JUSTICIA A TRAVÉS DEL MÉTODO JUSTO

Parashá SHOFETIM

Estos capítulos se leen unas semanas antes de los Yamim Noraim, fecha durante la cual imploraremos la Justicia Divina, mejor dicho, la piedad y misericordia del Creador, para ser inscritos en el Libro de la Vida. Uno de los nombres de Rosh HaShaná es Yom HaDín, Día del Juicio; por ello, también es una época apropiada para reflexionar acerca de la justicia humana, el tema de Shofetim, texto que impone la selección de jueces y alguaciles –en los portales de todas las ciudades– para dispensar justicia, porque en su ausencia, la convivencia entre los seres humanos es imposible.

Mi colega Jacob Schacter destaca que Álef, la primera letra del mes de Elul que antecede a Rosh HaShaná, trae a colación el versículo de la Meguilá: Ish lere’ehu umatanot laevyonim, “cada persona debe ser solidaria con su amigo y obsequiar a los pobres”. En lo personal tenemos la obligación de velar por el bienestar del prójimo, de la persona más cercana y dar preferencia a los pobres del mismo poblado antes de atender a otros necesitados.

El Shofet, en cambio, no puede dar preferencia a persona alguna, su obligación primaria es con la justicia, que no puede estar sujeta a amistades o vínculos familiares. Incluso cuando uno tiene mayor carencia material que el otro litigante, el juez no puede inclinar la balanza a favor del más pobre si la justicia del caso exige un fallo diferente.

Una enseñanza similar se desprende de la enumeración de las aves que no están permitidas. La Torá incluye a la Jasidá, ave que muchos identifican con la cigüe.a. El Talmud cuestiona: ¿por qué le da ese nombre la Torá, nomenclatura que significa “piadosa”? La respuesta es porque comparte la comida con su amiga. Si eso es así, ¿por qué se prohíbe comerla? Porque de acuerdo con Rambam, una de las razones por la cual la Torá prohíbe ingerir ciertos animales es por su característica de crueldad: al comer su carne podríamos contagiarnos de su ferocidad. Vemos, sin embargo, que la carne de la Jasidá está prohibida no obstante su probada bondad, ya que comparte la comida con su compañera.

Tal vez la razón de la prohibición de no comer la Jasidá se deba efectivamente al hecho de que comparte la comida solamente con su amiga, mientras que la Torá quería recalcar que se debe atender a quien tenga hambre, al necesitado, sin tomar en cuenta el factor de la camaradería. En este sentido, el Shofet no puede preferir o atender las necesidades de sus amigos o conocidos con mayor esmero o preferencia, todos debemos ser iguales ante la ley de la Torá.

En el caso de que un Beit Din, una corte, tuviera una duda acerca de la ley, el asunto tendría pasar a una corte superior hasta llegar el mismo Sanhedrín.

Uno de los propósitos de este instructivo es que “las disputas no se incrementen dentro de Israel”, de acuerdo con el Talmud. Porque incluso el Sanhedrín resolvía las cuestiones por unanimidad o por el voto de una mayoría; por ello, toda corte constaba de un número impar de jueces. La decisión tomada se convertía entonces en Halajá, la ley de la nación judía. Las diferencias de opinión se resolvían según la opinión de la mayoría, porque la Torá es el encuentro entre la Palabra de Dios y su interpretación de acuerdo con las normas que ella mismo dispuso, Al pi harov: de acuerdo con la opinión de la mayoría de los jajamim.

Muchas sociedades no desarrollan su potencial porque la justicia no impera en su medio. El soborno y el tráfico de influencias suelen ser las vías preferidas en estos sistemas. La Torá advierte que el soborno es perverso y nadie es inmune a su vil influencia, enceguece incluso a los sabios y eruditos.

Más aún, la justicia no puede valerse de métodos que no son cónsonos con las virtudes que pregona. Reza el versículo: Tsédek tsédek tirdof, “Justicia justicia perseguirás”. La repetición de la palabra Tsédek sirve para enfatizar la importancia suprema de esta virtud para la sociedad. Algunos exégetas sugieren, en cambio, que la repetición de la palabra debe ser entendida como una admonición para que la justicia se consiga a través de métodos que sean justos. No se puede invocar la violencia y el embuste para arribar a una solución justa, porque cada paso, aunque sea considerado intermedio, también puede ser concebido como una meta por sí mismo.

