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El sendero de la redención
Deuteronomio XXXII - HAAZINU
El mensaje final de Moshé se convierte en un discurso poético en nuestros capítulos semanales. Según Rambam, en algunos centros tradicionales, se solía cantar este himno al concluir los servicios religiosos diarios. El Talmud menciona que las seis estrofas de este himno eran cantados por los leviyim cuando se ofrecían los musafim, los sacrificios adicionales de las festividades en el Beit HaMikdash, el Templo de Jerusalén.
Nuestro texto comienza con el siguiente enunciado, haazinu hashamáyim vaadabera, vetishmá haáretz imrei fi, que quiere decir escuchad, oh cielos y hablaré, y oiga la tierra las palabras de mi boca. Según Rashí, el cielo y la tierra no constituyen imágenes de la expresión poética, sino que se convierten en los testigos reales de nuestro comportamiento. El cielo y la tierra sobreviven a los mortales y por lo tanto pueden dar testimonio sobre las actividades y la obra de las diferentes generaciones humanas. (De acuerdo con el midrash, el pueblo de Israel también es eterno, tal como lo son el cielo y la tierra). Más aún, el cielo y la tierra pueden ser los primeros en reaccionar frente a nuestro comportamiento. Si cumplimos las mitzvot, los cielos son generosos con la lluvia y la tierra nos ofrece sus frutos en abundancia. En caso contrario, el cielo y la tierra son los primeros en castigarnos al negarnos los elementos indispensables para la existencia.
El profeta Yeshayahu en su amonestación al pueblo utiliza los mismos términos. Shimú shamáyim vehaazini éretz, “escuchad, oh cielos, y apresta el oído, oh tierra”, exclama el profeta. Nuestros jajamim señalan que la palabra haazinu es utilizada por Moshé con referencia al cielo, mientras que Yeshayahu la emplea con relación a la tierra. Según el Sifrí existe una diferencia semántica. Haazinu implica escuchar de cerca, y tishmá se refiere a escuchar de lejos. Moshé que se encontraba cercano a lo Divino emplea el primer vocablo cuando se refiere a los cielos, pero Yeshayahu se encontraba más cercano a la tierra y por lo tanto el uso diferente de los vocablos.
En los albores de nuestra historia nacional estábamos más cercanos a las fuentes de nuestra tradición religiosa. El Talmud afirma que durante el período de yetziat mitzráyim, el éxodo de Egipto, una sirvienta vio un mayor despliegue y una revelación más clara de la divinidad, que Yejezkel en sus visiones proféticos. Moshé conversaba con Dios panim el panim, que quiere decir cara a cara. En el caso de los neviim, en cambio, el Creador aparece como un reflejo en un espejo, y para el profeta gentil Dios se presenta, casualmente, en un sueño. La utilización respectiva de la palabra haazinu por parte de Moshé y de Yeshayahu le sirve a nuestros jajamim como una ilustración de su interpretación de la historia humana. Con el pasar del tiempo, a su juicio, nos alejamos de lo celestial, y nos acercamos cada vez más a lo terrenal. Nos apartamos de lo espiritual y nos adosamos a lo material, en nuestra obsesiva compulsión por adquirir y poseer objetos.
En el mismo espíritu de nuestra reflexión anterior, Moshé exclama, vayishmán yeshurún vaivat, que quiere decir, Yeshurún (el pueblo de Israel) al engordar, se encabritó; shamanta avita kasita, vayitosh Elohá asahu, vayenabel tzur yeshuató, “al cubrirse de gordura abandonó a Dios, su Creador y se olvidó de la Roca de su salvación”. La abundancia material insensibiliza al individuo y lo ciega a las necesidades de otros. En efecto, la persona termina por opinar kojí veótzem yadí asá li et hajáyil hazé, que quiere decir por mi fortaleza y el poder de mi mano he logrado esta riqueza. Está claro, entonces, que la tarea pendiente es el golpe de timón que permita un cambio radical de rumbo, a fin de que empecemos a dirigir nuestras miradas hacia los valores espirituales, de acuerdo con las enseñanzas contenidas en la Torá. Probablemente, el ideal es encontrar el término medio que permita una apreciación del mundo material circundante (que es también el resultado de la creación Divina) y valorar lo que es trascendente y permanente, y lo que es celestial.
En la concepción de la tradición judía, la naturaleza responde al comportamiento moral humano. El desarrollo y el crecimiento de la vegetación no son la consecuencia de un proceso inconsciente y automático. El Midrash dice al kol ésev vésev omed alav malaj, que quiere decir que hay un ángel sobre cada brizna de césped que la impulsa a crecer. La moraleja es que nuestra conducta ética tiene repercusión e influye sobre el mundo que nos rodea. (La contaminación ambiental que enfrentamos en nuestros días es el resultado de la irresponsabilidad física y probablemente también tiene un ingrediente moral, que es el que nos ha hecho tomar conciencia de las graves consecuencias de nuestras acciones).
Moshé recurre a varias imágenes de la naturaleza en su mensaje de despedida. Yaarof kamatar likjí, “mi enseñanza caerá (sobre vosotros) como la lluvia”, es una de las primeras imágenes utilizadas. Tal como la lluvia no discrimina y derrama la misma cantidad de agua sobre cada superficie, de manera similar la Torá está al mismo alcance para todos. Comenta el Sifrí, ma matar jayim leolam, af divrei Torá jayim leolam, que quiere decir tal como la lluvia proporciona vida para el mundo, así también la Torá da vida al mundo. Tal como cuando no hay vida hay muerte, en la ausencia de la Torá, afloran la violencia y la intolerancia, la brutalidad y la destrucción. La alternativa al estudio de la Torá no es la ignorancia y la apatía. Donde no hay Torá, crecen y maduran la maldad y la depravación. Cada quien tiene la capacidad de valerse de esta fuente de vida que es la Torá y esto depende únicamente de su esfuerzo personal y de su perseverancia. Tal como una lluvia tenaz puede perforar la roca más sólida, así también el estudio constante amplía los horizontes, ablanda los corazones endurecidos y estimula nuestros sentimientos de identificación y simpatía por los menos afortunados.
