mikdash veshajantí betojam, “Y me harán un Tabernáculo y residiré entre ellos”. Esta circunscripción de la Presencia de Dios en un lugar específico, debe entenderse como la obligación de “servir” a Dios en cualquier lugar donde se encuentre. Siendo el Mishkán, el paradigma de la Presencia de Dios dentro del pueblo.

Al mismo tiempo, el Mishkán era el repositorio de las Lujot: las dos Tablas con su grabado de los Diez Mandamientos que Moshé había recibido en el monte Sinaí. De tal manera que también servía para el encuentro continuo entre Moshé y Dios. De acuerdo con esta percepción la tribu de Leví no tiene un papel trascendental en el Mishkán. Forman parte de los elementos, humanos y materiales, que allí se encuentran.

Pero hay otra función que debe desempeñar el Mishkán, como el sitio céntrico donde el pueblo puede expresar su religiosidad e ir al encuentro con el Creador. ¿Cómo se expresó la interacción del pueblo con Dios? Por medio del Korbán: el sacrificio. En este sentido, el Kohén desempeña un rol fundamental.

Nos encontramos frente a un doble rol del Mishkán. Por un lado sirve de “residencia” para Dios, para que se encuentre “cercano” al pueblo que extrajo de la esclavitud egipcia. De acuerdo con esta función del Mishkán, el actor principal, quien inicia la relación es Dios. Cuando se lo ve como el lugar de la ofrenda, es el ser humano quien inicia el acercamiento a Dios.

En la Parashá Bemidbar se describió la ubicación del Mishkán durante la travesía por el desierto. El campamento hebreo consistió de cuatro flancos en los diferentes sentidos cardinales donde hacían residencia tres tribus diferentes en cada lado. El Mishkán fue ubicado en el centro del campamento donde estaba resguardado en sus alrededores por la tribu de Leví. Quienes tenían el acceso inmediato al recinto sagrado eran los Kohanim y los Leviyim, pero no se debe olvidar que ellos a su vez estaban rodeados por el pueblo entero.

La presencia de la “Nube Divina” que descansaba sobre el Mishkán impedía que Moshé penetrara ese recinto, de acuerdo con el primer relato de la construcción del Tabernáculo. Ahora se nos informa que la posición de la “Nube Divina” servía para alertar acerca del momento del cese y del comienzo de la travesía por el desierto. Inicialmente la Torá hace hincapié en el rol del Mishkán en la relación de Moshé con Dios. Ahora se nos informa que el Mishkán desempeñaba un rol que incluía a todo el pueblo en su afán de pro- curar un acercamiento con el Creador.

Mientras que Moshé tenía encuentros íntimos con Dios, hablaban Panim el Panim, y los Kohanim oficiaban durante los sacrificios; la función de la tribu de Leví era más mundana. Su tarea consistía en desmontar, cargar y nuevamente erigir el Tabernáculo durante los desplazamientos en el desierto. Por ello, por su vocación de servicio, los Leviyim siempre estuvieron muy cercanos al pueblo. En efecto, de acuerdo con el texto bíblico, todo el pueblo participó en su consagración.

LA RUTA TRAZADA POR RUT

Parashás NASÓ

Estos capítulos generalmente corresponden con la celebración de la festividad de Shavuot, que conmemora un aniversario del día en el cual el pueblo hebreo recibió la Torá en el monte Sinai. El héroe humano central de esta saga que tiene la mayor significación espiritual es Moshé; sin embargo, la Meguilá, el libro bíblico leído en este día lleva el nombre de una mujer, Rut.

Entre otras razones, se lee Meguilat Rut por el hecho de que esta mujer optó voluntariamente por el judaísmo, actitud que apunta a que en cada generación toda persona debe optar conscientemente por la Torá, tal como lo hizo Rut.

Empezando con Javá, la mujer que incita al primer hombre, Adam, comer del fruto prohibido, la Torá desnuda algunos aspectos negativos del carácter femenino. La segunda matriarca, Rivká, se constituye en el factor determinante para que Yaacov asuma la sucesión del anciano y ciego patriarca Yitsjak. Se vale del estratagema y el aparente engaño para encauzar los hechos porque reconoce que Esav carece las apropiadas cualidades para promover los valores espirituales del Monoteísmo.

Más aun, la profesora Yael Shemesh señala que la fraternidad entre mujeres no es común en la Biblia. La competencia y la contención entre las mujeres en el texto bíblico son cotidianas. Hagar era la rival de Sará, las hermanas Rajel y Leá disputaban el turno para compartir el lecho con Yaacov. En cambio, la íntima relación entre Naomí y su nuera Rut inspiró su excepcional pronunciamiento: “Tu Dios es mi Dios, tu pueblo es mi pueblo, donde tu vayas, iré”. En este sentido encontramos que dos mujeres, Shifrá y Puá, arriesgaron su vida al salvar a los recién nacidos de la sentencia de muerte que el Faraón había emitido durante el período de la esclavitud egipcia. Este fue el primer acto de rebelión y valentía contra el yugo egipcio, sirvió como ejemplo para la mentalidad esclava que caracterizó a los hebreos, quienes en varias oportunidades rechazaron el liderazgo de Moshé y Aharón por temor a las represalias de sus capataces. En cambio, otra mujer, Miryam, hermana de Aharón y Moshé, se alió con la hija del Faraón egipcio para salvar al infante Moshé, que navegaba las aguas del Nilo en una cesta.