CENTRALIDAD DE YERUSHALÁYIM

Parashá Reé

Uno de los temas fundamentales de los últimos discursos de Moshé se refiere a la obliteración de la idolatría. Incluso en los Diez Mandamientos, sobresale el segundo de ellos: Lo taasé lejá pésel, “No harás un ídolo para tí”. Si excluimos momentáneamente la opinión de Rambam que sostiene que Anojí HaShem Eloheja asher hotsetija meÉrets Mitsráyim, “Yo soy tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto”, es una afirmación-mandamiento acerca de la existencia de un solo Dios, encontramos que el primer instructivo es, en realidad,’  una orden negativa: no hacer ídolos. El judaísmo considera que la idolatría es la base de la mayoría de los males que azotan a la Humanidad. Lleva al paganismo que, a su vez, conduce al egoísmo, a una visión de dioses caprichosos que son sobornables por el hombre.

Aunque la guerra contra la idolatría y sus practicantes se convirtiera en un proyecto importante, el mensaje fundamental del judaísmo es la enseñanza acerca de la soberanía de Dios y su consecuencia crucial: la hermandad entre los seres humanos que fueron creados por este Dios único, con la consecuente responsabilidad de los unos por los otros que ello implica. No hay duda que la solidaridad con el prójimo exige sacrificio, dar sin esperar algo a cambio. Este principio se manifiesta con toda claridad en el servicio de las
ofrendas que se realizaba en el Beit HaMikdash. A través del Korbán, el sacrificio, el hombre se desprende de un bien para elevarlo a la Divinidad, demostrando de esta manera su disposición de compartir con el Creador y por ende, con su prójimo.

Nuestros capítulos enseñan que el Korbán debía ser ofrendado en el Makom, un lugar que será especificado.

¿Por qué no señala, con toda claridad, cuál es el sitio en el que se debe hacer la ofrenda, tal como lo hace en otras oportunidades? Aunque la respuesta tradicional es Yerushaláyim, la Torá debería haberlo expresado así para evitar cualquier confusión futura. Rambam ofrece varias razones para ello. Primero, se hace así para que ningún otro pueblo ocupe ese lugar privilegiado, ya que el pueblo judío había identificado el sitio desde los días de Avraham, cuando se dirigió a ofrendar a su hijo Yitsjak en el Har HaMoriyá, que
es otro nombre del Har HaBáyit, el monte sobre el cual se erigirá, siglos más tarde, el Beit HaMikdash en la ciudad de Yerushaláyim.

Rambam considera la posibilidad de que los otros pueblos hayan destruido ese monte para evitar que el pueblo hebreo lo utilizara para el Korbán, el acercamiento a Dios.

Por ello, la Torá no menciona el lugar con la debida precisión. De acuerdo a Rabí Yosef Karó, ello podría haber conducido a un enfrentamiento feroz entre las naciones, porque al saber que es un lugar propicio para elevar oraciones al Todopoderoso, podría haberse desatado una guerra “santa”
y sangrienta para conquistar el lugar.
Una tercera razón tiene que ver con el pueblo hebreo. El lugar no fue especificado para evitar la riña entre las tribus, porque cada una de ellas hubiera preferido que Yerushaláyim
fuera su herencia, integrada a su parte durante la distribución de la Tierra Prometida.

Una interpretación alterna recuerda que el pueblo hebreo tenía una triple tarea después de conquistar la tierra.

Primero, nombrar un rey. Segundo, eliminar cualquier vestigio de la descendencia de Amalek. Tercero, la construcción del Beit HaMikdash. Para lograr el tercer cometido era
necesario que se estableciera la monarquía y se librara la guerra contra la estirpe de Amalek.

Sobre todo, el Beit HaMikdash diferenciaba el proceder del pueblo judío de la idolatría en varios aspectos. Mientras que el ídolo se podía adorar en cualquier lugar, el Beit HaMikdash tenía una ubicación única en la ciudad de Yerushaláyim. Solamente el Kohén, descendiente de Aharón podía oficiar, asistido por los integrantes de la tribu de
Leví que acompañaban con salmos y cantos el sacrificio.

