Ropajes y la memoria del corazón

TETZAVÉ -Éxodo XXVII,20 - XXX,10

Estos capítulos enumeran las vestimentas y los ornamentos que utilizaba el kohén, para luego señalar las características del proceso de su consagración como sacerdote. Los estudiosos nos alertan frente al hecho de que por primera vez, desde el momento de su aparición en los anales de nuestra historia, Moshé está ausente del relato de la Torá. No se le menciona. Uno de los célebres exegetas, Báal Haturim, sugiere que esta ausencia se debe a que Moshé se expresó de una manera particular durante el episodio del becerro de oro. Moshé le implora a Dios que perdone al pueblo judío en aquella oportunidad, alegando que si no fuera posible: “bórrame, por favor, del libro que Tú escribiste”. A pesar de que Dios perdona a Su pueblo, lo dicho por un personaje de la trascendencia de Moshé se cumple aun cuando no están presentes todos los factores que condicionaron de su afirmación. Se  perdona a los hebreos, pero el nombre de Moshé se elimina en algún texto. Tal vez la enseñanza para nosotros es que tenemos que ser muy cuidadosos con nuestras palabras y expresiones. Por lo tanto, es conveniente ser explícitos, claros y exactos, especialmente cuando una proposición puede interpretarse de diversas maneras y en consecuencia puede dar lugar a interpretaciones erróneas y, por lo tanto, indeseables que pueden herir los sentimientos de nuestro prójimo.

¿Por qué fueron escogidos estos capítulos para omitir el nombre de Moshé? ¿Para poder de esta manera dar cumplimiento a su célebre petición de “bórrame”? Cabe pensar que la ausencia del nombre de Moshé, el conductor del éxodo de Egipto, sea una manera de señalar la separación de los poderes y la independencia entre ellos. El sacerdocio tiene que estar separado de cualquier otra forma de liderazgo. Cada uno de ellos, Moshé y Aharón, tenían una función especial y diferente. El sacerdocio de Aharón es hereditario, pero el liderazgo de Moshé no lo es. Las leyes a cargo de los kohanim son inmutables. Las enseñanzas de los jajamim son dinámicas para que puedan responder a las cambiantes condiciones bajo las cuales se desarrolla y se desenvuelva una sociedad. Los principios en los cuales se basa la halajá, que es el marco de la legislación judía, están dados y conformados. Los jajamim, sin embargo, tienen la misión de interpretar estas normas legales para su aplicación a situaciones que no hayan sido contempladas anteriormente. En el campo de la medicina moderna, por ejemplo, existen técnicas y adelantos que exigen una nueva definición del momento exacto de la muerte. Lo mismo sucede en otros campos.

Hubo momentos en nuestra historia cuando la separación entre estos poderes estuvo entre brumas. En efecto, cuando los diferentes poderes se ubicaron en un solo grupo, vino la corrupción y el inicio de un proceso de desgaste que culminó en el desastre y en la pérdida de nuestra independencia nacional.

¿Cuáles son las vestimentas de los kohanim descritas en estos capítulos? El joshen es una piedra preciosa que portaba el kohén a la altura del corazón. El efod es, probablemente, una serie de cinturones que unen la espalda al pecho del kohén y que sirve para sostener algún objeto (probablemente el joshen mishpat). Ketónet es un camisón con el cual se cubría el cuerpo y meil es una túnica que se colocaba por encima. El tashbetz servía de matriz para la colocación de ciertas piedras preciosas. El gorro utilizado por el kohén se denomina mitznéfet. El avnet es un cinturón con el que se amarra el ketónet y el efod sirve para asegurar el meil.

Encima del efod y, sobre los hombros del kohén, aparentemente se colocan dos piedras de ónice con los nombres de las doce tribus grabadas sobre ellas y con láminas de oro a su alrededor. El simbolismo es claro, visible. Los nombres de las doce tribus hacen referencia a la unidad del pueblo y, simultáneamente, señalan al kohén como el portavoz de la totalidad de ese mismo pueblo.

Adicionalmente, el kohén también portaba sobre su pecho el joshen mishpat que consistía de doce piedras preciosas diferentes, ordenadas en cuatro grupos. Cada piedra individual estaba dedicada a una tribu diferente, siempre de acuerdo al orden de nacimiento de cada uno de los hijos de Yaacov. Los que en nuestra juventud aprendimos a leer la Torá con el trop, que es la señalización del cántico especial de cada palabra, generalmente recordamos los nombres hebreos de estas piedras preciosas. Una de ellas, la tercera de la primera fila, se denomina baréket, que es una palabra que aparece, coincidental mente, en un viaje al cual aludo a continuación.

Algunos años después de la “Guerra de los Seis Días,” en el curso de una visita a Israel, nos llevaron a visitar una base aérea. Si no nos lo hubieran dicho, nos hubiéramos dado cuenta de que se trataba de un aeropuerto y mucho menos de un hangar de aviones de la fuerza aérea militar. Por razones obvias, las bases aéreas Israelíes son subterráneas. En esa oportunidad, fuimos invitados a un anfiteatro para escuchar una conferencia de un coronel cuyo nombre era, Baréket. El mismo coronel nos hizo recordar que su nombre aparecía en la Torá como el de una piedra preciosa que portaba el kohén. Dos afirmaciones del Coronel Baréket me quedaron grabadas. Fíjense, dijo, en un mapa de la tierra que se puede encontrar en muchos hogares y busquen la ubicación de Israel. Podrán constatar, continuó, que el nombre de Israel no cabe dentro el área que nuestro estado ocupa sobre el globo. La palabra Israel, invariablemente, está escrita sobre la porción que le corresponde al Mar Mediterráneo. Se trataba de un ejemplo gráfico para ilustrar -en un contexto global- las dimensiones mínimas de Israel. A continuación nos dijo que si  un avión de caza militar decide volar a lo largo de Israel, es decir de norte a sur, que es en longitud mayor, lo puede hacer en sólo siete (7) minutos. Y si este avión desea hacer una vuelta en “u” está obligado a sobrevolar el Mediterráneo. El Estado de Israel no es lo suficientemente ancho como para que un avión de combate pueda hacer esta maniobra sobre el cielo de su propio territorio.

Las dimensiones geográficas de Israel vienen a ser un poco más de una cincuentava parte de Venezuela. Esas son las dimensiones reales del Estado al cual se le exige proceder a una amputación  como condición inicial para una posible y frágil paz. No hay la menor duda de que todos ansiamos y soñamos con la paz. La devolución a Egipto de grandes extensiones territoriales demostró fehacientemente la firme disposición de Israel al proceso de paz. Al mismo tiempo señala que en cualquier negociación futura, Israel no constituirá ningún impedimento u obstáculo para el entendimiento en la región. Con la creciente firma de un tratado entre Israel y la OLP se dio un inicio tangible a este proceso en nuestros días.

La guerra interminable (que culminó en el conflicto bélico entre ambas naciones, con la intervención norteamericana) entre Irán e Irak causo, de un acuerdo a cifras oficiales, un millón de muertos probablemente por encima de los dos millones, según expertos en la materia. La intifada en Israel, al escribir estas líneas, ha arrojado un saldo de menos de cuatrocientos muertos. (Aunque toda vida tiene valor infinito y para cualquier padre o madre, la muerte de su hijo es la tragedia total, sin embargo, desde un punto de vista global, existe una diferencia real entre la muerte de centenares y la muerte de  millones). Entre otras formas, para asignarle a los hechos su importancia dentro de una jerarquía de valores, se toma en cuenta el número de centímetros-columna que los diarios le dedican al suceso en cuestión y la cantidad de minutos de noticiero televisivo que ocupa. Si nos atenemos a estos parámetros de comparación, los hechos a los que estamos aludiendo, es decir la guerra entre Irán e Irak y la intifada en Israel, deberían concluir que las cifras de muertos fueron invertidas.