Concluimos con una reflexión adicional sugerida por nuestro texto. La tradición judía exige la introspección, la búsqueda de razones internas para explicar cómo se desenvolvieron los sucesos. Según las enseñanzas de nuestros sabios, somos victoriosos en nuestros enfrentamientos con los enemigos, porque cumplimos con las mitzvot. Sufrimos las derrotas, por razón de nuestros pecados. De esta manera, por ejemplo, el Talmud explica que la destrucción del primer Beit HaMikdash se debió al hecho que no supimos separarnos completamente de la idolatría. Las fuerzas invasoras que destruyeron el Templo de Jerusalén, fueron el instrumento Divino para castigar al pueblo. Rambán, en cambio, sugiere que nuestro texto afirma que algunas naciones gentiles serán castigadas. Porque estas naciones no sólo sirven como un instrumento Divino, sino que persiguen y maltratan al pueblo judío porque éste es fiel a Dios y no por algún ocasional desvío del sendero correcto. Se deleitan en castigarnos por la arrogancia y por el odio profundo que sienten por quienes demostramos lealtad y fidelidad al mensaje Divino. Pero, continua Rambán, el proceso de la gueulá, que es la redención final, no se puede detener. Dado que existe esta promesa Divina de una gueulá eventual, tiene por fuerza que producirse un giro y un cambio de rumbo en nuestras vidas. El retorno a las raíces, representado por el concepto de la teshuvá, es el sendero obligatorio por el cual tenemos que eventualmente transitar.
El Segundo Violin
Relato inspirador en visperas de Yom Kipur por el rabino Pynchas Brener
Resuena en la mente la famosa respuesta de Vince Lombardy, el coach de los Red Skins de Washington: “Winning is not the only thing, it is everything”, “ganar no es sólo la única cosa, es el todo”, frase que sirve para recordar la importancia vital de la victoria como la alternativa fundamental en la competencia. ¿Quién recuerda el nombre del atleta que llegó de segundo en el maratón del año pasado? Sólo el ganador tiene la posibilidad de obtener un puesto en los anales de la posteridad.
Durante el transcurso de una entrevista periodística, le preguntaron a Leonard Bernstein cuál era la puesto o el instrumento más difícil de llenar en una orquesta sinfónica.
Se podría especular que no hay suficientes personas que tocan el oboe, por ejemplo, tal vez la trompa francesa o el arpa fuese el instrumento que no se podría cubrir fácilmente.
La respuesta de Bernstein fue que el puesto más difícil de llenar era el del segundo violín. Cada artista quiere ser el primer violín.
Esa fue la tragedia del rey Yerovam ben Nevat, cuando el reino fue dividido en dos partes después de la muerte del rey Shelomó. El profeta Ajiyá le había anunciado que Dios había decidido la separación de la nación debido a la actuación del rey Shelomó, quien importó cultos foráneos como consecuencia de las diferentes mujeres que esposó. Yerovam sería ungido y presidiría el reino de Israel que se constituiría en el Norte, mientras que en el Sur permanecería el reino de Yehudá, que incluiría la ciudad de Yerushaláyim como una deferencia al inmortal rey David. Pero al llegar la festividad de Sucot, cuando la gente quería practicar Aliyá laRéguel, hacer la celebración in situ, en Yerushaláyim, tal como instruye la Torá, Yerovam no quiso que el pueblo tuviera que visitar el reino del Sur e instituyó templos paralelos en el Norte.
De acuerdo con el Midrash, Dios le había prometido a Yerovam que sería el progenitor de una segunda casa real en Israel, aunque el reino de David quedaría siempre en una posición privilegiada. Más aún, de acuerdo con otro Midrash, Dios le dijo a Yerovam que los tres caminarían juntos en el Más Allá: Dios, Yerovam y David. Yerovam cuestionó quién estaría en primer lugar. Dios le respondió que David lo precedería, lo cual fue inaceptable para Yerovam. Él no podía contemplar la idea de ser un segundo violín.
De acuerdo con Leonard Bernstein, y en su respuesta se hace obvio, una orquesta es un todo; por más importante que sea el primer violín, una orquesta puede ser sonora y excepcional como resultado del conjunto total, que necesariamente tiene que sumar todos los instrumentos, incluyendo al segundo violín.
Los pueblos tienen que dimensionarse, encontrar su lugar adecuado en la orquesta de las naciones. No todos pueden ocupar el puesto número uno. Hay naciones que son más populosas que otras, con una larga trayectoria en civismo y cultura, con recursos naturales importantes y, sobre todo, con recursos humanos sobresalientes, gracias —en parte— a su inversión en educación y salud. La idea es ser un fiel y buen segundo violín que no muestre características conflictivas, sino que esté en armonía con la totalidad de la orquesta humana.
Recuerdo que durante su visita, un importante matemático de Harvard, Shlomo Sternberg, quien vino a dictar unas clases y conferencias en la Universidad Simón Bolívar, me dijo que en el ámbito mundial era un matemático de segunda categoría. Sus conocimientos, desde luego, eran muy superiores a los de sus colegas venezolanos. Había escrito un tratado sobre topología que era utilizado en muchísimas universidades. Sin embargo, lo que quedó grabado en mi mente fue su humildad, al afirmar que era de segunda línea, aunque para muchos en Venezuela era seguramente de primera categoría. Cabe mencionar al mismo tiempo que era un gran talmudista, discípulo de mi maestro Soloveitchik.
¿Cuál fue el error de Yerovam? Debido a su inflado ego traicionó la Palabra de Dios, trató de crear una alternativa al Beit HaMikdash, ya que tres veces al año para las festividades de Sucot, Pésaj y Shavuot, todos tenían que subir a Yerushaláyim para celebrar el Jag. Por ello, Yerovam ordenó que Sucot se celebrara un mes más tarde, el 15 de Jeshván, para diferenciarlo de la celebración en Yerushaláyim, que se hace durante Tishrei, unos días después de Yom Kipur.
Al reflexionar sobre ello, estamos claros: el segundo violín también tiene un rol importante que desempeñar y cada individuo debe entregarse a la tarea de indagar acerca de cuál es su rol personal, cuál es la posición que debe asumir en la orquesta de Dios.