Tal vez, la insistencia de la Torá sobre el Makom, el lugar específico que sería señalado o revelado, es una alusión a Dios, quien también es conocido como Makom. Tal como dice el Midrash, Dios es el Makom del universo, pero el universo no es el Makom de Dios. O sea que Dios puede albergar al universo, pero el universo no puede darle cabida a Dios. El universo no puede contener a Dios. Dios está más allá de los confines del espacio físico.

Mientras que el universo no puede contener a Dios, el fervor de un corazón humano le puede dar albergue. Tal vez Makom no sea un concepto material o físico, sino un concepto
metafísico, netamente espiritual, al cual sólo puede acercarse el ser humano, el ser que fue creado a través del “soplo” Divino. Tal como reza la Torá en Bereshit: Vayipaj beapav nishmat jayim, “Y le insufló en sus narices con el soplo de la vida”. Rashí explica: “Lo hizo de lo terrenal y celestial, el cuerpo de lo terrenal y el espíritu de lo celestial”.

MITSVÁ Y ACCIÓN INDEPENDIENTE

Parashá ÉKEV

Moshé pronunció cinco discursos en un período de dos semanas antes de su muerte. Preocupado por lo que sucedería después de su fallecimiento, exhortó al pueblo a que siguiera el sendero de las Mitsvot, el instructivo de Dios, que había acudido a socorrerlos en los momentos de mayor dificultad. Recordó los numerosos milagros que el Creador hizo para que pudieran sobrevivir en el desierto durante cuarenta años, el alimento y agua que les proporcionó.

Sin embargo, al cruzar el Yardén tendrían que apoyarse en sí mismos, y por ello era indispensable que no se dejaran dominar por sus apetitos y pasiones. ¿Cuál era el indicativo? Una vida gobernada por la Mitsvá, incluso aquella que es considerada de importancia menor, aquella que uno suele pisar con el talón del pie. Así lo explicaron los exégetas, al señalar que la palabra Ékev también quiere decir talón. Dios cuidará al pueblo en consecuencia de su cumplimiento de todas las Mitsvot, incluso aquellas que aparentan tener un efecto tangencial. Porque los detalles suelen ser importantes, incluso cruciales, para la consecución de un objetivo.

Mientras la agricultura se nutría de las aguas del río Nilo en Egipto, la tierra de Israel dependía de la abundancia de la lluvia. Por ello, Moshé exhorta en nombre de Dios: Vehayá im shamóa tishmeú el Mitsvotai, “si van a obedecer mis instructivos con detenimiento”, para señalar que la abundancia o falta de lluvia será una consecuencia del comportamiento del pueblo, de su acatamiento de las Mitsvot. Incluso los cielos y el agua que proporcionan dependen del comportamiento humano. Se podría pensar que Dios se ocupa únicamente de los cielos, las constelaciones y nebulosas que habitan el universo, el ilimitado cosmos que nos cobija. ¿A qué se debe el interés del Creador en el ser humano, que parece insignificante cuando se le compara con la vastedad del universo? Imposible responder con certeza. Tal vez sea debido al libre albedrío, a la posibilidad de escoger que tiene la persona: obedecer o desacatar, cumplir o no hacerlo. Dios se interesa en el ser que, por voluntad propia, escoge el sendero apropiado, el camino que tiene las señalizaciones proporcionadas por el conjunto de Mitsvot.

De cierta manera, el liderazgo de Moshé tenía el objetivo de liberar al hebreo de la dependencia del milagro, de la intervención Divina en el quehacer cotidiano, para que hiciera valer su decisión propia e independiente. La Torá contiene un conjunto de instrucciones para que el ser humano tome las riendas en sus propias manos y obligue a la naturaleza a responder de acuerdo con su conducta ética. Algunos exégetas opinan que, en un principio, el asentamiento del pueblo hebreo en la Tierra Prometida iba a realizarse de manera milagrosa, sin la necesidad de la guerra y la conquista. Aparentemente la idea fue desechada después del episodio de los Meraglim, cuando el pueblo demostró su desconfianza en la promesa Divina. Además, la manifestación de la voluntad de Dios a través de las Mitsvot es una guía para que la persona pueda valerse por sí misma y no tenga que esperar el milagro de Dios. La cura de la enfermedad proviene de Dios, pero se hace efectiva a través de las manos del médico, quien, después de un largo período de estudio y aprendizaje, utiliza el intelecto con el cual fue dotado para enfrentar y aliviar el padecimiento de la persona.