¿Por qué se ocupa tanto de nosotros el mundo? ¿Por qué no se nos disculpa alguna torpeza ocasional y por qué siempre se nos juzga con tanta severidad? Incluso la Torá es discriminatoria y más exigente con nosotros. Se espera más gallardía y generosidad de nosotros y se anticipa un comportamiento más acorde con determinadas normas morales. Este tema es muy complejo y requiere  de un análisis histórico y sociológico por separado. Un tanto a la ligera, sugiero que podríamos responder en sentido doble. Tenemos razón al sentirnos heridos y señalados porque se exige más de nosotros, pero, al mismo tiempo, debemos sentirnos orgullosos de que el mundo, en su fuero interno, reconozca que el destino histórico del pueblo judío es el de servir de ejemplo a las naciones. Por eso importa mucho lo que este pueblo hace y lo que deja de hacer. De qué manera enfrenta la tragedia y cómo responde en momentos cuando se puede aspirar a la gloria. Y dado que un pueblo es la suma total de sus integrantes, cada uno de nosotros tiene que sentir el peso de la responsabilidad que implica la pertenencia a una comunidad histórica que hizo un berit, un pacto con Dios en el Monte Sinaí y cuyos ecos aún se escuchan.

Zajor

Parashá ZAJOR y TETZAVÉ

Parashá Zajor

Este Shabat concluiremos la lectura de la Torá con el último párrafo de la Parashá Ki Tetsé (Devarim, Deuteronomio 25: 17-19).

Esta lectura es una respuesta a la interrogante: ¿Acaso la lectura de la Torá es una obligación que impone la misma Torá? La respuesta es que la lectura de la Torá es una tarea que impusieron los jajamim, los eruditos del pueblo judío. Con la excepción del citado párrafo cuya lectura (estudio) es una obligación que impone la Torá, o sea es una Mitsvá DeOraita, un instructivo que proviene directamente de Dios, esta lectura que empieza con la palabra Zajor, recuerda.

Por ello, en muchas sinagogas se llama la atención a la congregación a que preste especial atención a esta lectura, y desde luego, todos deben abstenerse de conversación durante su recitación.

No es posible saber cuál fue la consideración efectiva para que se fije este párrafo como una lectura obligatoria con la cual se cumple una Mitsvá de la Torá. Se podría especular que existen otros párrafos insignes tales como los Diez Mandamientos, Shemá Israel, para citar los más notables. Sin embargo, la narrativa de la emboscada de Amalek fue la premiada.

Amalek atacó al pueblo hebreo que apenas había logrado escapar de siglos de esclavitud egipcia y por ello podría concluirse que carecía de experiencia bélica alguna. El pueblo hebreo era una presa fácil.

Cabe destacar que el pueblo hebreo no desafió a Amalek, no se presentó como un peligro para la integridad de ese pueblo. Sin embargo, Amalek, guardó rencor y odio, tal vez envidia por el pueblo hebreo. El mensaje de libertad que proclamaba el pueblo hebreo podía socavar el orden social existente para la época. 

En el fondo, el episodio de Amalek enseña que existe el odio gratuito, sin razón. Subyugar a otros, agredir, forma parte del ADN humano y una civilización, y en especial una tradición religiosa, son una respuesta, constituyen un antídoto para esta inclinación.

Dado que la vida es primordial, ya que en su ausencia no hay nada, tal como testimonia el Salmo: “Lo hametim yehalel Yah”, “los muertos no alaban a Dios”, la tradición judía enseña que la protección de la vida, la existencia humana, es la primera tarea de toda sociedad. Por ello se puede violar casi todos los instructivos rituales para evitar la muerte, para salvar una vida.

La lectura de Zajor nos recuerda que el antisemitismo es básicamente irracional, tal como lo fue el ataque de Amalek contra un pueblo recién independizado de la esclavitud. La primera tarea de toda tradición religiosa debe ser la preservación de la vida, la integridad física, porque en su ausencia no puede pensarse más en una vida regida por Mitsvot, por el cumplimiento de la Voluntad de Dios y asociarse al perfeccionamiento de este mundo.

Ropajes y la memoria del corazón

TETZAVÉ -Éxodo XXVII,20 – XXX,10

Estos capítulos enumeran las vestimentas y los ornamentos que utilizaba el kohén, para luego señalar las características del proceso de su consagración como sacerdote. Los estudiosos nos alertan frente al hecho de que por primera vez, desde el momento de su aparición en los anales de nuestra historia, Moshé está ausente del relato de la Torá. No se le menciona. Uno de los célebres exegetas, Báal Haturim, sugiere que esta ausencia se debe a que Moshé se expresó de una manera particular durante el episodio del becerro de oro. Moshé le implora a Dios que perdone al pueblo judío en aquella oportunidad, alegando que si no fuera posible: “bórrame, por favor, del libro que Tú escribiste”. A pesar de que Dios perdona a Su pueblo, lo dicho por un personaje de la trascendencia de Moshé se cumple aun cuando no están presentes todos los factores que condicionaron de su afirmación. Se  perdona a los hebreos, pero el nombre de Moshé se elimina en algún texto. Tal vez la enseñanza para nosotros es que tenemos que ser muy cuidadosos con nuestras palabras y expresiones. Por lo tanto, es conveniente ser explícitos, claros y exactos, especialmente cuando una proposición puede interpretarse de diversas maneras y en consecuencia puede dar lugar a interpretaciones erróneas y, por lo tanto, indeseables que pueden herir los sentimientos de nuestro prójimo.

¿Por qué fueron escogidos estos capítulos para omitir el nombre de Moshé? ¿Para poder de esta manera dar cumplimiento a su célebre petición de “bórrame”? Cabe pensar que la ausencia del nombre de Moshé, el conductor del éxodo de Egipto, sea una manera de señalar la separación de los poderes y la independencia entre ellos. El sacerdocio tiene que estar separado de cualquier otra forma de liderazgo. Cada uno de ellos, Moshé y Aharón, tenían una función especial y diferente. El sacerdocio de Aharón es hereditario, pero el liderazgo de Moshé no lo es. Las leyes a cargo de los kohanim son inmutables. Las enseñanzas de los jajamim son dinámicas para que puedan responder a las cambiantes condiciones bajo las cuales se desarrolla y se desenvuelva una sociedad. Los principios en los cuales se basa la halajá, que es el marco de la legislación judía, están dados y conformados. Los jajamim, sin embargo, tienen la misión de interpretar estas normas legales para su aplicación a situaciones que no hayan sido contempladas anteriormente. En el campo de la medicina moderna, por ejemplo, existen técnicas y adelantos que exigen una nueva definición del momento exacto de la muerte. Lo mismo sucede en otros campos.

Hubo momentos en nuestra historia cuando la separación entre estos poderes estuvo entre brumas. En efecto, cuando los diferentes poderes se ubicaron en un solo grupo, vino la corrupción y el inicio de un proceso de desgaste que culminó en el desastre y en la pérdida de nuestra independencia nacional.

¿Cuáles son las vestimentas de los kohanim descritas en estos capítulos? El joshen es una piedra preciosa que portaba el kohén a la altura del corazón. El efod es, probablemente, una serie de cinturones que unen la espalda al pecho del kohén y que sirve para sostener algún objeto (probablemente el joshen mishpat). Ketónet es un camisón con el cual se cubría el cuerpo y meil es una túnica que se colocaba por encima. El tashbetz servía de matriz para la colocación de ciertas piedras preciosas. El gorro utilizado por el kohén se denomina mitznéfet. El avnet es un cinturón con el que se amarra el ketónet y el efod sirve para asegurar el meil.

