¿A quién le está permitido soñar?

MIKÉTS - Génesis XLI - XLIV,17

                                           

Las habilidades y los encantos de Yosef le habían servido bien en Egipto, pero, al mismo tiempo, le crearon enormes dificultades. Potifar lo había adquirido de los mercaderes que lo trajeron al país y le encargó la dirección del manejo de su hogar. Todo iba bien hasta que la esposa de Potifar se sintió insultada porque Yosef no respondió a sus insinuaciones amorosas. Yosef termina encarcelado pero nuevamente, gracias a sus talentos y a su encantadora personalidad, obtiene una posición privilegiada. Junto con él, se encuentran presos el copero y el pastelero del Faraón. Ambos sueñan y Yosef se ofrece a interpretar sus sueños, de acuerdo con las indicaciones que reciba de Dios. Las explicaciones de Yosef son acertadas, porque tal como lo había predicho el pastelero es ejecutado y el copero es devuelto a sus funciones en el palacio real.

Nuestra lectura comienza también con sueños. Esta vez es el mismo Faraón quien sueña que sheva parot, “siete vacas”, yefot maré uveriot basar, “bellas a la vista y de carne sana,” emergen del río. Pero seguidamente surgen del río otras siete vacas, y estas últimas son raot maré vedakot basar, “tienen mala apariencia y son escasas de carne”. Las vacas flacas se comen a las vacas gordas y el Faraón despierta. El Faraón duerme nuevamente, y sueña ahora que sheva shibolim, “siete espigas” sanas y buenas salen de una misma caña. Y de pronto brotan siete espigas adicionales “delgadas y sacudidas por un viento oriental”. Las espigas delgadas se tragan a las buenas, y el Faraón se despierta de su sueño. Al amanecer, el Faraón manda llamar a sus astrólogos y consejeros, pero nadie puede explicarle el significado de sus sueños. Entra a la escena el copero, que le dice al Faraón: et jataai aní mazkir hayom, “hago memoria de mis errores”. Estando en la cárcel, continúa el copero, purgando mis faltas, me encontré con un joven hebreo que interpretó correctamente los sueños del pastelero y los míos. El copero sugiere que se le consulte a Yosef los sueños del Faraón.

Las necesidades del Faraón producen un cambio radical en el destino de Yosef, es liberado de la prisión de las catacumbas y presentado en la Corte. El Faraón repite el contenido de sus sueños, añadiendo detalles que Yosef se presta a interpretar, señalando que es Dios quien responderá con paz para su majestad. Las siete vacas gordas y las siete vacas flacas anuncian siete años de abundancia seguidos por siete años de escasez, afirma Yosef. La repetición del sueño implica que es urgente tomar medidas para evitar las consecuencias económicas negativas del período de escasez. Pues, según el sueño del Faraón, se notaba que el cuerpo de las vacas flacas permanecía igualmente desnutrido aun después de haberse comido a las vacas gordas. Esto indica que los siete años de pobreza serían tan intensos que el olvidaría la abundancia anterior. El Faraón estima que Yosef es la persona más competente de su entorno. Lo nombra gran administrador del reino, para que proceda almacenar cantidades suficientes de alimentos durante la época  de abundancia lo que les permitirá sobrevivir durante los siete años de hambruna que seguramente sobrevendrán.

Está claro ahora que los sueños ocupan un lugar importante en la narrativa bíblica, comenzando con Yaacov y culminando con el Faraón. Para la Biblia, el soñar no es un fenómeno inconsecuente. Los sueños son portadores de mensajes importantes y, por lo tanto, es necesario estudiarlos y esforzarse por entenderlos. El finado activista Israelí de la Mizraji, Baruch Duvdevani, solía señalar la siguiente interpretación aleccionadora. La imagen del sueño aparece también, por ejemplo, en el Salmo CXXVI, “…beshuv HaShem et shivat Tsiyón”… cuando Dios trajo de vuelta a los que retornaron a Tsiyón; hayinu kejolmim, “éramos como los que sueñan”. A primera vista, según Duvdevani, la expresión del Salmo no parece ser la más apropiada. Tal vez sería correcto que fuéramos considerados como soñadores antes de nuestro retorno a Zion. Una vez en la tierra ancestral, deberíamos ser calificados como vencedores, como aquellos que lograron su propósito. La palabra soñador no parece ser la más acertada para la descripción deseada. Por ahora, dejemos  inconcluso este punto, para retornar a nuestro relato bíblico.