El ser humano valora lo que consigue con el sudor de su frente, el resultado de su empeño y tenacidad. ¿Acaso no se quejaron los hebreos por el sabor del man que caía automáticamente cada mañana desde los cielos? El aprecio por la Tierra Prometida nunca hubiera sobrevivido dos milenios de exilio si ésta hubiera sido otorgada directamente por Dios. Incluso el amor y la tenacidad por construir el moderno Estado de Israel se debe a la lucha, dunam por dunam, de la conquista de la malaria por la constancia y tenacidad de los Jalutsim, no obstante la hostilidad del entorno, tanto natural como humano.

Empero, a fin de cuentas, la historia del pueblo hebreo es incomprensible sin la intervención Divina. Sin la Providencia de Dios, el hebreo no hubiera superado los desafíos y el infame intento de otros pueblos de destruirlo y borrarlo del mapa de la historia.

Ékev enseña que debe haber una simbiosis, una combinación creativa, una sociedad en el cumplimiento de la mitsvá.

Incluso de la Mitsvá cuya significación no es inmediatamente apreciable, y la voluntad propia del pueblo, su empeño e iniciativa para lidiar con los avatares del destino.

CUALIDADES DE LA TIERRA PROMETIDA

Parashá VAETJANÁN

Es imposible permanecer insensible a la súplica de Moshé ante Dios para que le permita cruzar el Yardén y ver la magnificencia de la Tierra Prometida. Aunque el ruego de Moshé a favor del pueblo hebreo es siempre escuchado, en el caso personal la sentencia no es conmutable. Dios le permitirá ver la Tierra, mas no pisarla. Incluso Moshé, Adón Ha- Neviim, el “Señor de los Profetas” tiene que someterse a la voluntad Divina.

Está claro que Moshé quería ver la culminación, la compleción de su tarea. Había sido el mensajero de Dios para convencer al Faraón para que permitiera el éxodo del pueblo hebreo de la esclavitud egipcia. Había conducido a los hebreos al Har Sinai, al monte Sinaí, donde recibieron la Torá, y durante cuarenta años se había dedicado a explicar y comentar cada una de sus normas y leyes. Ahora, ante las puertas de la Tierra Prometida, Dios decide que su tarea ha terminado: no conducirá el proceso de la conquista. Será su discípulo Yehoshua quien asuma el mando en esta nueva etapa de la historia. De esta manera, Moshé es incluido entre aquellos que tenían más de veinte años cuando salieron de Egipto y que tendrán que morir en el desierto.

La conquista de la tierra exigía una nueva tipología, la del hebreo que desconoce la esclavitud y que no mira atrás, hacia Egipto, al enfrentar cualquier contratiempo.

Además de lo antedicho, probablemente había otras razones para el desánimo de Moshé. A diferencia de otras tierras, la tierra de Israel crea un enlace, un brit, un pacto con el pueblo que la habita. ¿Por qué tenía que residir el pueblo hebreo sobre esas tierras en particular? Porque la tierra de Israel no tolera la idolatría. Era necesario erradicar cualquier vestigio del rito pagano y propagar la noción de la existencia de un solo Dios a lo largo y ancho de esa tierra y esa era la misión del pueblo de Israel.

Cuando la Humanidad tenía sólo conocimientos incipientes de agricultura y probablemente desconocía las ventajas que producía el “descanso” periódico de la tierra, la tierra de Israel, en una demostración de su personalidad propia, exigía el descanso semanal en años: cada séptimo año, tal como si fuera un ser viviente, humano o animal.

En el caso de la administración de justicia exigía el establecimiento de una corte en el portal de cada ciudad. Además, solicitaba que se apartasen ciudades donde las personas que cometieran involuntariamente un asesinato podrían encontrar albergue y seguridad de las manos del Goel Hadam, el “vengador” del muerto que los acecharía fuera de los límites de esas ciudades.

La tierra de Israel era intolerante frente a la conducta inmoral de sus habitantes y los expulsaba cuando mostraban indiferencia por los más necesitados. Cuando sembraban la tierra, tenían que dejar el producto de las esquinas de los campos para los pobres. Durante la cosecha no podían recoger el fruto que caía de sus manos, tenía que quedar también para los pobres. Ni la propiedad era permanente.