Encima del efod y, sobre los hombros del kohén, aparentemente se colocan dos piedras de ónice con los nombres de las doce tribus grabadas sobre ellas y con láminas de oro a su alrededor. El simbolismo es claro, visible. Los nombres de las doce tribus hacen referencia a la unidad del pueblo y, simultáneamente, señalan al kohén como el portavoz de la totalidad de ese mismo pueblo.

Adicionalmente, el kohén también portaba sobre su pecho el joshen mishpat que consistía de doce piedras preciosas diferentes, ordenadas en cuatro grupos. Cada piedra individual estaba dedicada a una tribu diferente, siempre de acuerdo al orden de nacimiento de cada uno de los hijos de Yaacov. Los que en nuestra juventud aprendimos a leer la Torá con el trop, que es la señalización del cántico especial de cada palabra, generalmente recordamos los nombres hebreos de estas piedras preciosas. Una de ellas, la tercera de la primera fila, se denomina baréket, que es una palabra que aparece, coincidental mente, en un viaje al cual aludo a continuación.

Algunos años después de la “Guerra de los Seis Días,” en el curso de una visita a Israel, nos llevaron a visitar una base aérea. Si no nos lo hubieran dicho, nos hubiéramos dado cuenta de que se trataba de un aeropuerto y mucho menos de un hangar de aviones de la fuerza aérea militar. Por razones obvias, las bases aéreas Israelíes son subterráneas. En esa oportunidad, fuimos invitados a un anfiteatro para escuchar una conferencia de un coronel cuyo nombre era, Baréket. El mismo coronel nos hizo recordar que su nombre aparecía en la Torá como el de una piedra preciosa que portaba el kohén. Dos afirmaciones del Coronel Baréket me quedaron grabadas. Fíjense, dijo, en un mapa de la tierra que se puede encontrar en muchos hogares y busquen la ubicación de Israel. Podrán constatar, continuó, que el nombre de Israel no cabe dentro el área que nuestro estado ocupa sobre el globo. La palabra Israel, invariablemente, está escrita sobre la porción que le corresponde al Mar Mediterráneo. Se trataba de un ejemplo gráfico para ilustrar -en un contexto global- las dimensiones mínimas de Israel. A continuación nos dijo que si  un avión de caza militar decide volar a lo largo de Israel, es decir de norte a sur, que es en longitud mayor, lo puede hacer en sólo siete (7) minutos. Y si este avión desea hacer una vuelta en “u” está obligado a sobrevolar el Mediterráneo. El Estado de Israel no es lo suficientemente ancho como para que un avión de combate pueda hacer esta maniobra sobre el cielo de su propio territorio.

Las dimensiones geográficas de Israel vienen a ser un poco más de una cincuentava parte de Venezuela. Esas son las dimensiones reales del Estado al cual se le exige proceder a una amputación  como condición inicial para una posible y frágil paz. No hay la menor duda de que todos ansiamos y soñamos con la paz. La devolución a Egipto de grandes extensiones territoriales demostró fehacientemente la firme disposición de Israel al proceso de paz. Al mismo tiempo señala que en cualquier negociación futura, Israel no constituirá ningún impedimento u obstáculo para el entendimiento en la región. Con la creciente firma de un tratado entre Israel y la OLP se dio un inicio tangible a este proceso en nuestros días.

La guerra interminable (que culminó en el conflicto bélico entre ambas naciones, con la intervención norteamericana) entre Irán e Irak causo, de un acuerdo a cifras oficiales, un millón de muertos probablemente por encima de los dos millones, según expertos en la materia. La intifada en Israel, al escribir estas líneas, ha arrojado un saldo de menos de cuatrocientos muertos. (Aunque toda vida tiene valor infinito y para cualquier padre o madre, la muerte de su hijo es la tragedia total, sin embargo, desde un punto de vista global, existe una diferencia real entre la muerte de centenares y la muerte de  millones). Entre otras formas, para asignarle a los hechos su importancia dentro de una jerarquía de valores, se toma en cuenta el número de centímetros-columna que los diarios le dedican al suceso en cuestión y la cantidad de minutos de noticiero televisivo que ocupa. Si nos atenemos a estos parámetros de comparación, los hechos a los que estamos aludiendo, es decir la guerra entre Irán e Irak y la intifada en Israel, deberían concluir que las cifras de muertos fueron invertidas.

¿Por qué se ocupa tanto de nosotros el mundo? ¿Por qué no se nos disculpa alguna torpeza ocasional y por qué siempre se nos juzga con tanta severidad? Incluso la Torá es discriminatoria y más exigente con nosotros. Se espera más gallardía y generosidad de nosotros y se anticipa un comportamiento más acorde con determinadas normas morales. Este tema es muy complejo y requiere  de un análisis histórico y sociológico por separado. Un tanto a la ligera, sugiero que podríamos responder en sentido doble. Tenemos razón al sentirnos heridos y señalados porque se exige más de nosotros, pero, al mismo tiempo, debemos sentirnos orgullosos de que el mundo, en su fuero interno, reconozca que el destino histórico del pueblo judío es el de servir de ejemplo a las naciones. Por eso importa mucho lo que este pueblo hace y lo que deja de hacer. De qué manera enfrenta la tragedia y cómo responde en momentos cuando se puede aspirar a la gloria. Y dado que un pueblo es la suma total de sus integrantes, cada uno de nosotros tiene que sentir el peso de la responsabilidad que implica la pertenencia a una comunidad histórica que hizo un berit, un pacto con Dios en el Monte Sinaí y cuyos ecos aún se escuchan.

Desde el Tabernáculo hasta la Sinagoga

TERUMÁ - Éxodo XXV - XXVII,19

Los capítulos anteriores promulgan algunas de las diversas leyes y preceptos según los cuales debemos regir nuestras vidas. Sirven para explicar que los Diez Mandamientos no son la suma total del judaísmo, sino que se requiere una minuciosa atención a los más mínimos detalles de la vida personal y social. (Hay quienes consideran que los Diez Mandamientos contienen, o constituyen la suma de todas las mitzvot de la Torá). Cabe destacar que la gran mayoría de estas leyes son instrucciones dirigidas al individuo. Los Diez Mandamientos, por ejemplo, no fueron enunciados en el plural. “No matarás”, reza uno de esos mandamientos, utilizando el singular en la segunda persona. Aunque reconocemos la necesidad de legislar para la comunidad en su totalidad, como se demuestra con el establecimiento de arei miklat, las ciudades de refugio para quienes, sin la intención de hacerlo cometieron un crimen capital. La abrumadora mayoría de las leyes, sin embargo, está dirigida al individuo. De tal modo, el judaísmo señala que cada tiene una responsabilidad personal ineludible pero el logro del bienestar común y en la conducta moral y ética dentro del marco de la sociedad.

Esta noción de la responsabilidad individual es consecuente con el relato bíblico de la creación del hombre. En Bereshit, Dios crea un solo hombre y una sola mujer, ellos son la suma total de la sociedad humana y quienes perciben la totalidad del universo. Por lo tanto, según nuestros jajamim, debemos considerar que la existencia y el futuro del mundo dependen de las acciones individuales de cada uno de nosotros. Tal vez ésta sea la enseñanza primordial del judaísmo, a excepción de nuestra concepción de la existencia de un solo Dios. La enseñanza básica es la responsabilidad individual en el ejercicio del libre albedrío y, simultáneamente, el de la santidad de la vida individual. En el judaísmo no se puede exponer una sola vida humana en beneficio de muchos. Cada ser humano tiene un valor espiritual infinito y por lo tanto dos vidas no valen más que una sola vida.

