La rebelión de Kóraj

KÓRAJ - Números XVI - XVIII

La rebelión de los príncipes de nuestro pueblo en contra de Moshé y Aharón es el foco de atención de nuestra lectura semanal. Las revoluciones generalmente son encabezadas, por aquellos que no logran el liderazgo a pesar de considerarse aptos y merecedores del mismo. Quien dirige esta sublevación es Kóraj, un primo de Moshé, que pertenece igualmente a la tribu de Leví, a la cual le habían sido encomendadas las labores del culto. Kóraj considera que se ha concentrado demasiado poder en manos de los dos hermanos. Los jajamim estiman que Kóraj era un hombre de gran fortuna y por la posición económica ahora ansía el reconocimiento de la sociedad y busca el poder político que otorga la condición de líder. Kóraj encabeza un grupo de unas dos cientos cincuenta personas, un gran número de los cuales pertenece a la tribu del primogénito Reuvén, que ahora desafían el liderazgo de Moshé y Aharón. Según Ibn Ezra, nos encontramos frente a una rebelión que se dio en el momento (después del episodio del éguel hazahav) cuando los primogénitos fueron sustituidos en el servicio religioso por la tribu de Leví. Para eliminar la sospecha de que ésta fue una decisión personal de Moshé, se pone a prueba la aceptación de los sacrificios por parte de la Divinidad. Kóraj y su gente preparan los sacrificios, tal como anteriormente solían hacerlo por ser primogénitos.

Según el Midrash, Kóraj cuestiona a Moshé acerca de un talit shekuló tejélet, que es un talit confeccionado totalmente del hilo azul que requiere la Torá únicamente para las esquinas, según el capítulo final de la lectura anterior referente a los tzitzit. La pregunta de Kóraj es, ¿requiere este talit que es enteramente de color azul un hilo adicional tejélet? La respuesta de Moshé es afirmativa. Kóraj reacciona de manera despectiva y con ironía, señalando el razonamiento del que se deduce que no es necesario el hilo azul adicional. Kóraj argumenta: si un solo hilo sirve para cumplir con la ley, es indudable que un talit confeccionado exclusivamente con ese hilo azul, cumple con el espíritu de esa misma ley.

Siguiendo esta línea de razonamiento, Kóraj pregunta si una casa que contiene muchos ejemplares de la Torá requiere una mezuzá en el dintel de la puerta. (La mezuzá es un pergamino sobre el cual están escritos dos párrafos específicos que de la Torá). La respuesta de Moshé sobre la necesidad de la mezuzá es también afirmativa. La aparente intención de Kóraj es demostrar que la autoridad de Moshé es auto impuesto y que las leyes que promulga no son de origen Divino porque carecen de toda lógica.

Un Midrash diferente nos presenta a Kóraj como defensor de la viuda y del huérfano. Kóraj plantea el siguiente caso: cuando la viuda y sus dos hijas se disponen a arar su único lote de tierra, Moshé se les presenta advirtiéndoles, “no se debe arar con un buey y un asno juntos”. En el momento de la siembra se les previene con “no se puede sembrar dos tipos de semillas”. En el momento de la cosecha se les recuerda que “no se puede cortar los frutos de las esquinas del campo ni se puede recoger lo olvidado”. Cuando vino la hora de almacenar los granos se les exigió que “apartasen terumá para el kohén y el diezmo para el leví”. Desesperada, debido a todas las exigencias anteriores, la viuda vendió el campo y compró dos ovejas para vestirse con la lana y poder alimentarse gracias al producto de los animales. Cuando las ovejas parieron, se presentó Aharón solicitando el primogénito de los recién nacidos. En el momento de esquilar, Aharón exigió las primeras lanas. La viuda no aguantó más y decidió sacrificar las ovejas. Nuevamente se presentó Aharón señalando que le pertenecían los hombros, las quijadas y el estómago. En tal caso, respondió la viuda, que vaya todo para el santuario. Dado que una promesa de palabra con referencia a hékdesh que son las cosas que le pertenecen al santuario, equivale a una acción contractual en otros casos, Aharón se llevó el animal entero, dejando a la viuda desconsolada.

En nuestro texto de la Torá no aparece ninguno de los detalles arriba mencionados y, por lo tanto, parecen ser fruto de la imaginación de nuestros jajamim. ¿Cuál es la enseñanza de este Midrash? Nuestros sabios ven en la rebelión de Kóraj el prototipo de majlóket sheená leshem shamáyim, una disputa que no proviene de una auténtica diferencia de opiniones. Para nuestros jajamim, Kóraj está motivado por razones muy personales y solamente utiliza la dialéctica, se aprovecha del caso extremo de una viuda y de sus huérfanos para desacreditar a Moshé a fin de provocar su destitución. Esto crearía un vacío que le daría a Kóraj, la posibilidad de llegar al poder. Es el estilo de los demagogos que simulan defender los derechos de los menos afortunados en aras de la justicia, pero lo que en realidad, buscan, es provecho para su propio interés, su cosecha individual. Al llegar al poder olvidan sus promesas cometiendo abusos y atropellos.

