HECHOS CUESTIONABLES

Parashá TOLEDOT

Acertadamente, muchos señalan que la Torá no esconde los errores de sus actores, los héroes son descritos con sus fortalezas y debilidades de carácter. Este hecho apunta hacia la autenticidad del texto sagrado, aun para aquellos que consideran que es un documento producido por humanos. Por ejemplo, la conducta de los patriarcas no es siempre impecable.

Avraham, por insistencia de su esposa Sará, expulsa del hogar a su concubina Hagar con su hijo Yishmael, hecho de cuestionable moralidad. Mientras que en nuestros capítulos, Rivká, esposa del segundo patriarca Yitsjak, “manipula” a su hijo Yaacov y cubre parte de su cuerpo con pieles para hacerse pasar por su hermano gemelo Esav ante el anciano y casi ciego padre. Cuando es confrontado por su primogénito Esav para que también le otorgue la bendición, Yitsjak responde: “Bemirmá”, a través de un “engaño”, tu hermano Yaacov me la arrebató. Las intrigas que se tejerán entre los hijos del tercer patriarca tendrán una profunda raíz en su personalidad. Así lo señalan los exégetas, por ello Yaacov no podía protestar el trato que Yosef recibió a manos de sus hermanos.

El rabino Yuval Cherlow profundiza nuestro cuestionamiento al señalar que, dado que la transmisión de la herencia espiritual de los patriarcas se produjo a través de la estratagema, este hecho pone en duda la legitimidad de la sucesión del patriarcado y la autenticidad de las raíces del judaísmo. Todo se hizo Bemirmá. Es interesante por ello destacar que Onkelós, la traducción autorizada al arameo, traduce esta palabra como Bejujmá, que quiere decir “con inteligencia”. O sea que no se trató de un engaño, sino un acto audaz para prevenir un desastre. ¿Acaso no había recibido Rivká el augurio de que el mayor serviría al menor?

Ello quiere decir que Esav estaría subordinado a Yaacov, mensaje que recibió cuando todavía no había terminado el período del embarazo.

Más aún, la bendición que Yaacov obtuvo inicialmente de su anciano padre se refería a la abundancia material que tendría, al hecho de que se enseñorearía por encima de otros y tendría la potestad de bendecir y maldecir. Pero la transmisión del patriarcado se produjo en una segunda oportunidad, cuando el padre se enteró de que Esav había decidido vengarse y, por lo tanto, consideró oportuno que Yaacov se ausentara del hogar paterno por un período prudencial.

Esta vez, Yitsjak le instruyó que se dirigiera a Padán, donde podría casarse con una mujer perteneciente a la familia. Invocó a Dios para que le transmitiera la bendición de Abraham, a él y a su descendencia. En esta ocasión, vemos con claridad la bendición patriarcal de sucesión. En apariencia, Yitsjak reconoce conscientemente que el auténtico heredero, el eslabón de la continuidad, será Yaacov y no Esav.

Este no es el único caso en el cual la conducta de los patriarcas puede ser cuestionable. ¿Acaso no le había exigido Avraham a Sará que dijera que era su hermana y no su esposa, cuando se vio obligado a descender a Egipto debido a la hambruna que reinó en la región? ¿Acaso no hizo algo similar en el caso del rey Avimélej, quien fue castigado por intentar el amor con Sará? Incluso, cuando Moshé se presentó ante el faraón para que permitiera que el pueblo hebreo saliera al desierto para “servir” a Dios por un período de tres días, ¿acaso su verdadera intención no era escapar totalmentede la esclavitud egipcia?

Cherlow argumenta que tal vez la narrativa bíblica admite la viabilidad de la palabra ambigua cuando el propósito es correcto y justo. No olvidemos que nos encontramos en la época de la historia que es anterior a la entrega de la Torá con sus exigencias y normas específicas. Tal vez, en un principio se permitió cierta elasticidad de conducta y palabra a los héroes bíblicos, manera de actuar que debe contrastarse con el culto idólatra de la época. Efectivamente, el patriarca Avraham temía ser asesinado por los egipcios y que se apoderaran de su esposa Sará, cuya belleza es mencionada por primera vez. La falta de precisión de Avraham al llamar hermana a su esposa es entendible frente a la mencionada alternativa.