Moshé tarda cuarenta días y cuarenta noches en el Monte Sinaí para recibir la Torá con sus detalladas explicaciones. El pueblo se inquieta por la tardanza de Moshé e insta para que se le construya una deidad visible y palpable, que se traduce en el éguel hazahav, un becerro de oro. Este hecho es detallado en capítulos posteriores. Pero a raíz de esta rebelión, a escasos días de la revelación Divina, viene una concesión. Dios decide la construcción de un templo, de un tabernáculo portátil el que será simbólicamente. Su habitación durante la travesía por el desierto y permitirá visualizar de manera material el contenido espiritual que se deseaba transmitir. Siglos más tarde, el rey Shelomó construirá el primer Beit HaMikdash que es un Templo para el servicio de Dios sobre el mismo monte en el cual Avraham demostró su disposición a ofrecer como un sacrificio a su único hijo Yitzjak.

Para los efectos de la construcción de este tabernáculo que se denomina Mishkán en nuestro texto, Dios instruye a Moshé para que solicite la contribución de los materiales requeridos. Se necesitaba oro, plata y cobre; lana azul y roja; tintes y pieles de animales; maderas y aceites; especies y piedras preciosas. Desde los días del nacimiento de nuestro pueblo en adelante, la noción de contribución, terumá en el texto de la Torá, formará parte de la vida cotidiana comunitaria judía.

La noción de caridad es ajena al vocabulario judío. La palabra tzedaká que usualmente utilizamos para traducir el concepto de caridad, proviene de la raíz tzédek que significa justicia. En nuestra concepción, es “justo” compartir con los menos afortunados. La tzedaká es obligatoria y no voluntaria. La ayuda al prójimo y el compartir la abundancia no están basados en el concepto de “amor”, sino en la obligatoriedad que exige la noción de justicia. El mundo está basado sobre tres pilares, dicen nuestros jajamim, y tzedaká es uno de ellos.

En realidad, la vida social, religiosa, cultural y educativa de la comunidad judía contiene el factor de tzedaká como un ingrediente esencial. Las estructuras sociales de las comunidades judías de la Edad Media hasta los albores de la segunda guerra mundial hacían  especial énfasis en la ayuda a los pobres y a los necesitados. Existían grupos que se ocupaban de proveer de dote a las jóvenes que carecían de posibilidades, de extender créditos y préstamos sin intereses a las personas de escasos recursos económicos. Los fondos para el funcionamiento de todos estos grupos provenían de los aportes de los miembros de las comunidades. Podrían documentarse fácilmente las bases de tzedaká de nuestra propia comunidad en Caracas, y en forma similar, la de comunidades judías en diferentes partes del mundo.

La palabra terumá que identifica a nuestra lectura semanal proviene de la raíz que significa elevación. Contribuir a una causa sagrada y justa es, por lo tanto, una manera de ascender, de escalar personalmente, porque uno transciende sus necesidades inmediatas y se enriquece espiritualmente al atender las solicitudes del prójimo. El poder dar es muy superior al tener que recibir.

El Mishkán contenía una serie de elementos que luego formarían parte de la estructura del Beit HaMikdash, que es el Templo de Jerusalem. Hay planos y detalles específicos para la elaboración de los utensilios y objetos que albergaba este Mishkán. Había un arón, el arca de madera, recubierto por una lámina de oro, que contenía las piedras sobre las cuales estaban grabados los Diez Mandamientos. La cubierta de esta arca, kapóret en hebreo, era de oro macizo y tenía la efigie de dos keruvim en sus extremos. (Según nuestros jajamim estos keruvim tenían la apariencia de dos bebés). Sobre una mesa de madera, shulján, recubierta con una lámina de oro, se colocaba el léjem hapanim, los panes siempre presentes. Una menorá, una lámpara confeccionada de un trozo de oro martillado, de siete brazos, uno de los cuales siempre permanecía encendido, completaba una parte esencial del Mishkán. Además de los postes y de las telas que formaban la estructura exterior, se construyó un mizbéaj, un altar de madera para ofrecer los sacrificios indicados. En cada uno de estos renglones se señalan las medidas exactas para su construcción y elaboración.

Nuestras sinagogas están construidas siguiendo el plano esencial del Mishkán. El arón hakódesh o hejal contiene los rollos de la Torá (en la ausencia de las dos piedras originales con los Diez Mandamientos que de todas maneras no podrían estar presentes simultáneamente en todas las sinagogas). El ner tamid, una luz que siempre permanece encendida, recuerda la luz eterna de un brazo de la menorá, cuya réplica está presente en nuestra sinagoga. La mesa desde la cual se dirigen los rezos, ocupa el lugar del shulján de los panes.

En la sinagoga de la Unión Israelita de Caracas se escogieron deliberadamente ciertos materiales para su terminación. El arquitecto y escultor Harry Abend seleccionó el acero inoxidable y el bronce para hacer alusión a la terumá, a la contribución de oro, plata y cobre que se solicitó a nuestros antepasados según el texto de nuestra lectura semanal. La cúpula de la sinagoga está revestida de elementos que simbolizan las “nubes” que señalaron el camino para la travesía del desierto. Los emblemas de las doce tribus ubicadas en el entorno de esta cúpula son una manifestación de la unidad esencial entre ashkenazim y sefaradim, entre los que provienen de Polonia y los que llegaron de Marruecos, porque todos somos los descendientes de Yaacov, el padre de aquellos que encabezaron y dieron nombre a las doce tribus.

La justicia: un imperativo primordial

MISHPATIM - Éxodo XXI - XXIV

Desde cualquier perspectiva que se asume es indiscutible que los  Diez Mandamientos, que forman parte de un capítulo anterior, constituyen el cimiento y el fundamento de la civilización occidental. Casi toda actividad en ya sea en el campo espiritual, social, político, cultural científico, ha sido influenciada por esta magna expresión del berit, compromiso esencial del ser humano consigo mismo, con sus semejantes y con Dios. La ciencia moderna, que se basa en la experimentación y en la verificación de la teoría, también recibe la influenciada de la noción de la existencia de un solo Dios que el primer mandamiento proclama. Aunque todos los fenómenos no pueden ser reproducidos en un laboratorio, (por ejemplo en el campo de la astronomía), la posibilidad de repetir una experiencia, es fundamental para la ciencia. La base filosófica para tal hipótesis es la supuesta existencia de leyes comunes o de un ordenamiento en el universo que supone que una misma causa siempre produce efectos iguales. Las nociones de arbitrariedad y capricho propugnados por la hechicería y la idolatría, no permiten la concepción de un mundo al que se le pueden aplicar modelos matemáticos para comprenderlo. En cierta forma entonces, el monoteísmo crea el terreno propicio para el desarrollo de la ciencia y de la tecnología que es la consecuencia de la primera.

La lectura de esta semana empieza con las palabras, veele hamishpatim, “y estas son las ordenanzas”, sobre las cuales comentan nuestros jajamim señalando que la conjunción “y” sirve para unir estas leyes con las que fueron promulgadas anteriormente. Las normas que fueron enunciadas en un capítulo anterior son los Diez Mandamientos. Por lo tanto, dicen los expositores, tal como los Diez Mandamientos fueron anunciados por Dios en el Monte Sinaí,  lo fueron igualmente las leyes que les siguen. En consecuencia, en la tradición judía, se evita la jerarquización de las mitzvot a las cuales según la Torá estamos sujetos. Los Diez Mandamientos no tienen mayor obligatoriedad que otra ordenanza. Todas las mitzvot tienen vigencia e importancia equivalentes.