Las tierras volvían a sus antiguos dueños cada cincuenta años en el Yovel, el año jubilar.

Tres veces al año, los hebreos residentes en la tierra de Israel tendrán que ascender a la ciudad santa de Yerushaláyim para una comunión más cercana con Dios. El ambiente del fervor religioso reinante en Yerushaláyim, como consecuencia de la presencia del Beit HaMikdash, estaba aunado al compañerismo que producía la proximidad con el resto del pueblo que venía a celebrar, a festejar con devoción las fechas históricas, colmadas de espiritualidad que los Shalosh Regalim, las festividades de Pésaj, Shavuot y Sucot representan.

El espectáculo de los enormes racimos de uvas que los Meraglim, los exploradores, cargaron como un recuerdo de su travesía por la Tierra Prometida, no había producido la angustia y el dolor de la sentencia Divina. Moshé no se lamentó por ninguna consideración material. Moshé quiso ambular por la tierra que, desde que la pisó el primer patriarca Avraham, había sido reservada para el pueblo que sería

Or lagoyim, un faro de luz para el resto de la Humanidad. Moshé quería ver como se conjugaban tierra y persona, quería oxigenarse con Avirá dear’á majkim, con el aire que sustenta no sólo los pulmones, sino que inspira, impulsa y obliga al comportamiento solidario con el menos afortunado.

EL ARREPENTIMIENTO NO ACEPTADO

Parashá Devarim

El quinto libro de la Torá contiene los discursos, exhortaciones y admoniciones de Moshé en la última etapa de su vida. No era necesario que verbalizara su amor por el pueblo, porque siempre antepuso el bienestar del colectivo al suyo propio. Este hecho está implícito en su voluntad de ser borrado del Libro de Dios si fuera necesario, antes de ver que Dios substituyera al pueblo hebreo por otra nación.

Por lo antedicho, Moshé destaca los errores y los pecados de los hebreos. En primer lugar está el episodio de los exploradores, los delegados de las tribus que fueron a espiar la Tierra Prometida para luego producir el desánimo y el desaliento con su informe negativo y pesimista. Este suceso fue seguido por un fallido intento de conquista, que dio como resultado la derrota en la batalla.

Es comprensible que quienes habían permanecido por siglos como esclavos no pudieran, de un día para otro, descartar las costumbres y las creencias que habían experimentado.

Porque una de las características de la idolatría es el incumplimiento de la promesa, la palabra comprometida siempre puede ser retirada. Por otro lado, el pueblo escogido para traer un mensaje ético a la Humanidad tenía que sobreponerse al entorno del paganismo para enrumbarse por un sendero diferente.

En el sentido de la santidad de la palabra empeñada, el judaísmo predica que Dios utilizó la “palabra” en el acto de la Creación. Tal como afirma el Talmud: Beasará maamarot, “Dios hizo el universo con diez pronunciamientos”.

VayÓmer Elohim yehí or, “Y Dios dijo que se haga la luz” y la luz se hizo. No obstante que el judaísmo predica la importancia de la acción y destaca la mitsvá como bien máximo, no hay duda que la Kavaná, la intención que subyace a la acción, es fundamental en muchos casos, tal como en la Tefilá y en la palabra comprometida: Motsá sefateja shemor veasita, “cuida y cumple lo que sale de tu boca”.

Después del episodio de los Meraglim, los espías, el pueblo mostró finalmente su disposición al arrepentimiento, pero sus sentimientos no obtuvieron la respuesta deseada.

Dios no los perdonó, sino que ordenó que quienes tuvieran veinte o más años cuando se produjera el éxodo de Egipto murieran en el desierto. Su cobardía y falta de fe en Dios demostraron que no eran competentes para participar en la conquista de la Tierra Prometida.

Varios expositores cuestionan la negativa Divina de aceptar el arrepentimiento y destacan la severidad del Jilul HaShem, el caso de violentar la santidad del Nombre de Dios. Los exploradores habían puesto en duda la promesa Divina, que aseguró a los patriarcas que serían poseedores de la tierra que Abraham había recorrido cuando salió de Ur, su ciudad natal. Además, argumenta el comentarista Sforno, la decisión Divina estaba acompañada, esta vez, de un juramento, y en esos casos no puede haber cambio en la voluntad de Dios, tal como enseña el Talmud.