El caso de Naomí y Rut es meritorio, pese a que habían compartido el amor de Majlón, hijo de Naomí y esposo de Rut. Aunque la relación madre-hijo y esposa-esposo debería ser diferente, la realidad enseña que, en muchas ocasiones, el conflicto estalla entre las personas que están involucradas en tal relación. Más aun, en nuestro caso, Naomí asistió a Rut para establecer una nueva relación con otro hombre, Bóaz, el hacendado que luego la esposaría y con quien procrearía una distinguida descendencia que incluye al rey David, el más prominente de los monarcas y progenitor del Mashíaj. Los ancianos del pueblo bendijeron a Bóaz con el voto de que el Señor hiciera que la mujer que estaba introduciendo a su hogar, Rut, fuera como Rajel y Leá.

Hacemos referencia a las matriarcas, a las mujeres que compartían una misión sagrada con los patriarcas, conscientes de un cometido de una dimensión histórica: la tarea de forjar una nación cuya tarea fundamental consistiirá en iluminar a la humanidad acerca de la existencia del Dios único, creador del universo, responsable de la existencia futura de ese mundo, que dependerá de un comportamiento humano ajustado a un conjunto de normas.  Normas que ya estaban siendo practicadas por los padres de la nación pero que serían especificadas y consagradas en el momento histórico preciso: la Revelación en el monte Sinai.

De tal manera que, por un lado, la “conversión” de Rut al judaísmo, la ruta trazada por su vida, apunta al hecho de que cada persona debe “renovar” su pacto con Dios y las Mitsvot en Shavuot y, al mismo tiempo, destaca el imperativo de la toma de conciencia acerca de la responsabilidad individual para asegurar el futuro del pueblo cuyo estandarte es la Torá.

EL ESPACIO ESPIRITUAL

Parashá BAMIDBAR

Or Hajayim, penetrante comentarista de la Torá, cuestiona el orden que se encuentra en el principio del texto bíblico que declara que Dios habló con Moshé en el desierto de Sinai, en el Óhel Moed, la “Carpa de reunión”, en el primer día del segundo mes del segundo año después del éxodo de Egipto. De acuerdo al estilo usual de la Torá, esto implicaría que el desierto se encuentra dentro de la carpa de reunión y la realidad es lo contrario: el Óhel Moed estaba en el desierto. Porque la Torá generalmente menciona un lugar específico que luego ubica dentro de un contexto general.

De acuerdo con los jajamim, el Óhel Moed era un lugar excepcional porque los seiscientos mil hebreos que habían salido de Egipto cabían entre los dos extremos del Arón que guardaba las dos Tablas de la Ley, que a su vez estaba dentro de esa “Carpa de Reunión”. Esto quiere decir que aunque el Óhel Moed estaba en el desierto, desde cierto prisma, era más vasto que el lugar que lo albergaba. El Óhel Moed tenía una capacidad ilimitada. El desierto es grande, enorme; pero el Óhel Moed es ilimitado.

Yosef Kalatsky cita el ejemplo de Radin, Polonia, la aldea donde nació y vivió Rabí Israel Meir HaCohen Kagan, conocido como Jafets Jayim, el célebre erudito autor de Mishná Berurá. Esta aldea no aparece en un mapa de Europa donde se pueden ubicar de manera prominente las grandes capitales tales como París, Londres, Madrid, etc., porque físicamente es muy pequeña. Sin embargo, en un mapa judío espiritual, Radin luce más imponente que las capitales, debido al aporte intelectual de este sabio. De acuerdo con el espacio físico, Radin lucía insignificante, pero cuando el parámetro para la medida era el valor espiritual, esta aldea destellaba.

Reb Jayim de Volozhin, abuelo de mi maestro J. B. Soloveitchik, comenta la Mishná en Pirkei Avot que afirma que el mundo está anclado sobre tres principios: Torá, el estudio y cumplimiento de las Mitsvot; Avodá, el servicio a Dios que en la actualidad se cumple a través de la Tefilá, la oración; y Guemilut Jasadim (las acciones de benevolencia y solidaridad con el prójimo). Está claro que no existe límite alguno para el cumplimiento de estos tres principios fundamentales. La noción de haber estudiado suficiente Torá es obviamente errónea. El estudio no tiene límite, lo mismo que la plegaria y las buenas acciones.

Reb Jayim cuestiona: ¿Cómo puede una persona de escasos recursos cumplir con Guemilut Jasadim a cabalidad, cuando sus posibilidades económicas son muy limitadas? Cita al Talmud, que testimonia que una Voz Celestial emanó desde Sinai que afirmó que el mundo se sostiene “debido al mérito de Mi hijo Rabí Janiná ben Dosá”. El Talmud también relata que Janiná era sumamente humilde y pobre, se mantenía de Shabat a Shabat con una simple verdura. Dada su carencia de recursos económicos, ¿Cómo podía Janiná cumplir con el principio básico de Guemilut Jasadim?

Reb Jayim responde que según el Talmud, la existencia del mundo es una función de la rectitud, santidad y mérito de Janiná. De tal manera que los grandes filántropos debían sus fortunas a la conducta ejemplar de Janiná, porque su comportamiento era la razón para que el mundo fuese una realidad. De cierto modo, Janiná permitió la práctica de Guemilut Jasadim de todos.