Es notable que en los primeros capítulos de la Torá, nuestros antepasados, Yaacov y Yosef sueñan; y luego sueñan los egipcios, el pastelero, el copero y el Faraón. La habilidad de soñar está en nuestro pueblo y en los egipcios. Este hecho tiene que ver, tal vez, con la misma naturaleza de los sueños. Los sueños son  manifestaciones auténticas de nuestra voluntad y deseos profundos, mensajes del inconsciente que por alguna razón no osamos, o no nos permitimos, o somos incapaces de verbalizar en estado consciente. Al dormir, nos sobreponemos a las inhibiciones y nuestra imaginación queda en total libertad para expresar los anhelos y las ambiciones más profundas y genuinas. En muchas ocasiones, no entendemos el mensaje de los sueños, porque el lenguaje de los sueños es simbólico. Acudimos a expertos para que traduzcan las imágenes de los sueños a términos que nos sean comprensibles, tal como Yosef lo hace con el Faraón. Y si los sueños son la manifestación de lo que realmente queremos, sin freno alguno, pudiéramos concluir que uno sueña únicamente cuando se encuentra en un lugar seguro, es propicio e indispensable para hacerlo, y esto sucede en la propia casa y sobre la tierra propia. Por lo tanto, los hebreos sueñan en Canaán. Pero en Egipto, sólo los egipcios sueñan. Más aún, en Egipto, el hebreo tiene que estar atento a los deseos y a los caprichos de sus anfitriones. En Egipto, el hebreo tiene que saber “interpretar” las corrientes y la dirección de la dirigencia de la sociedad que lo circunda. En tierra ajena uno “deja de soñar” y debe ser realista para estar alerta al significado y al alcance de los sueños de otros.

Tal vez éste sea también el sentido de la imagen utilizada por el salmista en el capítulo citado. Seremos como soñadores cuando regresemos a Tsiyón porque únicamente en Tsiyón puede el judío soñar. Únicamente en Tsiyón puede el judío permitirse aflojar las riendas de sus inhibiciones y permitir que sus legítimos anhelos y deseos florezcan. Únicamente en Tsiyón puede el judío desarrollar y concretar sus talentos culturales y espirituales y de esta manera hacer un aporte más significativo que en el pasado, en pro del progreso de la humanidad.

Hoy somos testigos, del extraordinario renacimiento del idioma hebreo y de una variada y fructífera literatura en esta lengua. La actividad cultural en Israel, que se puede medir por la asistencia masiva a conciertos y teatros, por el número de los lectores de periódicos, revistas y libros- demuestra que, ella es una de las más vibrantes e intensas del mundo. Simultáneamente, la creatividad intelectual en el campo de los estudios judaicos no tiene parangón en la historia. El número de yeshivot y de universidades que se dedican a la investigación de los textos sagrados y a un mejor y más amplio entendimiento de nuestro pasado se ha multiplicado. Esto, y mucho más, sucede porque beshuv HaShem et shivat Tsiyón, hayinu kejolmim, porque al regresar a tierra ancestral, podemos nuevamente soñar y dar libre expresión a nuestras inquietudes creativas en Torá, en las artes y en la cultura, y en la adquisición del conocimiento.

Yosef y sus hermanos

VAYÉSHEV- Génesis XXXVII - XL

El drama que se desarrolla entre los doce hijos de Yaacov ha sido objeto de numerosas obras literarias. La más conocida es, probablemente, la trilogía de Thomas Mann sobre José y sus hermanos. Nuestros capítulos de la Torá van directamente a las fricciones y roces que se crean entre este Yosef y sus once hermanos. Leemos en nuestro texto Ele toldot Yaacov, Yosef…, “estos son los hijos de Yaacov, Yosef….” Yosef es el único hijo mencionado, porque era éste con quien Yaacov mejor se identificaba. En cambio, los hermanos odiaban a Yosef, porque en su correcta apreciación, Yaacov lo amaba más que a ellos. Yosef se parecía mucho al padre: al igual que él, era un soñador y un idealista. Y, debido a sus sueños, surgen nuevas y profundas dificultades entre los hermanos. Yosef sueña que mientras ataban gavillas en el campo, su hoz se levantó en el medio y las hoces de los hermanos se inclinaron alrededor en un círculo. En un segundo sueño el sol, la luna y once estrellas se postraban ante él. Hasta el mismo Yaacov manifestó que este segundo sueño era ofensivo porque sugería que tanto él como su esposa Rajel deberían inclinarse ante Yosef. Yaacov sabía que los sueños deben ser considerados seriamente porque son  expresiones auténticas y genuinas de la individualidad de todo ser humano.

Estos sueños son el motivo principal del rechazo y del odio de los hermanos hacia Yosef. En una oportunidad en que los hermanos tuvieron que alejarse para buscar pasto para el ganado, Yaacov envió a Yosef a indagar por ellos. Respondiendo a una persona del área, Yosef le dice, et ajai anojí mevakesh, “busco a mis hermanos”. Esta frase, et ajai anojí mevakesh se ha convertido en una consigna para el judío que en toda circunstancia y en cualquier ciudad del mundo solicita relacionarse con sus hermanos. Muchos miembros de nuestra comunidad llegaron durante la Segunda Guerra Mundial o unos meses después, totalmente y enajenados ante una sociedad faltos de recursos cuyas costumbres y tradiciones les eran extrañas. Pero la ambientación no les fue difícil, porque el nuevo inmigrante “buscó a sus hermanos” y encontró apoyo, ayuda y sostén inmediatos. Durante milenios, en las comunidades judías se crearon grupos de ayuda mutua, cajas de préstamo sin intereses y diversos organismos de carácter social. Aunaban esfuerzos para enfrentar la miseria y la pobreza con la que se tropezaban por doquier.