Suponiendo, como el Midrash, que las razones que impulsaron a Kóraj al enfrentamiento no eran altruistas, ¿se puede justificar el comportamiento de Moshé y de Aharón en el caso de la viuda en particular? Desde luego, estamos hablando de un caso exagerado y, por lo tanto, no representativo. Sin embargo, por lo menos se puede deducir una enseñanza importante. En diversos capítulos la Torá nos exige desarrollar una sensibilidad especial por el aní, el pobre, y por el guer, el extranjero, que reside en nuestro medio. La misma ley de peá, la que le exige a la viuda abstenerse de recoger la cosecha de la esquina del campo, tiene como objetivo permitir que los pobres se beneficien con el producto de la misma. La moraleja parece ser que el pobre que requiere ayuda de la sociedad, no puede abstenerse, de participar en la mitzvá de ayudar a otros pobres. Siempre existe alguien más pobre que uno. Los integrantes de la tribu de Leví que eran los recipientes del maaser, el diezmo, tenían que apartar una terumá, un aporte al kohén.

Existe la posibilidad, aunque remota, que en una casa donde haya un numerosos ejemplares de la Torá, no se sienta la presencia Divina. Por ejemplo, hay quienes estudian motivados por la curiosidad intelectual, que es un bien en sí. Hay quienes se interesan por el pasado histórico de los pueblos y aquellos que se empeñan en descubrir el origen de los modelos sociales por los cuales nos regimos. En la tradición judía hay diferentes opiniones acerca de la importancia relativa del estudio y sobre la acción. La decisión en este caso se inclinó a favor del estudio, porque éste conduce a la acción. (Hay una interpretación muy original del Netziv acerca del pronunciamiento de nuestros antepasados de naasé venishmá, que fue su disposición de cumplir con la Torá aun antes de conocer su contenido. Dice el Netziv que para cumplir con los preceptos de la Torá se hace indispensable algún conocimiento previo. Naasé venishmá implica entonces, que aun después de aprender lo imprescindible para cumplir con las mitzvot, nuestros antepasados afirmaron su disposición a seguir estudiando, porque el estudio en si, es un valor, es una mitzvá).

El requisito de colocar la mezuzá, que contiene los rollos de la Torá, se deba tal vez a que desde el punto de vista de nuestros sabios, siempre debemos tener conciencia de la Providencia Divina, incluyendo el momento mismo del estudio. También nos exigieron la recitación de una berajá antes de emprender únicamente la lectura de la Torá para recalcar que el estudio no es un ejercicio intelectual, sino el compenetrarse con la sabiduría y la Voluntad Divinas. Mejor dicho, el estudio es una actividad religiosa, una expresión muy especial de nuestra fe en el Creador

El informe de los meraglim (espías)

SHELAJ - Números XIII - XV

El tema principal de nuestra lectura semanal se refiere a la expedición que Moshé envía a Canaán para examinar las posibilidades de conquistar esa tierra y para que le informen sobre su fauna y flora. Este episodio se convierte en una pieza angular de nuestro pasado histórico y ha dado origen a controversias y malentendidos. Para empezar, nuestros jajamim argumentan que la idea de “espiar” la Tierra Prometida nace del seno del pueblo. Dios consiente a este plan, pero no es El quien lo promueve. Es obvio que el envío de la patrulla demuestra una falta de confianza en la promesa Divina de llevarlos exitosamente a érets zavat jalav udevash, la tierra donde fluye la leche y la miel.

El informe de los “espías”, que representaban a las doce tribus, es positivo con referencia a la abundancia de vegetación y frutos. Pero es negativo en lo concerniente a la posibilidad de la conquista: las ciudades están fortificadas y sus habitantes tienen dimensiones gigantescas. La imagen literaria que utilizan los espías es dramática, al expresarse según el texto bíblico, vanehí veeineinu kajagavim, vején hayinu beeineihem, que significa y éramos a nuestros ojos como langostas (aparentemente en comparación al enorme tamaño de los habitantes de Canaán) y así lo éramos ante sus ojos. En aquellos tiempos se produce también, un informe menor. Calev y Yehoshua, (la expedición estaba integrada por doce personas, una por tribu) sin negar la veracidad de la descripción del resto del grupo, concluyen su exposición afirmando que existía una posibilidad real de vencer a los cananeos. (La Torá también utiliza la palabra edá, congregación, para referirse a los diez espías que traen el informe negativo. De esta manera se le da un equivalente numérico a la palabra edá, que luego se utilizará para definir un minyán, que es el quórum necesario en la congregación diez personas para un servicio religioso público.