El cuarto tomo de la Torá que inicia nuestro texto incluye un censo del pueblo judío. En el lenguaje de la Torá se debe contar las “cabezas” para llegar a la cifra final y la “cabeza” contiene al cerebro humano, el cual a través de las ideas y pensamientos, experiencias y vivencias que almacena, identifica al individuo y lo diferencia de otras personas.

Mientras el censo matemático cuantifica el número, un censo espiritual revela la sensibilidad y lealtad, moralidad y valores, y sobre todo toma en cuenta a la persona, su sinceridad y aspiraciones individuales.

RECORDANDO EL PACTO CON LOS PATRIARCAS

BEJUKOTAI parashá

Los últimos capítulos de esta sección cierran el tercer libro de la Torá, Vayikrá. Apropiadamente, el texto bíblico insiste en el cumplimiento de las Mitsvot, incluso la observancia de los Jukim, las leyes que carecen de una explicación lógica inmediata. A diferencia del pensamiento griego, la Torá insiste, ante todo, en el cumplimiento de la norma, porque para entender cabalmente la razón detrás del instructivo Divino, es preciso observar y cumplir la Mitsvá. Tal como el caso del Shabat, para entender su significado y cómo afecta la vida completa de la persona, es menester primero vivir de acuerdo con las normas de ese día sagrado.

La Torá también vaticina el sufrimiento y el castigo que acompañarán la desobediencia. Los enemigos de Israel serán más fuertes, porque la fuerza física también es una función de la energía espiritual. Incluso la tierra no tolerará a quienes la habitan pero no cumplen con las normas. Finalmente serán expulsados de la tierra, como fue el caso de los idólatras que la habitaron anteriormente.

En medio de las letanías que enumeran los diversos castigos que resultarán de la desobediencia, aparece el versículo que reza: “Y me acordaré de Mi Brit (pacto) con Yaacov, Mi Brit con Yitsjak e incluso Mi Brit con Avraham recordaré, y recordaré la tierra”. La Torá señala que en medio de la oscuridad causada por la desobediencia, siempre existirá el recuerdo del pacto con los patriarcas como un punto de referencia para el retorno al sendero correcto.

Al reflexionar sobre las vidas de los patriarcas sale a relucir la individualidad de estos personajes. Cada uno de ello aportó elementos originales que sirvieron de fundamento para el judaísmo. Avraham se distinguió por Guemilut Jasadim, la relación solidaria con el prójimo. Yitsjak enseñó, con el ejemplo de su persona, la disposición al sacrificio y al culto Divino. Yaacov, padre de las doce tribus, destacó la importancia de la familia y del estudio de la Torá como la característica que distingue al pueblo judío. Perdura el judaísmo, efectivamente, debido al estudio de la Torá.

Está claro que Yitsjak también practicó el Guemilut Jasadim de Avraham y Yaacov cumplió tanto con este principio como con el ejemplo de Avodat HaShem de Yitsjak. De manera que el judaísmo se fue profundizando con cada uno de los patriarcas, siendo Yaacov el Ish Tam, el hombre más completo.

Al revisar la frase que interrumpe el listado de los castigos, se nota que empieza con “Y recordaré mi pacto con Yaacov…”. Menciona primero al tercer patriarca y sucesivamente a los otros, hasta llegar a Avraham. La intención de la Torá, tal vez, es decir que el mérito de Avraham es suficiente, no obstante que su descendencia profundizó aún más el judaísmo. Para algunos, la mención de la “tierra” al final del versículo subraya el mérito de estar residenciado en la tierra de Israel.

Por ultimo señalamos que un “acuerdo” tiene vigencia cuando ambas partes cumplen con lo acordado, cuando cada quien cumple lo que había prometido. Por ello, un “acuerdo” puede ser invalidado o puede cesar si las condiciones iniciales que condujeron al arreglo pierden su vigencia. El caso del Brit es diferente. Es un arreglo de por vida, no hay manera de eludir la responsabilidad de ese pacto.

El “acuerdo” entre Dios y el pueblo judío no está sujeto al tiempo: es un pacto eterno. Por ello, aunque el pueblo se desvíe momentáneamente del sendero correcto, el Brit continuará vigente. No se puede renunciar al judaísmo y quien nace judío no puede escoger un estado personal diferente, porque cuando no observa las Mitsvot, las está incumpliendo, pero no cesa de ser judío.

La promesa Divina consiste en el mantenimiento del Brit con el pueblo judío, Brit que fue repetido en el monte Sinaí y que los judíos de la época de Ester y Mordejai reafirmaron. La historia del judaísmo recoge épocas de persecución y dolor, de tortura y asesinato. No obstante este pasado de frecuente sufrimiento, el moderno Estado de Israel es una ratificación del Brit entre Dios y el pueblo judío. Efectivamente es Reshit Tsemijat Gueulatenu, “el principio de nuestro renacimiento y redención”.

EL DUEÑO AUTÉNTICO DE LAS TIERRAS

Parashá Behar

A diferencia de las costumbres de la época, la Torá afirma que los hebreos no deberían ser esclavos de otras personas sino siervos de Dios, que los liberó de la esclavitud egipcia. Tomando en cuenta que el éxodo de Egipto era tan sólo el primer paso de un proceso que incluiría la revelación en el monte Sinaí y culminaría con la conquista de la tierra de Israel, incluso la tierra le pertenece a Dios. Por ello, las leyes de Shemitá y Yovel instruyen que la tierra debe “descansar” cada siete años: después de tal período se debe declarar el “año jubilar”, en el cual las tierras deben ser devueltas a sus dueños originales. Porque en última instancia, el Creador es el dueño de las tierras, es quien las dota de energía para que broten los alimentos de sus entrañas. Al dejar de utilizar la tierra mediante los trabajos agrícolas, el hombre reconoce que quien posee la tierra es otro. Es Dios. Durante los períodos de “descanso”, el producto de la tierra estaba destinado a los pobres y a los animales, de acuerdo con el instructivo de Dios, el Creador de las tierras.

