RESPUESTAS A LAS CIRCUNSTANCIAS

Parashá VAYISHLAJ

La narrativa de la Torá describe la competencia entre los actores de la historia, especialmente dentro del seno de la familia. Ya en Bereshit, tropezamos con la rivalidad entre Kayin y Hével, rivalidad cuya esencia no está reseñada. De acuerdo al Midrash, ambos eran poseedores de tierras y ganado. Cada uno quería que el futuro Beit HaMikdash fuera construido en su parcela y por ello se dio la contienda a muerte.

La competencia adquiere una modalidad diferente en el caso de Avraham y Lot, su sobrino. Esta vez, el problema tiene un carácter económico, porque el cuantioso ganado de ambos –con el requerimiento de un pasto suficiente– les impide permanecer juntos y deciden separarse. Lot opta por unos fértiles valles, no obstante que sus habitantes tienen una conducta inmoral. Allí estaban las ciudades de Sedom y Amorá.

Los hijos de Avraham tienen personalidades muy diferentes y no pueden convivir bajo el mismo techo. La esposa Sará se asegura de que su hijo Yitsjak no comparta el hogar con Yishmael, hijo de la concubina Hagar, e insta a que se le exile del hogar paterno.

En este mismo sentido encontramos que Yaacov y Esav tampoco pueden compartir el hogar paterno. Son dos individuos diferentes. Esav es un hombre del campo y Yaacov es un joven introvertido y estudioso. En este caso, los personajes dejan de tener un carácter lineal y simple, se da comienzo a la complejidad.

Esav es un cazador, hombre del campo, sin embargo es muy respetuoso de los padres y permanece en el hogar paterno, mientras que Yaacov huye y se refugia en el hogar de su tío Laván. ¿Por qué tuvo que abandonar la tierra de Canaán? Porque Yaacov es un personaje que tiene que resolver conflictos internos. Utilizó el engaño para obtener la bendición paterna, hecho que produjo la ira de su hermano primogénito Esav quien, como venganza, expresó la intención de asesinarlo.

Con todo intento didáctico, la Torá relata que Yaacov fue el blanco del engaño también, pero a manos de su tío Laván, maestro del embuste de acuerdo con los jajamim. Aunque enamorado de Rajel, a través de una artimaña se encontró casado con la odiada Leá, la hermana de Rajel. Para un mayor énfasis didáctico, Leá da a luz a seis hijos, hecho muy apreciado e importante en una sociedad agrícola, mientras que su amada Rajel tiene dificultades para concebir.

Después de dos décadas de ausencia, Yaacov decide retornar a la tierra ancestral, pero sabe que tendrá que enfrentar primero la ira de su hermano Esav, no obstante el lapso transcurrido. En el encuentro filial, Esav da una muestra de hermandad, abraza a Yaacov y lo invita a compartir las bondades de la Tierra Prometida. Pero en un revivir del episodio entre Avraham y Lot, la abundancia del ganado y los bienes de ambos les impide compartir la misma tierra. Yaacov le había brindado un sinnúmero de piezas de ganado a Esav, quien ahora necesita una expansión significativa de sus campos, donde otros rebaños no competirán por el mismo sustento.

En el desenlace de los episodios mencionados sale a relucir una diferencia importante acerca de los valores de estos personajes. Kayin está dispuesto a solucionar el problema, incluso a través del asesinato de su hermano, porque piensa que por ser el primogénito debería tener la primera opción para la ubicación de la futura Casa de Dios en su territorio.

Yishmael se siente rechazado por Avraham y no intenta la reconciliación porque su orgullo ha sido vulnerado. Es un cazador y un hombre del campo, que sólo retorna al hogar paterno después de la muerte del patriarca para participar en su entierro.

Esav permanece al lado de sus padres, especialmente durante el largo período de ausencia de su hermano mellizo Yaacov. Pero por motivos netamente materiales abandona la Tierra Prometida y se radica en Seir, que es la tierra de Edom.

La continuidad del judaísmo no podía depender de personajes que en momentos críticos estuvieran dispuestos a tomar un rumbo diferente para responder a situaciones circunstanciales.

