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La montaña de Dios
Qué hubiera pasado si no mordían la manzana?
¿Quién tiene la última palabra?
BEHAR - Levítico XXV - XXVI,2
El título de nuestro capítulo hace referencia al Monte Sinaí donde Moshé recibió las instrucciones específicas acerca de la ley de shemitá, el descanso obligado de las tierras cada siete años. Los jajamim se plantean la interrogante: ¿por qué se seleccionó esta ley, en particular, para que mereciera ser comentada en el propio Sinaí? La respuesta es que, en realidad, todas las leyes fueron analizadas en sus diferentes detalles en aquel momento histórico y la ley de shemitá, por lo tanto, se utiliza, únicamente como un ejemplo.
Está claro que existen numerosas mitsvot adicionales que no fueron enunciadas en el Sinaí. Tenemos un enorme equipaje de mitsvot derabanán, de leyes que fueron promulgadas por nuestros sabios en épocas posteriores las que por fuerza tuvieron que estar ausentes en Sinaí. Los jajamim también se vieron obligados, de acuerdo con las circunstancias del momento, a afinar y a moderar las instrucciones de la Torá para poder mantenerse fieles a lo que consideraron era el espíritu de la Ley. Por ejemplo, la Torá prohíbe el cobro y el pago de intereses. En una sociedad agrícola es el cumplimiento de esta ordenanza es muy factible. Pero en una sociedad mercantil, y con mayor razón aún en nuestra sociedad industrial, o post industrial, el dinero se convierte en una mercancía, en un bien que posee valor propio. Hoy en día, por ejemplo, se habla del costo del dinero. Los que sufren son los menos afortunados, porque los préstamos les son negados. Por lo tanto, los jajamim instituyeron la héter iská, que es un documento legal que convierte al prestamista en una especie de inversionista. Así el cobro de intereses se convierte en los dividendos de una inversión. Para algunos, se trata de un artificio que evita la sanción de la ley. Para otros, es el resultado del ingenio de los eruditos, que por un lado facilita los préstamos al necesitado, pero que, al mismo tiempo, nos obliga a tomar conciencia de la prohibición básica de oprimir indiscriminadamente al prójimo. El mismo hecho de que tengamos que recurrir al héter iská, sirve para recordarnos que su ausencia implica que estaríamos violando una ley de la Torá.
El encendido de la luces de Janucá puede considerarse como el prototipo de una mitsvá propiamente dicha, instituida por nuestros jajamim. Los hechos que Janucá celebra ocurrieron siglos después de que la Torá fue otorgada en el Sinaí. Por lo tanto, podemos preguntar ¿cómo es posible recitar antes de encender estas luces asher kideshanu bemitsvotav vetsivanu…? ¿Acaso fue Dios quien nos ordenó encender estas luces durante un lapso de ocho días? Según la opinión de nuestros sabios, las instrucciones futuras de los jajamim fueron ordenadas, simbólicamente, en el Monte Sinaí. La Torá es la fuente de la autoridad de nuestros sabios. Así, el momento histórico del Sinaí se transforma en una revelación continua de la voluntad Divina a través de las interpretaciones y decisiones legales de los jajamim de todas las épocas.
Tal como Dios es el autor de la Torá, es también El que creó el intelecto humano, el que tendrá que interpretar en el futuro estas Sagradas Escrituras. Más aún, el Talmud en el tratado de Bavá Metsiá relata una disputa entre Dios por un lado y el Tribunal Celestial por el otro, con referencia a una cuestión de tumá, que es la impureza ritual. Según el Todopoderoso, en la situación en cuestión no se produce una contaminación ritual; según el Tribunal Celestial sí la hay. El caso se llevó ante Rabá bar Najmani quien era muy estudioso de estas cuestiones, según el texto del Talmud citado. Está claro que carece de sentido instruir a Dios acerca de Su Ley. El, Dios, siempre tiene razón en cualquier duda acerca de la interpretación correcta de Su Voluntad. Con todo, la enseñanza que podemos derivar de nuestro episodio es la insistencia del Talmud que la Torá le fue dada al ser humano para que sea éste último quien la interprete de acuerdo con ciertas normas. Lo bashamáyim hi, una vez que la Torá fue entregada en el Monte Sinaí, dejó de ser propiedad celestial. Ahora es el hombre quien tiene la posibilidad y la obligación de estudiarla, interpretarla y profundizar en sus enseñanzas.