Los años de Shemitá y Yovel servían para “igualar” la sociedad, porque tanto ricos como pobres podían alimentarse libremente de los frutos que brotaban de la tierra.

Incluso las deudas de los pobres eran perdonadas para que pudieran empezar de nuevo, sin carga alguna del pasado. Durante el año jubilar, en particular, todos los esclavos eran liberados y podían rehacer sus vidas, sin desventaja frente a su prójimo.

Cuando Avraham desea adquirir una propiedad que pueda servir de descanso para los restos mortales de su esposa Sará, el patriarca se auto califica como Guer vetoshav, “extraño y residente”. Esta expresión alude al aspecto transitorio del individuo, quien por un lado desea adquirir la tierra como una propiedad personal, pero al mismo tiempo está consciente de su transitoriedad en el tiempo y sabe que el único dueño permanente de las tierras es el Creador.

Cuando los recursos de la sociedad dependen básicamente de la agricultura y ganadería, las leyes de Shemitá y Yovel sirven para nivelar las diferencias económicas y sociales. Se impide también la transferencia permanente de las tierras, de tal manera que la división original de la Tierra de Israel entre las doce tribus se pudo mantener por muchos años. Este hecho está reflejado en el episodio de las hijas de Tselofjad, a quienes Moshé aconsejó que se casaran con hombres pertenecientes a su tribu, de tal manera que la herencia de Tselofjad no pasara a otra tribu.

Menahem Ben-Yashar menciona dos episodios en los libros bíblicos de Rut y Yirmiyahu, en los cuales sale a relucir la devolución de las tierras a sus dueños originales.  Yirmiyahu se interesa por las tierras de Anatot no obstante su cercanía a Yerushaláyim, que estaba sitiada. Fue una demostración de su confianza y fe en que la ciudad sagrada volvería a su gloria anterior. Mientras en el libro de Rut, el matrimonio de esta viuda con Boaz está relacionado con las tierras que había heredado de su primera suegra, Naomí. La familia había empobrecido y Boaz aportó los recursos para redimir las tierras y asegurar que estas permanecieran en el seno de la misma familia.

La sociedad actual es muy competitiva, estimula el enriquecimiento y produce grandes diferencias económicas. Algunos sectores prosperan mientras que otros no avanzan, o más bien retroceden materialmente, de tal manera que la brecha entre estos grupos sociales se profundiza. Por un lado, el avance de la sociedad, en todos los campos, depende del empeño y el trabajo, tanto intelectual y espiritual, como material de sus integrantes, y por otro lado, las diferencias estimulan el celo y la envidia que conducen al antagonismo y al conflicto.

La Torá utilizó las leyes de Shemitá y Yovel para aminorar el avance de estas diferencias. El mundo moderno todavía no ha creado un sistema que sirva de aliciente y estímulo para el desarrollo, y que también frene la brecha entre los que tienen de todo y quienes carecen de casi todo.

My interview with Paul Coyer of PROVIDENCE MAG

A Conversation with Pynchas Brener, Chief Rabbi of Venezuela

The Jewish community in Venezuela, although relatively small, has nevertheless had an outsized impact on the country, as it tends to do in most countries of the world in which the Jewish diaspora have a presence. One of the primary leaders of the Jewish community in Venezuela for several decades has been Rabbi Pynchas Brener, who served as chief rabbi of Venezuela from 1967 until his emigration to Miami in 2011. He remains rabbi emeritus at Unión Israelita de Caracas.

He has authored several books in Spanish on Judaism and is well published over the years in major Venezuelan newspapers such as the leading opposition paper El NacionalEl Universal, and the Venezuelan-Jewish weekly paper Nuevo Mundo Israelita. Rabbi Brener remains active in ministry, and his faith-based talks can be found in both English (labeled “Coffee and Faith”) and in Spanish on his personal website: www.pynchasbrener.com/

Rabbi Brener was born in Poland in 1931 and emigrated with his parents to Peru in 1935 as the anti-Semitism of the Nazis was beginning to make itself felt in Europe. He is a scholar, with graduate degrees from Colombia University (MA) and Bar Ilan University in Israel (PhD), and has been a role model in spiritual and civic leadership over many decades, playing a hugely influential role in Venezuelan civil society, as well as in political life, with his support being sought by every Venezuelan president and senior political leader until Hugo Chávez’s coming to power began to cause a noticeable shift in the relationship between synagogue and state.

Over the past couple of weeks, I have had a series of conversations with Rabbi Brener about the history of the Jewish community in Venezuela, the role it has played both prior to and during the period of Chavismo, and his hopes for his nation’s future.


Paul Coyer: Rabbi Brener, can you briefly summarize for us the history of Judaism in Venezuela?