Victor Frenkel, fundador de la Logoterapia, cuenta cómo salvó a dos personas del suicidio en el campo de concentración. Uno de ellos era geógrafo y había escrito varios libros sobre este tema. Frenkel lo convenció para que se esforzara en sobrevivir, porque tenía una tarea por cumplir: tenía que continuar con la publicación de libros de geografía.
La segunda persona tenía una pariente cercana que se había salvado y uno de sus deseos más íntimos era poder verla con vida. Ambos encontraron “sentido” para sus vidas, una tarea, un rol que tenían que desempeñar.
Gran parte de la juventud actual no ve con suficiente claridad cuál es la meta, hacia dónde debe dirigir sus esfuerzos en la vida. El uso de la droga y la dolce vita no son sino un síntoma de un vacío espiritual, el resultado de no poder identificar un sentido para sus vidas. Está claro que comer y bailar, beber y tener sexo no es suficiente. Tres cosas hay en la vida, dice la canción: salud, dinero y amor. La formulación puede ser apta para una canción, pero ineluctablemente llega el momento en el que la persona se pregunta si acaso existe algún propósito o ideal por el cual se sienta dispuesto a ofrendarlo todo, incluso la vida. ¿Es acaso la democracia un ideal que merezca la ofrenda de la vida? La Segunda Guerra Mundial aunó a las democracias de Occidente para luchar contra el dominio nazi y la Guerra Fría aunó las voluntades para enfrentar el imperialismo soviético. ¿Existe acaso una disposición similar para enfrentar el peligro contemporáneo representado por el fundamentalismo islámico, que ha desatado una ola de terror en todos los continentes? Aunque nadie puede sentirse a salvo, ¿está la juventud actual dispuesta a arriesgar su vida para salvaguardar las libertades que la Humanidad ha conquistado?
El mundo actual se está dividiendo entre aquellos que ciegamente demuestran su disposición de ofrendar su vida por una idea y aquellos que anhelan pasar los días en los centros comerciales, frecuentar los establecimientos de comida rápida, practicar el sexo irresponsable y gozar, gozar y gozar.
¿Cómo logran obtener adeptos los talibanes? Seducen la mente de los inocentes porque prometen un más allá, un propósito para una vida que carece de sentido. Apelan especialmente a aquellos que se sienten marginados y olvidados por la sociedad; al no poder competir en el mundo de las ideas y el universo empresarial, caen presa de quienes les convencen que sus vidas no son inconsecuentes, les ofrecen la posibilidad de alcanzar la gloria en un segundo, el instante del suicidio.
El mundo material tiene que dejar espacio para el universo de los valores. El sistema educativo no puede limitarse a impartir información y conocimientos. Empezando con el hogar, a través del ejemplo de los padres, el joven debe ser incentivado a buscar su propio lugar en la sociedad, a utilizar sus talentos personales y canalizarlos hacia un bien mayor, que siempre tiene que incluir el beneficio de la sociedad humana. “Kol ejad lefí kevodó umaalató” es una expresión muy utilizada en el mundo sefardí. Cada quien tiene que aportar al desarrollo intelectual y material de la Humanidad, de acuerdo con sus posibilidades y talentos personales.
El sueño de Yaacov es ejemplificante en este sentido, cuando imagina una escalera que une cielo y tierra, mientras que los ángeles suben y bajan por ella. ¿Qué hacían los ángeles? Según el Midrash subían para ver si el Yaacov celestial, el Yaacov posible, el Yaacov en potencia que estaba en el cielo, era parecido al Yaacov terrenal. ¿Acaso Yaacov, cuya cabeza reposaba sobre una piedra, estaba realizando su verdadero potencial?
Estamos reunidos para sentir el calor humano del prójimo, para estar en comunidad y contemplar juntos el significado de este día de Yom Kipur que comienza hoy en la noche con la melodía impactante de Kol Nidrei. ¿Cuál es nuestro propósito en la sinagoga, sino conectarnos, sintonizar el cuerpo y el espíritu con el Creador y de esa manera darle un sentido trascendental a nuestra existencia? De acuerdo con Harav Yosef Dov HaLeví Soloveitchik, hay cuatro senderos para lograr establecer una conexión con Dios.
La vía intelectual es la primera, tal como Rambam lo indica, conocer a Dios, penetrar Su Infinito Intelecto. ¿Cómo puede hacerlo el ser humano? La respuesta es a través del estudio. Dios nos reveló la Torá, allí está plasmada Su voluntad, allí está una parte de Su esencia. El estudio conduce al amor y al respeto, a la admiración por la infinita sabiduría de Dios que está parcialmente contenida en la Torá.
Una segunda vía es a través del sentimiento. Momentos críticos en la vida generan sensaciones extraordinarias. Tanto la alegría como la tragedia pueden producir rayos de luz que permiten un acercamiento al Creador. El nacimiento de una criatura después de largos años de matrimonio, así como, irónicamente, el sufrimiento y la desolación, pueden producir una sensación de cercanía, simultánea al sentimiento de abandono por parte de Dios. Mimaamakim keratija HaShem, “desde las profundidades invoco tu Nombre HaShem”, cuando la soledad impera, en la estrechez, cuando no se percibe ninguna luz al final del túnel existe la posibilidad de sentir la Presencia de Dios.
La tercera ocasión de sentir a Dios, de acuerdo con Soloveitchik es por medio de la mitsvá, el cumplimiento de las ordenanzas de la Torá. La persona que honra sus compromisos, que da testimonio veraz, que observa el Shabat y se coloca los Tefilín, siente la Presencia de Dios a través de estas acciones, porque sabe que su origen es Divino y que cumple con la Voluntad de Dios. La división entre las mitsvot de contenido moral y las mitsvot de carácter ritual se debe a razones didácticas. El judaísmo es un todo que responde a la totalidad del ser humano: a su cuerpo y a su neshamá.