Tal vez la razón fundamental de la negativa Divina era que la Teshuvá, el arrepentimiento, se produjo únicamente después de que el pueblo se percatara de la sanción, el castigo según el cual tendrían que ambular cuarenta años por las arenas del desierto. De manera similar, el recogimiento y arrepentimiento de Kayin y el rey Shaúl se produjo solamente después de que se enteraran del escarmiento que les esperaba.

La compunción, la Teshuvá, tiene que estar precedida por el reconocimiento del error. La persona debe sentirse avergonzada por haber caído en la tentación, el pueblo tenía que sentir el remordimiento por haber desobedecido la voluntad del Creador. Este acto de contrición debe ser acompañado por una firme decisión de no incurrir en el mismo error en el futuro y, solamente cuando la persona actúa de manera diferente en una situación similar en el futuro se puede afirmar que el proceso de la Teshuvá ha sido completado.

ALBERTO COHEN z’l

IN MEMORIAM

Image 7-23-17 at 8.36 PMConocí a Alberto desde los primeros días en Caracas a fines de la década de los sesenta del siglo pasado. Su esposa Malka es ashkenazí, pero Alberto nunca perdió sus raíces sefaraditas. Hablaba de Melilla, su ciudad natal con extraordinario cariño y nostalgia, tal como si la hubiera abandonado hacía solo horas. Unos años atrás visité Melilla y ya no era la misma que en los años de su apogeo, porque muchos judíos habían emigrado. No obstante, se sentía en este protectorado español en el norte de África, la presencia de su comunidad judía actual con sinagoga y colegio, incluso un pequeño abasto con productos kasher, exclusivamente. Las instituciones portaban placas con nombres que reconocía tales como Abraham Sultan, Aquiba Benarroch porque habían emigrado a Caracas, pero que igualmente nunca olvidaron sus orígenes contribuyendo al mantenimiento y progreso de la comunidad.

Alberto era un hombre moderno pero que nunca abandonó sus raíces ancestrales. Tuve el privilegio de conocer a sus padres z’l que cumplían nuestras tradiciones al pie de la letra, y al mismo tiempo pude apreciar el respeto y debido honor que Alberto les proporcionaba.

Su esposa Malka era Malkita y su hermana Mercedes era Mercedita. Alberto se sentía responsable por toda su familia, incluso por mi amigo, su hermano Mauricio que tenía un amplio vocabulario yídish, que pronunciaba a la perfección, con “pronunciación Besarabia”.

Alberto tenía muchos amigos en la comunidad judía en Caracas, pero también incluía en su entorno a rabinos, especialmente de Israel, cuyo misticismo lo seducía.

Alberto sabía vivir bien y, por lo tanto, tenía un corazón generoso que admitía que otros también gozaran de la vida. Su volumen corporal daba testimonio que estábamos delante de un gourmet, pero al mismo tiempo, era muy emotivo y pensativo, amante de la historia y totalmente identificado con la condición contemporánea y futuro del pueblo judío.

No pudo ser testigo de cómo se destruía Venezuela y optó por residenciarse principalmente en la ciudad de New York durante los últimos años. Era un soñador y realista, simultáneamente. Nunca perdió su amor, devoción y admiración por Venezuela y su comunidad judía. Fue un empresario de renombre y dio trabajo y oportunidad a muchas personas en Venezuela.

Pero ante todo era el ‘pater familias’. Devoto esposo de décadas de Malka que lo acompañaba en todos sus quehaceres e intereses. Admirado y respetado por sus hijos David, Sandra y Bernie, nietos y bisnietos.

Nos visitamos y reunimos en numerosas oportunidades y pude apreciar de cerca sus abundantes cualidades humanas. No solo una sonrisa encantadora, sino una conversación interesante, producto de sus lecturas y vivencias.

Era un judío orgullosísimo, valoraba la tradición religiosa y respetaba a los estudiosos. Poseedor de gran curiosidad por la naturaleza del ser humano y su historia, Alberto siempre intervenía con acierto en toda conversación.

Fue un amigo sincero, de personalidad afable y gran corazón. Deja un vacío enorme en el seno de su familia y en el mundo de sus amistades, y ya lo extrañamos.