Las primeras consideraciones de nuestra lectura hacen referencia a la esclavitud. La Torá contempla la esclavitud en el momento histórico en que esa condición humana prevalecía. Pero la Torá legisla sobre la esclavitud de manera tal, que según la interpretación del Talmud, mi shekaná éved, kaná rabó, quiere decir: quien adquiere un esclavo, efectivamente obtiene un amo. Los intérpretes del Talmud sugieren que en ocasiones el esclavo tiene preferencia sobre su dueño. Por ejemplo, si en el hogar hubiese una almohada únicamente, el amo no puede utilizarla, porque en tal caso su esclavo dormiría en condiciones inferiores. El negarle a todos el uso de la almohada, equivale a un comportamiento digno de la ciudad de Sedom, puesto que es la máxima expresión del egocentrismo, y recordemos, que ésta fue destruida por su inmoralidad. Por lo tanto, lo correcto en este caso, sería entregarle la única almohada al esclavo.

La esclavitud hebrea, que en la práctica era una especie de servidumbre, tenía una duración de seis años. El séptimo año era el Shabat del esclavo y era liberado. La tierra también tenía su Shabat, el año de shemitá. Por espacio de seis años se labraba la tierra, y el séptimo, era el año de descanso. La agricultura moderna también considera el “cansancio” de las tierras que se desgastan después de un determinado número de años de ser sembradas. Pero, señala la Torá, si  el esclavo alega ahavti et adoní, et ishtí veet banai; “amo a mi amo; a mi esposa (la esclava que le otorgase el dueño), y a mis hijos,” y no desea la libertad, entonces se procede a una ceremonia especial. El amo conduce al esclavo ante una corte de justicia, donde bajo el umbral de una puerta el amo le hacía un agujero en la oreja, (como señal) de que permanecería como un esclavo “para siempre”. Según el Talmud, no se debe entender la palabra “siempre”, en este caso, en su significado cotidiano, sino que la esclavitud terminaría con el shenat hayovel, que es el año jubileo. Cada cincuenta años se proclamaba el “año jubileo” que se rige con algunas normas particulares. Entre esas normas estaba incluida la libertad de todos los esclavos.

La Torá considera la existencia de la poligamia. En el curso de la historia del pueblo judío, esta práctica no se difundió muy ampliamente. En la época del Talmud el hecho de tener muchas esposas no aparece como una realidad de la vida diaria. En el siglo XI, Rabenu Gershón Maor Hagolá y su Beit Din (corte religiosa) proclamaron un jérem que es una prohibición con anatema, prohibiendo el matrimonio con más de una mujer. El mundo ashkenazí (los judíos provenientes básicamente de Europa) se sometió a esta takaná, a este edicto.

En la comunidad sefaradí (provenientes de Asia Menor, del Norte de Africa y de algunas comunidades Europeas) quedaban algunos remanentes de sociedades que practicaban la poligamia, tales como en el Yemen. Con la creación del Estado de Israel, se hizo necesaria la adopción de un reglamento única. La solución salomónica consistió en permitirle a cada uno la práctica de su país de origen. O sea que quien provenía del Yemen podía continuar viviendo con las esposas con las cuales se había casado anteriormente. En cambio, una vez radicado en Israel, no podía casarse con una esposa más, si previamente había contraído matrimonio antes.

Haciendo referencia a una joven que es vendida como una esclava, la Torá señala las obligaciones esenciales de todo esposo, sheerá, kesutá veonatá, “alimentos, vestimentas y relaciones sexuales”. El texto ordena que al tomar una esposa adicional no puede disminuirse el derecho estipulado para la esposa original y que corresponde a las citadas tres obligaciones esenciales. En el judaísmo entonces, la esposa puede exigirle al marido relaciones sexuales. El Talmud agrega, que una mujer debe ser sutil cuando le sugiere sus deseos sexuales al esposo. (En Bereshit leímos como Rajel le cedió a Leá el lecho matrimonial con Yaacov por una noche, a cambio de unas frutas, dudaim, que Reuvén, el primogénito de Leá, le traería del campo).

  Nuestro texto es muy denso por las numerosas leyes que contiene. Una de estas normas ordena que si en el caso de una riña se golpease a una mujer embarazada y por este motivo perdiera la criatura, existen daños y perjuicios a solventar. Seguidamente nos encontramos con la ley de néfesh tájat néfesh, “humano por humano”, que quiere decir que cuando se extingue una vida humana, el castigo es la sentencia de muerte. Dado que en el caso citado se requiere una compensación material, los expositores del texto bíblico concluyen que en la Torá el feto no es considerado como un ser humano completo. Esta conclusión servirá para diversas consideraciones sobre el aborto, tema de gran actualidad en la sociedad moderna.

Nuestros capítulos contienen la famosa cita, ayin tájat ayin, shen tájat shen; “ojo por ojo, diente por diente”, que ha servido para señalar que el judaísmo es excesivamente severo. En realidad el judaísmo predica la justicia como un imperativo primordial y lo antepone a otras consideraciones, tales como el amor. El dictamen del Talmud, “ojo por ojo” debe entenderse como la obligación de compensar a un agraviado por haberlo cegado. Desde luego que  estiman el “valor material” de un ojo se presenta una enorme dificultad. Entre las opiniones consideradas por el Talmud, pero rechazadas, se encuentra la que sugiere que realmente hay que practicar exactamente “ojo por ojo”. Hay quiénes sugieren que esa es la justicia más correcta, pero, añaden, que es imposible administrar justicia de esa manera, porque el ojo de cada uno tiene un valor diferente. Por lo tanto, la que se adopta es la compensación material.

El nudo indisoluble: moral y religión

Parashá Yitró Éxodo XVIII - XX

Los últimos versículos de lecturas anteriores de la Torá relatan algunos de los pormenores del enfrentamiento bélico entre los hebreos y los amalekitas. Yehoshua es elegido para dirigir el combate. Moshé, su hermano Aharón y su sobrino Jur escalan un montículo desde el cual presencian la batalla. Dice el texto, “y cuando Moshé levantaba su brazo, Israel era victorioso; y cuando lo bajaba, Amalek era el victorioso”. Comenta el Talmud: ¿”acaso los brazos de Moshé pueden decidir una victoria”? La enseñanza es, según el Talmud, que cuando el pueblo tiene su vista hacia arriba, hacia lo celestial y lo trascendental, mejor dicho cuando el pueblo está consciente de su responsabilidad con la tradición y con las mitzvot, entonces es victorioso. Pero cuando se preocupa de lo mundano e inmediato y olvida el berit, que es el pacto que cerró con el Creador, entonces sus enemigos son los victoriosos. Amalek, desde aquel momento en adelante, se convierte en el prototipo del enemigo gratuito del pueblo judío. Siglos más tarde se identificará a Hamán, el villano del Libro de Ester, como un descendiente de Amalek. La historia de la humanidad dará testimonio de que Amalek estuvo presente en cada generación. Salimos victoriosos de algunos de los encuentros. Ganamos algunas batallas. Pero aun con el establecimiento de Medinat Israel, la guerra continúa. Amalek no descansa y por tanto debemos mantenernos alerta en todo momento.

Yitró, el suegro de Moshé que presta su nombre a nuestra lectura semanal, escucha el eco de las hazañas de su yerno y se dirige al desierto para encontrarse con el pueblo hebreo. Lo acompañan su hija Tziporá, la esposa de Moshé, con sus dos hijos, Gershom y Eliézer. Estos dos hijos desaparecen rápidamente del texto bíblico. No desempeñan ningún rol en la historia del pueblo. Aprendemos tal vez que la condición de líder no es hereditaria. Hay que obtenerlo por mérito propio. Los personajes claves de la historia tienden a descuidar a sus hijos, porque todas sus iniciativas y preocupaciones están dirigidas y centradas en las metas trascendentales que se trazan.