Está claro que la sensibilidad moral y ética es un proceso que se fue acentuando e incrementando de acuerdo con las vivencias de los patriarcas, y que se normalizó y formalizó con la entrega de la Torá en el monte Sinaí.

CRECIMIENTO INTERNO Y COMPORTAMIENTO A SEGUIR

Parashá JAYEI SARÁ

La Torá omite los detalles del desarrollo espiritual del primer patriarca Avraham. Capítulos atrás se nos informó que había recibido el mandato Divino de Lej Lejá: el instructivo de abandonar el hogar de sus padres para fundar una nueva nación en una Tierra Prometida que le sería mostrada. Hay quienes dicen que Lej Lejá era un imperativo para que el patriarca se conociera a sí mismo y la dirección del viaje era Lejá: “a tí mismo”.

¿Cuál sería la misión de esta naciente nación? La respuesta inmediata es que tendrá que ser Or LaGoyim, una luz para las naciones. ¿Cómo logrará este cometido? La respuesta será dada a través de las narrativas de Bereshit, la revelación en el Sinai y la conquista de la Tierra Prometida después del Éxodo de Egipto.

A mediados del siglo XIX, Rabí Israel Salanter creó el movimiento Musar, cuyo propósito era la búsqueda de la perfección ética del individuo. Uno de sus muy citados dichos es: “En el comienzo quise perfeccionar el mundo y, como la tarea era muy difícil, decidí ocuparme de mí mismo”. Meses atrás, Rabí Yehudá Amital, de la afamada Yeshivá Har Etzion de Israel, utilizó esta cita para proponer lo contrario, una tergiversación utilizada por muchos: “En un principio decidí perfeccionarme y como era una tarea muy difícil, decidí emprender el mejoramiento del mundo”. No hay duda de que existen ejemplos de individuos y sociedades que siguen el dictamen atrevido de Amital, quieren cambiar el mundo y las credenciales que muestran se resumen en la incapacidad de producir un cambio sustantivo en su sociedad.

En el caso del patriarca se planteaba la doble tarea: el cambio individual –o sea, su transición de la idolatría que había observado en el hogar paterno al monoteísmo–, y la misión de propagar este mensaje al resto de la Humanidad.

El Talmud recoge el testimonio de Rabí Akivá cuando se le cuestiona acerca de por qué Dios no había creado al hombre ya circunciso, si su deseo era la práctica de la circuncisión.

De acuerdo con Rabí Akivá, el mundo que Dios creó no es perfecto, ni tampoco lo es el ser humano. La tarea del hombre es mejorar el mundo y perfeccionarse a sí mismo.

Por lo tanto, la práctica del Berit Milá sirve para recordar que la persona tiene esta tarea por delante, debe trabajar sobre sus emociones e intelecto, y doblegar sus pasiones para tonificar su alma y espíritu.

El nombre del patriarca, que en un principio se llamó Avram, sufre una transformación con la adición de la letra “he” y se convierte en Avraham: Av hamón goyim, el padre de multitudes. Ahora su nombre señala el norte de una misión de carácter global; su interés será la Humanidad, a la cual tiene que llevar el mensaje de la existencia de un solo Dios.

El caso de la primera matriarca es similar. En un principio, su nombre era Sarai. La terminación con la letra “yod” –que en hebreo significa posesión– alude tal vez a su tarea de purificar su propio ser, centrarse en el desarrollo espiritual de su persona. Cuando un sustantivo es transformado con la letra “yod” al final, quiere decir “mío”, tal como en el caso de la palabra “shulján” y “shuljaní” (“mesa”, y “mi mesa”, respectivamente).