Rabbi Brener: Certainly. The first Jews to arrive in Venezuela were Dutch Jews from Amsterdam (as well as some from Spain and Portugal) who came to the Caribbean through the Dutch Caribbean colony of Curacao, which is the oldest Jewish community in the Americas. The synagogue there was founded in the 1670s. From Curacao, they migrated to the city of Coro on the Venezuelan mainland, which is only a short distance from Curacao, and from there moved further into the interior of Venezuela. Incidentally, there is a link between the Curacao Jews and those of the United States, as well. In the latter half of the 1600s, small groups of Jews migrated to Rhode Island, which was founded for the purpose of protecting religious freedom. One of the groups of Jews to migrate there was a group from Curacao, which arrived in 1694, and added significantly to the fledgling community. The Jewish community there sometime afterward requested help from the synagogue in Curacao in building a synagogue, which was built in Newport, Rhode Island, in 1763. It still exists and is the oldest synagogue in the United States.

Gradually, the Jewish population of Venezuela grew. The 1930s saw an influx of Ashkenazi Jews fleeing Hitler and the anti-Semitism in Eastern Europe, as did my own family, which immigrated to Peru. More came in the aftermath of the Second World War. After the 1967 war, an influx of Sephardic Jews came from the Middle East and North Africa, primarily from Morocco, further bolstering Jewish numbers. Venezuela’s burgeoning economy, stable political life, and thriving civil society were a magnet to immigrants from all over the world at the time. The tolerant nature of Venezuelan society added to the attraction Venezuela held for Jews. By the 1990s, there were approximately 25,000 Jews living in Venezuela, with numerous synagogues as well as Jewish schools and cultural and civic centers. One of those civic centers is Club Hebraica, which was built in the 1970s and is a social, cultural, and sports club. Despite the turmoil in Venezuela, it continues to remain open and provides limited service to the community, having electrical generators and, therefore, water. It has allowed Venezuelans in limited numbers (so it is not overwhelmed) to come into its premises and do things such as shower, charge their smartphones, and attempt to communicate with friends and relatives abroad.

Paul Coyer: You have said that Jewish civil society organizations have had an outsized influence in Venezuela, and there are also numerous examples of civil society organizations in Venezuela which have done very good work and were not Jewish, per se, but were nevertheless begun and/or headed by Jews, correct? Tell me a bit about their involvement in meeting the needs of the broader society.

Rabbi Brener: That is correct. One such organization that still exists is called Santa Ana, which ministers to orphans. Another, which I headed, is called Conciencia Activa, or “Active Conscience.” The Jews of Venezuela tend to eschew political labels but are for certain principles such as equal opportunity, freedom to work, personal security, private property, free-market economics, helping the poor, and sharing with others. They help not only other Jews but have programs to help the poor in general that include food distribution, and have remained active as much as possible even in the current environment.

Paul Coyer: Jews are accustomed to anti-Semitism—it has followed them throughout their history. You have mentioned the tolerant nature of Venezuelan society, however—the lack of anti-Semitism in Venezuela that made it such a hospitable place for the Jewish community to thrive. Can you describe that a bit here and explain the manner in which things changed due to the rise of Chavismo?

Rabbi Brener: Well, as you said, historically there has been virtually no anti-Semitism among the Venezuelan people themselves, and Venezuela has, indeed, been a very hospitable place, both for Jews and for many others. The people remain a very tolerant and open people, which is one of the reasons I have always been so proud to be a Venezuelan. Reflecting this innate tolerance, Venezuelan governments for decades treated the Jewish community well and sought our support and assistance on thorny social and political issues.

Before Chávez, every president of Venezuela visited my home on one occasion or another, and also visited my synagogue. The relationship between Jewish and Catholic leaders was always wonderful (and remains so). The Roman Catholic Church under Pope Paul VI established the Pontifical Commission “Justitia et Pax” (Justice and Peace) at about the same time that I became chief rabbi of Venezuela. I was invited to the Roman Catholic cathedral in Caracas to pray for peace. After that interfaith prayer service, Venezuela’s Jews and Roman Catholics decided to meet and develop closer cooperative ties outside of that official Vatican commission. It was out of these beginnings that we began the Committee of Liaisons between Churches and Synagogues in Venezuela, of which I served as president. We did television programs, promoted understanding, and projected a very real sense of harmony between Christians and Jews.

There is a German saying, “As the Christian community goes, so goes the Jewish community.” I believe this to be very true, and have always worked for strong Christian-Jewish relations and for the health and vitality of the Christian communities wherever I have been active. I have been close for more than 50 years to not just Catholic leaders in Venezuela, but Protestant and evangelical leaders as well. Samuel Olson, for example, the most prominent evangelical leader in Venezuela, has been a close friend for many years.

Under Chávez, things began to change as the government began to make alliances with states such as Iran and related non-state actors such as Hezbollah, which historically have been hostile to Israel and Judaism, and because of these relationships the government under Chávez became more rhetorically hostile to us. I believe that hostility to have been more rhetorical than real, but the government has made a concerted effort to cultivate anti-Israel and anti-Semitic attitudes among the populace. This increasingly hostile environment is one of the primary reasons, in addition to Venezuela’s general collapse under Chavismo, that the Jews of Venezuela have emigrated in large numbers to neighboring Latin American countries or to the United States, as I have done. This emigration began five years or so after Chávez came to power.