Dado que todos los meraglim, el vocablo que designa a los espías, regresan con una apreciación objetiva y similar de la tierra y sus habitantes, la diferencia en sus conclusiones tiene que atribuirse a razones subjetivas que reflejan la disparidad del carácter de cada uno. El grupo de los diez que manifiesta vanehí veeineinu kajagavim, que se consideran meros insectos en la presencia de un potencial enemigo, tienen la batalla perdida de antemano. Indudablemente la auto estima es, un factor determinante en muchas ocasiones. Es muy probable que la confianza en uno mismo, sea una función de la fe en el Creador. La persona auténticamente religiosa considera que Dios está a su lado en todo momento y esta convicción se traduce en una sensación de seguridad y en una acción decidida que resulta, frecuentemente victoriosa. Calev y Yehoshua sienten la presencia de Dios, y saben que Sus promesas en relación a la tierra ancestral serán cumplidas. Los jajamim ven en la inseguridad y cobardía de los meraglim una demostración de la pobreza de su fe y de su falta de confianza en el cumplimiento de la promesa Divina.

Se hace necesario entonces cambiar el rumbo de la travesía por el desierto debido a las dudas de los líderes del pueblo, que ponen en evidencia una preparación insuficiente para la construcción de una nación. Sin la necesaria confianza en uno mismo, ¿cómo se puede ocupar una tierra y conquistar a los pueblos que viven en ciudades fortificadas, y luego enfrentar los enormes desafíos que el desarrollo de una nueva sociedad implica? Según Erich Fromm todos tememos a la libertad y más aún aquellos que nacen en la esclavitud egipcia en un ambiente que no permite asumir sus propias decisiones. Cuarenta años, en total, deambularán nuestros antepasados por las arenas del desierto, hasta que fallecen todos aquellos que habían alcanzado mayoría de edad en Egipto y por lo tanto habían crecido en una atmósfera de sumisión y servidumbre, lo que es incompatible con un mundo donde impera la libertad.

Hacia el final de nuestro texto nos encontramos con el episodio del mekoshesh etsim, de una persona cortando leña en Shabat. Dios ordena la muerte del hombre en cuestión, respondiendo a la pregunta de Moshé. ¿Quién era esta persona? Algunos sostienen que era Tselofjad, cuyas hijas luego desean recibir su herencia, porque no tenían hermanos varones. Tal vez la razón por la que se omite el nombre de esta persona es para mostrar que ante la Ley no hay privilegiados. Todos tenemos que cumplir igualmente las mitsvot. Las mitsvot, su cumplimiento y consecuencias, no están circunscritas a Érets Israel (salvo aquellas que están relacionadas con la propia tierra). Las mitsvot tienen su propia validez y vigencia, independientemente de la localidad geográfica. Aun en el desierto, que es un ambiente naturalmente hostil, las enseñanzas de la Torá tienen que ser cumplidas.

Con la ordenanza de colocar tsitsit las franjas en las esquinas de las vestimentas, concluye nuestra lectura semanal. La colocación de los tsitsit debe servir para que recordemos nuestras obligaciones religiosas, y según algunos esto se ubica inmediatamente después del relato anterior para evitar que se ubica esta clase de faltas. Según nuestros jajamim, únicamente aquellas vestimentas que tienen cuatro esquinas (según algunos para recordar que Dios gobierna sobre los cuatro puntos cardinales de la tierra) requieren tsitsit. Dado que la ropa que utilizamos en nuestros días carece de esta característica, confeccionamos unas especiales, talit ketaná, para poder cumplir con esta mitsvá. Esta también es la razón por la cual nos colocamos un talit (que es una especie de chal con cuatro esquinas donde se colocan los tsitsit) durante la recitación de las plegarias.

El talit debe tener la dimensión suficiente que permita cubrir la mayor parte del cuerpo de un niño que ya puede andar solo por la calle. El talit y los tsitsit pueden ser confeccionados de cualquier tela, aunque la Torá generalmente se refiere a la lana o al lino. En nuestra lectura se menciona tejélet, que es un hilo azul como parte de los tsitsit. Para la obtención de este color azul es necesaria la utilización de un molusco denominado jilazón. Como no podemos identificar hoy en día a este molusco, nos abstenemos de incluir el hilo azul en los tsitsit. En el siglo pasado, el Rabí de Radzín anunció haber identificado al molusco y procedió a incluir tejélet en el talit. Hasta el día de hoy, los Radziner jasidim incluyen tejélet en sus tsitsit. Según algunos comentaristas, el color azul nos hace recordar el color del mar, lo que a su vez hace alusión al color del cielo y, por inferencia, debe dirigir nuestra mirada hacia nuestro Padre Celestial. Según el autor de Kelí Yakar, tal como el océano “azul” debe permanecer dentro de ciertos límites, ya que de otra manera puede ocasionar daños graves, igualmente el hombre debe actuar dentro de cierto marco para evitar posibles consecuencias trágicas.