El nombre de Sarai también cambia: se suprime la “yod” al final, y se sustituye por la “he”. De esta manera, su nombre se transforma en Sará, para convertirse simbólicamente en Em hamón goyim, la madre de multitudes.

La tarea de los patriarcas tenía la doble vertiente: el ingrediente personal y la misión universal. Está claro que para ser “Or LaGoyim”, una luz para las naciones, se requiere primero el mejoramiento personal, el crecimiento espiritual del individuo para que, a través de su comportamiento y enseñanzas, pueda ser un factor transformador de la sociedad.

EL BIENESTAR DEL PRÓJIMO

Parashá VAYERÁ

Bereshit es, en realidad, el génesis del pueblo hebreo. El relato de la creación del universo sirve de marco para el inicio de la historia de la especie humana. El énfasis, sin embargo, se hace en el pueblo que tendrá que llevar el mensaje monoteísta a la Humanidad. Aunque el Shemá Israel se convertirá en el versículo básico que transmite este ideal, la Torá estipula, a través de la matriz de las mitsvot, cuáles son las consecuencias de la fe monoteísta. Consecuencias que tienen que ver con el comportamiento de la persona, especialmente, su relación con el prójimo.

En los primeros capítulos, la Torá insiste en el imperio de la ley, la necesidad del orden. De acuerdo con Rashí, Dios creó el universo en el primer momento del Génesis. Los seis días primordiales testimonian el orden que el Creador impuso sobre su creación, cómo ubicó cada elemento: las aguas, los astros, la vegetación, los animales y, finalmente, el ser humano. De tal manera que historia es la relación y el enfrentamiento entre ley-orden y desobediencia-caos.

La figura heroica y trágica de Nóaj simboliza la tirantez entre estos dos principios. Nóaj representa el orden, mientras que el resto de la Humanidad simboliza el caos. Nóaj es el héroe del relato del Diluvio porque es la única persona, con su familia inmediata, que Dios considera merecedora de salvación, y al mismo tiempo, digna de ser la progenitora de la nueva Humanidad que poblará el planeta. Pero Nóaj también es una figura trágica porque es incapaz de convencer, de contagiar a nadie para que siga su ejemplo. Es el testigo de la destrucción total.

La debilidad del carácter de Nóaj sale a relucir cuando siembra un viñedo y se embriaga con el vino que las uvas le proporcionan. Es posible que el náufrago primordial no supiera cuál sería el efecto del vino, o tal vez, la terrible experiencia de las incesantes lluvias y los interminables días encerrado en el arca, sin saber si tocaría tierra nuevamente, lo condujo a buscar alivio y desahogo en el alcohol.

El Rebe de Kotzk señala que ese es el dilema de Nóaj. Intenta aliviar la angustia y la intranquilidad con el alcohol, porque su persona, su seguridad individual, es su preocupación fundamental. Cuán diferente hubiera sido su comportamiento si Nóaj hubiese centrado su interés en el trágico destino del resto de la Humanidad que pereció en el Diluvio.

Ahora aparece Abraham sobre el escenario, practicando y enseñando la cualidad de Jésed: el imperativo que apunta al bienestar del prójimo como el elemento primordial en la agenda del ser humano. Los primeros versículos de nuestro texto mencionan una conversación entre el Patriarca y Dios.

Aparentemente, el contenido de este encuentro no constituye el mensaje fundamental, sino la reacción de Avraham cuando percibe que tres personas se acercan a su hogar.

Abandona la conversación para dirigirse a recibir a sus huéspedes, porque un encuentro con el Creador debe ser secundario a la práctica de Jésed: la conexión afectiva y solidaria con el prójimo.

Oriundos de la ciudad de Ur, la familia de Avraham decidió emigrar a Canaán. La ciudad de Jarán fue una estación intermedia. Téraj, padre de Avraham, abandonó la misión y permaneció en Jarán. Incluso durante su estadía en Jarán, Avraham practicó la cualidad de Jésed: compartió con la gente su convicción acerca de la existencia de un solo Dios.