¿Acaso la Torá también le otorga a los jajamim la autoridad para cambiar radicalmente la ley? Esta es una interrogante cuya respuesta no es fácil o simple. A veces, por ejemplo, tomando en cuenta el hecho de que los vendedores de pescado se aprovechaban de la víspera de Pésaj para especular indebidamente con los precios, el rabino de la aldea prohibía comer pescado en esa festividad. Y en efecto, la persona que lo desobedecía estaría violando la ley. Nos han llegado relatos de los campos de concentración en la época nazi que dan testimonio de que cierto rabino ordenó a los allí detenidos comer en Yom Kipur dado la grave condición de desnutrición que hacía peligrar seriamente sus vidas. Cuando le participaron al Jafets Jayim que las vidas de los integrantes de una compañía de soldados judíos en Siberia peligraba porque no tenían con que alimentarse y el frío era muy severo, respondió que podían comer jazir que era la única comida disponible (óber nit shmochken di béiner, sin chuparse los dedos). Nuestros sabios se basan en el pasuk de Tehilim que reza, et laasot laShem heferu Torateja, “tiempo es de hacer algo para el Señor, porque destruyen Tu ley”.
¿Puede un rabino, o un maestro de nuestra ley, contradecir la decisión de otro rabino? El Mará deatrá, el maestro del lugar tiene la última palabra en una cuestión legal. Sin embargo, un Beit Din, que es una Corte rabínica, o un talmid jajam, un sabio que pueda documentar la validez de una opinión contraria, citando fuentes autorizadas para tal efecto, podría anular la decisión original. ¿Quién decide cuál Beit Din tiene mayor autoridad que otro? ¿Cuáles son los parámetros que se utilizan para preferir entre dos autoridades rabínicas? Existen ciertos principios básicos. Generalmente consideramos que las generaciones anteriores eran más conocedoras de la ley, tal vez por estar más cercanas a nuestro comienzo en el marco del tiempo. Por ejemplo, los Amoraim que son los maestros de la Guemará, que contiene las discusiones de las academias y que forma parte del Talmud, no pueden cuestionar a los Tanaim que son los maestros de la Mishná, que es el compendio central y anterior de la Torá oral. Cuando enfrentamos una disputa entre los sabios de una misma generación, nos atenemos a varias reglas. Tal vez la más importante de ellas sea que respondemos a la mayoría, según la indicación de la Torá, ajarei rabim lehatot.
El Talmud en el citado tratado de Bavá Metsiá relata que Rabí Eliézer, que por su piedad tenía poderes para alterar el curso de la naturaleza, invocó esta habilidad para imponer su punto de vista frente a la mayoría de los jajamim, los sabios de la época. Los jajamim se negaron a acatar la decisión de Rabí Eliézer, aun después de haber escuchado un bat kol, que es una voz de origen celestial que le daba a este Rabí Eliézer la razón en la disputa. Lo bashamáyim hi, argumentaron los jajamim. La Torá ya no se encuentra más en las alturas celestiales. Ahora somos nosotros, de acuerdo con las instrucciones de esta Torá, los que por ser mayoría tenemos la decisión en nuestras manos.
El Talmud establece una jerarquía respecto los jajamim señalando que la decisiones de algunos de ellos tienen preferencia sobre las de otros. En ocasiones no se puede llegar a una conclusión y se permite que la decisión final quede en teiku, en espera. No obstante lo antedicho, la realidad es que en cada generación sobresalen ciertos talmidei jajamim como los grandes eruditos cuyas decisiones son respetadas universalmente. El finado Rabí Moshé Feinstein de la ciudad de New York fue una de esas personalidades excepcionales. No existen parámetros definidos para alcanzar una posición intelectual que amerite el respeto de todos. Las numerosas decisiones rabínicas de Rabí Moshé Feinstein fueron publicadas y casi nunca fueron refutadas por otros estudiosos. De tal modo se convirtió en el posek, la persona cuyos fallos fueron mayoritariamente solicitados desde las más diversas y lejanas comunidades judías y cuyas decisiones son motivo de estudio en las diferentes yeshivot, las academias que se dedican, con exclusividad, al estudio de las fuentes judías tradicionales.