Paul Coyer: Let’s talk in more detail about the attacks on the Jewish community that began under Hugo Chávez, which you attribute to his alignment with Iran, Hezbollah, and the Palestinian Authority. During the Second Intifada, it appears that Hugo Chávez ramped up his attacks on Israel and on Venezuela’s Jewish community. There were public rallies which the government sponsored in order to criticize Israel and express support for the Palestinians. After one such rally, in May 2004, the Sephardic Tiferet Israel Synagogue was attacked by a mob. Later in 2004 a Jewish school was raided by armed police allegedly searching for evidence in the trial of a government prosecutor who had been murdered.

Rabbi Brener: Yes, those things occurred, but I did not view them as representing truly vicious persecution. I see these issues as being relatively minor—not representing real anti-Semitism. The 2004 raids were merely expressions on the part of the Chávez government that it could do something in support of the Palestinians, and were shows of force to Chávez’s allies, Iran and Hezbollah. It is true, however, that the government did seek to cultivate anti-Semitism and that was concerning.

Paul Coyer: That growing hostility on the part of the government and the government’s foreign alliances with state and non-state actors which hated Israel did result in the gradual emigration of much of the Jewish population, correct?

Rabbi Brener: That is correct. There was a population of about 25,000 Jews when Chávez came to power, and that population has dwindled to approximately 5,000 today—an 80 percent drop. The Jewish community’s main school in Caracas, which once had 2,300 students, now has only about 500. However, despite this, all of our community and civic centers remain open and serve the public to the extent that they are able. I maintain daily contact with the Venezuelan Jewish community, and was last in Venezuela just a few months ago. Everything is fully functioning. Even I was amazed at the tenacity of the Jewish community and its determination to stick it out in the midst of such trying circumstances and not just survive, but even to thrive and to continue to serve the broader community.

Club Hebraica, for example, has become more important than ever because of the great amount of physical insecurity in Venezuela. In Club Hebraica you feel secure—one of the very few places in Caracas where that is the case. It is therefore an important center for the community. It has electricity generators, and people come to charge their phones, to take showers (because it is one of the very few places with both water and electricity), and generally just feel secure.

Paul Coyer: Let’s talk a bit about some of the specific attacks on the part of the government against the Jewish community. Hugo Chávez accused the Jewish community of collaborating with Israeli intelligence to pursue “counter-revolution” in Venezuela, and the government-sponsored public protests against Israel and the Jews at times resulted in physical assaults on Jewish synagogues and heavy-handedness toward Jewish schools, as we’ve discussed. And Venezuelan government broadcasters recommended that Venezuelans read the infamous Protocols of the Elders of Zion. You, being the most high-profile Jewish leader in Venezuela were also a target. Tell me about that.

Rabbi Brener: Well, a few years ago a dossier from SEBIN, Venezuelan intelligence, was published by an Argentine media outlet, which had somehow gotten ahold of it. The dossier revealed that Venezuelan intelligence had been spying on Jewish cultural and civic centers, particularly Espacio Anna Frank, an institution begun by Venezuelan Jews that promotes understanding between different religions and cultures, labeling it a center for Israeli intelligence. I had been a vocal critic of Chávez, and that placed me on the government’s radar. The SEBIN documents labeled me “the chief spymaster” of the Mossad in Venezuela, and also claimed that I was connected with both the CIA and USAID. It was all very entertaining reading about my alleged activities as a Jewish James Bond.

Paul Coyer: You have experience with more Latin American dictators than just Hugo Chávez and Nicolás Maduro. You also came to know Fidel Castro quite well, correct?

Rabbi Brener: That is correct. I first met him in 1988 in Havana, when I went there to attempt to address the issue of Jewish families that had been separated when Jewish parents sent their children to our schools in Venezuela and were not allowed to emigrate to Venezuela to join their children. I sent a communication to the Cuban government through the Venezuelan government, and, a bit to my surprise, was told that Castro had invited me to visit him in Havana. Without going into all of the details, I had a short visit with Castro and he agreed to allow several Jews to leave Cuba with me for Venezuela.

About a year later, I traveled to Havana again, at the request of the wife of the secretary of the Venezuelan Congress, who was originally from Cuba (the family was not Jewish), and who requested my assistance getting her brother-in-law out of Cuba. Castro wasn’t happy with my request, but did meet with me for more than four hours and agreed to release the man in question. I saw him again later that year when he traveled to Caracas for the inauguration of Carlos Andrés Pérez as president of Venezuela, and we met in his hotel room.

In short, Castro and I developed a real relationship over a period of nearly 20 years. He showed a genuine interest in the Jewish people, and I do not feel he was personally anti-Semitic. I realize all of the horrible things that he did in building a police state, but felt that it was better to build a relationship with him than to ignore him. His vision of a just society was as wrong-headed as is every socialist vision for such a society. Socialism is imposed from the top and ends up becoming an oppressive system, no matter its claims to the contrary, and suppresses human freedom in the interests of a misguided vision of equality. This is what has occurred in Venezuela. I like to say that “Bolivarian socialism” has pursued a “Hood Robin” strategy—Robin Hood in reverse. Rather than robbing from the rich to give to the poor, the rulers in such a system impoverish the middle class and further impoverish the already poor in order to enrich themselves. In this sense, Cuban and Venezuelan socialism is exactly the same—the elites at the top take all of the benefits of control of the state and leave everyone else impoverished. And those elites will fight tooth and nail to keep power, as once they lose it they lose all of their benefits and will likely end up in prison.