Nuestros jajamim le dieron una importancia especial al uso de los tsitsit porque la Torá instruye ureitem, que el ver y mirar los tsitsit debe recordarnos todas nuestras obligaciones religiosas. (Debido a que la Torá insiste en que debemos mirar a los tsitsit, nuestros jajamim concluyen que esta mitsvá tiene vigencia únicamente cuando se pueden ver en forma natural, o sea cuando es de día. Dado que esta mitsvá está circunscrita a un parámetro de tiempo, shehazemán gueramá, las mujeres están eximidas de su cumplimiento). De esta manera, los tsitsit se convierten en un símbolo que representa el cúmulo de todas las otras mitsvot. En el Talmud hay un relato sobre una persona que estaba a punto de tener una relación sexual ilícita, pero que desistió de ello cuando, al desvestirse, observó su propio talit ketaná debajo de su camisa.

En la confección de los tsitsit se utilizan cuatro hilos que se doblan (para formar ocho hilos) y a los que se les hacen cinco nudos. El valor numérico (guematria) de la palabra tsitsit es seiscientos. Si a este número de seiscientos, le añadimos el número de los hilos y de los nudos, llegamos a la cifra de seiscientos trece, que corresponde al número de mitsvot que contiene la Torá. De este modo se establece, una vez más, la relación entre la  mitsvá de tsitsit y el número total de mitsvot que contiene la Torá.

Moshé: profeta de Profetas Moshé: el señor de los Profetas

BEHAALOTEJÁ - Números VIII - XII

La tribu de Leví desempeña un papel singular en el relato bíblico. En el momento de la rebelión del éguel hazahav, que es el becerro de oro, son ellos los que responden al llamado de Moshé, para luego ser reconocidos como los oficiantes del culto en reemplazo de los primogénitos. En estos capítulos se enseña sobre el momento de su consagración. Cada uno de los miembros de esta tribu tenía que servir durante veinticinco años, a los veinticinco años de edad. Luego se relata la única celebración del Pésaj que se dio en los cuarenta años de la travesía del desierto. Hay quienes sostienen que esto fue debido a que el berit milá no se practicó durante esos años y por lo tanto no se podía celebrar la festividad. La Torá establece, kol arel lo yojal bo, que el incircunciso no puede ingerir el sacrificio Pascual, por este motivo no podía celebrarse esta festividad de la libertad. (En la Torá el vocablo Pésaj hace referencia únicamente al sacrificio que se ofrece el día catorce de Nisán. La festividad que hoy denominamos Pésaj, recibe la nomenclatura de Jag Hamatsot en la Torá).

Respondiendo a la pregunta sobre las personas que por motivos de impureza ritual o por encontrarse a una distancia que les impide llegar a tiempo para ofrecer el Pésaj, Dios instruye a Moshé que existe la posibilidad de hacer un sacrificio un mes más tarde (Pésaj shení). El guer, que en el lenguaje del Talmud denota a un converso al judaísmo, se debe regir por las mismas leyes, dice la Torá. Los jajamim cuestionan si es adecuado que un guer -afirme de acuerdo al texto de la Hagadá- que sus antepasados fueron esclavos en Egipto. Según algunos eruditos, el guer de la Torá no es idéntico al guer del Talmud que hace referencia a una persona que adhiere de manera voluntaria al judaísmo. Sostienen estos estudiosos, que el guer de la Torá es el extranjero que decide abandonar la idolatría pero que aún no ha decidido incorporarse plenamente a la tradición judía. De todas maneras, la Torá manifiesta la igualdad ante la Ley de todos aquellos que quieren participar en nuestros ritos y se identifican con nuestro destino. Por lo tanto deciden que el guer debe afirmar también que sus antepasados fueron esclavos en Egipto. La conversión al judaísmo significa la inclusión en un nuevo árbol genealógico e implica hacer suya la historia del pueblo judío.

En el libro de Shemot nos encontramos con la expresión nevieja, que en ese contexto señalaba que Aharón sería el portavoz de Moshé, quien tenía dificultades de lenguaje (kevad pe). Ahora nos encontramos con este mismo vocablo, pero con un significado distinto. El espíritu de Dios desciende sobre Eldad y Meidad, y estos comienzan a profetizar. Un joven, que según Rashí es Guershom, un hijo de Moshé, hace sonar una alerta sobre lo ocurrido. Yehoshua reacciona con violencia (porque se sugiere que anunciaban la muerte de Moshé y la sucesión de Yehoshua al frente del pueblo). Moshé, en cambio, aspira a que en todo momento el espíritu Divino pueda estar presente, en el seno del pueblo.