El odio hacia Yosef había adquirido grandes dimensiones y leemos en la Biblia, vayirú otó merajok, “y lo vieron desde lejos,” e inmediatamente empezó a planificase su eliminación. En un principio decidieron matarlo y arrojarlo a un pozo para luego alegar que las fieras lo habían devorado. De tal modo, reflexionaron los hermanos, se demostraría que sus sueños eran falsos y no tenían sentido. El primogénito Reuvén, sintiéndose el más responsable de los hermanos, sugirió que Yosef fuese simplemente arrojado a un pozo librado a su propia suerte con el propósito de salvarlo luego, una vez que los ánimos se hubiesen apaciguado. Tal vez la gran enemistad hacia Yosef se debía al hecho que vayirú otó merajok, únicamente lo veían de lejos. Los hermanos nunca se habían acercado a Yosef (es posible que la personalidad, superficialmente altanera, de Yosef no permitía este acercamiento) y no pudieron apreciar la sensibilidad de su alma y sus cualidades espirituales. Los hermanos eran pragmáticos y realistas y no valoraban debidamente lo que significaban la ternura y la delicadeza de la personalidad de Yosef. De habérsele acercado y de haber intentado comprenderlo, quizás hubieran considerado que la diferencia en el carácter de Yosef no suponía maldad o enemistad hacia ellos. Tenemos la tendencia a sospechar de lo desconocido y Yosef era un extraño para sus hermanos.

Yosef termina por ser vendido como esclavo a una caravana de mercaderes. En el texto aparecen dos nombres de caravanas y no está claro si se trata de la misma o de si son dos caravanas distintas. En un capítulo siguiente, Yosef alegará: ki gunov gunavti meérets haivrim, “fui robado de mi tierra ancestral”. Esta afirmación hace pensar que los integrantes de la primera caravana secuestraron a Yosef y lo vendieron a los integrantes de la segunda caravana. No obstante, los hermanos son señalados, unánimemente, como los culpables de la “venta” de Yosef a la esclavitud. Una vez en Egipto, Yosef es vendido a Potifar, el matarife del Faraón.

Se abre ahora otro paréntesis literario en la narrativa. Yehudá se separa de sus hermanos y se casa con la hija de un tal Shua, quien da a luz a tres hijos, Er, Onán y Sheilá. Er fallece después de casarse con Tamar. Yehudá le dice entonces a Onán que se case con Tamar a fin de perpetuar el nombre del hermano fallecido. Más adelante, la Torá establecerá la ley de yibum que ordena a un hermano casarse con la viuda (que no tiene hijos) de un hermano para darle el nombre del difunto a un hijo de esa unión. Onán pensando que el hijo de su matrimonio con Tamar no será considerado como suyo, se separa de su esposa antes del orgasmo. (De allí el término “onanismo”, una manera de prevenir la concepción durante las relaciones sexuales). Por este comportamiento Dios ordena su muerte. Yehudá, consternado por la muerte de sus dos hijos, le dice a Tamar que regrese al hogar de sus padres hasta que Shelá sea mayor de edad. La esposa de Yehudá fallece mientras tanto, y Tamar se percata del hecho de que el tercer hermano, Shelá, no se casa con ella, a pesar del tiempo transcurrido.

Tamar se viste y se pinta la cara como solían hacerlo las prostitutas de la época y logra que Yehudá tenga relaciones con ella, pero sin ser reconocida. Como pago por sus servicios, Tamar recibe unos objetos, propiedad de Yehudá en calidad de prenda. Cuando llega el momento de redimir las prendas, no se puede encontrar a Tamar. Más aún las personas de la región donde ocurre este hecho, afirman que no había ninguna prostituta en el área. Nuestro relato termina cuando se está por sentenciar a muerte a Tamar, que está encinta, lo que implica que ha cometido adulterio. Tamar muestra las prendas diciendo que el dueño de las mismas es el progenitor. Yehudá se convierte en el padre de mellizos, llamados Pérez y Zéraj.

¿Cuál es la relación entre este episodio con nuestra narrativa acerca de Yosef y sus hermanos? El posible vínculo tiene que ver con la historia de la metamorfosis del carácter de Yehudá, quien había aconsejado a los hermanos que vendiesen a Yosef como esclavo a la caravana de mercaderes. El hermano mayor Reuvén, interviene para que Yosef sea arrojado a un pozo con el propósito de salvarlo luego. Yehudá propone la esclavitud lo que significaba una muerte paulatina pero igualmente segura. En el episodio citado con Tamar, en el momento culminante, cuando Tamar muestra las prendas alegando que el responsable de su embarazo es el dueño de las mismas, Yehudá pudo haberse negado a reconocer las mismas. Al enfrentar con valentía y decisión su dudoso comportamiento con Tamar, esto señala el inicio de un proceso de regeneración de su personalidad. En los próximos capítulos Yehudá se presentará ante Yosef con argumentos de peso y con conciencia de su responsabilidad frente a los hechos.