Paul Coyer: Where is the Jewish community in Venezuela today in terms of its role, and what role can it play seeking to revitalize the devastated country post-Chavismo?

Rabbi Brener: Well, as we’ve discussed, the Jewish community occupies a more important role than its numbers would seem to indicate. Jews remain prominent in many fields including medicine, academia, commerce, industry, etc., and would therefore play an important role in any revitalization effort.

Many Jews who have left Venezuela due to the extreme conditions still own manufacturing plants and businesses and other things in Venezuela in the hope of eventually returning, and they can play a role in revitalizing the country, whether they remain in the US, Colombia, or wherever, and go back and forth or may move back permanently. Many won’t move back, but some will, and even those who don’t can contribute significantly. Whether our numbers begin to grow again, who knows, as devastated as the country is at this point. I do know that the Venezuelan Jewish community, both in Venezuela and outside Venezuela, is as organized as it ever has been, and is determined to contribute. The Chávez revolution did do very real damage to the country. But I am convinced that it is damage that can be repaired, and the Jewish community is fully prepared to contribute to that healing process.

The Roman Catholic Church, too, with which I have long had strong relations, is very active and would be a tremendous force in reconstructing the country, as would the growing evangelical population, with whom I also have close relations. Faith communities in Venezuela in general stand ready to cooperatively contribute to the rebuilding of Venezuela in the myriad ways in which they are uniquely suited to do so.

Paul Coyer: One last question. Relations between the United States and Latin America have always been complex. On the one hand, there is deep admiration of the United States, and on the other hand resentment for perceived past wrongs, etc. What are your hopes for the evolution of those relations?

Rabbi Brener: The left-wing, anti-American populism that characterized so much of Latin America since the late 1990s is in full retreat, and the United States has very strong relations today with countries which previously had headed the anti-American charge, including Brazil and Ecuador. The left is dying off in Latin America, and I think the death of Fidel Castro symbolizes that in many ways. I am hopeful that more democratic movements will become the norm in the region and that this will pave the way for stronger relations with the United States. The United States, for its part, under President Trump appears determined for the first time in many years to pay sustained attention to Latin America. I am hopeful that President Trump’s strong support for the clearly expressed desire of the Venezuelan people to restore their democracy and to develop their economy upon more free market principles will have positive repercussions throughout the region.


Paul Coyer is a Providence contributing editor, a research professor at the Institute of World Politics in Washington, DC, and an associate professor at l’École spéciale militaire de Saint-Cyr, the French Army’s equivalent of West Point.

EL CONTEO DE LOS DÍAS

Parashá EMOR

El texto semanal también se distingue por una enumeración de los diferentes días sagrados en el calendario hebreo y detalla algunas de las leyes que los rigen. Hacemos referencia particular a Sefirat HaÓmer, el conteo del Ómer, que se debe realizar Mimojorat HaShabat, al día siguiente del Shabat de Pésaj. Esta ordenanza fue el motivo de un debate entre los Perushim y los Tsedukim. De acuerdo con los Perushim, el conteo debe empezar el día domingo que sigue al día Shabat después del primer día de Pésaj. Los Perushim argumentaron que la festividad de Pésaj también recibe la nomenclatura de Shabat y, por lo tanto, esta Mitsvá se observa con el conteo que empieza el segundo día de Pésaj. De acuerdo con los Tsedukim, Shavuot se celebraba siempre un día lunes, mientras que de acuerdo con los Perushim se debía celebrar el mismo día de la semana que el segundo día de Pésaj.

Según ambas interpretaciones, la Torá ordena contar cuarenta y nueve días completos que culminan el día cincuenta con la festividad de Shavuot, el aniversario del recibimiento de la Torá en el monte Sinai. Cabe indagar, ¿por qué no se recita, además de la Berajá pertinente, la Berajá Shehejeyanu tal como se estila al escuchar el sonido del shofar en Rosh HaShaná, por ejemplo?

Se argumenta, primero, que Sefirat HaÓmer no debe ser considerada una Mitsvá DeOraitá, ordenada por la Torá, porque está relacionada con el Beit HaMikdash que no existe en el presente. Así como el Talmud considera que en la actualidad, Sefirat HaÓmer es sólo Zéjer laMikdash, en recuerdo del Beit HaMikdash, el conteo tiene un propósito específico–la preparación para Shavuot– pero carece de valor propio. En cambio, el Beit Din recitaba Shehejeyanu cuando hacía el conteo para arribar a Yovel, el año jubilar. Por otro lado, una mujer Zavá, que tiene una emisión, debe contar siete días sin ver vestigio de esa emisión y al octavo día adquirirá la calificación de Tehorá, ritualmente pura. En este caso tampoco se recita Shehejeyanu durante el conteo, porque éste tiene la finalidad de arribar al octavo día que tiene la mencionada significación ritual. Los días del conteo son simplemente el vehículo, el instrumento para concluir en un día de un significado religioso determinado.

Observamos que durante los Shalosh Regalim, Janucá y Purim, por ejemplo, se recita Shehejeyanu cuando se observa una Mitsvá específica, ya sea la Matsá o el Lulav, el encen- dido de la Menorá o la lectura de la Meguilá, porque esos días conmemoran eventos históricos que son trascendentales para el pueblo judío. En cambio, en el caso del Brit Milá, se deben contar ocho días para celebrar la circuncisión y no existe ninguna obligación de recitar Shehejeyanu para anticipar el evento, porque el evento esperado es la meta: el Brit Milá en el octavo día.

