Desde el Tabernáculo hasta la Sinagoga

TERUMÁ - Éxodo XXV - XXVII,19

Los capítulos anteriores promulgan algunas de las diversas leyes y preceptos según los cuales debemos regir nuestras vidas. Sirven para explicar que los Diez Mandamientos no son la suma total del judaísmo, sino que se requiere una minuciosa atención a los más mínimos detalles de la vida personal y social. (Hay quienes consideran que los Diez Mandamientos contienen, o constituyen la suma de todas las mitzvot de la Torá). Cabe destacar que la gran mayoría de estas leyes son instrucciones dirigidas al individuo. Los Diez Mandamientos, por ejemplo, no fueron enunciados en el plural. “No matarás”, reza uno de esos mandamientos, utilizando el singular en la segunda persona. Aunque reconocemos la necesidad de legislar para la comunidad en su totalidad, como se demuestra con el establecimiento de arei miklat, las ciudades de refugio para quienes, sin la intención de hacerlo cometieron un crimen capital. La abrumadora mayoría de las leyes, sin embargo, está dirigida al individuo. De tal modo, el judaísmo señala que cada tiene una responsabilidad personal ineludible pero el logro del bienestar común y en la conducta moral y ética dentro del marco de la sociedad.

Esta noción de la responsabilidad individual es consecuente con el relato bíblico de la creación del hombre. En Bereshit, Dios crea un solo hombre y una sola mujer, ellos son la suma total de la sociedad humana y quienes perciben la totalidad del universo. Por lo tanto, según nuestros jajamim, debemos considerar que la existencia y el futuro del mundo dependen de las acciones individuales de cada uno de nosotros. Tal vez ésta sea la enseñanza primordial del judaísmo, a excepción de nuestra concepción de la existencia de un solo Dios. La enseñanza básica es la responsabilidad individual en el ejercicio del libre albedrío y, simultáneamente, el de la santidad de la vida individual. En el judaísmo no se puede exponer una sola vida humana en beneficio de muchos. Cada ser humano tiene un valor espiritual infinito y por lo tanto dos vidas no valen más que una sola vida.

Moshé tarda cuarenta días y cuarenta noches en el Monte Sinaí para recibir la Torá con sus detalladas explicaciones. El pueblo se inquieta por la tardanza de Moshé e insta para que se le construya una deidad visible y palpable, que se traduce en el éguel hazahav, un becerro de oro. Este hecho es detallado en capítulos posteriores. Pero a raíz de esta rebelión, a escasos días de la revelación Divina, viene una concesión. Dios decide la construcción de un templo, de un tabernáculo portátil el que será simbólicamente. Su habitación durante la travesía por el desierto y permitirá visualizar de manera material el contenido espiritual que se deseaba transmitir. Siglos más tarde, el rey Shelomó construirá el primer Beit HaMikdash que es un Templo para el servicio de Dios sobre el mismo monte en el cual Avraham demostró su disposición a ofrecer como un sacrificio a su único hijo Yitzjak.

Para los efectos de la construcción de este tabernáculo que se denomina Mishkán en nuestro texto, Dios instruye a Moshé para que solicite la contribución de los materiales requeridos. Se necesitaba oro, plata y cobre; lana azul y roja; tintes y pieles de animales; maderas y aceites; especies y piedras preciosas. Desde los días del nacimiento de nuestro pueblo en adelante, la noción de contribución, terumá en el texto de la Torá, formará parte de la vida cotidiana comunitaria judía.

La noción de caridad es ajena al vocabulario judío. La palabra tzedaká que usualmente utilizamos para traducir el concepto de caridad, proviene de la raíz tzédek que significa justicia. En nuestra concepción, es “justo” compartir con los menos afortunados. La tzedaká es obligatoria y no voluntaria. La ayuda al prójimo y el compartir la abundancia no están basados en el concepto de “amor”, sino en la obligatoriedad que exige la noción de justicia. El mundo está basado sobre tres pilares, dicen nuestros jajamim, y tzedaká es uno de ellos.