A diferencia de Nóaj, que escucha con estoica resignación la decisión Divina de cubrir totalmente con agua la faz de la tierra, cuando es informado acerca de la destrucción de Sedom y Amorá, el patriarca entabla un diálogo con Dios para implorar por la suerte de los habitantes de estas ciudades.

Cuando su sobrino Lot es atacado por los monarcas de la región, Avraham improvisa un ejército con la gente a su servicio para rescatarlo.

Por la suerte de otros, Avraham mostró su disposición a la confrontación, incluso con el Creador. Sin embargo, en el caso de la Akedá, el sacrificio de su hijo Yitsjak, Avraham expresó su fidelidad incondicional a la palabra de Dios. Esta vez no protestó, ni imploró. Confiado en la justicia absoluta del Creador, se entregó por completo a la voluntad de Dios.

Mientras que para Nóaj, su integridad personal fue su máxima preocupación, el bienestar del prójimo fue el centro del interés de Avraham en una auténtica muestra de Jésed.

Porque la sociedad sólo puede tener continuidad y futuro en un entorno de Jésed que la Torá formulará con el famoso imperativo: Veahavtá lereajá kamoja, “y amarás al prójimo como a ti mismo”.

AMBIVALENCIA ESPIRITUAL Y MATERIAL

Parashá Lej Lejá

La historia del pueblo judío es el tema de este texto, historia que tiene su comienzo con el primer patriarca Avraham. Por un lado, la Torá es un documento religioso con un mensaje ético-espiritual; pero, al mismo tiempo, es el relato de la epopeya del pueblo que será escogido por Dios para llevar su mensaje a la Humanidad. La Torá es un compuesto: espíritu y materia, seres humanos y Creador. Es el encuentro entre “cielo y tierra”, los primeros elementos mencionados en Bereshit. Es un fino tejido de imperativos religiosos y preocupaciones cotidianas, hecho que sale a relucir en la complejidad del carácter de sus protagonistas.

El primer patriarca es un individuo fuera de serie, que cambiará radicalmente la percepción acerca de un Ser Supremo único y el significado de esta fe para el comportamiento humano. Sin embargo, Avraham no debe ser confundido con Dios, es un ser humano excepcional pero con las limitaciones que la naturaleza le impone al hombre.

Avraham es un idealista dispuesto a romper enteramente con su pasado, a escuchar el mandato Divino para emprender una gran aventura. Porque no se trata solamente de Lej Lejá, el abandono físico del hogar paterno, también se le exige que rompa con el pensamiento de la época para que pueda embarcarse en una travesía intelectual desconocida y temeraria.

Como el gran iconoclasta, romperá con la idolatría del pasado y predicará la novedosa noción de la existencia de un Dios que no es visible para los ojos, pero que puede ser interiorizado por el sentimiento, el pensamiento y la fe.

Avraham responde a la precaria situación alimenticia de la Tierra Prometida huyendo a Egipto, momento en el cual considera que, para salvar su integridad física, debe pedirle a su bella esposa que se haga pasar por su hermana. Era de esperarse que el fundador del monoteísmo tuviera suficiente fe en Dios para que lo salvara de cualquier intento inmoral por parte de los egipcios –al menos así piensa el exégeta judeo-español Najmánides– y no le exigiera a su esposa que mintiese por temor a la muerte. En defensa de la actitud asumida por Avraham, el exegeta Radak afirma que la persona no debe apoyarse en el milagro, en una intervención Divina y, por lo tanto, la actitud de Avraham fue correcta.

Incluso está presente el argumento que Sarai, su esposa, era una familiar cercana, tal como si fuera una hermana. Sin embargo, se puede comprender el terror que debe haberse apoderado del patriarca en una época en la que el despotismo era absoluto y la vida humana carecía de gran valor a los ojos de los monarcas. Avraham estaba poseído por una fe incondicional, pero simultáneamente manifestaba las debilidades de cualquier ser humano.