Vayíjad Yitró, Yitró se alegra al escuchar el relato de las hazañas de su yerno Moshé y por las bondades de Dios con el pueblo judío al sacarlo de la esclavitud. A pesar de que el aparente sentido de nuestro texto es que Yitró se alegró con la noticia del éxodo de nuestros antepasados de Egipto, nuestros jajamim sugieren que su alegría no fue completa. Se vio opacada por la muerte de los egipcios en las aguas del Mar Rojo. En cierta forma, nuestra tradición también se hace eco de este hecho al señalar que Dios no permitió que se cante el Halel completo en los últimos seis días de Pésaj cuando “lo hecho por sus manos”, que era una referencia a los egipcios, que igualmente habían sido creados por El, se ahogaban en aquel momento. ¿Por qué consideran nuestros jajamim que la alegría de Yitró no era completa, cuando el texto bíblico no hace alusión a esto? Tal vez, en opinión de nuestros jajamim es muy difícil alegrarse a cabalidad con el éxito del prójimo. En nuestra vida cotidiana podemos constatar que la identificación total con la felicidad y la buenaventura de otra persona está limitada a la madre, al padre, a la esposa, o a un amigo extraordinario. El mejor alumno de la clase no es necesariamente el más popular. La envidia suele aparecer cuando estamos en presencia de la buena fortuna de otro.

Yitró reconoce que su yerno Moshé dedica enormes energías a la enseñanza, a responder a las interrogantes del pueblo y al ejercicio de la justicia. Yitró le sugiere a Moshé que seleccione un grupo de personas poseedoras de ciertos atributos que puedan asistirle en sus tareas. ¿Cuáles eran estas cualidades? Las personas escogidas tenían que ser anshei jáyil, “guerreros fuertes”, las que según el comentarista Rashí, tenían que ser personas económicamente independientes para que sus fallas, no se vieran comprometidos por ninguna presión material. La segunda cualidad requerida es yirei Elohim, “temerosos de Dios”, porque en la tradición judía aunque la noción de “no robar” tiene un gran sentido social, ésta representa al mismo tiempo un imperativo religioso. El siguiente requisito es que sean anshei emet, “gente que dice la verdad”. Rashí comenta que al ser ellos responsables y consecuentes con su palabra, se tendría confianza en sus veredictos. La última cualidad mencionada en el texto bíblico es sonei batza, “detestan el soborno”. Las cualidades citadas servirán de base para escoger a los integrantes del Sanhedrín, la corte de los setenta que servirá, posteriormente, como máxima autoridad religiosa.

Los capítulos XIX y XX del Éxodo contienen el relato de los preparativos al pie del Monte Sinaí y la revelación de la Voluntad Divina contenida en los Diez Mandamientos. El mundo occidental ha reconocido que estos mandamientos sirven de fundamento moral para formar una sociedad. Igualmente, en la tradición judía hay expositores del texto bíblico que encuentran en estos mandamientos, la génesis de todas las otras mitzvot de la Torá. Aparentemente, en la época del Beit HaMikdash, que es el Templo de Jerusalem, la lectura de estos Diez Mandamientos formaba parte de la liturgia de Shemá Israel, “Escucha Israel” que es la afirmación de la existencia de un solo Dios. Aparecieron entonces los que cuestionaron la legitimidad del texto restante de la Torá. Su argumento se basó en el hecho de que únicamente los Diez Mandamientos habían sido incorporados al ritual. Los jajamim decidieron entonces eliminar la recitación diaria de los Diez Mandamientos para evitar la duda, por inferencia, acerca de la veracidad del resto del texto de la Torá. Sin embargo, hasta el día de hoy, hay quienes recitan, individualmente, los Diez Mandamientos al concluir el servicio religioso de las mañanas.

El primero de los Diez Mandamientos, es en realidad una afirmación, porque reza así, “Yo soy Dios, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre”. Según Rambam esta afirmación es, al mismo tiempo, un mandamiento, porque asume una fe en la existencia de Dios. Este mandamiento identifica a Dios, como aquel que nos sacó de Egipto. El texto bíblico pudiera haber optado por identificar a Dios de manera diferente, por ejemplo como el que creó el universo. Pero en esta eventualidad se hubiera podido concluir que Dios creó el universo para que éste se comportara de acuerdo a ciertas leyes establecidas y luego abandonarlo a su propio destino. En cambio, al señalar que fue Dios  quien rescató a nuestros antepasados de la casa de la esclavitud, equivale a afirmar que Dios interviene en la historia. Dios continúa activamente interesado en el proceso de desarrollo de la humanidad y responde a ciertos hechos. Cuando nuestros antepasados imploraron a Dios que los aliviase del yugo excesivo de la esclavitud, El los escuchó y actuó. En caso contrario, ¿qué sentido tendría rezar, si Dios se abstiene de intervenir en el desarrollo de los sucesos terrenales?

Los Diez Mandamientos fueron grabados sobre dos tablas de piedra. Los primeros cinco hacen referencia a la relación entre el hombre y Dios. Los últimos cinco tienen como objetivo la relación  entre los seres humanos. El quinto mandamiento, el que nos encomienda honrar padre y madre, sirve de puente entre los dos grupos, porque nuestros padres son nuestros “creadores”. Cabe preguntar entonces, ¿cuáles son más importantes? ¿Acaso la relación entre el hombre y Dios tiene mayor jerarquía que los que regulan las responsabilidades entre los hombres? En la concepción judía, cuando uno se abstiene de asesinar a otro ser humano, está cumpliendo también con una instrucción Divina. Así, la mitzvá de “no matarás”, que tiene que ver con la relación con otro ser humano, está ligada al mismo tiempo con el deber hacia Dios, porque fue ese Dios quien lo ordenó. Por tanto es un error pensar que tefilín y talit, kashrut y Shabat son la suma total del judaísmo. Desde luego, no hay cómo destacar suficientemente la importancia de estos elementos en el marco de la tradición judía. Pero hay que tener siempre presente que bein adam lajaveró, que son las relaciones entre el hombre y su prójimo, son normas religiosas que son indispensables y fundamentales para el bienestar de toda sociedad.

El cuarto mandamiento que promulga el derecho a un día de descanso, es revolucionario. Los romanos sostenían que los hombres nacían para ciertos roles. Los patricios para mandar y los plebeyos para trabajar. La noción de un descanso obligatorio era incompatible con la estructura esclavista reinante. La Torá basa esta ley en el descanso de Dios en el acto de la creación. Dios creó el mundo en seis días y en el séptimo, Shabat, descansó, y luego santificó ese día. De esa manera la Biblia enseña que la noción del día de descanso semanal es una parte integral de la creación del mundo. El Shabat no fue promulgado para un grupo particular. El Shabat va más allá de los límites de la humanidad, porque los animales también deben gozar de ese día de descanso. La conciencia social manifestada por los profetas de esos milenios, y que tienen eco en nuestro quehacer contemporáneo, son resultado directo del espíritu de estos capítulos.

Memoria histórica y conciencia

BESHALAJ - Éxodo XIII,17 - XVII

En los capítulos anteriores se lee sobre el primer mandato colectivo Divino que nuestros antepasados recibieron y que es conocido por las primeras palabras del mismo Hajódesh hazé, “este mes”. Es notable que esta primera ordenanza contiene una indicación  de tiempo, elemento que va a jugar un rol determinante en la tradición judía. En el judaísmo el calendario es un instrumento indispensable. Tal como lo hemos venido anotando, nuestra tradición es enfática en cuanto a la importancia del tiempo y del cambio y por ende en a la del desarrollo y del crecimiento. La ordenanza que se promulga en Nisán, mes en el que saldrán de Egipto y fecha que será conmemorada en las generaciones siguientes, exige la escogencia de un carnero que tiene que ser cocido directamente al fuego y consumido la noche del día catorce de ese mes.