En realidad, la vida social, religiosa, cultural y educativa de la comunidad judía contiene el factor de tzedaká como un ingrediente esencial. Las estructuras sociales de las comunidades judías de la Edad Media hasta los albores de la segunda guerra mundial hacían  especial énfasis en la ayuda a los pobres y a los necesitados. Existían grupos que se ocupaban de proveer de dote a las jóvenes que carecían de posibilidades, de extender créditos y préstamos sin intereses a las personas de escasos recursos económicos. Los fondos para el funcionamiento de todos estos grupos provenían de los aportes de los miembros de las comunidades. Podrían documentarse fácilmente las bases de tzedaká de nuestra propia comunidad en Caracas, y en forma similar, la de comunidades judías en diferentes partes del mundo.

La palabra terumá que identifica a nuestra lectura semanal proviene de la raíz que significa elevación. Contribuir a una causa sagrada y justa es, por lo tanto, una manera de ascender, de escalar personalmente, porque uno transciende sus necesidades inmediatas y se enriquece espiritualmente al atender las solicitudes del prójimo. El poder dar es muy superior al tener que recibir.

El Mishkán contenía una serie de elementos que luego formarían parte de la estructura del Beit HaMikdash, que es el Templo de Jerusalem. Hay planos y detalles específicos para la elaboración de los utensilios y objetos que albergaba este Mishkán. Había un arón, el arca de madera, recubierto por una lámina de oro, que contenía las piedras sobre las cuales estaban grabados los Diez Mandamientos. La cubierta de esta arca, kapóret en hebreo, era de oro macizo y tenía la efigie de dos keruvim en sus extremos. (Según nuestros jajamim estos keruvim tenían la apariencia de dos bebés). Sobre una mesa de madera, shulján, recubierta con una lámina de oro, se colocaba el léjem hapanim, los panes siempre presentes. Una menorá, una lámpara confeccionada de un trozo de oro martillado, de siete brazos, uno de los cuales siempre permanecía encendido, completaba una parte esencial del Mishkán. Además de los postes y de las telas que formaban la estructura exterior, se construyó un mizbéaj, un altar de madera para ofrecer los sacrificios indicados. En cada uno de estos renglones se señalan las medidas exactas para su construcción y elaboración.

Nuestras sinagogas están construidas siguiendo el plano esencial del Mishkán. El arón hakódesh o hejal contiene los rollos de la Torá (en la ausencia de las dos piedras originales con los Diez Mandamientos que de todas maneras no podrían estar presentes simultáneamente en todas las sinagogas). El ner tamid, una luz que siempre permanece encendida, recuerda la luz eterna de un brazo de la menorá, cuya réplica está presente en nuestra sinagoga. La mesa desde la cual se dirigen los rezos, ocupa el lugar del shulján de los panes.

En la sinagoga de la Unión Israelita de Caracas se escogieron deliberadamente ciertos materiales para su terminación. El arquitecto y escultor Harry Abend seleccionó el acero inoxidable y el bronce para hacer alusión a la terumá, a la contribución de oro, plata y cobre que se solicitó a nuestros antepasados según el texto de nuestra lectura semanal. La cúpula de la sinagoga está revestida de elementos que simbolizan las “nubes” que señalaron el camino para la travesía del desierto. Los emblemas de las doce tribus ubicadas en el entorno de esta cúpula son una manifestación de la unidad esencial entre ashkenazim y sefaradim, entre los que provienen de Polonia y los que llegaron de Marruecos, porque todos somos los descendientes de Yaacov, el padre de aquellos que encabezaron y dieron nombre a las doce tribus.