La cuarta vía es la tefilá, la oración. Y no se trata de obtener el favor Divino, sino de entablar una conversación, de verter las angustias personales delante del Padre Celestial. Queremos ser inscritos y sellados, pero, sobre todo, queremos ser reconocidos por Dios, sentir que no estamos solos, que no nos abandonará, que escuchará nuestras necesidades. El sentimiento que producía mayor dolor durante el Holocausto, de acuerdo con Elie Wiesel, era pensar que a nadie importaba su condición, que su sufrimiento no tenía eco en ningún otro corazón humano. La tefilá auténtica es válida y efectiva, incluso cuando no se recibe una respuesta afirmativa. Anhelamos un universo que no sea sordo a nuestras angustias y necesidades. En el momento del dolor más agudo no estamos solos. Acompañar a un moribundo es una gran mitsvá, incluso cuando médicamente ya no se le puede socorrer. El enfermo es reconfortado en sus últimos instantes porque no está solo.
Estas cuatro vías no son propiedad exclusiva de los ganadores, de quienes tienen asegurado el primer puesto en la carrera, o de los que sobresalen por encima de los demás. El más humilde, incluso el ignorante, puede entablar algún tipo de relación con Dios.
Cada persona tiene un rol que desempeñar en este mundo. Quienes intentaron el suicidio en el campo de concentración optaron por escoger la vida porque encontraron sentido para sus propias vidas. Eso debemos buscar e indagar en el fuero interno de nuestro ser, por qué fuimos colocados sobre la faz de la tierra. Seguramente por una razón que va más allá del quehacer diario, que consiste en colmar apetitos que nunca quedan satisfechos.
Contadas personas pueden aspirar ser un Jasha Haifetz, Yehudi Menuhim o Yitzjak Perelman. Las orquestas necesitan un primer violín, pero requieren de muchos segundos violines y otros instrumentos musicales. Es importante no desafinar, estar en sintonía con el resto de la orquesta. Aportarle algo a la sociedad de acuerdo con las posibilidades personales y luego hacer un esfuerzo gigantesco para sobrepasar esos límites.
Dios creó un universo incompleto. Colocó al ser humano sobre la tierra para que pueda compartir la tarea de Tikún Olam, hacer de nuestro planeta un lugar más hospitalario, agradable y lleno de promesa para las generaciones futuras. Con una abundancia de segundos violines, de seres humanos y ciudadanos que construyen patria, que engendran generaciones de gente decente y trabajadora que cumple con la orden que el primer hombre, Adam, recibió en el Gan Eden: leovdó y uleshmró, cuidarlo y trabajarlo para entregar a sus hijos un mundo mejor que el que recibió.
G’mar jatimá tová, habiendo sido inscritos, seamos ahora sellados para un año de salud, de dicha para todos los que nos rodean, un futuro promisorio y paz para nuestros hermanos en Medinat Israel. Una sana y pacífica convivencia con el prójimo, desarrollo y fortalecimiento de las comunidades judías en todas partes.
El precepto número seiscientos trece
Deuteronomio XXI - VAYÉLEJ
El tema de nuestro texto son los últimos días de Moshé. Es el momento de la transferencia del manto del liderazgo a Yehoshua. Jazak veematz, “sé fuerte y valiente”, le dice Moshé a Yehoshua, por la doble tarea que tenía por delante: servir de líder a un pueblo que había calificado de am keshé óref, “un pueblo de dura cerviz”, y enfrentar la difícil empresa que significaba el próximo inicio de la campaña para la conquista de Éretz Israel.
Moshé escribe el texto de la Torá y hace entrega del mismo a los kohanim, los sacerdotes y a los zekenim, los ancianos, que constituyen la dirigencia espiritual del pueblo. La Torá es el documento que da testimonio del berit, el pacto entre el Creador y Su pueblo. Moshé ordena que esta Torá sea leída cada siete años en la festividad de Sucot, en una convocatoria especial denominada Hakhel. Según los jajamim, en esa ocasión el mélej Israel, que era el rey, leía la Torá en voz alta. Al mismo tiempo señalan cuáles eran los capítulos del séfer Devarim que tenía que recitar. La selección del mélej para la lectura pública de la Torá en presencia de las masas, constituye un honor muy singular. Pero, tal vez, la intención era totalmente diferente. El propósito más probable fue el de establecer el marco debido e imponer un límite a los poderes del mélej, quien tiene que regirse por las mitzvot contenidas en la Torá. Estas mitzvot eran conocidas por todos. Porque Moshé, también le dice al pueblo, veatá kitevú lajem, que quiere decir y ahora escríbanlo ustedes, palabras que nuestros jajamim interpretan como la obligación individual de escribir un ejemplar de la Torá. La escritura de la Torá es la última mitzvá y es la número seiscientos trece.
Aun cuando uno reside en una comunidad donde hay una sinagoga con un Séfer Torá, es necesario aparentemente, escribir un ejemplar de este texto sagrado. En caso de la pérdida de ese ejemplar, uno debe escribir nuevamente una Torá. (Por lo tanto, al donar mi Torá a una sinagoga, continúo bajo la obligación de escribir otro ejemplar). Según Rabenu Asher, la finalidad de la escritura individual de la Torá es para que sea utilizada como un texto de estudio. Dado que estamos acostumbrados a los libros, (los libros no abundaban en épocas anteriores porque se copiaban a mano) uno se identifica con el espíritu de esta mitzvá adquiriendo ejemplares del Tanaj, la Mishná, el Talmud y sus comentarios. El Talmud afirma, sin embargo, que si uno recibe una Torá como parte de una herencia paterna, este hecho no lo exime de la mitzvá de escribir la Torá. Se puede deducir, por lo tanto, que el estudio no es la única razón de esta mitzvá, si lo fuera, en este caso no sería necesario escribir un nuevo texto. La Torá recibida en herencia podría utilizarse para el estudio.
Hay quienes sostienen que la razón de escribir individualmente la Torá, aun cuando se haya recibido un ejemplar por herencia, tiene el propósito de aumentar el número de Sifrei Torá en la comunidad. Este razonamiento, apoya nuestro argumento anterior donde sostenemos que el propósito de la escritura es motivar el estudio. Porque el disponer de más ejemplares de la Torá, permite que un número mayor de personas tenga la posibilidad de estudiar su contenido. Por lo tanto, por el hecho de donar una Torá a una sinagoga, contribuyo a ampliar el alcance de su uso.