Si los comparamos con los conceptos de nuestra época, algunos detalles de este episodio de nuestra historia ancestral ponen en evidencia un comportamiento muy humano y, por ende falibles de nuestros patriarcas y de sus hijos. Paulatinamente se van formando nuevas pautas y normas morales en la conducta personal y en el marco de la sociedad. Aunque Avraham fue inequívoco en su fe en un solo Dios y una gran parte de la energía espiritual de la Biblia se dirige a derrocar ídolos y a la destrucción de sus altares, estos no se eliminaron totalmente de forma inmediata. Siglos más tarde, sacerdotes y sacerdotisas ajenas a nuestro culto, aparecen en la corte del rey Shelomó. El enfrentamiento entre el monoteísmo y la multiplicidad de dioses de la antigüedad, tuvo una larga duración y el feliz desenlace de la lucha no era seguro. Eventualmente, la idolatría es desterrada, pero, en su lugar, surgieron nuevos problemas. La idolatría fue una de las razones de la destrucción del Primer Beit HaMikdash (Templo de Jerusalem). Pero la envidia personal y la enemistad gratuita entre los hombres acabó con el Segundo Beit HaMikdash. Pero a partir de las lecciones que se desprenden de nuestra historia, y en función de un desarrollo espiritual es constante renovación, podemos anticipar el establecimiento para siempre del Tercer Beit HaMikdash.

Israel: independencia y reflexión ética

VAYISHLAJ - Génesis XXXII,4 - XXXVI

                                                           

Yaacov decide que no puede continuar en el ambiente ambiguo, de dudosa moralidad del hogar de su tío Laván. Ha formado una familia numerosa y ha adquirido bienes para su independencia económica. Yaacov decide regresar a la tierra ancestral. Pero Esav, el hermano de quien tomó la primogenitura, no ha olvidado el engaño y se apresta a recibir a Yaacov con una comitiva de cuatrocientos hombres. Yaacov decide dividir su caravana a fin de que, en el caso, de un enfrentamiento armado, al menos la mitad de su gente pueda salvarse. Vayirá Yaacov meod, vayétser lo…, “Yaacov tuvo mucho miedo y se sintió adolorido…” Según nuestros jajamim tuvo “miedo” de morir, y se sintió “adolorido” por si él tuviese que matar a otros. Esta situación se está repitiendo en nuestros días en Yehudá, Shomrón y Gaza, donde los soldados de Tzáhal tienen que cuidar sus vidas, ante todo. Pero al mismo tiempo están conscientes de su deber de evitar que la sangre de otras personas, sea derramada.

En el Líbano, muchos soldados perdieron la vida por no entrar en plazas del enemigo ¿que atacaban? primero para entonces encontrarse con terroristas que, escondidos tras los delantales de sus mujeres, sí disparaban. La guerra no permite para cuidar los modales y tener las consideraciones habituales si se desea sobrevivir. Pero, ¿qué valor tendría nuestra vida, si para asegurarla tuviésemos que traicionar la esencia de la razón de nuestra existencia? Sería como asegurar que el fin justifica los medios. Vayirá tiene que estar aunado con vayétser, porque en nuestro afán por sobrevivir no podemos enceguecernos como para no ver el derecho de otros a vivir una vida igualmente digna.

Yaacov eleva sus oraciones a Dios, hatsileini na miyad ají, miyad Esav: “sálvame por favor de la mano de mi hermano, de la mano de Esav”. Comentan nuestros jajamim, “es mi hermano, pero también es Esav”, prototipo del malvado. La consanguinidad no siempre garantiza amistad y bondad. La enemistad entre hermanos puede ser extremadamente cruel, alimentada por la envidia y una excesiva competencia filial. Parte de la historia de la humanidad comienza con el asesinato de Abel por su hermano Caín.

Yaacov se prepara para el encuentro con Esav con tefilá, “rezo”, dorón, “obsequios”, y para la posibilidad de miljamá, “el conflicto armado”. Es la noche anterior al encuentro, vayivater Yaacov levadó, vayeavek ish imó…, “Yaacov queda solo y lucha contra un hombre”. Yaacov es el vencedor y no permite al hombre irse sin antes obtener una bendición. Lo Yaacov yeamer od shimejá ki im Israel, “tu nombre no será más Yaacov, sino Israel”, pronuncia el enigmático hombre, ki sarita… vatujal, “porque te enseñoreaste… y venciste.” ¿Quién era este hombre que lucha contra Yaacov? Según algunos comentaristas era el ángel guardián de Esav que logra herir a Yaacov en el muslo, dejándolo cojo como resultado del combate. Yaacov recibe su nombre original porque al nacer se había colgado arrastrados del talón de su hermano. Ahora recibe un nuevo nombre, Israel, que lo señala como el victorioso. Es el mismo vocablo que se utiliza para designar al Estado Judío creado por la decisión de las Naciones Unidas en Noviembre de 1947. Cuando proclama su independencia en mayo de 1948, lo hace con el nombre de Estado de Israel.

¿Por qué se escogió el nombre Israel para designar al nuevo estado? Judea hubiera sido una apelación más acorde con la historia. Después de la muerte del rey Shelomó, el estado se dividió en dos reinos, Israel en el norte, y Yehudá, Judea, en el sur. Nosotros somos los descendientes del reino de Yehudá, y por lo tanto, éste hubiera sido el nombre más apropiado.