Cabe destacar la importancia de Shavuot, ya que la Torá exige que se cuenten ansiosamente los días para esta fecha. Mucho se ha reflexionado y escrito acerca de la naturaleza del judaísmo. Empezando con ¿quién es judío? La respuesta obvia es que judío es aquel que nace de una madre judía o se convierte voluntariamente al judaísmo. Pero al mismo tiempo está claro que la condición judía no es solamente la consecuencia de haber nacido de un vientre judío o de haber pasado por una ceremonia de conversión. Ser judío implica un comportamiento que se ajusta a un conjunto de normas y principios contenidos en la Torá y explicados en la Ley Oral, que básicamente están contenidos en los folios del Talmud.

Mientras que otras religiones acentúan el simbolismo físico a través de sus templos y efigies, el judaísmo destacó la importancia del tiempo a través de las diferentes festividades que celebran eventos históricos y espirituales. Incluso Yom Kipur, el Día del Perdón, conmemora el perdón divino por el pecado del Éguel Hazahav, el Becerro de Oro.

El tiempo, las horas y los días son elementos que ofrecen la misma oportunidad a todos los sectores. El reloj marca el tiempo de manera igual para el pobre y el rico, para el hombre y la mujer. Las festividades sirven para concienciar al ser humano a fin de que haga un uso apropiado del mismo, y especialmente, para afinar su sensibilidad espiritual, que debe conducir a la solidaridad con el prójimo.

SANTIDAD INDIVIDUAL Y DEL COLECTIVO

Parashá KEDOSHIM

Estos capítulos contienen cincuenta y un leyes nuevas no enunciadas anteriormente; sin embargo, el instructivo que destaca es “Kedoshim tihyú” (“serán Kedoshim”, sagrados). De acuerdo con Rashí, ser Kadosh, implica estar “separado”, mantenerse aparte de lo que para muchos es la normativa. Ser Kadosh, quiere decir no seguir necesariamente la corriente, abstenerse de la conducta adoptada por la mayoría cuando un imperativo moral así lo exige. El texto relaciona la idea de Kadosh con el temor-respeto que se debe a los padres y el cuidado por las normas del Shabat. Estos hechos que deben conducir al repudio de la idolatría es la conclusión de los primeros versículos. Todo ello está condicionado por la frase: “Yo soy HaShem, tu Dios”.

La Torá enseña que el pueblo judío fue dotado con la cualidad de Kedushá, que se desprende de la Kedushá de Dios, y se obtiene a través de las Mitsvot. De tal manera que, por abstenerse de la idolatría, también se adquiere la Kedushá.

En realidad, no sólo el Kohén, sino cualquier miembro del pueblo judío debería tener la facultad de recitar Birkat Kohanim, la Bendición de los Kohanim, por estar dotado de Kedushá, si bien la Torá no exige hacerlo. Tal como la mujer judía, aunque no tiene la obligación de cumplir con la Mitsvá de Sucá, sin embargo, recita la Berajá indicada al ingresar a una Sucá durante la festividad de Sucot. Pero, el caso de Birkat Kohanim es aparentemente diferente, tal como lo sugiere la Berajá que se recita que incluye la frase “Bikedusható shel Aharón”. Para recitar Birkat Kohanim se requiere la Kedushá adicional que recibieron Aharón y sus descendientes. En cambio, la mujer judía posee la misma Kedushá que tiene el resto del pueblo de Israel.

De cierta manera, la noción de Kedushá representa la característica fundamental del pueblo judío, tal como reza el versículo: Veatem tihyú li mamléjet kohanim vegoy Kadosh, “y ustedes serán para mi un reino de sacerdotes y un pueblo santo”. Aquí tenemos resumidas la aspiración y misión del pueblo judío: adquirir santidad que implica apartarse de lo que es cotidiano para destacar lo trascendente.

Se puede argumentar que la idea de Kedushá no implica solamente abstenerse de violar la ley, sino incluso ser mesurados con las cosas que están permitidas. Kedushá implica un comportamiento que no abusa de la naturaleza y no interpreta la ley desde una óptica estrecha. En Devarim leeremos: Veasita hayashar vehatov”, “y harás lo que es recto y bueno”), porque además de las leyes específicas, existe el norte de lo que es recto y bueno, un principio que debe servir de guía para el comportamiento humano.

La Kedushá no es una acción, sino un “estado” de santdad al que debe aspirar la persona. La Kedushá es la característica, la personalidad específica que adquiere el individuo por cumplir las leyes de la Torá. La Kedushá es incompatible con el odio, incluso aquel que no se manifiesta en la acción, tal como reza el versículo: “No odiarás a tu hermano con tu corazón”. Al notar el comportamiento errado de otra persona, “llamarás la atención de tu hermano”, porque Kedushá también implica responsabilidad por la conducta del prójimo.

El prójimo debe sentir que el “llamado de atención” es una consecuencia del amor y no del odio. Por ello, la reprimenda inicial debe ser en privado y solamente cuando no se produce el efecto deseado, puede hacerse uso de otro entorno para corregir el error de la persona.

Por un lado está la Kedushá del individuo, la responsabilidad de cada miembro del colectivo. Pero también existe la Kedushá del Kahal, el colectivo. Nuestros capítulos empiezan con el instructivo dirigido al pueblo entero: Kedoshim tihyú, que exige la santidad de la comunidad en su totalidad.