Todos tenemos una llama interna
Procurando una mejor vida
“Honrarás a tu padre y a tu madre”
Parashá Kedoshim - Levítico XIX - XX
El título de nuestra lectura bíblica proviene de la raíz hebrea kadosh que quiere decir santo o sagrado. Dios le dice a Moshé que instruya a toda la congregación de Israel ser kedoshim, santificados, porque El, también lo es. Según Rashí, la instrucción de kedoshim debe entenderse en el sentido de que nos separemos o que nos mantengamos aparte, que no participemos en las relaciones sexuales incestuosas que son el tema de los capítulos anteriores. Al mismo tiempo debemos mantenernos separados de cualquier averá, que es la desobediencia a una mitsvá, la que a su vez es una ordenanza Divina contenida en la Torá.
La oración central de las tardes de Shabat reza Atá ejad, veShimejá ejad, umí keamejá Israel, goy ejad baárets, que quiere decir Tu (Dios) eres Uno (único), y Tu Nombre es Uno, y quien como Tu pueblo Israel, que es un pueblo único en la tierra. Efectivamente, desde el comienzo de nuestra historia como pueblo, hemos sido kedoshim, diferentes y “otros” en relación con el resto de la humanidad. Según el Midrash, Avraham se llamaba Ivrí, porque él, se situaba en un éver o lado del río y el resto del mundo estaba en la orilla opuesta. Avraham enfrenta al resto del mundo y lo estimula con su concepción de la Divinidad única.
Golda Meir se refirió a esta característica también, cuando, en el seno de las Naciones Unidas, señaló que cada una de las naciones que la integran, tiene alguna afinidad especial con alguna otra. Ya sea por pertenecer al mismo bloque ideológico y político, ya sea por razones culturales o históricas, ya sea por compartir el idioma o la religión. Venezuela, por ejemplo, pertenece al grupo Latinoamericano. El español, que es su idioma, es compartido por un amplio sector del continente. La religión católica es practicada por la mayoría de sus habitantes y por un gran número de los habitantes de las otras naciones del continente americano. La afinidad entre los diferentes países árabes es por todos conocida. El caso de Israel, en cambio, es único. No comparte ni el idioma, ni la religión con nación alguna. Israel, es diferente. Israel, es único. Israel es el judío de las Naciones Unidas.
El pueblo judío no adhiere a los principios y a las normas de la historia universal. El historiador Arnold Toynbee tuvo grandes dificultades en integrar e incluir a este pueblo en su esquema de la humanidad. Es posible que no hubiese manifestado prejuicios de antisemitismo cuando nos calificó de pueblo fósil. Parece que no pudo ubicarnos, cómodamente, en su modelo histórico: es el único caso en los anales de la humanidad, donde que un pueblo se mantiene fiel a su identidad nacional y religiosa, por el largo lapso de dos milenios, sin tierra propia bajo sus pies. Los estudiosos ofrecen diversos motivos y causas para este hecho. Pero la realidad continúa igual. Hemos desafiado todas las teorías y continuamos siendo, cuando ya debíamos haber dejado de existir.
De manera similar, la nomenclatura que es aplicable a otros pueblos, no es rigurosa en nuestro caso. El Judaísmo no es exactamente una religión. (El finado Rabino Dr. Leo Jung del Jewish Center de New York solía enseñarnos en un curso que dictaba en Yeshiva University, que en el judaísmo, no hay dogmas, a sabiendas de que el dogma es fundamental para las religiones). Ser judío no equivale (no es idéntico) a la práctica del judaísmo. Es mucho más fácil responder a la famosa interrogante de ¿”quién es judío”? (aunque políticamente es una cuestión candente en la actualidad, que repercute en este momento histórico cuando deberíamos sumar fuerzas y abstenernos de divisiones internas adicionales), que a la pregunta ¿”qué es un judío”?
La “elección” del pueblo judío que es una noción que repetimos cuando somos llamados a la lectura de la Torá al recitar asher bájar banu mikol haamim, significa “que nos escogió entre todos los pueblos”, tiene que ser entendida y explicada de alguna manera. Es arrogante y seguramente erróneo, presumir que somos mejores que otros. Si nos destacamos en algunas disciplinas, somos débiles en otros campos. No cabe duda, sin embargo, que el mundo en el cual hemos actuado nos considera diferentes y “otros”. Nuestra “elección”, se debe manifestar tal vez, en la firmeza de nuestras convicciones y en la disposición a entregar nuestras vidas, a mantenernos fieles, leales y consecuentes con nuestros ideales, que al fin de cuentas debe ser el modelo a seguir por toda la humanidad. Se nos ha comparado con una corriente en las cercanías de las islas de Bermuda, que está en medio de un inmenso océano y que, sin embargo, no permite que sus aguas se confundan con las aguas que la rodean manteniendo esta corriente sus características especiales.