Estamos ante la presencia de una nueva figura bíblica, la del naví, el profeta. Moshé, el gran líder y libertador del pueblo, es, al mismo tiempo, el prototipo del naví. En las palabras de Rambam, Moshé es el Adón haneviim, el señor de todos los profetas. Dios se comunica constantemente con él. Vayedaber Hashem el Moshé lemor: “y Dios le habló a Moshé diciendo”, es un versículo que aparece constantemente en la Torá. De acuerdo con Saadiá Gaón, el naví es principalmente un mensajero de Dios. Sus habilidades en el ámbito de los milagros y sus conocimientos acerca de lo oculto y de los sucesos futuros son muy limitados y se circunscriben a las necesidades correspondientes a su misión. Desde la perspectiva de Yehudá Haleví la profecía es propia del pueblo judío y fue transmitida desde Adam a aquellos que fueron aptos y merecedores de recibir esta herencia singular. La profecía, en su opinión, requiere de un entorno especial que sólo se encuentra en Érets  Israel. Para Rambam la profecía es la culminación del estado de perfección en el terreno de la moralidad, del intelecto y del espíritu. Rambam cuestiona la historicidad de ciertos eventos en la Biblia, tales como el relato de los mensajeros que se le aparecen a Avraham y el de la lucha de Yaacov con un supuesto ángel. Para Rambam estos son episodios que pertenecen al mundo de la visión profética. Rambán difiere radicalmente de la opinión de Rambam al asumir una interpretación literal del texto bíblico en los casos mencionados.

Mucho se habla acerca de las facultades de predicción del profeta. (Recordemos el dicho que afirma que predecir los acontecimientos es un acto muy peligroso). No obstante, considero que el naví es, en su esencia, un factor perturbador del status quo. El naví es el modelo de la persona indignada e insatisfecha por el comportamiento de los integrantes de la sociedad que lo circunda. Es aquel quien cuestiona por vocación. Para el profeta, las injusticias diarias, a las cuales solemos acostumbrarnos, son  la causa de sus constantes denuncias y exhortaciones. No dedica su atención a la solución de los problemas filosóficos y teológicos tales como el por qué y el propósito ulterior de la existencia. Su preocupación está enfocada hacia las injusticias cotidianas: contra la viuda y el huérfano, contra el pobre y el desamparado, que le sirven de modelo, como blanco de los abusos.

En la visión aristotélica, los dioses no se ocupan de las cosas que consideran triviales tales como el bienestar y la desgracia humanas. Existen hechos que pueden considerarse como minucias cósmicas tales como los atentados de los fuertes contra los débiles. Para el naví, en cambio, la lucha contra estos males se convierte en la razón de su existencia y en el propósito fundamental de su misión. El naví está aparentemente programado para reaccionar violentamente contra la injusticia, sin tomar en cuenta las consecuencias personales que sus acciones pueden ocasionarlo. Así nos encontramos, por ejemplo, con el profeta Natán que se enfrenta al poderoso rey David para reclamarle directamente sus acciones en el caso de Bat Sheva.

La fuente de la inagotable energía del naví radica en su amor por el ser humano y la compasión que siente por sus sufrimientos. Su dedo acusador no se limita a señalar a los culpables de algún crimen. El naví considera que la sociedad que alberga a los explotadores de los menos afortunados es igualmente responsable de los males. La lectura de un Amós y de un Yeshayahu, por ejemplo, revelan que sus ideas y denuncias corresponden a una sensibilidad social contemporánea. Esta es una de las categorías que utilizamos para calificar cualquier obra literaria de excepcional. Su contenido es aplicable a nuestros tiempos, por lo tanto, la naturaleza humana ha sido bien analizada y calibrada. El lenguaje es literariamente valioso y las ideas contenidas en estos mensajes son fundamentales para el género humano.

Moshé demuestra su calidad de naví cuando, al salir por primera vez del palacio del faraón, defiende el honor del hebreo maltratado por el capataz egipcio. Con este acto, Moshé se pone en peligro y efectivamente pierde su situación de privilegio en la Corte egipcia. Un naví no puede permanecer indiferente cuando presencia una injusticia. Y Moshé es ante todo, el Adón haneviim, el señor de todos los profetas.

El ascetismo: ¿ideal o problema?

Parashá NASÓ - Números IV,21 - VII

Uno de los temas destacados en los capítulos bíblicos se refiere al nazir, la persona que toma la decisión de abstenerse de comer uvas y de tomar vino, promete no cortarse el pelo y de evitar cualquier contacto con un difunto. (El estado de nazir tiene validez por treinta días, a menos que se haya especificado un lapso diferente). Nos encontramos, probablemente, con la decisión personal de privarse de algunos de los placeres de este mundo porque se considera que éstos conducen a comportamientos indeseables. En efecto, dado que un capítulo anterior se refiere el proceso de investigación de una mujer cuyo esposo sospecha que comete adulterio, nuestros jajamim concluyen que la ley del nazir es mencionada de inmediato, porque el abuso del vino también puede traer como consecuencia la licencia sexual.