La importancia de la Torá en la vida judía le otorga un lugar de privilegio y de veneración (recordando siempre que la Torá es sagrada, únicamente, porque contiene la palabra revelada de Dios). Existen numerosos relatos acerca de personas que tuvieron que abandonar todas sus posesiones en tiempos de guerra, pero que lograron rescatar, cargándolos consigo en todo momento, los rollos de la Torá pertenecientes a su familia. Según Rambam se puede vender una Torá, solamente si el producto de esa venta se utiliza para la continuación de los estudios sagrados o para brindarle a una joven la posibilidad de casarse.
El mélej Israel tenía que escribir un ejemplar adicional de la Torá. El primero de estos ejemplares, en cumplimiento de su obligación como la de todo judío, se guardaba en el lugar donde estaba el tesoro del reino. El segundo ejemplar tenía que estar con él en todo momento. Cuando iba a la guerra, durante un juicio, o en caso de algún litigio. Así leímos en capítulos anteriores de Devarim, vehaytá imó vekará vo kol yemei jayav, que quiere decir y (la Torá) estará con él (el rey de Israel) y la leerá todos los días de su vida. Prosigue este pasuk señalando el propósito de este segundo ejemplar de la Torá, lemaan yilmad leyirá et HaShem Elohav lishmor et kol divrei haTorá hazot veet hajukim haele laasotam, que quiere decir para que aprenda (el rey) a temer al Eterno su Dios y sepa cumplir todas las palabras de esta Ley y sus preceptos.
Indudablemente, el principal aporte espiritual del pueblo judío a la humanidad es, su concepción monoteísta de la Divinidad. El judaísmo afirma que existe un solo Dios, que es el Creador de todo el universo, y todo lo que existe proviene de El. Por eso, nadie nació para ser superior a otro. Todos provenimos de la misma fuente. Sin embargo, propongo que la Torá (y en especial la interpretación del Talmud de este texto escrito) es nuestro distintivo especial y extraordinario. En ausencia de Torá, no hay judaísmo.
El estudio de los textos de la Torá es la dedicación religiosa más importante. La Mishná nos enseña que Talmud Torá kenégued kulam, que el estudio de la Torá es primordial y que tiene prioridad sobre otras actividades. Por lo tanto el talmid jajam, el estudioso y conocedor de estos textos sagrados, ocupa un lugar de privilegio en la sociedad judía. A modo de ilustración se puede decir que se ha establecido una ecuación entre la Torá y el talmid jajam. Nuestra tradición le otorga personalidad propia al rollo de la Torá. Por ejemplo, cuando un ejemplar de la Torá se inutiliza porque los pergaminos han sufrido un deterioro tal que su reparación ya no es posible, esa Torá debe enterrarse como en el caso de un ser humano. La relación que se establece entre el estudioso y el texto sagrado se asemeja a la de dos interlocutores que tienen vida y personalidad individuales.
El estudio de la Torá no se limita a la actividad intelectual. El talmid jajam se involucra emocional y espiritualmente con la Torá. Tal como la tradición judía le asigna personalidad al día Shabat, al referirse a Shabat malketá, que quiere decir la reina de Shabat y se anticipa con fervor su llegada a través del servicio religioso denominado Kabalat Shabat, también se le otorga a la Torá características que usualmente son reservadas para los humanos. El estudio de la Torá se convierte en un diálogo entre el estudioso y el texto sagrado. Tal vez sea ésta una razón adicional para el requisito que un sofer, que es un escriba, tenga que escribir los rollos, letra por letra. En la escritura de un ejemplar de la Torá se requiere la apropiada kavaná que es la intención religiosa y por lo tanto, un ejemplar impreso es ritualmente inválido. El sofer tiene que escribir el texto de su puño y letra y de tal modo se enseña que la Torá necesita de la interacción con el ser humano. lo bashamáyim hi, “(la Torá) no está en los cielos”, es la expresión, en un capítulo anterior, para destacar su cercanía y relevancia. Al mismo tiempo es evidente que el estudio y cumplimiento (befija uvilevavejá laasotó) de las normas que contiene, constituyen la esencia de la condición judía.
My brother Jack was MORE.
Dr. Jacob Brener passed away on Elul 25 , 5775
Even when our parents were alive, Jack was not only my oldest brother, he was MORE.
Our middle brother Mark, Rabbi Mordechai Yitschak z’l was a contemporary for me. I played and fought with him. Mark z’l preceeded me by one year to YU, and when I came there, I found he had picked a roommate whose main purpose was to make a “mentsch” out of me. Teach me to be orderly and responsible.
Yaacov Aryeh Chaim, Jacobo, Jack was also a brother, but he was MORE. He was like a second father, and many a time I did something or abstained from doing it, after trying to imagine what would be his reaction to what I was about to do. He worried about the entire family. When his sister in law, my wife Henny, was in New York City alone, mainly because of health reasons, Jack hardly ever missed a day without calling her, asking Henny to come for Shabbat to his home in Queens.
Jack was a physician. Endocrinology was his specialty, but he was MORE, because he had tremendous empathy for his patients. When in contact with one whose accent revealed European origin, Jack would immediately switch into Yiddish to make this patient more comfortable. I remember being present when he had to inject such a patient who was naturally worried about his situation, and in order to make him feel at ease, Jack told him he is giving him a little “Mayim Shelanu”, (water that had a special ritual characteristic) and the patient broke out in tranquilizing smile.
Jack was obviously fluent in Spanish and as the Latin population in New York City grew, he was able to communicate with many in “Mamme Loshon”, (in this case Spanish) and what a difference that makes for a physician patient relationship.
Jack was 10 when we came to Lima Perú in January 1936. He
had attended cheder in Poland, but that was the end of his formal Jewish education. Of course, father z’l, tried his best in Lima to home-teach his children, because there was no Jewish school at that time. And when Jack finished high school in the midst of WWII, our late mother would not contemplate sending him abroad, which in our case meant the United States. So that Jack was from a Jewish perspective basically self-taught, and yet he became MORE in Jewish studies. It was Jack who schlepped me to the Shiurim of Rabbi Herschel Schachter. It was Jack who was always ready to share a “Vort” he had read or heard about a Yom Tov or a Pasuk of the Torah.
As excellent as he was as a professional, having worked in Memorial Sloan Kettering, held a professorship in New York Medical College and very favorably remembered by many students, he also headed the Endocrine Lab of Metropolitan Hospital.