La justicia: un imperativo primordial

MISHPATIM - Éxodo XXI - XXIV

Desde cualquier perspectiva que se asume es indiscutible que los  Diez Mandamientos, que forman parte de un capítulo anterior, constituyen el cimiento y el fundamento de la civilización occidental. Casi toda actividad en ya sea en el campo espiritual, social, político, cultural científico, ha sido influenciada por esta magna expresión del berit, compromiso esencial del ser humano consigo mismo, con sus semejantes y con Dios. La ciencia moderna, que se basa en la experimentación y en la verificación de la teoría, también recibe la influenciada de la noción de la existencia de un solo Dios que el primer mandamiento proclama. Aunque todos los fenómenos no pueden ser reproducidos en un laboratorio, (por ejemplo en el campo de la astronomía), la posibilidad de repetir una experiencia, es fundamental para la ciencia. La base filosófica para tal hipótesis es la supuesta existencia de leyes comunes o de un ordenamiento en el universo que supone que una misma causa siempre produce efectos iguales. Las nociones de arbitrariedad y capricho propugnados por la hechicería y la idolatría, no permiten la concepción de un mundo al que se le pueden aplicar modelos matemáticos para comprenderlo. En cierta forma entonces, el monoteísmo crea el terreno propicio para el desarrollo de la ciencia y de la tecnología que es la consecuencia de la primera.

La lectura de esta semana empieza con las palabras, veele hamishpatim, “y estas son las ordenanzas”, sobre las cuales comentan nuestros jajamim señalando que la conjunción “y” sirve para unir estas leyes con las que fueron promulgadas anteriormente. Las normas que fueron enunciadas en un capítulo anterior son los Diez Mandamientos. Por lo tanto, dicen los expositores, tal como los Diez Mandamientos fueron anunciados por Dios en el Monte Sinaí,  lo fueron igualmente las leyes que les siguen. En consecuencia, en la tradición judía, se evita la jerarquización de las mitzvot a las cuales según la Torá estamos sujetos. Los Diez Mandamientos no tienen mayor obligatoriedad que otra ordenanza. Todas las mitzvot tienen vigencia e importancia equivalentes.

Las primeras consideraciones de nuestra lectura hacen referencia a la esclavitud. La Torá contempla la esclavitud en el momento histórico en que esa condición humana prevalecía. Pero la Torá legisla sobre la esclavitud de manera tal, que según la interpretación del Talmud, mi shekaná éved, kaná rabó, quiere decir: quien adquiere un esclavo, efectivamente obtiene un amo. Los intérpretes del Talmud sugieren que en ocasiones el esclavo tiene preferencia sobre su dueño. Por ejemplo, si en el hogar hubiese una almohada únicamente, el amo no puede utilizarla, porque en tal caso su esclavo dormiría en condiciones inferiores. El negarle a todos el uso de la almohada, equivale a un comportamiento digno de la ciudad de Sedom, puesto que es la máxima expresión del egocentrismo, y recordemos, que ésta fue destruida por su inmoralidad. Por lo tanto, lo correcto en este caso, sería entregarle la única almohada al esclavo.

La esclavitud hebrea, que en la práctica era una especie de servidumbre, tenía una duración de seis años. El séptimo año era el Shabat del esclavo y era liberado. La tierra también tenía su Shabat, el año de shemitá. Por espacio de seis años se labraba la tierra, y el séptimo, era el año de descanso. La agricultura moderna también considera el “cansancio” de las tierras que se desgastan después de un determinado número de años de ser sembradas. Pero, señala la Torá, si  el esclavo alega ahavti et adoní, et ishtí veet banai; “amo a mi amo; a mi esposa (la esclava que le otorgase el dueño), y a mis hijos,” y no desea la libertad, entonces se procede a una ceremonia especial. El amo conduce al esclavo ante una corte de justicia, donde bajo el umbral de una puerta el amo le hacía un agujero en la oreja, (como señal) de que permanecería como un esclavo “para siempre”. Según el Talmud, no se debe entender la palabra “siempre”, en este caso, en su significado cotidiano, sino que la esclavitud terminaría con el shenat hayovel, que es el año jubileo. Cada cincuenta años se proclamaba el “año jubileo” que se rige con algunas normas particulares. Entre esas normas estaba incluida la libertad de todos los esclavos.