El nazir posiblemente considera que algunos disfrutes son ilícitos o que es demasiado débil para poder gozar de estos placeres, sin comprometer su integridad moral y religiosa. Este concepto es típico de numerosas religiones y se admite igualmente que privarse de algunos gustos es bien visto por los dioses. Según el comentarista Ibn Ezra los seres humanos somos esclavos de nuestras pasiones, y el auténtico rey es aquel que se libera del yugo de las pasiones. Abstenerse de lo mundano puede considerarse, también, como un castigo auto-impuesto por los pecados cometidos.

En una Beraitá, que es un texto rabínico no incluido en la Mishná, nos encontramos con una diferencia de opiniones acerca de nuestro tema. Rabí Eliézer Hakapar hace referencia al hecho de que la Torá exige que el nazir ofrezca un sacrificio al término de su período de abstención y por lo tanto lo califica de pecador; mientras que Rabí Elazar lo considera un virtuoso, apoyándose también en otra expresión de la Torá. Esta diferencia refleja la tensión existente dentro del Judaísmo respecto a los placeres de este mundo. Por un lado, estamos conscientes de que debemos ponerle freno a nuestros apetitos, tal como lo expresara el citado Ibn Ezra y, por otro lado nuestra tradición enseña que quien ha visto algo que parece ser placentero y se abstiene de disfrutarlo, será responsable de su acción.

Hay quienes ven en nuestras leyes de kashrut, por ejemplo, un sistema de reglamentos que tienen como objetivo la limitación del libre goce del placer. Se considera que el propósito de estas normas es el de fortalecer los mecanismos del auto dominio del ser humano a fin de que no ceda, en su impotencia, a sus deseos instintivos. Tenemos por un lado, entonces, la frágil voluntad del humano que tiene que ser moldeada y restringida y, por otro lado, un mundo creado por el Ser Supremo que es toda bondad y por lo tanto también toda su creación debe serla. (En efecto, el hombre también es parte de la creación Divina y de acuerdo al argumento anterior debe ser igualmente bueno). La dialéctica de nuestro argumento tiende a ser resuelta señalando que tanto la naturaleza como el ser humano son potencialmente buenos. Las mitsvot son el instrumento que encaminan los instintos y las inclinaciones de ese hombre hacia la bondad y la nobleza, hacia el bien y el altruismo.

En el Tanaj nos encontramos con dos nezirim. En ambos casos, son las madres las que hacen la promesa de que su hijo, aún por nacer, será dedicado al culto, será un nazir. Los dos personajes bíblicos se convierten, involuntariamente, en nezirim. (Posiblemente, Avshalom, que se abstenía de cortarse el pelo, pueda ser considerado el tercer nazir). El primero de ellos, que ha sido el sujeto de numerosas obras literarias, es Shimshón, que figura de manera destacada en el enfrentamiento de nuestros antepasados con los Filisteos. En el relato bíblico Shimshón es un digno líder de su pueblo mientras cumple con su condición de nazir. En cambio, su entrega a los placeres en los brazos de la bella Delila, rompe con su condición de nazir, hecho simbolizado por el corte de sus cabellos. Shimshón, en el fondo, es una figura trágica, porque posee una extraordinaria fuerza física, que pudo haber sido decisiva en la confrontación con los Filisteos. Lamentablemente, sus descomunales poderes no estaban acompañados de la fortaleza espiritual capaz de resistir a los encantos de Delila. Tal vez nos encontramos frente a una lección importante. Primero, la victoria del pueblo no puede depender exclusivamente de las acciones de un solo hombre. Segundo, la abstención en sí, en el mejor de los casos, es un factor positivo pasajero. La condición de nazir puede tener provecho y ser útil sólo transitoriamente para orientar el carácter de una persona. Pero no puede ser la base de la salvación de un pueblo. Es claro que quien funge como líder de una sociedad, tiene que limitar sus apetitos y deseos personales. Pero, también tiene que tener una clara visión y propósitos definidos, sagacidad y perspicacia para dirigir los destinos de una nación. En el fondo de todo, nazir es una manifestación de voluntad, auto restricción y limitación, pero esto no puede considerarse como un aporte decisivo para la creatividad y el desarrollo.

El segundo personaje bíblico que es un nazir, es el profeta Shemuel. Esta vez estamos frente a un líder espiritual y político que dejó estampada su personalidad dominante en la historia de la formación de nuestro pueblo. Shemuel está claro en sus propósitos y comprende a cabalidad su sagrada misión de liderazgo moral. Shemuel accede al deseo del pueblo de establecer una monarquía ungiendo al primer rey Shaúl. Pero, al mismo tiempo, insiste que esta monarquía debe estar sujeta al “Rey Supremo”, a las ordenanzas y a la obediencia de la palabra de Dios. Y en efecto, cuando Shaúl, en su enfrentamiento con Amalek, desobedece las instrucciones recibidas, Shemuel le vaticina el fin de su reino. La monarquía de Israel tendrá un nuevo tronco desde ese momento en adelante, que será el que perdure, (aunque en el tiempo de los Jashmonaim se interrumpe esta dinastía, hecho que origina una importante disputa para la época) hasta la era mesiánica y que se centra en la figura del joven héroe David.