La Torá le pone un marco y un límite adicional a la relación entre padres e hijos al incluir en el mismo versículo de nuestro texto semanal, el temor a los padres y la obligatoriedad de cuidar el Shabat. Los jajamim utilizan esta coincidencia para enseñar que la obediencia a los padres, está condicionada a las enseñanzas de la tradición. O sea que la Torá es suprema cuando un padre ordena el desafío a sus leyes. Este tema, el de la interacción entre padres e hijos, está incluido en el listado de los Diez Mandamientos. Según los jajamim, el dictamen que ordena “honra a tu padre y a tu madre” sirve para que se produzca la transición entre las obligaciones del ser humano con su Creador, que es el patrón del primer grupo y las leyes que rigen las relaciones entre los hombres, contenidas en los últimos cinco mandamientos. Dios es el creador del cosmos y nuestros padres son nuestros “creadores” biológicos.
En nuestros días, cuando observamos el debilitamiento de la unidad familiar se hace imperioso el énfasis en el cumplimiento de esta ley de “honrar y temer” a los padres. El Talmud especifica esta relación señalando que un hijo no debe sentarse en el puesto fijo del padre en la mesa, no debe contradecirlo, y cuando su padre está debatiendo con otra persona, el hijo debe abstenerse de participar. Ni siquiera para darle la razón a su padre. Lo antedicho forma parte de morá, el “temor” al padre. La “honra” que se le debe al padre, kibud, en hebreo, se traduce en brindarle comida y bebida (en caso de pobreza,) de proporcionarle vestimentas (si fuese necesario), y de permitirle entrar o salir primero de cualquier lugar.
El Talmud, igualmente en el tratado de Kidushín, afirma que el padre también tiene obligaciones específicas con su hijo. El padre tiene la responsabilidad de enseñarle Torá (desde tiempos antiguos se transfirió la tarea de la educación a los maestros y a las escuelas), de facilitarle un oficio para que pueda defenderse en la vida (durante la Edad Media, los judíos fueron excluidos de los gremios de artesanos y por lo tanto tuvieron que dedicarse a otras actividades). El padre debe circuncidarlo (berit milá) a los ocho días, “redimirlo”, cuando es aplicable, a los treinta días (pidyón habén). Un padre tiene que enseñarle a nadar (¿physical fitness?) a su hijo. Quizás la intención de esta instrucción es que un padre debe ayudar para que su hijo pueda defenderse en las diferentes situaciones que la vida y la naturaleza le pueden presentar. Un padre debe encontrar una esposa para su hijo (la referencia probable es prepararlo emocional y económicamente para contraer matrimonio). De esta manera, la tradición judía no se satisface con una instrucción abstracta, sino que define la manera como debemos llevar a la práctica esta relación entre padres e hijos.
Nuestros capítulos semanales contienen numerosas leyes e instrucciones adicionales que son de importancia capital y que merecen un estudio minucioso. Terminamos nuestras líneas citando a continuación la ley que prohíbe no sólo la adoración de los ídolos, sino qué incluso está prohibido considerar la mera posibilidad de su existencia. Es obvio entonces, que consultar diariamente el horóscopo, o acudir a un adivino o hechicero, no es algo acorde con nuestra ley. Nuestro asombro fue grande, cuando nos enteramos de que la esposa de Ronald Reagan consultaba con una astróloga de Los Ángeles, porque temía por la vida de su esposo. Para Nancy Reagan, los secretos de la astronomía (que podían ser descubiertos por la nave espacial Challenger), no se comparan con los vaticinios infalibles para ella, que la vidente astróloga le proporcionaba. Si esto es así, quien puede menospreciar la urgente necesidad del estudio de la Torá (con sus normas que prohiben la práctica de la magia y de la superstición) y de la práctica de sus leyes, que obviamente continúa vigente en nuestra modernidad.