La impotencia de no poder decidir su destino podría ser la lógica caracterización de la situación del pueblo judío durante los dos milenios de su exilio. ¿En qué lugar geográfico se radicaba el judío? En el país en el cual le permitían residir. ¿Cuáles eran sus oficios o profesiones preferidas? Dependía de la bondad de los gremios o de los cupos, de los numerus clausus que las universidades le ofrecían. ¿Por qué abandonaba, en masa, algún país? Porque de allí lo desterraban. En fin, el judío no era quien regía ni su presente ni su futuro. Era un objeto que se comportaba de acuerdo con la idiosincrasia y el capricho de los otros. No se le permitía iniciativa o decisión propia alguna. Reaccionaba de acuerdo con las circunstancias que se creaban en su entorno, pero sin poder participar en ellas. El judío no tenía voz, ni aporte alguno, en las decisiones de la sociedad. Estaba enteramente apartado del medio circundante. Así como el nombre Yaacov quiere decir seguir detrás de algo, así era la vida del judío de esta diáspora de larga duración. Estaba destinado a seguir instrucciones ajenas en un ambiente intolerante y hostil.

Con la creación del nuevo estado se quiso dar por terminada  esta situación. Este era un grito de independencia, en el sentido de que, desde ese momento en adelante, era el propio judío quien iba a decidir su destino. El mismo iba a trazar el compás y el rumbo de su vida. Dejaría de ser un testigo pasivo de la historia para convertirse en un actor, en un partícipe de las grandes decisiones de la sociedad humana. Estaba dispuesto a luchar por ello y confiaba en que podría vencer la adversidad. Tal vez sea esa la razón por la que ser escogió el nombre de Israel para el nuevo estado. Con su establecimiento que quiso significar un vuelco distinto a la historia de los siglos pasados. Se propuso señalar que somos como el Israel bíblico, el que cuando fue necesario se había enfrentado a un ángel y había obtenido la victoria.

La reunión con Esav es pacífica y amistosa. Los hermanos se abrazan y vayishakehu, “se besan” con emoción. En el pergamino original de la Torá, la palabra vayishakehu resalta debido a unos puntos que carecen de significación fonética. Nuestros jajamim, con su acostumbrada sensibilidad, señalan que esos puntos hacen alusión al hecho de que el abrazo y el beso de Esav no eran sinceros y, por lo tanto, Yaacov decide apartarse nuevamente de su hermano y hacer una vida independiente.

Nuestro relato abre ahora un paréntesis literario para introducir un episodio enigmático, el de la seducción de Diná, la hija de Yaacov. Diná da un paseo por el campo (hecho considerado como inmodesto para una joven) y Shejem, hijo de Jamor el señor de esas tierras, se enamora de ella. Shejem tiene relaciones sexuales con Diná e insta a su padre a hablar con Yaacov y sus hijos para que les permitan casarse. Jamor le dice a Yaacov que lleguen a un arreglo a fin de que las hijas de Yaacov se casen con sus varones, y viceversa. Shejem añade que está dispuesto a hacer cualquier cosa para casarse. Los hermanos le exigen que se circuncide al igual que todos los varones de su pueblo. Al tercer día después de la circuncisión, cuando el dolor era agudo, Shimón y Leví, los hermanos de Diná, masacran a todos los hombres. Los hermanos alegan que no podían permanecer indiferentes frente a la obligada prostitución de su hermana. Yaacov aunque no objeta claramente la inmoralidad de la acción de sus hijos, comenta que le han hecho un gran daño porque, en adelante, será odiado por los habitantes de la región.

El episodio descrito suscita numerosos interrogantes éticos que son incompatibles con el contenido moral de la revelación Divina en el Monte Sinaí. Nuestros comentaristas abundan en razonamientos y explicaciones, pero la injusticia y crueldad obvias no desaparecen y quedan abiertos para la reflexión de cada lector de la Torá.

Yaacov: sueños, amor y fe

VAYETSÉ - Génesis XXVIII,10 - XXXII,3

Yaacov tiene que abandonar el hogar paterno porque Esav decide matarlo al enterarse de que su hermano lo había despojado de su primogenitura. Rivká, al conocer las intenciones de Esav, insta a Yaacov a ir a Jarán a la casa de su hermano Laván. Dice la Torá: “vayifgá baMakom”, y se encontró en el lugar. Lugar en el cual se recostó de una piedra, vayajalom “y soñó”. Para nuestros jajamim, Makom, lugar, es también una manera de referirse a Dios, porque El, le da cabida a todo. Dios es el “lugar por excelencia”, porque sin El no hay existencia. Señalan, igualmente, que la palabra vayifgá también puede interpretarse en el sentido de oración, o sea que vayifgá baMakom, implica que Yaacov oró a Dios. Nuestros jajamim opinaban que la Torá no había sido otorgada en el vacío. Con anterioridad a la revelación en el Monte Sinaí, existieron personas excepcionales que guiaron sus vidas de acuerdo con muchos de los principios enumerados posteriormente en la Torá. Sugieren, por ejemplo, que los patriarcas cumplieron con todos estos preceptos que fueron enunciados siglos más tarde, gracias a su sensibilidad profética.