But above all, Jack was an extraordinary husband to his devoted Goldie, great son in law to Rabbi & Mrs. Samuel Weiss of Washington DC. Jack was just MORE.
There is no better father than Jack z’l. There maybe others who are as good, but none better. There were reasons for his pride in his children, Michelle & Dr Yitzchok Teitelbaum, Judy & Marty Grumet and Stanley, the youngest. They 3 children are accomplished lawyers.
Michelle & Yitzchok have made Denver their residence, and their home is a “Shem Davar” in the community. Meet any orthodox family from that city and mention the Teitelbaums and you will know why my brother was so proud.
Judy is a lawyer and Marty is a University professor whom I heard on more that one occasion share a platform with Rabbi Meir Soloveichik when dealing with medical scientific issues and dilemmas, and how Judaism should view them and propose a well argumented position.
For years Stanley took me to have breakfast with the family on Sundays, an opportunity to fulffill the “veet”, in “kabed et avicha veet imecha”. In those days I was witness to how Stanley would perform many tasks in his parents home that had become difficult for them to do. It was his added opportunity for “kibud av veem”, to honor his parents.
As proud as he was of his children, and rightfully so, Jack was at least equally proud of his very studious and accomplished grandchildren. Goldie and Jack became great grandparents recently. What additional joy and nachas that brough to their life!
On Sundays, Jack would sit at one end of the table and Goldie at the other. What does it say in “Tehilim”? This was no “moshav leitsim”, the conversation always centered on the news of the week, the items that stood out, a new insight, and everything was viewed wearing Jewish goggles. How an event or item is pertinent to our legacy and heritage. It was “sichat chachamim” because Jack and Goldie gave the right kivun, the proper direction to the conversation.
In the “Amida” we mention “Elokei Avraham”, a reminder or our late father who was a Rabbi in Poland prior to crossing the ocean to Peru where he pioneered yiddishkeit in what was a Jewish desert before his coming.
We mention “Elokei Yitschak”, a reminder of our late brother Mordechai Yitzchak whose Neshama ascended to heaven as we were reading the Akeida in the synagogue over 40 years ago. Jack was called to Halifax and was at Mark’s bedside in the last moments of his life.
We mention “Elokei Yaacov”, a reminder of Jack who navigated both worlds: the scientific and the spiritual. Love for Talmud Torah, learning wherever it came from was his motto. I think that he deemed “bitul zman” the greatest of sins.
A special mention of Pesach because it was the family holiday and Jack and Goldie made and enormous material effort to have everyone together.
It is Erev Yamim Noraim, and out of love for his dear ones, he also insured a short Aveilut and Shloshim. But that is the outward mourning. On Shabbat and Yamim Tovim, we do not show simanim of aveilut, but deep in our hearts we shall surely feel his absence, miss his presence and wisdom, sincerity and honesty, devotion and disposition to sacrifice for others.
As we shall shortly say in Musaf, he represented Malchuyot, he was the melech of the family, with a vast and rich memory. Jack represented the Zichronot of the family and we hope that he will make us hear soon the Shofarot, the sounds that will announce the coming of better messianic days.
He will surely intercede before the “Kise Hakavod” that all of us be inscribed and sealed for briut and shalom for Klal Israel.
Considering my age, I have been a Yatom for many years, yet on Tuesday night I felt finality. Now I know that I am a real Yatom.
Zichro baruch.
Absolución, purificación y arrepentimiento
Deuteronomio XXIX,9 - XXX - NITZAVIM
La lectura de nuestros capítulos coincide con el período anual de los Yamim Noraim, los días espiritualmente solemnes, Rosh HaShaná y Yom Kipur. Estos días deben ser dedicados a la teshuvá que es el retorno a nuestras raíces (que incluye el arrepentimiento por las fallas cometidas) y la búsqueda de la kapará que es el perdón Divino. Nuestro texto hace referencia a este tema al afirmar veshavtá ad HaShem Eloheja veshamatá bekoló, que quiere decir y retornarás (hasta) a El y escucharás (acatarás) Su voz.
Harav Soloveitchik diferencia entre los dos vocablos kapará que quiere decir expiación o absolución y tahará que significa purificación. Así reza el texto en el Séfer Vayikrá, ki vayom hazé yejaper alejem letaher etjem, mikol jatotejem, lifnei HaShem titeharu, que quiere decir por cuanto ese día (el kohén gadol) hará expiación por vosotros, para purificaros de todos vuestros pecados ante el Eterno. Citando nuestra tradición, Soloveitchik señala que el propio día de Yom Kipur nos otorga kapará, que es la absolución. Pero, tahará que es una especie de purificación (de limpieza espiritual) tiene que ser lograda por cada uno de nosotros.
El judaísmo considera que toda falta o pecado produce un castigo como consecuencia del mismo. En otras palabras, pecado y castigo constituyen un par, un binomio. El pecado nos conduce, invariablemente, a ciertos resultados nefastos. Según una Mishná, sejar averá, averá, significa que el castigo por los pecados es el tener que vivir con la culpa emocional de haber cometido el error. En otra Mishná, en cambio, leemos sejar mitzvá behai alma leka, que quiere decir que en este mundo no se recibe la recompensa (y el castigo) por las acciones. Pero, en algún momento y en algún lugar las consecuencias de nuestras acciones se manifiestan.
El día de Yom Kipur es el momento de la absolución Divina por los errores cometidos. Tal como los mandatarios terrestres tienen la prerrogativa de otorgar el perdón, así también el Creador nos perdona anualmente por nuestros errores. Nuestros jajamim, con el probable propósito de evitar que se abuse de la generosidad Divina, nos advierten que uno no debe llevar una vida alegre y despreocupada, sin controles, pensando que el día de Yom Kipur nos absuelve totalmente. Podemos considerar que Yom Kipur nos otorga una nueva oportunidad en la vida. Conceptualmente afirmamos, hagamos borrón y cuenta nueva. Una vez cumplido el castigo (y en Yom Kipur perdonado por Dios) el pecado queda borrado y anulado.