Tendremos que aprender a hablar de Alberto z’l en términos pretéritos, porque su personalidad era muy impactante con una presencia que era imposible ignorar.

Nishmató tehé tserurá bitsror hajayim, paz y tranquilidad a sus restos mortales y vida eterna a su espíritu, a su neshamá.

LA PROMESA DEBE SER CUMPLIDA – FIDELIDAD DE LAS TRIBUS DE ISRAEL

Parashá Matot Mas'ei

En numerosas oportunidades leemos en la Torá que Dios le dice a Moshé que instruya a Benei Yisrael, al pueblo de Israel, siendo esta una orden específica. En algunas ocasiones la instrucción está dirigida a los Kohanim con referencia particular al desempeño de sus responsabilidades. Rambam cuestiona: ¿por qué la Torá insiste, esta vez, que la instrucción sea dirigida a Rashei HaMatot, los líderes de las tribus de Israel? La respuesta que ofrece es que el asunto de las “promesas” que es el tema inicial de nuestros capítulos, debe ser tomado con mucha seriedad. El hecho de que, bajo ciertas condiciones, se pueda anular una promesa podría conducir a pensar que una promesa carece de seriedad, ya que se puede obviar. Por ello, los líderes –como garantes del destino del pueblo– serán los guardianes de la promesa y de las leyes pertinentes a su ejercicio. Porque no hay duda que la palabra y su cumplimiento es uno de los mayores bienes que la persona posee.

Leemos en Pirkei Avot que con diez repeticiones de la palabra “VayÓmer”, “y (Dios) dijo” fue creado el universo.

En este sentido, la expresión “y (Dios) dijo” era un reflejo de la Voluntad de Dios.

Desde un principio, el judaísmo predicó que la palabra es más potente que la espada, porque el ideal monoteísta acerca de la existencia de un solo Dios se transmitió a través de la palabra, por medio de la instrucción verbal de las futuras generaciones.

El Jatam Sofer, gran erudito e insigne líder espiritual del judaísmo húngaro, propone una razón diferente, porque el liderazgo muchas veces está acompañado de la promesa que en la actualidad es generalmente incumplida. Incluso en el Tanaj leemos acerca de la célebre promesa del Shofet Yiftaj de ofrendar a Dios al primer ser vivo que avisore después de batallar victoriosamente. Como es sabido, la hija de Yiftaj sale a recibir y felicitar al padre por el éxito obtenido. La alegría inicial tendrá que convertirse en luto debido a la ligereza de Yiftaj cuando hizo la promesa.

En este sentido, el Midrash cuestiona: ¿por qué no acudió Yiftaj ante el Kohén Gadol Pinjás para que anulara la promesa que produciría una tragedia? El Midrash responde que cada uno estaba esperando que el otro diera el primer paso.

Yiftaj, como líder administrativo y militar del pueblo pensó que Pinjás debería presentarse ante él, mientras que Pinjás, como guía espiritual de la nación opinó que Yiftaj, la parte interesada en este caso, debería tomar la iniciativa. De acuerdo con el Midrash, la tragedia de la hija de Yiftaj fue consecuencia del orgullo inoportuno demostrado por cada uno de los protagonistas.

El falso orgullo recibió un castigo. Yiftaj perdió los miembros de su cuerpo, uno por uno; en tanto que Pinjás fue excluido, dejó de recibir la comunicación directa de Dios. Estos episodios deben producir la reflexión, porque incluso personalidades excepcionales suelen sucumbir frente al “orgullo frívolo” que puede conducir a la tragedia, como en los casos mencionados.

Está claro que la promesa tiene que ser cumplida, tal como reza la Torá, “tienes que observar y ejecutar lo que sale de tu boca”. Por ello, uno de los momentos más solemnes del calendario hebreo es la noche de Yom Kipur, cuando se recita Kal Nidrei, petición por la anulación de los votos incumplidos, por las promesas que fueron vulneradas.

Muchos consideran que Kal Nidrei se originó, o adquirió mayor impulso, durante el período del dominio del Islam y del Cristianismo en la península ibérica, cuando obligados so pena de muerte, muchos optaron por la conversión.

Sin embargo, en la noche más sagrada se reunían en la clandestinidad, sobre pisos cubiertos de arena para mitigar el ruido de sus pisadas, con el propósito de reafirmar su judaísmo y negar los votos que forzadamente habían pronunciado para convertirse a otra fe.