Las enseñanzas de los patriarcas tenían que ser interiorizadas con profundidad para que sus descendientes no se desviaran del sendero trazado, incluso bajo las circunstancias más adversas. Tal vez ese es el mensaje que los jajamim desean destacar en su interpretación del versículo: Im Laván Garti, “residí con Laván”. Señalan que la palabra Garti es equivalente al vocablo Taryag. Son las mismas letras hebreas, pero en un orden diferente. La moraleja es que incluso en el hogar de Laván, Yaacov no olvidó las TaryagMitsvot, su comportamiento fue acorde a las enseñanzas de Yitsjak.

CON LA MIRADA PUESTA SIEMPRE EN ISRAEL

Parashá VAYISHLAJ

Los héroes bíblicos no son unidimensionales y sus personalidades no son elementales. Son figuras complejas que tienen que batallar y vencer, combatir y sobreponerse a sus impulsos y pasiones. La sentencia de la Torá durante la época de Nóaj, “porque la inclinación del corazón del hombre es perversa desde su juventud”, se aplica de manera universal e incluye a las figuras que, por el ejemplo de sus vidas, serán trascendentales. Los relatos de Bereshit subrayan las luchas interiores y los conflictos éticos de los patriarcas.

Cuando leemos la epopeya de sus vidas nos vemos obligados a profundizar en el porqué de su actuación bajo las más disímiles circunstancias. Si optamos por racionalizar y justificar cada uno de sus actos, perdemos la valiosa oportunidad de aprender de sus trances existenciales y la manera cómo los enfrentaron. ¿Cómo se puede excusar, por ejemplo, el engaño que perpetró Yaacov, instigado y asistido por su madre, para obtener la bendición paterna? Yaacov aprovechó la ceguera del anciano Yitsjak, e incluso bajo el riesgo de ser descubierto, aparentó ser Esav cubriendo sus manos y cuello con el cuero de un animal. Si asumimos que los patriarcas se comportaron de acuerdo a los dictámenes que exigiría en el futuro la Torá, Yaacov ignoró uno de los principios de gran contenido moral, lifnei iver lo titén mijshol, “no colocarás un obstáculo delante de un ciego”. Más aún cuando el ciego era su propio padre. En un episodio previo, Yaacov había demostrado una gran falta de solidaridad con su hermano. La escena en referencia describe a Esav, cansado por la faena de la caza, observando a Yaacov que está preparando una sopa de lentejas con pan y le pide: “Déjame probar este alimento ‘rojo’ que estás cocinando”. La respuesta de quien debía enarbolar el espíritu de Jésed, la característica de misericordia y piedad ejemplificados por su abuelo Avraham, debía haber sido: “Come y satisface tu hambre, hermano”. Pero esa no fue su reacción: al contrario, aprovechó la situación para exigir a cambio de la comida, el derecho a la primogenitura que era potestad de Esav por haber nacido primero.

Se puede argumentar que Yaacov tenía un aprecio y respeto extraordinarios por los principios de fe que su padre y su abuelo estaban predicando y sabía que el “insincero” Esav, de acuerdo con los exégetas tradicionales del texto bíblico, abandonaría este legado en la primera oportunidad, cuando tuviera que escoger entre una satisfacción carnal o material inmediata y el sacrificio y privación que, en muchas ocasiones, demanda la lealtad a un ideal. Tanto la madre Rivká como Yaacov sabían que las enseñanzas de Yitsjak no serían respetadas por Esav y recurrieron al engaño y al oportunismo  para asegurar un futuro para el ideal monoteísta. Justificaron el medio por el fin que perseguían y de esta manera estaban estableciendo un precedente peligrosísimo.

Los veinte años que pasó al lado de su tío Laván claramente tenían el objetivo de moldear el espíritu de Yaacov.

Allí fue sometido al engaño, incluso en el momento del matrimonio: se sustituyó una mujer por otra, en una elemental, pero convincente, demostración de que la “ceguera” no es causada únicamente debido al funcionamiento fallido del ojo, como en el caso de Yitsjak: la persona que está en el cabal uso de sus facultades también puede ser engañada.

La bendición paterna que había arrebatado no impidió que tuviera que trabajar muchas horas cada día, durante meses y años, para poder adquirir muchos animales y bienes.

Si unos años atrás había exigido a cambio de unas cucharadas de lentejas el privilegio de servir como el sacerdote de la familia, ahora, en el momento del reencuentro con su hermano Esav, tendría que implorar que éste aceptara un magnánimo “obsequio” consistente de una gran cantidad de animales, a cambio de que lo dejara en paz y no utilizara el fuego de los cuatrocientos hombres que lo acompañaban, y que olvidara el agravio cometido en su juventud.