La Torá considera la existencia de la poligamia. En el curso de la historia del pueblo judío, esta práctica no se difundió muy ampliamente. En la época del Talmud el hecho de tener muchas esposas no aparece como una realidad de la vida diaria. En el siglo XI, Rabenu Gershón Maor Hagolá y su Beit Din (corte religiosa) proclamaron un jérem que es una prohibición con anatema, prohibiendo el matrimonio con más de una mujer. El mundo ashkenazí (los judíos provenientes básicamente de Europa) se sometió a esta takaná, a este edicto.

En la comunidad sefaradí (provenientes de Asia Menor, del Norte de Africa y de algunas comunidades Europeas) quedaban algunos remanentes de sociedades que practicaban la poligamia, tales como en el Yemen. Con la creación del Estado de Israel, se hizo necesaria la adopción de un reglamento única. La solución salomónica consistió en permitirle a cada uno la práctica de su país de origen. O sea que quien provenía del Yemen podía continuar viviendo con las esposas con las cuales se había casado anteriormente. En cambio, una vez radicado en Israel, no podía casarse con una esposa más, si previamente había contraído matrimonio antes.

Haciendo referencia a una joven que es vendida como una esclava, la Torá señala las obligaciones esenciales de todo esposo, sheerá, kesutá veonatá, “alimentos, vestimentas y relaciones sexuales”. El texto ordena que al tomar una esposa adicional no puede disminuirse el derecho estipulado para la esposa original y que corresponde a las citadas tres obligaciones esenciales. En el judaísmo entonces, la esposa puede exigirle al marido relaciones sexuales. El Talmud agrega, que una mujer debe ser sutil cuando le sugiere sus deseos sexuales al esposo. (En Bereshit leímos como Rajel le cedió a Leá el lecho matrimonial con Yaacov por una noche, a cambio de unas frutas, dudaim, que Reuvén, el primogénito de Leá, le traería del campo).

  Nuestro texto es muy denso por las numerosas leyes que contiene. Una de estas normas ordena que si en el caso de una riña se golpease a una mujer embarazada y por este motivo perdiera la criatura, existen daños y perjuicios a solventar. Seguidamente nos encontramos con la ley de néfesh tájat néfesh, “humano por humano”, que quiere decir que cuando se extingue una vida humana, el castigo es la sentencia de muerte. Dado que en el caso citado se requiere una compensación material, los expositores del texto bíblico concluyen que en la Torá el feto no es considerado como un ser humano completo. Esta conclusión servirá para diversas consideraciones sobre el aborto, tema de gran actualidad en la sociedad moderna.

Nuestros capítulos contienen la famosa cita, ayin tájat ayin, shen tájat shen; “ojo por ojo, diente por diente”, que ha servido para señalar que el judaísmo es excesivamente severo. En realidad el judaísmo predica la justicia como un imperativo primordial y lo antepone a otras consideraciones, tales como el amor. El dictamen del Talmud, “ojo por ojo” debe entenderse como la obligación de compensar a un agraviado por haberlo cegado. Desde luego que  estiman el “valor material” de un ojo se presenta una enorme dificultad. Entre las opiniones consideradas por el Talmud, pero rechazadas, se encuentra la que sugiere que realmente hay que practicar exactamente “ojo por ojo”. Hay quiénes sugieren que esa es la justicia más correcta, pero, añaden, que es imposible administrar justicia de esa manera, porque el ojo de cada uno tiene un valor diferente. Por lo tanto, la que se adopta es la compensación material.