Cabe entonces preguntarnos, ¿volverá acaso esta persona a pecar de nuevo? Una vez obtenido el perdón Divino, ¿qué impide que la persona vuelva a reincidir en los mismos errores, que cometa nuevas faltas? Es aquí donde introducimos el concepto de tahará, que como dijimos quiere decir purificación. Con kapará se obtiene el perdón, pero la noción de tahará sugiere un cambio radical en la personalidad del ser humano, para que no reincida en los errores del pasado. La absolución puede venir desde afuera, pero la transformación de la personalidad tiene que venir desde adentro, de nuestro más profundo fuero. Hay quienes critican nuestros sistemas carcelarios porque castigan pero no transforman al criminal. En algunas oportunidades, se convierten más bien en cursos de postgrado para los pequeños malhechores a quiénes endurecen y fortalecen en su camino criminal.
Adín Steinzaltz cita una fábula en la que los animales de la selva decidieron hacer teshuvá porque concluyeron que sus pecados eran la causa de sus males. El tigre y el lobo admiten que acechan y matan a otros animales y se les perdona por su crimen. Después de todo es parte de la naturaleza de estos animales el acosar y devorar a otras criaturas que son más débiles. Así, cada uno de los animales se confiesa en voz alta y es perdonado por sus faltas. Finalmente, la oveja dice que en una oportunidad se comió la paja que servía de forro para las botas de su amo. Todos los demás animales concluyen de inmediato que esa era la causa de todos sus males. Procedieron a sacrificar a la oveja y consideraron que con ese acto de ajusticiamiento habían obtenido, para todos, el perdón deseado. La moraleja obvia de que el mundo está dispuesto a perdonar a los fuertes, pero que es implacable con los débiles, es posiblemente, una interpretación superficial de la fábula. Para Steinzaltz la enseñanza de la fábula reside en nuestra disposición personal de enfrentar únicamente los pecadillos. De esta manera nos escapamos de la ineludible necesidad de un examen profundo, de nuestro espíritu. Evitamos el doloroso enfrentamiento con nuestras grandes fallas, que es lo que permite iniciar el proceso de tahará, la purificación, y que puede darse solamente cuando se produce un cambio de personalidad radical.
Teshuvá es el retorno hacia el prototipo ideal del judío. Este retorno requiere remontarse al pasado y re-escribir los sucesos, como si fuera posible revivir lo ocurrido. No es suficiente el arrepentimiento por lo sucedido. Es necesario trasladarse en un eje temporal hacia el pasado, enfrentar la misma situación que condujo al error, y actuar, esta vez, (desde el punto de vista de la metafísica) decisiva firmemente, moral y responsablemente. Si nuestro presente y futuro dependen en gran medida de nuestras actuaciones pasadas, es obvio que debemos revivir lo sucedido en forma diferente, para que la influencia de ese pasado también sea diferente en nuestro comportamiento futuro.
Para dar comienzo a un sincero proceso de teshuvá se requiere llegar a la conclusión, en las palabras del profeta Hoshea, ki jashaltá baavoneja, “porque tropezaste en tu iniquidad.” Cuando sentimos el vacío de nuestras vidas, la falta de dirección y de sentido en nuestra existencia, estamos afirmando ki jashalta baavoneja y permitimos el inicio del proceso de teshuvá. Teshuvá carece de final. Teshuvá es un proceso de acercamiento hacia las raíces, que nunca termina, porque nunca llega. Así dice el citado Hoshea, shuva Israel ad HaShem Eloheja, que quiere decir retorna Israel, ad, “hasta” (acercándonos cada vez más, pero obviamente sin poder llegar a la divinidad propia) el Señor, tu Dios. El versículo de nuestro texto semanal que citamos inicialmente, también menciona el retorno ad, el acercarse, porque es imposible llegar al Ser que es infinito, con pisadas humanas las que por definición son finitas.
Teshuvá requiere que se descarten las conductas que condujeron al error, y se asuman nuevas estructuras de comportamiento. Desde cierto punto de vista, de lo que se trata es de proceder a canalizar en una nueva dirección los impulsos, que en el pasado nos llevaron al pecado. Así dicen nuestros jajamim, si no fuera por el yétzer hará, que es la inclinación hacia el mal, el hombre no se casaría, ni construiría un hogar. El yétzer hará, es tan sólo una predisposición que puede ser modificada a fin de derivarla hacia una dirección distinta a la anterior. Teshuvá es imponer una orientación diferente y positiva tanto a nuestra vida como a nuestro modo de ser.
Comentario de Rosh Hashana
Un arameo errante fue mi padre
Deuteronomio XXVI - XXIX,8 - Parashá KI TAVÓ
Una vez asentados en Israel, Moshé instruye a nuestros antepasados con respecto a sus obligaciones, a pesar de que él no los conducirá a la conquista de la tierra prometida. La primera de estas mitzvot tiene relación con los bikurim que son los primeros frutos (de las siete especies que caracterizan a la Tierra de Israel) que deben ser ofrecidos al kohén en el lugar elegido por Dios. La entrega de estos frutos está acompañado por un sipur, la recitación de varios versículos de nuestro texto que destacan que la Providencia guió nuestro destino desde el momento en que el patriarca Yaacov descendió a Egipto hasta el momento de la conquista.
Después de varios siglos de esclavitud y de una travesía nómada por el desierto, el pueblo estaba ansioso de labrar las nuevas tierras para poder alimentarse con el fruto de sus esfuerzos. Al igual que todo campesino, anticipaban intensamente la oportunidad de saborear los frutos que habían producido con su trabajo. Pero la Torá les exige que los primeros frutos destinen al culto religioso. La enseñanza es clara. El hombre tiene que reconocer que Dios, a través de la naturaleza, es quien hace crecer al fruto. El hombre ara, siembra y riega, pero para poder cosechar se requiere del vigor y de la posibilidad de reproducirse que la tierra le otorga a la semilla, todo lo que proviene de Dios.