Ese día catorce recibe el nombre de Pésaj, al igual que el carnero que tiene que ser sacrificado antes de ser ingerido. Fue necesario pintar con la sangre de este carnero los dinteles de las puertas, mientras que la carne era consumida con matzá, el pan ácimo, y maror, yerbas amargas. Durante esta comida, los cinturones tenían que estar colocados sobre las caderas, los zapatos calzados y los bastones en las manos para poder emprender inmediatamente el Éxodo de Egipto. Hasta hoy día hay quienes, durante la celebración del séder, se colocan los cinturones y con un bastón en sus manos reviven el momento anterior al éxodo. Según esto, nuestros antepasados ya comieron, durante esa noche, matzá con carne del carnero. Luego comerían nuevamente matzá en el desierto, porque en su apuro por salir de Egipto, no pudieron esperar a que fermentara la masa que habían preparado para confeccionar el pan.

El texto bíblico hace referencia a la fecha del éxodo como jag hamatzot, “la festividad de la matzá”, mientras que en los escritos posteriores (los que recogen la ley oral) se utiliza también el término adicional, Pésaj, al cual ya hemos hecho referencia. La variada utilización de esta nomenclatura, tal vez señala que en las escrituras se realza especialmente la importancia de la libertad. La utilización de la palabra matzá simboliza nuestra premura por conseguir la libertad y el haber aprovechado el momento histórico para su consecución. Pésaj, que representa principalmente el sacrificio del mismo nombre, señala que es indispensable la intervención Divina para el desarrollo de los acontecimientos que culminaron con el éxodo.

Nuestra lectura señala que Dios no condujo a nuestros antepasados por el camino más corto a la Tierra Prometida. Existía la duda de que frente a un peligro real, el pueblo vacilaría y podría emprender marcha atrás, de vuelta a Egipto. La ruptura con Egipto tenía que ser total y por tanto se buscó en el desierto un camino de rodeos, camino que duraría cuarenta años. Igualmente, era necesario preparar a estas tribus, que habían sido sometidas a siglos de esclavitud, para la conquista de Canaán, para el ejercicio de la soberanía y de la autodeterminación.

Mientras el pueblo se ocupaba de los preparativos para el arduo viaje en el desierto, adquiriendo enseres y artículos valiosos que los egipcios les prestaban, Moshé se ocupó de los restos de Yosef. No obstante haber asumido una posición clave en la corte del Faraón, Yosef siempre mantuvo su identidad hebrea y en su testamento dio las instrucciones para que sus restos fuesen trasladados a la tierra ancestral en el momento en que su pueblo abandonase Egipto. Moshé se hizo cargo del cadáver de Yosef y de este modo enseña la importancia de recordar y de no olvidar el aporte de Yosef al bienestar de su familia, y por ende, al de las generaciones futuras. Este desarrollo de la conciencia histórica, será una de las características importantes de nuestra singularidad.

La inclusión de la historia como un factor esencial de la identidad hebrea se manifiesta, por ejemplo, en el caso de la conversión al judaísmo. ¿Cómo puede participar un converso durante la recitación de la Hagadá, “el relato del éxodo de Egipto”, en la noche del séder? ¿Puede el converso exclamar, avadim hayinu lefaró bemitzráyim, “fuimos los esclavos del Faraón en Egipto”? Después del todo, ni el converso, ni sus antepasados estuvieron en Egipto. Sin embargo, la Halajá, que es el universo de las leyes judías, sostiene que debe participar en el séder con todas las leyes de rigor. Porque la conversión al judaísmo no consiste únicamente en la adopción de una fe y el someterse a un ritmo de conducta y vida específicos. La conversión al judaísmo, además de la adopción de esa nueva fe, incluye al mismo tiempo la incorporación al pueblo judío, la adopción del pasado histórico del pueblo judío y el compartir un destino futuro común.

Según la trayectoria trazada era necesario cruzar las aguas para llegar al desierto y abandonar definitivamente los límites egipcios. ¿Cuáles eran esas aguas, que en hebreo se denominan Yam Suf”? No estamos seguros. Según algunos es el Mar Rojo y según otros es el Mar de las Cañas. Y allí se dio la primera rebelión de nuestros antepasados. Preguntaron, ¿”Acaso no había suficiente lugar para sepulturas en Egipto que tuvimos que ser traídos al desierto para morir”? Los egipcios los perseguían en sus carrozas y caballos y por delante estaba el mar. No había escape. Según el Midrash, el joven Najshón ben Aminadav fue el primero en lanzarse para cruzar las aguas que habían sido separadas milagrosamente por Moshé. Najshón se convierte entonces en el prototipo de la persona que se arriesga, que señala caminos y demuestra el comportamiento apropiado en momentos decisivos. El resto del pueblo lo sigue y al llegar a la orilla opuesta ve como las aguas se juntan nuevamente y los egipcios perecen.

Moshé y el pueblo estallan en un cántico de júbilo que contiene estrofas de poesía superlativas, algo que no abunda en el Pentateuco. En el Talmud, se recoge una supuesta conversación entre Dios y el pueblo hebreo, que hace referencia a este episodio victorioso frente a los perseguidores egipcios. Los hebreos desean cantarle alabanzas a Dios en el aniversario de esta victoria y Dios los cuestiona: ¿”es posible que mientras criaturas mías (la referencia es a los egipcios) se ahogan en el mar, ustedes consideren cantarme alabanzas”? La moraleja es muy importante, porque enseña que aun nuestros enemigos y opresores, también tienen impresa la imagen Divina y son, por lo tanto, merecedores de misericordia. Es probable que en la perspectiva del tiempo y de la historia se pueda llegar a comprender más ampliamente las causas de los enfrentamientos entre los pueblos. Esta consideración permite abrigar mayores esperanzas de encontrar soluciones compatibles con el destino histórico de los pueblos árabes y judíos en conflicto durante el desarrollo de las conversaciones de paz.

En el desierto la comida escasea y el pueblo se queja porque recuerda, exagerando la realidad del pasado idealizado, que en Egipto tenían ollas llenas carne y pan para saciarse. Dios ordena que el “pan” descienda del cielo a la tierra. Era un pan especial, man en hebreo, que según la tradición tenía el sabor que el comensal deseara, menos el de la carne. Cada mañana descendía man del cielo y el pueblo lo recogía. Este man tenía que ser consumido durante ese mismo día. Lo que se guardaba para el día siguiente se malograba. Los días viernes descendía del cielo una doble porción, la cual sí se conservaba para poder ser consumida el día sábado. Para recordar este hecho se colocan dos jalot, “panes” en la mesa del viernes de noche que marca el comienzo del Shabat. El sábado iba a ser un día sagrado que proclamaría que todo ser viviente incluyendo la servidumbre, tiene derecho a un día de descanso semanal.

Las plagas y el designio Divino

Parashá Bo - Éxodo X - XIII,16

El mensaje de la Biblia es eterno. Por tanto es preciso plantearnos continuamente ¿cuál es el significado de cada relato para las generaciones futuras? ¿Por qué forman parte del texto ciertos episodios y otros están ausentes de la narrativa? En nuestro caso, por ejemplo, ¿qué debemos aprender de las diez plagas que Dios envió a los egipcios? Aún no hemos podido responder a cabalidad al problema moral que suscita el endurecimiento del corazón del Faraón por parte de Dios.