El nudo indisoluble: moral y religión

Parashá Yitró Éxodo XVIII - XX

Los últimos versículos de lecturas anteriores de la Torá relatan algunos de los pormenores del enfrentamiento bélico entre los hebreos y los amalekitas. Yehoshua es elegido para dirigir el combate. Moshé, su hermano Aharón y su sobrino Jur escalan un montículo desde el cual presencian la batalla. Dice el texto, “y cuando Moshé levantaba su brazo, Israel era victorioso; y cuando lo bajaba, Amalek era el victorioso”. Comenta el Talmud: ¿”acaso los brazos de Moshé pueden decidir una victoria”? La enseñanza es, según el Talmud, que cuando el pueblo tiene su vista hacia arriba, hacia lo celestial y lo trascendental, mejor dicho cuando el pueblo está consciente de su responsabilidad con la tradición y con las mitzvot, entonces es victorioso. Pero cuando se preocupa de lo mundano e inmediato y olvida el berit, que es el pacto que cerró con el Creador, entonces sus enemigos son los victoriosos. Amalek, desde aquel momento en adelante, se convierte en el prototipo del enemigo gratuito del pueblo judío. Siglos más tarde se identificará a Hamán, el villano del Libro de Ester, como un descendiente de Amalek. La historia de la humanidad dará testimonio de que Amalek estuvo presente en cada generación. Salimos victoriosos de algunos de los encuentros. Ganamos algunas batallas. Pero aun con el establecimiento de Medinat Israel, la guerra continúa. Amalek no descansa y por tanto debemos mantenernos alerta en todo momento.

Yitró, el suegro de Moshé que presta su nombre a nuestra lectura semanal, escucha el eco de las hazañas de su yerno y se dirige al desierto para encontrarse con el pueblo hebreo. Lo acompañan su hija Tziporá, la esposa de Moshé, con sus dos hijos, Gershom y Eliézer. Estos dos hijos desaparecen rápidamente del texto bíblico. No desempeñan ningún rol en la historia del pueblo. Aprendemos tal vez que la condición de líder no es hereditaria. Hay que obtenerlo por mérito propio. Los personajes claves de la historia tienden a descuidar a sus hijos, porque todas sus iniciativas y preocupaciones están dirigidas y centradas en las metas trascendentales que se trazan.

Vayíjad Yitró, Yitró se alegra al escuchar el relato de las hazañas de su yerno Moshé y por las bondades de Dios con el pueblo judío al sacarlo de la esclavitud. A pesar de que el aparente sentido de nuestro texto es que Yitró se alegró con la noticia del éxodo de nuestros antepasados de Egipto, nuestros jajamim sugieren que su alegría no fue completa. Se vio opacada por la muerte de los egipcios en las aguas del Mar Rojo. En cierta forma, nuestra tradición también se hace eco de este hecho al señalar que Dios no permitió que se cante el Halel completo en los últimos seis días de Pésaj cuando “lo hecho por sus manos”, que era una referencia a los egipcios, que igualmente habían sido creados por El, se ahogaban en aquel momento. ¿Por qué consideran nuestros jajamim que la alegría de Yitró no era completa, cuando el texto bíblico no hace alusión a esto? Tal vez, en opinión de nuestros jajamim es muy difícil alegrarse a cabalidad con el éxito del prójimo. En nuestra vida cotidiana podemos constatar que la identificación total con la felicidad y la buenaventura de otra persona está limitada a la madre, al padre, a la esposa, o a un amigo extraordinario. El mejor alumno de la clase no es necesariamente el más popular. La envidia suele aparecer cuando estamos en presencia de la buena fortuna de otro.

Yitró reconoce que su yerno Moshé dedica enormes energías a la enseñanza, a responder a las interrogantes del pueblo y al ejercicio de la justicia. Yitró le sugiere a Moshé que seleccione un grupo de personas poseedoras de ciertos atributos que puedan asistirle en sus tareas. ¿Cuáles eran estas cualidades? Las personas escogidas tenían que ser anshei jáyil, “guerreros fuertes”, las que según el comentarista Rashí, tenían que ser personas económicamente independientes para que sus fallas, no se vieran comprometidos por ninguna presión material. La segunda cualidad requerida es yirei Elohim, “temerosos de Dios”, porque en la tradición judía aunque la noción de “no robar” tiene un gran sentido social, ésta representa al mismo tiempo un imperativo religioso. El siguiente requisito es que sean anshei emet, “gente que dice la verdad”. Rashí comenta que al ser ellos responsables y consecuentes con su palabra, se tendría confianza en sus veredictos. La última cualidad mencionada en el texto bíblico es sonei batza, “detestan el soborno”. Las cualidades citadas servirán de base para escoger a los integrantes del Sanhedrín, la corte de los setenta que servirá, posteriormente, como máxima autoridad religiosa.