De acuerdo con lo expuesto, nuestros jajamim afirman que Avraham estableció la norma de recitar Shajarit, el rezo de las mañanas. Yitsjak fue el que dio origen al rezo de Minjá de las tardes, y Yaacov, en el mencionado relato, establece el rezo de Arvit o Maariv, en las noches.

Yaacov es una persona de gran sensibilidad; como lo indica nuestro texto es soñador. En esta oportunidad sueña con una escalera que une cielo y tierra y  ve cómo los ángeles de Dios suben y bajan por la misma. Esta imagen es importante porque confirma que cielo y tierra no son dos lugares incompatibles y absolutamente separados, tal como espíritu y cuerpo. En efecto, se puede escalar peldaño por peldaño, y de tal modo ascender de lo mundano, a lo celestial. No existe, en realidad, una dicotomía absoluta entre lo material y lo espiritual. Se trata de manifestaciones diferentes  de un solo todo.

En el mismo sueño, Yaacov escucha la promesa Divina de que esa tierra sobre la cual está recostado, con una piedra por almohada, le será otorgada a él y a sus descendientes que serán tan numerosos como el polvo de la tierra. Ufaratstá, “y te diseminarás” por todos los puntos cardinales y serás motivo de bendición para todos, afirma nuestro texto. El movimiento jasídico Lubavitch ha tomado este vocablo ufaratstá como un lema, considerándolo como un imperativo para extenderse por los confines del globo en la búsqueda de nuestros hermanos para llevarles el mensaje de nuestra tradición milenaria.

Yaacov despierta y reconoce que se encuentra en un lugar sagrado y hace una promesa solemne. “Si Dios estuviese conmigo y me cuidase en el camino que ambulo y me diera pan para comer y vestimenta para vestir al regresar al hogar de mi padre, entonces HaShem (vocablo que significa también Dios) será mi Dios”. El versículo parece ser una condición de parte de Yaacov. Es como si dijera, “te seré fiel Dios, siempre y cuando Tú me proveas de vestimenta y alimento”. Nuestros parshanim, los expositores, tienen dificultades con esta afirmación y, según algunos, es la promesa de Yaacov de continuar fiel al Dios único, aun estando lejos del hogar paternal, en éste, el comienzo de su exilio. Recordemos que estamos en los albores de nuestra fe y muchos de los principios que forman parte de nuestra educación, hoy en día, eran descubrimientos novedosos para aquel entonces. En capítulos siguientes leeremos acerca del temor de Yaacov de acudir al llamado de su hijo Yosef a residenciarse en Egipto. Yaacov teme “bajar” a Egipto. Dios lo conforta diciéndole, al tirá merdá mitsraima…, anojí ered imejá; “no temas bajar a Egipto…, Yo bajaré contigo”. Yaacov aprende que la Deidad no está confinada a un lugar geográfico. Dios no es Dios de una localidad específica únicamente. Dios está en todas partes. En efecto, uno no puede ocultarse ni huir de Dios. Meló jol haárets kevodó: “Su gloria llena completamente el universo”.

Hay quienes hacen hincapié en la expresión de Yaacov, léjem leejol uvégued lilbosh, “vestimenta para vestir y pan para comer”, aludiendo que es obvio que la vestimenta es para vestir y el pan es para comer. Cabe entonces preguntarnos, dado que la Biblia es especialmente económica en vocablos: ¿para qué la redundancia? Algunos responden diciendo que hay momentos en la vida en los que uno puede disfrutar de abundancia material pero el estado de salud no le permite comer. Por tanto, la petición de Yaacov era doble: tener el pan y al mismo tiempo tener la posibilidad y la oportunidad de consumirlo y saborearlo. Porque no siempre es así. ¿Qué valor tuvieron las mansiones judías en la Alemania nazi de los años cuarenta? ¿Cuál fue la consideración que se le dio a los académicos judíos que tanto aportaron a sus notables universidades y, por ende, a la cultura germana. Ni los bienes materiales ni los logros intelectuales fueron válidos en el momento cuando se produce un eclipse total de la razón y del humanismo, eclipse que provocó el genocidio de hace apenas cinco décadas.

Al llegar a la casa de su tío Laván, Yaacov se enamora de la hija Rajel y, para poder casarse con ella ofrece trabajar gratuitamente durante siete años. Ambas partes se ponen de acuerdo, pero al amanecer después de su noche de bodas, Yaacov descubre, vehiné hi Leá, la mujer a su lado, en su lecho, es Leá, la hermana mayor de Rajel. Recordemos que Rivká, la madre de Yaacov, se había colocado un velo sobre la faz la primera vez que vio a Yitsjak. Ya señalamos que de allí proviene la tradición de que toda novia se cubre la cara durante la ceremonia nupcial. ¿Fue el velo de Leá, acaso, de tal espesor como para ocultar la cara de la novia? Nuestros jajamim, conscientes de la dificultad de explicar el engaño que sufre Yaacov, sugieren que Rajel y Yaacov habían acordado ciertas señas secretas entre sí y fue la misma Rajel quien le reveló a Leá el santo y seña acordado con Yaacov, a fin de que, por ser la mayor de las hermanas, ella pudiese casarse primero, como lo señala la tradición. Hoy opinaríamos, tal vez, que el altruismo de Rajel fue excesivo. La fidelidad filial también debe conocer ciertos límites. En la oscuridad de la noche Yaacov está satisfecho que Rajel es quien está a su lado, al escuchar la consigna seleccionada anteriormente.