Cuerpo y alma
Concepción judía de la libertad
Franklin D. Roosevelt en el célebre “State of the Union Address” que pronunció en 1941 ante el Congreso de los Estados Unidos, enumeró las cuatro libertades que deben ser fundamentales para los seres humanos: la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad para no tener deseos insatisfechos (liberty from want), la libertad sin miedo (liberty from fear). La formulación en español es un tanto compleja y no refleja la elegancia del inglés original. Sin embargo, la idea es clara. De acuerdo a Roosevelt, todo ser humano tiene ciertos derechos inalienables relacionados con la libertad que ningún estado o gobierno puede arrebatar.
De alguna manera, la formulación de Roosevelt está basada en el grito de “libertad, igualdad y fraternidad” de la Revolución Francesa, consigna que sirvió de inspiración para una revolución social y política genuina en el mundo occidental que tiene resonancia incluso en el momento actual.
Este concepto de libertad está enmarcado dentro de una filosofía antropocéntrica. Se refiere a un universo que tiene como epicentro al ser humano, cuya dignidad exige la libertad como un elemento básico. Nada ni nadie debería interferir con los deseos y actuaciones del hombre y la mujer cuyo bienestar es el propósito fundamental de la sociedad.
En la antigüedad, en cambio, muchas sociedades sostenían que la libertad estaba destinada solamente para los sectores privilegiados de la especie humana. Los romanos, por ejemplo, consideraron que la libertad era apropiada para los “patricios” mientras que la esclavitud era el predestino de la mayoría.
La tradición judía parte de una premisa según la cual Dios es el punto de referencia, el eje alrededor del cual la creación gira. Porque Él es el Creador de todo lo existente. Dios es el único Ser enteramente libre que insufló su espíritu en el hombre, hecho que le proporcionó un grado de libertad que este hombre ejerce, a su vez, gracias a su intelecto desarrollado, muy por encima de cualquier otra criatura que habita la tierra. La libertad del hombre, de acuerdo a esta visión, es una consecuencia del hecho de que el ser humano fue creado a semejanza e imagen de Dios. Más no debe olvidarse que Dios es el Ser Supremo, mientras que el hombre es una de las tantas creaciones de este Dios. Por ello, la libertad del hombre también tiene que ver con Dios. No es un bien en sí mismo sino un instrumento que debe estar al servicio de Dios.
La tarea de Moisés, el gran libertador del pueblo judío, tuvo dos aspectos básicos. El primero de ellos tenía que ver con ponerle un fin a la servidumbre en Egipto, hecho que se celebra con la festividad de Pésaj. Pero el cese de la esclavitud era solamente un prerrequisito para el cumplimiento de la voluntad Divina que sería revelada en el monte Sinaí siete semanas después del Éxodo de Egipto.
Incluso la noción contemporánea de la libertad es totalmente diferente al libertinaje. El ser humano no es totalmente libre para hacer lo que se le antoje. Está claro, que en el ejercicio de la libertad no se debe interferir con los derechos del prójimo. Más aún, muchos consideran que existe un código, no necesariamente escrito, que coloca un límite al ejercicio de la libertad en los diversos campos, tales como la del uso de la palabra que demanda abstenerse de la calumnia e injuria verbales a otras personas. Está claro que la libertad no implica un derecho para arrebatar lo que a otros pertenece, y así sucesivamente.
Para el judaísmo tradicional, la libertad tiene un valor intrínseco pero que es insuficiente por sí solo. La libertad tiene que estar acoplada a una conducta para hacer el bien en la sociedad. Por ello, el conjunto de ordenanzas contenidas en las Sagradas Escrituras, especialmente en el texto de la Torá y su complemento contenido en el Talmud, constituyen un recetario para la aplicación de la libertad a las actividades humanas.
En otro nivel de pensamiento, se puede argumentar que únicamente la persona que se somete a un régimen de disciplina personal, puede ejercer cabalmente la libertad. La persona que es prisionera de la gula, quien cede ante todos los deseos carnales y de otra índole, rinde el ejercicio de la libertad a los apetitos que nunca son enteramente satisfechos.
Una de las consecuencias de una vida que se rige por los diversos instructivos contenidos en la Torá, es que le permite a la persona ser el dueño de sus pasiones, evaluar una situación para luego actuar de una manera consciente y responsable de acuerdo a la convicción y no por la utilidad o conveniencia; acorde a la reflexión y no al deseo momentáneo.