Los capítulos XIX y XX del Éxodo contienen el relato de los preparativos al pie del Monte Sinaí y la revelación de la Voluntad Divina contenida en los Diez Mandamientos. El mundo occidental ha reconocido que estos mandamientos sirven de fundamento moral para formar una sociedad. Igualmente, en la tradición judía hay expositores del texto bíblico que encuentran en estos mandamientos, la génesis de todas las otras mitzvot de la Torá. Aparentemente, en la época del Beit HaMikdash, que es el Templo de Jerusalem, la lectura de estos Diez Mandamientos formaba parte de la liturgia de Shemá Israel, “Escucha Israel” que es la afirmación de la existencia de un solo Dios. Aparecieron entonces los que cuestionaron la legitimidad del texto restante de la Torá. Su argumento se basó en el hecho de que únicamente los Diez Mandamientos habían sido incorporados al ritual. Los jajamim decidieron entonces eliminar la recitación diaria de los Diez Mandamientos para evitar la duda, por inferencia, acerca de la veracidad del resto del texto de la Torá. Sin embargo, hasta el día de hoy, hay quienes recitan, individualmente, los Diez Mandamientos al concluir el servicio religioso de las mañanas.

El primero de los Diez Mandamientos, es en realidad una afirmación, porque reza así, “Yo soy Dios, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre”. Según Rambam esta afirmación es, al mismo tiempo, un mandamiento, porque asume una fe en la existencia de Dios. Este mandamiento identifica a Dios, como aquel que nos sacó de Egipto. El texto bíblico pudiera haber optado por identificar a Dios de manera diferente, por ejemplo como el que creó el universo. Pero en esta eventualidad se hubiera podido concluir que Dios creó el universo para que éste se comportara de acuerdo a ciertas leyes establecidas y luego abandonarlo a su propio destino. En cambio, al señalar que fue Dios  quien rescató a nuestros antepasados de la casa de la esclavitud, equivale a afirmar que Dios interviene en la historia. Dios continúa activamente interesado en el proceso de desarrollo de la humanidad y responde a ciertos hechos. Cuando nuestros antepasados imploraron a Dios que los aliviase del yugo excesivo de la esclavitud, El los escuchó y actuó. En caso contrario, ¿qué sentido tendría rezar, si Dios se abstiene de intervenir en el desarrollo de los sucesos terrenales?

Los Diez Mandamientos fueron grabados sobre dos tablas de piedra. Los primeros cinco hacen referencia a la relación entre el hombre y Dios. Los últimos cinco tienen como objetivo la relación  entre los seres humanos. El quinto mandamiento, el que nos encomienda honrar padre y madre, sirve de puente entre los dos grupos, porque nuestros padres son nuestros “creadores”. Cabe preguntar entonces, ¿cuáles son más importantes? ¿Acaso la relación entre el hombre y Dios tiene mayor jerarquía que los que regulan las responsabilidades entre los hombres? En la concepción judía, cuando uno se abstiene de asesinar a otro ser humano, está cumpliendo también con una instrucción Divina. Así, la mitzvá de “no matarás”, que tiene que ver con la relación con otro ser humano, está ligada al mismo tiempo con el deber hacia Dios, porque fue ese Dios quien lo ordenó. Por tanto es un error pensar que tefilín y talit, kashrut y Shabat son la suma total del judaísmo. Desde luego, no hay cómo destacar suficientemente la importancia de estos elementos en el marco de la tradición judía. Pero hay que tener siempre presente que bein adam lajaveró, que son las relaciones entre el hombre y su prójimo, son normas religiosas que son indispensables y fundamentales para el bienestar de toda sociedad.

El cuarto mandamiento que promulga el derecho a un día de descanso, es revolucionario. Los romanos sostenían que los hombres nacían para ciertos roles. Los patricios para mandar y los plebeyos para trabajar. La noción de un descanso obligatorio era incompatible con la estructura esclavista reinante. La Torá basa esta ley en el descanso de Dios en el acto de la creación. Dios creó el mundo en seis días y en el séptimo, Shabat, descansó, y luego santificó ese día. De esa manera la Biblia enseña que la noción del día de descanso semanal es una parte integral de la creación del mundo. El Shabat no fue promulgado para un grupo particular. El Shabat va más allá de los límites de la humanidad, porque los animales también deben gozar de ese día de descanso. La conciencia social manifestada por los profetas de esos milenios, y que tienen eco en nuestro quehacer contemporáneo, son resultado directo del espíritu de estos capítulos.

