ALGUNAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN

Parashá Bereshit

El ciclo anual de la lectura y el estudio de la Torá, empezando nuevamente con Bereshit, conduce al asombro y la reverencia por el majestuoso despliegue y formulación de las etapas de la creación del universo. Seis días de creación que colocaron cada elemento en su sitio, desde la luz, que fue creada en el primer día; un proceso que culminó con la creación del hombre en el crepúsculo del séptimo día.

Desde sus inicios, la ciencia cuestionó la veracidad de este relato, que consideró simplista y elemental. Las últimas estimaciones científicas ubican la edad del universo en unos quince mil millones de años, cifra muy diferente al año 5765 que iniciamos. Existen numerosas explicaciones para esta diferencia cósmica, explicación es que tiene base científica y que, al mismo tiempo, toma en cuenta el primer capítulo de Bereshit. Personalmente, me identifico con quienes afirman que el número 5765 es un aproximado para la edad del mundo civilizado, tal como lo conocemos.

Moshe Kaveh, presidente de la universidad Bar Ilan, ha reflexionado sobre este tema haciendo varias observaciones interesantes. En el relato de Bereshit tropezamos con una primer dificultad al indagar de dónde provino la luz que Dios creó el primer día, en la ausencia del sol que recién sería creado el cuarto día. Debido a esta aparente incoherencia, Rashí sostiene que todas las luminarias en efecto fueron creadas durante el primer día, sólo que fueron colocadas en su lugar apropiado recién el cuarto día. Esto implica que la probable duración del día durante el proceso de la creación era totalmente diferente a nuestra experiencia actual. De tal manera que la cifra 5765, de años integrados por días de una duración de veinticuatro horas, no corresponde necesariamente a la edad del universo.

¿Qué quiere decir la Torá en los primeros versículos con la frase que Dios pronuncia: “¡Que se haga la luz!”? De acuerdo con Kaveh, dado que el ojo humano está limitado a cierto sector del espectro, si la temperatura de la superficie del sol fuese significativamente diferente, el ser humano no podría “ver” la luz.

La creación de dos luminarias, una para regir durante el día y la otra para reinar durante la noche es comentada en el Midrash. Aparentemente, la luna se había quejado ante Dios y alegó que no era posible que dos entidades compartieran una sola corona. Como un castigo por este injusto clamor que exteriorizaba el celo y la envidia, el Creador decidió disminuir el tamaño de la luna. Kaveh apunta que aunque más del sesenta por ciento de las estrellas nacen en pares de las grandes nubes de gases y polvo en el universo, nuestro sistema pertenece al grupo que contiene una sola estrella, el sol.

¿De dónde provino la luna? Existen varias teorías. La más probable atribuye su origen a una colisión cósmica entre un cuerpo celestial del tamaño del planeta Marte y la Tierra. El resultado fue la creación de la Luna, que contiene un material proveniente de este cuerpo espacial y el polvo terrenal. Y aunque la Luna es muchísimo más pequeña que el Sol, su relativa cercanía a la Tierra, en una perfecta proporción con la distancia entre la Tierra y el Sol, permite que se visualice tal como si fuera de un tamaño similar al Sol. Y así tenemos dos luminarias: una para el día y la otra para la noche, cuando la Luna refleja la luz del Sol.

La Torá no es un libro de cosmología, no obstante, al encontrar una concordancia entre las teorías científicas y el texto sagrado, este hecho constituye una prueba adicional acerca de su autenticidad y veracidad.

Esta breve incursión en algunos aspectos del primer capítulo de Bereshit no debe desviar nuestra atención de su contenido aleccionador, porque la Torá es, ante todo, un tratado moral que identifica con gran precisión cuál debe ser el comportamiento del ser humano. Cada relato que contiene debe ser visto como una enseñanza por la conducta ética del hombre. Incluso el capítulo de la creación debe producir el respeto por todos los elementos que integran la naturaleza, porque todo proviene de Dios.

De acuerdo a la tradición judía, el hecho de que el ser humano haya sido creado al final de este proceso, implica de cierta manera que todo fue hecho para el beneficio del hombre.

Al mismo tiempo, Dios marcó cuál debía ser el comportamiento del hombre cuando al colocarlo en el Gan Eden le instruyó que debía leovdó uleshomró, trabajar y cuidar el jardín. Aunque esta instrucción fue indicada para la primera pareja, continúa vigente hasta el presente.

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