El Talmud reflexiona que la tradición es muy severa con Shaúl y, en contraste, considera que la simpatía hacia David es excesiva. A este último se le perdonan numerosos errores, mientras que a Shaúl en la primera oportunidad se le retira el apoyo como resultado de su desobediencia. Esto es paralelo al hecho de que solemos ser tolerantes y pacientes con nuestros familiares cercanos, mientras que reaccionamos violentamente frente a las transgresiones de ajenos. ¿Por qué se castiga a Shaúl mientras que David es perdonado varias veces, a la vez que se le asegura que sus descendientes obtendrán la corona real para siempre? ¿Y la mayoría no reaccionamos en forma similar? Hay personas que nos caen simpáticas y estamos dispuestos a disculpar sus fallas, al mismo tiempo que somos implacables con otros. El carismático joven David le había devuelto el orgullo al pueblo al derribar con una piedra al gigantesco Goliat. En cambio Shaúl era un hombre depresivo y melancólico que aparentemente no gozaba del cariño de las multitudes.

Harav Yosef Dov Haleví Soloveitchik mi maestro, sugiere que las faltas del rey David corresponden a debilidades humanas para las cuales la Torá ofrece arrepentimiento y expiación. La falta de Shaúl, en cambio, está relacionada con el ejercicio de la monarquía. Rambam enumera las obligaciones de un rey, entre las cuales están la defensa del país y la de sus habitantes. El error de Shaúl tenía que ver con estas responsabilidades de liderazgo real, para la defensa del interés nacional y, por lo tanto, su falta es inexcusable. Los errores de David, aunque muchos y graves, provienen de su fragilidad como hombre. El error de Shaúl radica en el desempeño de su función de monarca, o sea en la esencia de su función de líder y, por lo tanto, es imperdonable.

Durante los años de la existencia del Beit HaMikdash, la secta de los Isiim, que son los Esenios, aparentemente practicaron cierto ascetismo y seguramente no fueron los únicos en hacerlo en aquella época. Los jajamim no se inclinaron a exhortar las bondades de abstenerse de los placeres, aunque sí señalaron que el exceso de goce resulta nocivo. Tal vez, uno de los motivos principales para la opinión de nuestros jajamim, sea que las personas que practican la abstinencia y que son muy severas consigo mismas, tienden a ser poco generosas en sus relaciones con sus semejantes. La persona que considera que la abstinencia en el goce de cualquier placer es el comportamiento correcto, no puede responder con criterio de amplitud a las necesidades de otros. Volvemos al shevil hazahav, al delicado balance que se requiere para poder gozar de lo material sin comprometer el valor de lo espiritual. Es tarea individual y personal de cada quien, encontrar ese delicado equilibrio entre las cosas y las ideas, entre poseer y ser. Una vida que se rige por las mitsvot, es el marco por excelencia que nuestra tradición ofrece para cumplir la tarea.

La creación del hombre a “imagen de Dios”

Una reflexión para Shavuot

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Maimónides fue un discípulo asiduo de Aristóteles, pero se separó del pensamiento de su mentor intelectual al sostener que el universo fue creado, que no era eterno. Mientras que para Aristóteles existe la “necesidad eterna”, Maimónides se sitúa entre aquellos que afirman la absoluta libertad de Dios. Desde esta perspectiva, no cabe la pregunta: ¿por qué creó Dios el universo en cierto momento? ¿Por qué reveló Su voluntad en el Monte Sinaí? La respuesta es simple y directa: Dios simplemente lo dispuso así. Dios es enteramente libre, se comporta de acuerdo con Su voluntad. No tiene que dar explicaciones, no justifica Sus actos.

La creación del hombre a “imagen de Dios” probablemente quiere decir que el ser humano es poseedor del atributo Divino de la libertad y, por lo tanto, Dios le habla, se comunica con el ser que posee una característica similar a la Suya. Dios ordena al hombre que se reproduzca porque el hombre puede escoger “no multiplicarse” en el ejercicio de su libertad.

Como una expresión de su libertad, el primer hombre y la primera mujer comen del fruto del árbol prohibido. La desobediencia de Adán y Eva no es necesariamente un acto de rebeldía, es una demostración de independencia, libertad. Mientras que la naturaleza sigue, de manera insensible, las “leyes” que rigen su desenvolvimiento, tal como si fuese una extensión de Dios, el hombre es un “otro” frente a Dios, el ser con quien comparte la libertad, atributo fundamental de la Deidad. Mientras que la naturaleza no tiene opciones frente a la “ley natural”, el hombre decide independientemente, a veces opta por acatar las normas, en otras ocasiones las ignora, incluso las desobedece, como una consecuencia de su libertad de acción. No obstante, como una manifestación de gran amor, Dios comparte Su libertad con el ser humano.