Yaacov decide añadir otros siete años a su servidumbre a fin de poder casarse también con Rajel. Yaacov ama a Rajel y rechaza a Leá. Dios no puede contemplar el odio hacia una esposa y permite que únicamente Leá sea fecunda y conciba. A su primogénito, Leá nombra Reuvén, reú ben, “miren, un varón” concluyendo que ahora, al haber dado a luz a un futuro heredero, su esposo la amará. Los partos son sucesivos y al cuarto hijo lo llama Yehudá, como expresión de su agradecimiento a Dios. ¿Y por qué haber esperado para el agradecimiento hasta este parto? Más aún, cada parto adicional era menos vital para su relación matrimonial. Pueda que se trate de instruir que cada nacimiento es un acontecimiento extraordinario. Si preguntáramos a padres que tienen media docena de hijos si extrañan al que no está cuando se sientan a la mesa, confirmaríamos que esto es así. La concepción y el embarazo, el dar a luz y el ver crecer a un ser humano, con su capacidad intelectual y espiritual de concebir el mundo (y es nuestro intelecto y nuestra concepción humana del universo, lo que le da existencia y realidad al mismo) es un hecho trascendental. Nuestra obligación personal es la de desarrollar, en la medida de nuestras posibilidades, los múltiples talentos y aptitudes con que hemos sido dotados por la Divinidad.

Yaacov: el mensaje y la tarea.

TOLDOT - Génesis XXV,19 - XXVIII,9

Nuestras matriarcas tuvieron dificultades en concebir. Quizás, la enseñanza sea que el dar a luz, aunque todos lo consideremos como un proceso muy natural, requiere del cuidado, de la voluntad y de la intervención Divinas. El nacimiento de un ser humano es un hecho trascendental. Yitsjak implora a Dios, y su esposa Rivká concibe mellizos. El primogénito es pelirrojo y velludo y recibe el nombre de Esav. El segundo es llamado Yaacov, porque nace asiéndose del talón de su hermano. Son gemelos, no idénticos. En su vida práctica también son muy diferentes: mientras Esav se desarrolla como un hombre dedicado al campo y a la caza, Yaacov es un joven estudioso y hogareño.

El padre de los mellizos, Yitsjak, aparece como el más tímido de los patriarcas. Su ubicación entre los padres de nuestra tradición es como la del hijo intermedio, entre el primogénito y el menor de todos. Según nuestros jajamim, es enteramente un tsadik, una persona cuya fe es inquebrantable y tiene rasgos de santidad. Según el relato superficial de la Biblia, Yitsjak aparenta adolecer de iniciativa propia. Nunca se aventura fuera de Israel, hecho que  desde otra perspectiva es considerado también muy meritorio. Hasta los pozos de agua que descubre para satisfacer la sed de sus rebaños son los mismos ya conocidos. Yitsjak es un hombre pasivo, que como ya sabemos, demostró su disposición a ser sacrificado, al ofrecer su vida como muestra de su fe incondicional. No es de extrañar, entonces, que Yitsjak tuviese gran admiración por Esav, paradigma de las cualidades de las que él carecía. Esav es el símbolo de la fortaleza física, de la permanente disposición al desafío de las fuerzas de la naturaleza. Esav es hombre del campo y representaba para Yitsjak la realización de una ambición profunda  que nunca pudo materializar por su naturaleza apacible que llegaba a tener destellos de timidez.

La madre Rivká es una persona realista. Reconoce la fortaleza física de Esav, pero está consciente de que únicamente Yaacov tiene la suficiente capacidad para perpetuar los principios éticos y morales que son el fundamento de las nuevas enseñanzas que debían ser transmitidas a las generaciones futuras. Y, cuando llega el momento de señalar al heredero espiritual, Rivká interviene decisivamente, a fin de que ser Yitsjak el elegido.

La definición de los caracteres de los protagonistas es acentuada aún más cuando Esav, al regreso de una jornada de caza en el campo, codicia los alimentos que Yaacov había preparado. Esav está dispuesto a cederle la primogenitura a Yaacov por un pedazo de pan y una sopa de lentejas. “Si de todas maneras voy a morir, ¿para qué necesito la primogenitura?”, exclama Esav. Yaacov le exige un juramento como testimonio del intercambio de los alimentos por el derecho a la primogenitura. ¿En qué consistía aquella primogenitura? Al parecer, en aquellos tiempos, los primogénitos eran los sacerdotes de las familias y Esav no tenía esa vocación. Esav era cazador, de naturaleza inmediatista, requería la pronta satisfacción de sus necesidades. La demora del placer en aras de un futuro mejor no formaba parte de su personalidad. El “continuador” de la fe, la persona que debería enseñar a todo un mundo acerca del Dios único, debía tener visión de futuro. Yaacov demora la satisfacción del hambre momentánea para asegurar el pan de mañana, con todas las implicaciones del alimento, tanto del cuerpo como el del espíritu.