Una lectura superficial del texto no revela falla alguna en el carácter de Esav. Al contrario, obtiene el afecto de Yitsjak, permanece al lado de los padres y no los abandona.

Perdona la traición de su hermano Yaacov.

Sin embargo, los últimos versículos de Vayishlaj demuestran el limitado idealismo de Esav. Debido probablemente al incremento de sus posesiones como una consecuencia del cuantioso “obsequio” de Yaacov, la tierra no puede sustentar el ganado de ambos hermanos. Por ello, Esav decide abandonar la Tierra Prometida y se dirige a las montañas de Edom, donde permanecerá desde entonces.

Yaacov también abandonará la Tierra Prometida y se dirigirá a Egipto en búsqueda de alimentos. Y aunque los hebreos sufrirán posteriormente siglos de esclavitud en tierra ajena, nunca perderán el norte: volverán y conquistarán la tierra de Israel, su destino histórico hasta nuestros días.

Israel: independencia y reflexión ética

VAYISHLAJ - Génesis XXXII,4 - XXXVI

IMG_0172Yaacov decide que no puede continuar en el ambiente ambiguo, de dudosa moralidad del hogar de su tío Laván. Ha formado una familia numerosa y ha adquirido bienes para su independencia económica. Yaacov decide regresar a la tierra ancestral. Pero Esav, el hermano de quien tomó la primogenitura, no ha olvidado el engaño y se apresta a recibir a Yaacov con una comitiva de cuatrocientos hombres. Yaacov decide dividir su caravana a fin de que, en el caso, de un enfrentamiento armado, al menos la mitad de su gente pueda salvarse. Vayirá Yaacov meod, vayétser lo…, “Yaacov tuvo mucho miedo y se sintió adolorido…” Según nuestros jajamim tuvo “miedo” de morir, y se sintió “adolorido” por si él tuviese que matar a otros. Esta situación se está repitiendo en nuestros días en Yehudá, Shomrón y Gaza, donde los soldados de Tsáhal tienen que cuidar sus vidas, ante todo. Pero al mismo tiempo están conscientes de su deber de evitar que la sangre de otras personas, sea derramada.

En el Líbano, muchos soldados perdieron la vida por no entrar en plazas del enemigo ¿que atacaban? primero para entonces encontrarse con terroristas que, escondidos tras los delantales de sus mujeres, sí disparaban. La guerra no permite para cuidar los modales y tener las consideraciones habituales si se desea sobrevivir. Pero, ¿qué valor tendría nuestra vida, si para asegurarla tuviésemos que traicionar la esencia de la razón de nuestra existencia? Sería como asegurar que el fin justifica los medios. Vayirá tiene que estar aunado con vayétser, porque en nuestro afán por sobrevivir no podemos enceguecernos como para no ver el derecho de otros a vivir una vida igualmente digna.

         Yaacov eleva sus oraciones a Dios, hatsileini na miyad ají, miyad Esav: “sálvame por favor de la mano de mi hermano, de la mano de Esav”. Comentan nuestros jajamim, “es mi hermano, pero también es Esav”, prototipo del malvado. La consanguinidad no siempre garantiza amistad y bondad. La enemistad entre hermanos puede ser extremadamente cruel, alimentada por la envidia y una excesiva competencia filial. Parte de la historia de la humanidad comienza con el asesinato de Abel por su hermano Caín.

         Yaacov se prepara para el encuentro con Esav con tefilá, “rezo”, dorón, “obsequios”, y para la posibilidad de miljamá, “el conflicto armado”. Es la noche anterior al encuentro, vayivater Yaacov levadó, vayeavek ish imó…, “Yaacov queda solo y lucha contra un hombre”. Yaacov es el vencedor y no permite al hombre irse sin antes obtener una bendición. Lo Yaacov yeamer od shimejá ki im Israel, “tu nombre no será más Yaacov, sino Israel”, pronuncia el enigmático hombre, ki sarita… vatujal, “porque te enseñoreaste… y venciste.” ¿Quién era este hombre que lucha contra Yaacov? Según algunos comentaristas era el ángel guardián de Esav que logra herir a Yaacov en el muslo, dejándolo cojo como resultado del combate. Yaacov recibe su nombre original porque al nacer se había colgado arrastrados del talón de su hermano. Ahora recibe un nuevo nombre, Israel, que lo señala como el victorioso. Es el mismo vocablo que se utiliza para designar al Estado Judío creado por la decisión de las Naciones Unidas en Noviembre de 1947. Cuando proclama su independencia en mayo de 1948, lo hace con el nombre de Estado de Israel.