Incluso la belleza de Sarai, que sale a relucir en el viaje a Egipto, tiene un doble sentido. Por un lado está “yofyá”, su rostro deslumbrante, pero al mismo tiempo está su “jen”, la gracia y el encanto que son reflejo de su espíritu y delicadeza sensual. Al principio, Avraham había sido atraído por la belleza interior de Sarai, por su finura y primor interno.

Ahora, frente a los deseos carnales de los egipcios, Avraham se da cuenta que la belleza superficial que irradia su esposa puede convertirse en el motivo de su perdición.

Serán temas fundamentales del texto sagrado: la satisfacción inmediata del deseo o la postergación de su realización; la necesidad material frente al imperativo espiritual; y la verdad absoluta frente a la necesidad circunstancial.

Tal vez, el mensaje fundamental de la Biblia será dar testimonio de que solamente Dios es perfecto, mientras que el ser humano será siempre un aprendiz de la perfección, porque incluso los patriarcas, los mensajeros fundamentales de la fe, eran imperfectos. Pero, a diferencia de otros, los patriarcas enseñarán la posibilidad de la enmienda, el retorno hacia la verdad proveniente del Creador. Los primeros dos patriarcas solamente tuvieron éxito con algunos de sus hijos, mientras que los otros se extraviaron por senderos equívocos y confusos. Sólo en el caso del tercer patriarca, Yaacov, vemos que después de errores y aciertos, rencor y fidelidad, su descendencia se encamina por el camino de la fe y la solidaridad fraternal para fundar las doce tribus que engendrarán al pueblo elegido por Dios.

EL ARCO IRIS

Parashá Nóaj

Nóaj representa una segunda oportunidad para el ser humano.

Después de diez generaciones, a partir de la época de Adam y Javá, Dios decide destruir la Humanidad, empezar de nuevo y poblar la tierra con la simiente de Nóaj. Esta decisión se debió al comportamiento inmoral del hombre que violó las leyes que el primer hombre había recibido. De acuerdo con la tradición judía, Dios le había encomendado seis normas básicas de conducta a la Humanidad a través de Adam, pero su descendencia se apartó rápidamente del cumplimiento de las mismas. El libertinaje se impuso, fueron violadas las leyes fundamentales contra el incesto y se irrespetó la propiedad ajena.

Dios seleccionó a Nóaj porque no se había contagiado del comportamiento de sus contemporáneos y demostró que era posible atenerse a una conducta diferente y ser fiel a la enseñanza de sus ancestros. Aunque la Torá califica a Nóaj como un Ish Tsadik, “un hombre justo”, algunos expositores consideran que esa denominación es relativa. Era justo cuando se le comparaba con sus congéneres de la época, pero de haber vivido en la generación del patriarca Abraham, no habría recibido el mismo reconocimiento.

Dios decidió eliminar la Humanidad a través de un diluvio. Llovería sostenidamente durante muchísimos días, e incluso brotarían las aguas desde el interior del globo. La superficie de la tierra quedaría inundada y solamente los peces sobrevivirían al desastre. Para asegurar la continuidad del ser humano y del mundo animal, Dios le ordenó a Nóaj que construyese un arca de dimensiones considerables para albergar allí una pareja de cada especie, con lo que se podría poblar nuevamente la tierra. De algunos animales logró reunir siete parejas.

La Torá especifica las dimensiones del arca, que era aproximadamente de unos ciento ochenta metros de largo, treinta metros de ancho y dieciocho metros de alto. Una embarcación enorme para la época. No obstante, Rambán cuestiona estas dimensiones y sugiere que eran totalmente inadecuadas para dar albergue a ejemplares de cada uno de los animales y aves. Especialmente cuando se considera que también era necesario cargar suficientes alimentos para un año, las dimensiones del arca resultan insuficientes. ¿Qué hizo Nóaj para incluir ejemplares de cada una de las especies? Según Rambán, todo se debió a un milagro. Maravillosamente, el arca pudo incluir todos estos animales.