David Hartman argumenta que la concesión de la libertad puede ser comparada a la actitud del padre que no interfiere en las decisiones del hijo y, de esa manera, permite que éste aprenda de sus errores, el poder decidir por sí mismo estimula su desarrollo y crecimiento. El más fuerte tiene que asignar un límite a su autoridad para permitir que florezca la personalidad y la dignidad del otro. Mientras que el misticismo busca la unión al Infinito y opina que la perfección es obtenible únicamente en una fusión con la Deidad, el judaísmo clásico considera que la separación del hombre de Dios permite un brit, un pacto que requiere cierta paridad y compromiso entre las partes. Cada miembro del pacto está comprometido a reconocer el “valor” del otro.

En el episodio de la revelación en el Monte Sinaí, el pueblo hebreo no es “absorbido” dentro de la Deidad. Cada quien retiene su “personalidad”, permanece aparte, pero se establece una relación de mutualidad, el pueblo hebreo se compromete a acatar la voluntad de Dios expresada en los Mandamientos, Dios se compromete a proteger a ese pueblo, lo “escoge” para que transmita el mensaje de esa epifanía. El pueblo hebreo tiene que convertirse en una “nación santa”, consagrada, que está aparte, para servir de ejemplo a la humanidad. La “santidad” del pueblo hebreo no lo convierte en una sociedad celestial, no se integra a la Deidad, permanece aparte, moralmente, tendrá que rendir cuentas.

Para el Génesis, el mundo animal y vegetal forman una parte íntegra de la naturaleza, pero se necesita al hombre para hacer Historia. Se crea una interdependencia entre Dios y hombre. La Historia se convierte, parcialmente, en el relato y enumeración de los ‘fracasos’ de Dios, porque ya no puede actuar de manera totalmente independiente, tiene un socio, el hombre. Dios no puede proceder por ‘antojo’, comparte las decisiones acerca del destino del universo con el hombre. El otorgamiento de los Mandamientos implica que Dios considera que el hombre tiene elección, albedrío, no está programado ineluctablemente hacia la obediencia y el cumplimiento de los instructivos Divinos.

El episodio del diluvio, la destrucción con la salvedad de Noé y su familia, es la respuesta de Dios a un mundo corrupto que no merece existir, el ser humano, el protagonista principal, aparenta ser incorregible. Noé no supo influir sobre sus semejantes para que recapaciten. Después del diluvio, Dios decide separar la conducta del hombre y la existencia del mundo. Aunque fue creado a “imagen de Dios” el hombre no alcanza su potencial. Dios “reflexiona” tal como el padre que desea que su hijo cumpla con las enseñanzas que le imparte, pero, simultáneamente, reconoce que su descendiente es un individuo aparte, con voluntad propia. Se crea una distancia entre el Dios que es libre y el hombre que es libre. Dios “reconoce” que el ser humano es autónomo, aunque con “s” minúscula, es soberano. El hombre posee albedrío, escoge, pero sus facultades intelectuales y emocionales tienen serias limitaciones, se hace necesario darle un marco de acción, se le impondrá la “ley” que será revelada en el Monte Sinaí.

Con la aparición de Abraham en la Historia, se produce un cambio, Dios obtiene un “socio” con el cual puede conversar, los dos hablan el mismo idioma. Se celebra un nuevo “pacto”, entre desiguales, pero con una visión similar: se sentencia que, guemilut jasadim, la convivencia y la armonía, la preocupación y la responsabilidad entre los seres humanos es la vía para obtener el potencial que el mundo encierra. La entrega de la Torá en Shavuot viene a ser la conlcusión del primer episodio que comenzó con el pacto de Dios con Abraham.

Armado ahora con la Torá, el pueblo judío emprende la gran aventura de la conquista de la Tierra Prometida para habitarla y regir su vida de acuerdo con las mitsvot. Pero la Historia es implacable y graba una relación tenue entre el humano y Dios. Alejamiento y acercamiento pendulares se torman en una realidad cotidiana, y la Historia concluirá tan solo cuando todos los seres humanos comprendan que el sendero para la convviencia, para su realización espiritual solo dará con el cumplimiendo del brit, el juramento que el pueblo hebreo hizo en la cercanía del monte Sinaí cuando exclamó: Naasé venishmá, cumpliremos y entonces recién entenderemos, porque la fe tiene que estar basada en la acción que se concreta a través del cumplimiento de las mitsvot que conduce a un comportamiento altamente moral y ético que justifica su creación “a imagen de Dios”.