Yitsjak siente que las fuerzas lo abandonan, se está quedando ciego: sus ojos ya no le permiten admirar la naturaleza. Ha llegado el momento de la transmisión del manto del liderazgo. Se le encomienda a Esav cazar un animal para la comida de su padre. Rivká encuentra y aprovecha el momento crucial para asegurar la continuidad del mensaje de Avraham; rápidamente, prepara comida y disfraza a Yaacov con las pieles de un animal sobre los brazos y el cuello, a fin de disimular de esta manera su piel lampiña. Yaacov presenta los alimentos al padre; Yitsjak no oculta sus dudas y la ambigüedad de sentimientos frente al individuo que pretende ser Esav pero que también manifiesta algunas de las características de Yaacov. Dice el padre: Hakol, kol Yaacov, vehayadáyim yedei Esav, que quiere decir: la voz es la voz de Yaacov, pero las manos son las manos de Esav. El drama está por desarrollarse. La comida ha sido preparada con demasiada rapidez. El aroma de la ropa es el del campo y las velludas pieles dan la sensación de los robustos brazos de Esav. Pero la voz, que después de todo es una manifestación mucho más íntima y auténtica de la persona, la voz es la voz de Yaacov. ¿Qué hacer? Tal vez Yitsjak, frente a la duda, debió haber solicitado la ayuda de Rivká para cerciorarse de la identidad de quien iba a ser el recipiente de su última bendición. Es posible que esta simbiosis entre la fortaleza de Esav y la comprensión y la ternura simbolizadas por la voz de Yaacov, fueran la combinación ideal para llevar el mensaje a las futuras generaciones. El anciano padre se arriesga y le ofrece la ansiada bendición a quien tiene delante de él, a Yaacov.

En efecto, nuestro pueblo mantuvo vivo el mensaje de Yaacov durante los casi dos milenios del exilio y, a pesar de esto, fue objeto de persecuciones y vejaciones. La voz de Yaacov por sí sola parece no tener mucha oportunidad en nuestro mundo. Kol dealim guevar, traduce que el más fuerte es el que domina y lo afirma el Talmud. Los líderes espirituales del mundo pronuncian sermones pero los dueños de los secretos del átomo son los que dictan las reglas y los que las hacen cumplir. Se requiere, tal vez, de la combinación equilibrada entre fuerza e ideas, entre el poder y la moralidad, para sobrevivir en nuestro mundo imperfecto. Y éste es uno de los grandes dilemas de Medinat Israel. ¿Seremos como todas las naciones, con la policía y las fuerzas armadas que son instituciones necesarias para mantener el orden público y la seguridad nacional? (Isaac Bashevis Singer, durante una visita a nuestra comunidad, manifestó que el judío no está hecho para ser policía). ¿Se puede considerar, acaso, la posibilidad de Israel como un mercaz rujaní, un centro espiritual, según la concepción de Ajad Haam, una alternativa con probabilidad de sobrevivencia en el entorno árabe que continúa siendo hostil? Posiblemente la respuesta esté en algún punto intermedio. El problema esencial es el de saber percibir los ingredientes y medir correctamente sus porcentajes. ¿Hasta dónde podemos armarnos sin convertirnos en una Esparta? Golda Meir, ilustre Primera Ministra dama del Estado de Israel, comentó que estaba dispuesta a perdonarle todo a los árabes, menos el hecho de que su agresión hubiese obligado a los jóvenes israelís a portar armas y aprender a matar. ¿Cuáles eran los pensamientos y las emociones de los jóvenes que tenían que esquivar las piedras arrojadas por niños y mujeres en Judea, Samaria y Gaza durante el período de la Intifada? ¿Qué siente una madre árabe que envía a su pequeño a apedrear a otros seres, hijos a su vez de otras madres?

El dilema es difícil de resolver, pero al mismo tiempo sería históricamente injustificable bajar la guardia y poner en peligro la existencia de la Mediná. Nuestra generación es privilegiada porque después de dos milenios hemos regresado a la tierra que Dios prometiera a Avraham reiterando la misma promesa a los dos patriarcas siguientes. HaShem oz leamó yitén, HaShem yevarej et amó bashalom, traduce que Dios dará fuerza a Su pueblo, Dios bendecirá a Su pueblo con paz; es la afirmación del salmista. Necesitamos una mezcla muy equilibrada entre proeza física y fortaleza espiritual. En la medida que mantengamos un balance dinámico entre las enseñanzas de la Torá y las exhortaciones de los profetas y sepamos combinarlas con el talento ingenio tecnológico, podremos mantenernos firmes en la tierra ancestral y obtener la paz que, en su momento, deberá reinar en la región y en el mundo. Así lo esperamos.