Rambán continúa planteando: si era necesario un milagro, ¿para qué se construyó una nave tan grande? Cualquier lancha habría sido suficiente, ya que todo dependía de un evento sobrenatural. Responde Rambán que las dimensiones del arca tenían el propósito de atraer la curiosidad de la gente, que constantemente indagaba por qué se estaba construyendo. De esa manera, Nóaj podría prevenir a todos sobre el propósito Divino de destruir el mundo, a menos que los hombres y las mujeres alterasen su conducta inmoral.

De acuerdo con el Midrash, Nóaj tardó ciento veinte años en la construcción, tiempo suficiente para que cada ser humano pudiera percatarse del peligro que le acechaba por el incumplimiento de las leyes que Adam había recibido.

El diluvio ocurrió porque la Humanidad no respondió a las advertencias de Nóaj. Rambán cuestiona: ¿por qué fue así? ¿Por qué no respondió la gente a las exhortaciones de este Tsadik? Rambán sugiere que la actitud de la gente fue consecuencia de la falta de convencimiento de Nóaj. De acuerdo con él, Nóaj no creía que la gente reaccionaría a sus advertencias; por lo tanto, su planteamiento no fue efectivo.

De antemano pensó que sus intentos eran vanos. La falta de confianza de Nóaj en la posibilidad de Teshuvá, su noción fatalista acerca de la imposibilidad de cambio en el comportamiento humano, fue un factor que condujo al desastre.

De acuerdo con una interpretación de Rabí Meir Shapira, fundador de la Yeshivá Jajmei Lublin, el arco iris que apareció en los cielos después del diluvio como señal –un B’rit– de que Dios nunca repetiría un diluvio para exterminar a la Humanidad, era también un mensaje dirigido a Nóaj. El arco iris aparece muchas veces después de una tormenta, cuando las nubes se interponen entre el sol y la superficie de la tierra y desatan su furia a través de truenos y relámpagos.

El arco iris es una demostración de que, incluso en los momentos de mayor oscuridad diurna, existe la posibilidad de que los rayos del sol penetren las nubes para que el cielo se vea iluminado y a todo color. El arco iris fue una señal para Nóaj y su descendencia. Tal como la naturaleza puede cambiar de la oscuridad a la luz, no se debe menospreciar la capacidad del ser humano para regenerarse, para enrumbarse en un proceso de Teshuvá, para el retorno a las raíces éticas que el judaísmo predica. La luz del estudio y la espiritualidad puede penetrar y eliminar los nubarrones de intolerancia y agresividad, resultado de la ignorancia y la adulteración de los valores.

SHABAT Y EL SER HUMANO

BERESHIT

Desde el punto de vista de la tradición judía, la creación del universo es la acción Divina de colocar al hombre en el cosmos con el propósito de que trascienda hacia la Kedushá, la santidad, que es una propiedad de Dios. Así interpreta David Flatto, por ejemplo, la clara división que existe en el tercer libro de la Torá, Vayikrá. El gran crítico de la Biblia, Julius Wellhausen, a comienzos del siglo XIX retó a los exégetas judíos con sus teorías acerca del origen primario del texto bíblico.

Wellhausen se esmeró en el estudio cuidadoso del texto, hecho que obligó a su vez a los Parshanim, los intérpretes judíos, a indagar con mayor profundidad el mismo texto para poder rebatir sus afirmaciones. Apuntó que el temario de la primera parte de Vayikrá, Levítico, es totalmente diferente en la primera parte del texto cuando se le compara con la segunda parte y, por ello, sugirió que se trata de la integración de dos textos diferentes en un solo libro. La primera parte concluye con la sección Ajarei Mot que es el capítulo XVIII. La segunda parte empieza con Kedoshim y corresponde al texto desde el capítulo XIX hasta el último capítulo del libro, el capítulo XXII.

