CRECIMIENTO INTERNO Y COMPORTAMIENTO A SEGUIR

Parashá JAYEI SARÁ

La Torá omite los detalles del desarrollo espiritual del primer patriarca Avraham. Capítulos atrás se nos informó que había recibido el mandato Divino de Lej Lejá: el instructivo de abandonar el hogar de sus padres para fundar una nueva nación en una Tierra Prometida que le sería mostrada. Hay quienes dicen que Lej Lejá era un imperativo para que el patriarca se conociera a sí mismo y la dirección del viaje era Lejá: “a tí mismo”.

¿Cuál sería la misión de esta naciente nación? La respuesta inmediata es que tendrá que ser Or LaGoyim, una luz para las naciones. ¿Cómo logrará este cometido? La respuesta será dada a través de las narrativas de Bereshit, la revelación en el Sinai y la conquista de la Tierra Prometida después del Éxodo de Egipto.

A mediados del siglo XIX, Rabí Israel Salanter creó el movimiento Musar, cuyo propósito era la búsqueda de la perfección ética del individuo. Uno de sus muy citados dichos es: “En el comienzo quise perfeccionar el mundo y, como la tarea era muy difícil, decidí ocuparme de mí mismo”. Meses atrás, Rabí Yehudá Amital, de la afamada Yeshivá Har Etzion de Israel, utilizó esta cita para proponer lo contrario, una tergiversación utilizada por muchos: “En un principio decidí perfeccionarme y como era una tarea muy difícil, decidí emprender el mejoramiento del mundo”. No hay duda de que existen ejemplos de individuos y sociedades que siguen el dictamen atrevido de Amital, quieren cambiar el mundo y las credenciales que muestran se resumen en la incapacidad de producir un cambio sustantivo en su sociedad.

En el caso del patriarca se planteaba la doble tarea: el cambio individual –o sea, su transición de la idolatría que había observado en el hogar paterno al monoteísmo–, y la misión de propagar este mensaje al resto de la Humanidad.

El Talmud recoge el testimonio de Rabí Akivá cuando se le cuestiona acerca de por qué Dios no había creado al hombre ya circunciso, si su deseo era la práctica de la circuncisión.

De acuerdo con Rabí Akivá, el mundo que Dios creó no es perfecto, ni tampoco lo es el ser humano. La tarea del hombre es mejorar el mundo y perfeccionarse a sí mismo.

Por lo tanto, la práctica del Berit Milá sirve para recordar que la persona tiene esta tarea por delante, debe trabajar sobre sus emociones e intelecto, y doblegar sus pasiones para tonificar su alma y espíritu.

El nombre del patriarca, que en un principio se llamó Avram, sufre una transformación con la adición de la letra “he” y se convierte en Avraham: Av hamón goyim, el padre de multitudes. Ahora su nombre señala el norte de una misión de carácter global; su interés será la Humanidad, a la cual tiene que llevar el mensaje de la existencia de un solo Dios.

El caso de la primera matriarca es similar. En un principio, su nombre era Sarai. La terminación con la letra “yod” –que en hebreo significa posesión– alude tal vez a su tarea de purificar su propio ser, centrarse en el desarrollo espiritual de su persona. Cuando un sustantivo es transformado con la letra “yod” al final, quiere decir “mío”, tal como en el caso de la palabra “shulján” y “shuljaní” (“mesa”, y “mi mesa”, respectivamente).

El nombre de Sarai también cambia: se suprime la “yod” al final, y se sustituye por la “he”. De esta manera, su nombre se transforma en Sará, para convertirse simbólicamente en Em hamón goyim, la madre de multitudes.

La tarea de los patriarcas tenía la doble vertiente: el ingrediente personal y la misión universal. Está claro que para ser “Or LaGoyim”, una luz para las naciones, se requiere primero el mejoramiento personal, el crecimiento espiritual del individuo para que, a través de su comportamiento y enseñanzas, pueda ser un factor transformador de la sociedad.

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