No se puede ni debe minimizar la revolución implícita en la formulación de “libertad, igualdad y fraternidad”, enunciado que marcó el inicio de una nueva etapa en la sociedad europea y que sirve de alarma que exige una toma de conciencia para aquellas sociedades que aún se resisten en otorgar igualdad a ambos sexos frente a la ley, que discriminan entre los seres humanos en los sitios de trabajo, que impiden el libre ejercicio del pensamiento. Roosevelt no habló solo para su generación cuando exhortó por el derecho a una vida sin miedo, sin temor por las represalias que un estado autoritario desea imponer.
El judaísmo se identifica totalmente con lo antedicho, solo que exige dar un paso adicional. Después del Éxodo de Egipto, ¿acaso ejercerían estos esclavos su recientemente obtenida libertad para convertirse en los futuros capataces de otro sector más frágil de la sociedad? Se sumarían los hebreos a los “patricios” de la antigua Roma, se unirían a los poderosos que se aprovechan de los indefensos, o al contrario, proclamarían en voz alta y sonora que la esclavitud es una perversidad, que cuando el más fuerte impone su voluntad sobre el débil está cometiendo una inmoralidad. La libertad obtenida tenía que ser canalizada hacia algún propósito diferente, loable y productivo, necesario para un proceso de acercamiento al Creador que es el Ser auténticamente libre.
La festividad que conmemora el otorgamiento de la Torá en el monte Sinaí es Shavuot y, a diferencia de las otras celebraciones, carece de una fecha precisa en el texto bíblico. ¿Por qué? Tal vez para destacar la dependencia de esta festividad con Pésaj, tal como si Shavuot fuese la culminación del Éxodo de Egipto. La Torá califica y regula la libertad que Pésaj simboliza. La Torá ordena que se debe contar 49 días, empezando con el segundo día de Pésaj, de acuerdo con la interpretación rabínica, para fijar la fecha de Shavuot para que el proceso de la libertad tenga su razón de ser, para que esta libertad sea aquilatada por las normas contenidas en la Torá.
Sin la festividad de Shavuot, Pésaj sería una sinfonía inconclusa. El pueblo hebreo celebraría el rompimiento de las cadenas de la esclavitud, pero no sabría qué hacer con la libertad obtenida.
Está claro que una libertad sin norte, carente de un telos, puede convertirse incluso en una amenaza para la sociedad, ya que algunos pueden interpretar esta libertad como el derecho originario para cualquier comportamiento, sin freno y libre de todo límite, indiferente a los derechos de otros. En un mundo a veces con tendencias “orwelianas”, donde algunos líderes constantemente invierten el sentido real de los valores y reescriben la historia del pasado a su conveniencia, se hace indispensable un marco de referencia que esté anclado en valores trascendentales que no responden a los requisitos utilitarios del momento.
Es menester tomar conciencia que la libertad exige una vigilancia constante porque siempre se encuentran aquellos que desean suprimirla o arrebatarla para así imponer su agenda político-social personal. Por ello es necesario continuar celebrando Pésaj y Shavuot, la libertad física y la posibilidad de utilizar la libertad para acercar al ser humano a su Creador cuyas características de justicia y verdad debe imitar.
Los eruditos y exégetas de las Sagradas Escrituras comprendieron muy bien que siempre existirán aquellos deseosos de manipular la libertad para adecuarla a sus intereses. Expresaron este concepto al señalar que la palabra “jarut” utilizada al describir los Diez Mandamientos que fueron “jarut”: grabados, de manera permanente, sobre Dos Tablas de piedra, al hacer un cambio de las vocales, que en hebreo no están explícitos en el texto escrito, se puede dar un nuevo sentido a este vocablo. Formularon, “al tikrá jarut ela jerut”, no leas en el texto la palabra como “jarut” sino “jerut”. Propusieron que la palabra “jarut” que quiere decir “grabado” también alude a la noción de “jerut” que significa libertad. O sea que a través del cumplimiento de los Diez Mandamientos que están grabados de manera permanente, el ser humano adquiere la libertad, la posibilidad de expresar su propia personalidad pero siempre dentro de un marco que respete el derecho de libertad del prójimo.
Vive en tu Tiempo
Definitivamente la influencia del medio donde vivimos es grandiosa, nunca debemos olvidar “nuestro tiempo” que quizá no sea idéntico al de la nación donde nos encontramos. es importante que tengas en mente este detalle, y así lo evoca parte del ceremonial de Pesaj que está por celebrarse en unos días. Gracias por el constante y crecido apoyo. Sigan compartiendo este espació educativo con amigos y familiares. Feliz Pesaj!