Si Dios modifica el comportamiento de un ser humano, entonces no se le puede considerar después responsable por sus actos. No debería haber ni castigo ni recompensa para el hombre cuando se interfiere con su libre albedrío. Hay quienes sostienen, por ejemplo, que no se le puede sugerir a una persona que actúe en contra de sus principios morales básicos durante un trance hipnótico. En el trance hipnótico sólo se pueden reforzar las tendencias que ya existían antes. Y en nuestro caso, el endurecimiento del corazón del Faraón se produjo por su disposición previa para el mal y la crueldad. El caso es que la actitud del Faraón da pie para que se castigue a su pueblo con las diez plagas, las que sirven a la vez de lección. ¿Cuál es esta enseñanza, que  suspende, aunque sea momentáneamente, el derecho humano al libre albedrío?

Apartémonos temporalmente del relato de nuestros capítulos para reflexionar sobre la omnipresente e imperativa necesidad intelectual de limar todas las asperezas, el empeño de resolver las aparentes contradicciones y la búsqueda para encontrar la armonía total en las Sagradas Escrituras. Partiendo del punto de vista de que la Torá es la auténtica y manifiesta voluntad de Dios, tenemos el derecho, y más aún el deber, de exigir “exactitud y verdad” en el texto bíblico, en el sentido más estricto de las palabras. Es muy probable que el texto bíblico contenga afirmaciones muy claras, pero al mismo tiempo encontramos numerosas instancias deliberadamente ambiguas. Esta característica obliga a cada individuo y a cada generación, a interpretar ciertos pasajes o sucesos de acuerdo a  puntos de vista pertinentes a su propia época. No hay duda de que nuestra idea de la democracia es diferente a los conceptos del siglo pasado. Nuestra preocupación actual por la discriminación racial y los derechos de la mujer, forman parte de la extensa agenda de nuestra compleja sociedad moderna. La importancia que se les dio a estos temas en otras épocas fue de orden diferente. Sugiero que hoy en día cuando leemos un texto bíblico, lo hacemos desde con una óptica que refleja nuestra posición frente al fermento social e intelectual de fines de siglo XX óptica que no es necesariamente la misma, o paralela, a la de épocas anteriores.

Regresemos, pues, a las plagas. Habíamos dicho que la labor de Moshé era múltiple. Tenía que convencer a los egipcios de que permitieran el éxodo de nuestros antepasados y tenía que demostrarle a los hebreos esclavizados que sin libertad, la vida humana es un despropósito. Las plagas fueron el instrumento utilizado para esa doble finalidad. Era necesario demostrarle a los egipcios la superioridad del Dios único. La derrota de los dioses egipcios serviría al mismo tiempo para dar a los hebreos el coraje necesario para que pudieran desafiar directamente a sus opresores.

La primera plaga consiste en que las aguas del Nilo se convierten en sangre. Se deduce del texto bíblico que el Faraón le rendía culto a esas aguas todas las mañanas, porque todo el Delta egipcio depende de las aguas del Nilo para su cultivo. La primera plaga representa una derrota del dios Nilo, el dios de la fertilidad. Y así sucesivamente, todas las plagas pueden interpretarse como la demostración de la fortaleza superior del Dios de los hebreos, que no está limitada a un área específica. (Hay quienes perciben la historia religiosa como el proceso del desarrollo de una concepción inicial de un Dios personal, hacia la de un Dios familiar, de allí a la de un Dios tribal con un dominio circunscrito geográficamente. De allí pasamos a un Dios nacional, para llegar a considerarlo el Dios universal). La diosa de la fertilidad estaba representada por una mujer con cabeza de rana y era la protectora de las comadronas. Por lo tanto, la segunda plaga que consistió en la súbita abundancia de ranas, tiene como propósito convertir al símbolo de esta diosa en un azote.

Un estudio detallado de estas plagas permite observar que la primera, la cuarta y la séptima plagas fueron anunciadas al Faraón a orillas del Nilo, durante las horas de la mañana. Se distinguen tres grupos de plagas que culminan con la décima, la muerte de los primogénitos. Cada una de las primeras dos plagas de cada grupo son precedidas por una advertencia de Moshé. La tercera plaga ocurre sin advertencia alguna. Algunas afectan al cuerpo de los egipcios. Otras afectan únicamente sus propiedades. La última de cada grupo de tres es más severa que las anteriores. La penúltima plaga jóshej, oscuridad, era de tipo tangible y palpable y no permitía movimiento alguno. Esta plaga testimoniaba la derrota del dios egipcio más relevante que era el dios de la luz, el dios sol, Ra.

La última plaga, la muerte de los primogénitos, afecta personalmente al Faraón, al igual que a todos los egipcios. Recordemos que en la cultura egipcia, el Faraón era considerado un dios y los primogénitos conformaban la casta sacerdotal. (La venta de la primogenitura entre Esav y Yaacov, estaba ligada a los derechos del sacerdocio en la familia).

Las tribus hebreas se convencen de la superioridad de su Dios, y se disponen a salir de Egipto. Pero, periódicamente, recordarán, con nostalgia, su permanencia en Egipto. Durante los cuarenta años de su travesía por el desierto, no desaprovecharán oportunidad para recordar y volcarse sentimentalmente y con añoranza hacia la gloria y la grandeza de Egipto. Resultó más fácil sacar al pueblo hebreo de Egipto que erradicar de sus corazones la influencia de la cultura egipcia. No es casual que la gran mayoría de nuestros rezos y oraciones, festividades y tradiciones, aluden a este hecho, zéjer litziat mitzráyim, “en recuerdo de la salida de Egipto”.

Además, y tal vez en primer lugar, yetziat mitzráyim, “la salida de Egipto”, es una demostración de la intervención de Dios en la historia de la humanidad. La noción de rezo, de implorar al Ser Supremo, tiene sentido únicamente, si concebimos que El responde, que interviene cuando una situación lo amerita. Yetziat mitzráyim es el precedente que nos estimula en nuestra fe. Porque tal como Dios escuchó la súplica de nuestros antepasados en Egipto, igualmente responderá siempre que una situación apremiante lo exija.

Es aparente que el héster panim “la Divinidad que se oculta” durante la época Nazi, por ejemplo, nos envuelve en dolor y en angustia. ¿Cómo es posible que aparentemente Dios haya sido sordo a los lamentos de niños y ancianos, que con el Shemá Israel sobre sus labios marcharon, empujados por la maldad, hacia su propia muerte? La presencia y la ausencia Divina en la historia de la humanidad, obedece a reglas que no conocemos enteramente. Hanistarot laShem Eloheinu, “las cosas ocultas están en el dominio de Dios”. La vida se presenta con sus contradicciones y dilemas que resultan en dudas frecuentes y en pérdidas temporales de la fe.

Pero igualmente se dan numerosas situaciones que reconfortan y refuerzan nuestra seguridad en la Providencia Divina. Los ángeles están siempre seguros y los diablos siempre niegan. Únicamente los humanos tenemos la capacidad de desarrollarnos y de crecer. Tal como lo expresara tan felizmente un jasid al regreso de una temporada en la que celebraría una festividad religiosa con su Rebe, “en la yeshivá se concibe intelectualmente a Dios, pero en los alrededores del Rebe se siente existencialmente a Dios”. Desde luego que muchas personas pierden la fe porque sienten el abandono en los momentos de mayor necesidad. Pero también existen aquellos que en los momentos de densas tinieblas y terror, jamás dejaron de sentir la presencia de Dios. Para ellos, el sufrimiento era pasajero, porque en su más recóndita intimidad siempre tuvieron a Dios muy cerca.