Memoria histórica y conciencia

BESHALAJ - Éxodo XIII,17 - XVII

En los capítulos anteriores se lee sobre el primer mandato colectivo Divino que nuestros antepasados recibieron y que es conocido por las primeras palabras del mismo Hajódesh hazé, “este mes”. Es notable que esta primera ordenanza contiene una indicación  de tiempo, elemento que va a jugar un rol determinante en la tradición judía. En el judaísmo el calendario es un instrumento indispensable. Tal como lo hemos venido anotando, nuestra tradición es enfática en cuanto a la importancia del tiempo y del cambio y por ende en a la del desarrollo y del crecimiento. La ordenanza que se promulga en Nisán, mes en el que saldrán de Egipto y fecha que será conmemorada en las generaciones siguientes, exige la escogencia de un carnero que tiene que ser cocido directamente al fuego y consumido la noche del día catorce de ese mes.

Ese día catorce recibe el nombre de Pésaj, al igual que el carnero que tiene que ser sacrificado antes de ser ingerido. Fue necesario pintar con la sangre de este carnero los dinteles de las puertas, mientras que la carne era consumida con matzá, el pan ácimo, y maror, yerbas amargas. Durante esta comida, los cinturones tenían que estar colocados sobre las caderas, los zapatos calzados y los bastones en las manos para poder emprender inmediatamente el Éxodo de Egipto. Hasta hoy día hay quienes, durante la celebración del séder, se colocan los cinturones y con un bastón en sus manos reviven el momento anterior al éxodo. Según esto, nuestros antepasados ya comieron, durante esa noche, matzá con carne del carnero. Luego comerían nuevamente matzá en el desierto, porque en su apuro por salir de Egipto, no pudieron esperar a que fermentara la masa que habían preparado para confeccionar el pan.

El texto bíblico hace referencia a la fecha del éxodo como jag hamatzot, “la festividad de la matzá”, mientras que en los escritos posteriores (los que recogen la ley oral) se utiliza también el término adicional, Pésaj, al cual ya hemos hecho referencia. La variada utilización de esta nomenclatura, tal vez señala que en las escrituras se realza especialmente la importancia de la libertad. La utilización de la palabra matzá simboliza nuestra premura por conseguir la libertad y el haber aprovechado el momento histórico para su consecución. Pésaj, que representa principalmente el sacrificio del mismo nombre, señala que es indispensable la intervención Divina para el desarrollo de los acontecimientos que culminaron con el éxodo.

Nuestra lectura señala que Dios no condujo a nuestros antepasados por el camino más corto a la Tierra Prometida. Existía la duda de que frente a un peligro real, el pueblo vacilaría y podría emprender marcha atrás, de vuelta a Egipto. La ruptura con Egipto tenía que ser total y por tanto se buscó en el desierto un camino de rodeos, camino que duraría cuarenta años. Igualmente, era necesario preparar a estas tribus, que habían sido sometidas a siglos de esclavitud, para la conquista de Canaán, para el ejercicio de la soberanía y de la autodeterminación.

Mientras el pueblo se ocupaba de los preparativos para el arduo viaje en el desierto, adquiriendo enseres y artículos valiosos que los egipcios les prestaban, Moshé se ocupó de los restos de Yosef. No obstante haber asumido una posición clave en la corte del Faraón, Yosef siempre mantuvo su identidad hebrea y en su testamento dio las instrucciones para que sus restos fuesen trasladados a la tierra ancestral en el momento en que su pueblo abandonase Egipto. Moshé se hizo cargo del cadáver de Yosef y de este modo enseña la importancia de recordar y de no olvidar el aporte de Yosef al bienestar de su familia, y por ende, al de las generaciones futuras. Este desarrollo de la conciencia histórica, será una de las características importantes de nuestra singularidad.