¿Por qué se escogió el nombre Israel para designar al nuevo estado? Judea hubiera sido una apelación más acorde con la historia. Después de la muerte del rey Shelomó, el estado se dividió en dos reinos, Israel en el norte, y Yehudá, Judea, en el sur. Nosotros somos los descendientes del reino de Yehudá, y por lo tanto, éste hubiera sido el nombre más apropiado.

La impotencia de no poder decidir su destino podría ser la lógica caracterización de la situación del pueblo judío durante los dos milenios de su exilio. ¿En qué lugar geográfico se radicaba el judío? En el país en el cual le permitían residir. ¿Cuáles eran sus oficios o profesiones preferidas? Dependía de la bondad de los gremios o de los cupos, de los numerus clausus que las universidades le ofrecían. ¿Por qué abandonaba, en masa, algún país? Porque de allí lo desterraban. En fin, el judío no era quien regía ni su presente ni su futuro. Era un objeto que se comportaba de acuerdo con la idiosincrasia y el capricho de los otros. No se le permitía iniciativa o decisión propia alguna. Reaccionaba de acuerdo con las circunstancias que se creaban en su entorno, pero sin poder participar en ellas. El judío no tenía voz, ni aporte alguno, en las decisiones de la sociedad. Estaba enteramente apartado del medio circundante. Así como el nombre Yaacov quiere decir seguir detrás de algo, así era la vida del judío de esta diáspora de larga duración. Estaba destinado a seguir instrucciones ajenas en un ambiente intolerante y hostil.

Con la creación del nuevo estado se quiso dar por terminada esta situación. Este era un grito de independencia, en el sentido de que, desde ese momento en adelante, era el propio judío quien iba a decidir su destino. El mismo iba a trazar el compás y el rumbo de su vida. Dejaría de ser un testigo pasivo de la historia para convertirse en un actor, en un partícipe de las grandes decisiones de la sociedad humana. Estaba dispuesto a luchar por ello y confiaba en que podría vencer la adversidad. Tal vez sea esa la razón por la que ser escogió el nombre de Israel para el nuevo estado. Con su establecimiento que quiso significar un vuelco distinto a la historia de los siglos pasados. Se propuso señalar que somos como el Israel bíblico, el que cuando fue necesario se había enfrentado a un ángel y había obtenido la victoria.

La reunión con Esav es pacífica y amistosa. Los hermanos se abrazan y vayishakehu, “se besan” con emoción. En el pergamino original de la Torá, la palabra vayishakehu resalta debido a unos puntos que carecen de significación fonética. Nuestros jajamim, con su acostumbrada sensibilidad, señalan que esos puntos hacen alusión al hecho de que el abrazo y el beso de Esav no eran sinceros y, por lo tanto, Yaacov decide apartarse nuevamente de su hermano y hacer una vida independiente.

Nuestro relato abre ahora un paréntesis literario para introducir un episodio enigmático, el de la seducción de Diná, la hija de Yaacov. Diná da un paseo por el campo (hecho considerado como inmodesto para una joven) y Shejem, hijo de Jamor el señor de esas tierras, se enamora de ella. Shejem tiene relaciones sexuales con Diná e insta a su padre a hablar con Yaacov y sus hijos para que les permitan casarse. Jamor le dice a Yaacov que lleguen a un arreglo a fin de que las hijas de Yaacov se casen con sus varones, y viceversa. Shejem añade que está dispuesto a hacer cualquier cosa para casarse. Los hermanos le exigen que se circuncide al igual que todos los varones de su pueblo. Al tercer día después de la circuncisión, cuando el dolor era agudo, Shimón y Leví, los hermanos de Diná, masacran a todos los hombres. Los hermanos alegan que no podían permanecer indiferentes frente a la obligada prostitución de su hermana. Yaacov aunque no objeta claramente la inmoralidad de la acción de sus hijos, comenta que le han hecho un gran daño porque, en adelante, será odiado por los habitantes de la región.

El episodio descrito suscita numerosos interrogantes éticos que son incompatibles con el contenido moral de la revelación Divina en el Monte Sinaí. Nuestros comentaristas abundan en razonamientos y explicaciones, pero la injusticia y crueldad obvias no desaparecen y quedan abiertos para la reflexión de cada lector de la Torá.