Al cumplir con la promesa, el judío también insta a Dios a cumplir con sus promesas a los patriarcas, el tema de Zijronot, parte de la plegaria más larga, la Amidá de Musaf de Rosh HaShaná.

MAS’EI

FIDELIDAD DE LAS TRIBUS DE ISRAEL

Moshé designa a Elazar HaKohén y a Yehoshúa bin Nun como los líderes que dirigirán al pueblo en la conquista de la Tierra Prometida que debe ser luego dividida, a través de un sorteo, de acuerdo con el número de integrantes de cada tribu.

Asegura que se destinarán algunas ciudades para dar albergue a quienes cometan un asesinato sin premeditación, las denominadas Arei Miklat, que eran seis en total. Además, las ciudades que serían ocupadas por la tribu de Leví, que sumaban cuarentidós, también acogerían a los que asesinaran Beshogueg, sin intención.

La Torá permite que el Goel Hadam, personaje enigmático designado por la familia como el “vengador” de la sangre derramada, tenga el derecho de cobrar la vida del asesino Beshogueg, si lo encuentra fuera de los límites de las mencionadas ciudades. Está claro que quien asesina, incluso Besho gueg, no está totalmente libre de culpa. Debía haber tenido mayor cuidado cuando tenía en sus manos un instrumento que podía ser letal.

En este contexto, los dirigentes de las tribus de Reuvén y Gad, a quienes se unió la mitad de la tribu de Menashé, también tuvieron que apartar Arei Miklat en lado oriental del Yardén. Porque se habían dirigido a Moshé para solicitar su consentimiento para permanecer en las fértiles tierras de la mencionada orilla oriental del Yardén, aunque prometieron que cruzarían el río para ayudar a las otras tribus en la campaña de la conquista de la Tierra Prometida. Construirían establos para sus animales y ciudades para sus niños, y luego se juntarían con el resto del pueblo para la tarea de la conquista.

Moshé respondió afirmativamente a la solicitud de estas tribus, pero cambió el orden de las cosas. Antepuso la construcción de las ciudades para los niños a la construcción de corrales para los animales. De esta manera, Moshé jerarquizó la importancia de lo humano por encima de lo material.

Es una lamentable realidad, porque hay personas que optan por la bonanza material, la acumulación de bienes, por encima del bienestar personal.

Moshé apuntó hacia aquellos que colocan el éxito económico por encima del desarrollo emocional y espiritual de sus familiares. De acuerdo con Rashí, las tribus de Reuvén, Gad y Menashé demoraron catorce años antes de retornar a sus hogares en la otra ribera del Yardén, el territorio de Transjordania, conocido en la actualidad como el Reino de Jordania. No estuvieron con sus hijos en los años formativos, especialmente aquellos que dejaron niños pequeños en sus respectivos hogares.

Aparentemente, el deseo de riqueza nunca se satisface. Llega el momento en que el estómago no admite más comida ni líquido, incluso existe el límite en las transgresiones en el campo sexual. En cambio, en el caso de las posesiones materiales, no hay límite. Según el Talmud, “quien tiene cien, desea doscientos”.

De cierta manera, estas tribus demostraron desconfianza en la promesa Divina, porque pensaron que no habría suficientes campos con pasto para sus animales en Israel. Sin conocer aún la dimensión del territorio que les sería asignado, prefirieron ocupar la parte oriental del Yardén.

Por otro lado, cabe destacar la honorabilidad y lealtad demostradas por los miembros de estas tribus, por su disposición a apartarse de sus hogares para ayudar a sus hermanos en la conquista de la Tierra Prometida. Fue Moshé quien insistió que las tribus de Reuvén y Gad fueran acompañadas por gente de Menashé, porque como descendientes de Yosef, serían fieles a las enseñanzas del patriarca Yaacov, quien predicó la convivencia entre sus descendientes. Separados del resto de las tribus, existía la posibilidad que estas tribus perdieran progresivamente su identidad y se integraran al medio ambiente de la región. La presencia de la mitad de la tribu de Menashé, probablemente pensó Moshé, serviría para asegurar la fidelidad de los patriarcas a las enseñanzas que habían sido estructuradas formalmente con la revelación en el monte Sinaí.