La inclusión de la historia como un factor esencial de la identidad hebrea se manifiesta, por ejemplo, en el caso de la conversión al judaísmo. ¿Cómo puede participar un converso durante la recitación de la Hagadá, “el relato del éxodo de Egipto”, en la noche del séder? ¿Puede el converso exclamar, avadim hayinu lefaró bemitzráyim, “fuimos los esclavos del Faraón en Egipto”? Después del todo, ni el converso, ni sus antepasados estuvieron en Egipto. Sin embargo, la Halajá, que es el universo de las leyes judías, sostiene que debe participar en el séder con todas las leyes de rigor. Porque la conversión al judaísmo no consiste únicamente en la adopción de una fe y el someterse a un ritmo de conducta y vida específicos. La conversión al judaísmo, además de la adopción de esa nueva fe, incluye al mismo tiempo la incorporación al pueblo judío, la adopción del pasado histórico del pueblo judío y el compartir un destino futuro común.

Según la trayectoria trazada era necesario cruzar las aguas para llegar al desierto y abandonar definitivamente los límites egipcios. ¿Cuáles eran esas aguas, que en hebreo se denominan Yam Suf”? No estamos seguros. Según algunos es el Mar Rojo y según otros es el Mar de las Cañas. Y allí se dio la primera rebelión de nuestros antepasados. Preguntaron, ¿”Acaso no había suficiente lugar para sepulturas en Egipto que tuvimos que ser traídos al desierto para morir”? Los egipcios los perseguían en sus carrozas y caballos y por delante estaba el mar. No había escape. Según el Midrash, el joven Najshón ben Aminadav fue el primero en lanzarse para cruzar las aguas que habían sido separadas milagrosamente por Moshé. Najshón se convierte entonces en el prototipo de la persona que se arriesga, que señala caminos y demuestra el comportamiento apropiado en momentos decisivos. El resto del pueblo lo sigue y al llegar a la orilla opuesta ve como las aguas se juntan nuevamente y los egipcios perecen.

Moshé y el pueblo estallan en un cántico de júbilo que contiene estrofas de poesía superlativas, algo que no abunda en el Pentateuco. En el Talmud, se recoge una supuesta conversación entre Dios y el pueblo hebreo, que hace referencia a este episodio victorioso frente a los perseguidores egipcios. Los hebreos desean cantarle alabanzas a Dios en el aniversario de esta victoria y Dios los cuestiona: ¿”es posible que mientras criaturas mías (la referencia es a los egipcios) se ahogan en el mar, ustedes consideren cantarme alabanzas”? La moraleja es muy importante, porque enseña que aun nuestros enemigos y opresores, también tienen impresa la imagen Divina y son, por lo tanto, merecedores de misericordia. Es probable que en la perspectiva del tiempo y de la historia se pueda llegar a comprender más ampliamente las causas de los enfrentamientos entre los pueblos. Esta consideración permite abrigar mayores esperanzas de encontrar soluciones compatibles con el destino histórico de los pueblos árabes y judíos en conflicto durante el desarrollo de las conversaciones de paz.

En el desierto la comida escasea y el pueblo se queja porque recuerda, exagerando la realidad del pasado idealizado, que en Egipto tenían ollas llenas carne y pan para saciarse. Dios ordena que el “pan” descienda del cielo a la tierra. Era un pan especial, man en hebreo, que según la tradición tenía el sabor que el comensal deseara, menos el de la carne. Cada mañana descendía man del cielo y el pueblo lo recogía. Este man tenía que ser consumido durante ese mismo día. Lo que se guardaba para el día siguiente se malograba. Los días viernes descendía del cielo una doble porción, la cual sí se conservaba para poder ser consumida el día sábado. Para recordar este hecho se colocan dos jalot, “panes” en la mesa del viernes de noche que marca el comienzo del Shabat. El sábado iba a ser un día sagrado que proclamaría que todo ser viviente incluyendo la servidumbre, tiene derecho a un día de descanso semanal.