La Torá no estipula la cantidad de frutos que deben ser presentadas al kohén en una cesta en el momento de los mencionados bikurim. El kohén podía retener la cesta si estaba confeccionada de mimbre, pero si era de algún metal debía devolverla al donante. El Talmud sugiere una cantidad mínima de frutas correspondiente a una sesentava parte del producto total. Rambam, basándose en elTalmud, describe el proceso de la selección de los primeros frutos. Al entrar al huerto, dice Rambam, se inspeccionan los árboles y se amarra una cinta sobre los primeros frutos, (incluso si todavía no están maduros), separándolos de esta manera para que formen parte de los bikurim. Uno mismo debe traer los bikurim a Yerushaláyim y no enviarlos a través de un mensajero. El kohén que recibía los bikurim, podía consumirlos únicamente en Yerushaláyim.
La tradición consiste en colocar la cesta sobre el hombro y según la Mishná, hasta el mismo rey Agripas lo hizo, cargando él mismo los bikurim una vez en el Har haBáyit, el Monte del Templo, hasta la azará, el interior del Beit HaMikdash. En aquel momento los leviyim entonaban el canto de las palabras del salmo, aromimejá HaShem ki dilitani…, “te ensalzaré, Eterno, porque Tú me has sostenido y no toleraste que mis enemigos se regocijaran de mi”. La cesta era presentada al kohén al mismo tiempo que se repetían unos versículos de nuestro texto a los cuales Rambam denomina vidui, que quiere decir confesión. Este vidui debía recitarse en hebreo y a su conclusión se colocaba la cesta al lado del mizbéaj, que es el altar.
En cambio, Shemá Israel, que es la afirmación básica de nuestra fe, puede ser recitada en cualquier idioma. Porque lo más importante es entender la idea contenida en Shemá Israel. Lo esencial es comprender el alcance intelectual de la afirmación de la existencia de un solo Dios. Pero, en el caso de los bikurim, hay un ceremonial esplendoroso y la misma entrega de los frutos al kohén contiene el mensaje esencial de que nuestros esfuerzos son vanos sin la Divina Providencia. En un principio, quienes conocían bien el texto que acompaña a los bikurim, lo recitaban de memoria, y los que no lo sabían, escuchaban su lectura. Pero dado que las personas que no conocían bien las palabras textuales empezaron a abstenerse de presentar los bikurim, los jajamim instituyeron que el texto original fuera leido en voz alta para todos, sin distinción alguna.
La Torá ordena que para la ceremonia de los bikurim, veanita veamartá, deba alzarse la voz y recitar, aramí oved aví, recordando que nuestro patriarca Yaacov había sido un arameo errante antes de bajar a Egipto. Durante el yugo egipcio, Dios escucha nuestro lamento y se hace eco de nuestro sufrimiento. Dios nos saca de la esclavitud y nos trae a la tierra donde fluye la leche y la miel. Y he aquí los bikurim, los primeros frutos obtenidos gracias a la bondad Divina que constituyen motivo de regocijo y de alegría.
Como consecuencia del episodio de los meraglim, los espías, todos los que habían llegado a la mayoría de edad en Egipto, perecen en el desierto y, por lo tanto no participan en la conquista de la tierra. Los que ahora se encargan de presentar los bikurim son sus descendientes o aquellos que habían sido menores de edad en el momento de la salida de Egipto. El éxodo era entonces un hecho reciente en la historia de nuestro pueblo. Sin embargo, nuestros jajamim insisten en que las instrucciones de laTorá son válidas para todas las épocas y el texto original se debe repetir. Siglos después, cada uno se presentará delante del kohén recitando igualmente, aramí oved aví…, vayareu otanu hamitzrim vayaanunu, “Un arameo errante era mi padre…, pero los egipcios nos maltrataron”. Esta afirmación implica que aún persiste, en cada persona, el sentimiento de haber sido maltratado por los egipcios, no obstante los muchos siglos que nos separan de esa época. De manera similar, Moshé Rabenu afirma en un capítulo anterior lo et avotenu karat HaShem et haberit hazot…, que quiere decir, no (sólo) con nuestros padres concertó este pacto (en el Monte Sinaí) sino (también) con nosotros, que estamos vivos aquí y ahora.
La noche del séder, recitamos en la Hagadá, jayav adam lirot et atzmó keilu hu yatzá mimitzráyim, que quiere decir que cada quien debe considerar como si él mismo hubiese participado en el éxodo de Egipto. Hacemos un salto y nos ubicamos en el lugar y en la época de nuestros antepasados en Egipto. En efecto, recitamos estos mismos versículos de nuestro texto semanal y abundamos en detalles adicionales, para señalar que yetziat mitzráyim es un hecho inseparable de nuestra formación y nacionalidad. Yetziat mitzráyim da testimonio de la intervención de Dios en la historia y de Su respuesta a nuestras súplicas. Sí existe Quien responde a las plegarias y sí existe, Quien se interesa por los oprimidos. Especialmente en los momentos cuando sentimos la aparente ausencia de la divinidad, yetziat mitzráyim afirma que en el momento oportuno se da la intervención Divina.
La historia (religiosa e ideológica) del pueblo judío no consiste en un análisis de hechos y de pensamientos que pertenecen al pasado y que tienen posible influencia sobre nuestro presente y sobre nuestro futuro. Nuestra historia pasada es parte integral de nuestro presente. Los tiempos verbales no están claramente definidos en la gramática del idioma hebreo. Tal como ein mukdam umeujar baTorá, que quiere decir que el relato de la Torá no sigue un orden cronológico, en cierto sentido los sucesos que, en diferentes épocas, les acaecieron a nuestros antepasados son actuales y forman parte de nuestro presente.
Nunca permitimos que Israel perteneciera exclusivamente al relato de las hazañas de otros tiempos. En todo momento, Éretz Israel era parte integral de nuestras discusiones y estudios, de nuestros escritos y oraciones. Elevamos nuestras plegarias por la lluvia en Sheminí Atzéret durante el largo exilio de casi dos mil años en el momento que ésta era necesaria para Israel, al igual que lo hubiéramos hecho de haber residido entonces sobre la Tierra Prometida. El exilio fue un hecho físico real. Pero idealmente, nunca abandonamos esa tierra. Por lo tanto, el retorno en nuestro tiempos aIsrael, no exigió ajustes emocionales trascendentales para el judío y tampoco se hizo necesario un período de consolidación social y política lo que para otros pueblos suele ser una realidad en la etapa inicial de su formación nacional independiente.