La lectura de Vayikrá conduce a concluir que Wellhausen tenía razón. La primera parte se refiere a los sacrificios que se tendrán que ofrendar en el Beit HaMikdash y la función de los Kohanim en los mismos. Torat Kohanim es la designación rabínica por el libro Vayikrá. Mientras que la segunda parte consiste básicamente en normas éticas generales, las leyes agrícolas que deben regir en la Tierra Prometida y las normas para la celebración de las diferentes festividades.

Flatto argumenta que la primera parte de Vayikrá se refiere a la proximidad que la persona debe anhelar con respecto a la Kedushá, la santidad. Dios es el Kadosh absoluto y los sacrificios son una vía para el acercamiento hacia Él, tal como alude la palabra Korbán, sacrificio, que en hebreo proviene de la raíz Karov, que quiere decir cercanía. La trágica muerte de Nadav y Avihú, hijos del Kohén Gadol Aharón, ocurre Bekorvatam, cuando se acercaron de manera inapropiada a la Kedushá, a Dios. La segunda parte de Vayikrá empieza con Kedoshim, cuyo primer instructivo es Kedoshim tih’yú, cada uno tiene que ser Kadosh. Mientras que la primera parte de Vayikrá habla del acercamiento hacia la fuente de la Kedushá que es Dios, la segunda parte ordena que cada individuo debe llegar a ser Kadosh. ¿Cómo se puede convertir la persona en Kadosh? He aquí la respuesta: abstenerse de robar, ser solidario con el prójimo, ayudar al pobre, pagar el sueldo del obrero el mismo día de la realización del trabajo, amar al prójimo de la manera como te amas a ti mismo. Y así sucesivamente. El concepto de Kedushá da una secuencia lógica a las dos partes de Vayikrá.

El versículo que insiste en la necesidad de obtener la Kedushá es seguido por la frase: “La persona debe temer a su padre y madre y cuidar mi Shabat, Yo soy tu Dios”. Los exégetas interpretaron este instructivo como una advertencia de no obedecer a los padres si ellos instigan al incumplimiento.

O sea, aunque la persona debe obediencia a sus padres, existe un límite para esa obligación: cuando el padre ordena la violación de la ley, debe desobedecérsele. El Shabat, la ley de Dios, está por encima del respeto o el temor por los padres.

Es posible que juntar el temor por los padres y la obediencia a Dios tenga un propósito diferente. Incluso en los Diez Mandamientos, el cuarto mandamiento de observar el Shabat es seguido por el mandamiento de honrar a los padres. En Bereshit leemos cómo Dios creó el universo en seis días y “descansó” en el séptimo día, o sea, cesó de crear.

Luego viene la historia de la primera pareja, Adam y Javá, quienes serán los padres de la Humanidad. Tal vez la lección fundamental de Bereshit es que Dios cesó de crear y ahora es el turno de la Humanidad para crear. Dios sigue observando el Shabat de la creación, no crea más. Desde entonces le corresponde al hombre ser el propulsor del desarrollo científico, moral y social. El Shabat semanal sirve para “recargar las baterías” y empezar nuevamente con otros días de creación, mientras Dios “observa” el comportamiento de su última creación en los días de Bereshit: el ser humano.

Interviene Dios en la historia cuando el hombre yerra irremediablemente, como en el caso del Mabul, el diluvio que destruyó a todos menos a una familia, para que todo pudiera empezar de nuevo. Obligó a los egipcios a liberar a los hebreos de la esclavitud. Por último, manifestó su voluntad en el monte Sinaí a través de la Torá, con un documento escrito que señala con toda precisión cuál es el sendero que conduce a la Kedushá, el propósito fundamental de Bereshit, la creación del universo. Bereshit fue la hora de Dios. La historia es la hora de la Humanidad.