LA TRANSFORMACIÓN DE YOSEF

Parashá VAYIGASH

La narración de los eventos cruciales que ocurrieron entre los hijos de Yaacov es el tema fundamental de los últimos capítulos del libro Bereshit. De esta manera se dibuja el nacimiento de un nuevo pueblo, que surgirá de la descendencia del tercer patriarca. Hay varios personajes claves en esta narrativa, pero por el momento, sobresale la figura de Yosef, quien demostró cómo es posible sobreponerse a obstáculos que parecían imposibles de vencer. De la condición esclava a la que fue sometido inicialmente en Egipto, Yosef escala a la más alta posición en la corte del faraón. Salen a relucir las características sobresalientes de su carácter, que el anciano

Yaacov había reconocido desde su juventud, cuando le compró el Ketónet pasim, la túnica que lo distinguiría como líder de los hermanos.

Sin embargo, al repasar los primeros años de la vida de Yosef, encontramos a un joven muy centrado en sí mismo, preocupado por su apariencia física. Se podría argumentar incluso que las historias acerca del comportamiento negativo de sus hermanos tenían el propósito único de permitir que Yosef destacara por encima de los otros miembros de la familia.

¿Cómo se transforma este joven tan ensimismado en un líder, un estadista capaz de señalar el camino que la nación egipcia debe seguir para superar la crisis provocada por la hambruna? Yaacov Haber sugiere que la personalidad de Yosef sufre una metamorfosis existencial en la prisión egipcia.

Aunque había rechazado los avances amorosos de la esposa de Potífar, Yosef probablemente había dado algunos indicios para que la mujer se atreviera a seducirlo. Una vez en la cárcel, seguramente pasó por un período de auto análisis, de introspección en las profundidades de su alma: ¿por qué había producido tanto odio en el corazón de sus hermanos? ¿Por qué se encontraba ahora en una cárcel rodeado de criminales?

De acuerdo con Haber, Yosef concluye que el motivo de su desdicha es una falla en su personalidad. Piensa sólo en su bienestar personal y se despreocupa de los demás. Es desconsiderado con los demás, no reflexiona acerca de cuál podría ser la reacción de los hermanos después de escuchar el contenido de sus sueños. Sólo le importa su propia gloria.

Yosef pasa por una transformación profunda cuando se encuentra en la cárcel, sin esperanza alguna de escape. Por primera vez escucha a los demás. Atiende a los “sueños” de otros. Quienes sueñan esta vez son el copero y el panadero del faraón. En lugar de dar rienda suelta a su imaginación como antaño, Yosef se convierte en el intérprete de los sueños de otros, hecho que lo conduce a interpretar el sueño del faraón, porque el copero recuerda que un joven hebreo había interpretado correctamente un sueño suyo mientras estaba en la cárcel.

Cuando descifra el sueño del faraón como un aviso divino acerca de siete años de abundancia que serán seguidos por siete años de escasez, Yosef demuestra su preocupación por la suerte de los habitantes de la región. Le sugiere al faraón un plan de almacenamiento para los excedentes alimentarios de los años de las “vacas gordas”, que pueden servir al pueblo durante el largo período de hambruna.

Al reunirse finalmente con Binyamín, su hermano de padre y madre, lo abraza mientras ambos lloran. ¿Por qué lloraron? De acuerdo con el Midrash, Binyamín lloró por la destrucción del Templo de Shiló, que siglos más tarde sería ubicado en las tierras de Yosef, mientras que Yosef llora por la doble destrucción del Beit HaMikdash, que se ubicaría en Yerushaláyim, ciudad que estará incluida en la porción que recibirá Binyamín en la división de la tierra. Las lágrimas no brotaron por su destino personal, sino por la suerte del hermano.

No se debe olvidar que el segundo Beit HaMikdash fue destruido debido a Sinat Jinam, el odio gratuito que se produce cuando la persona sólo piensa en sí misma y deja de preocuparse por el bienestar del prójimo.

El día que Yosef notó que el copero del faraón tenía una apariencia distinta, que revelaba una gran preocupación, y le preguntó: ¿qué te pasa?, ese día en que percibió la angustia de otra persona, comenzó la transformación de Yosef, hecho que dio inicio a una nueva etapa en su vida que le permitió asumir el liderazgo de una nación, ya que el faraón dejó en sus manos el destino del pueblo egipcio.

LA IDENTIFICACIÓN CON EL DOLOR DEL PRÓJIMO

VAYIGASH

El hermano menor, Binyamín, fue acusado de robar la copa de Yosef y por ello iba a ser encarcelado. Yehudá asumió la defensa del joven e imploró por su suerte, incluso ofreció cumplir personalmente el castigo impuesto a Binyamín, porque había garantizado su seguridad al padre. En realidad, el hermano mayor, Reuvén, había querido asumir la responsabilidad por Binyamín, colocando como seguro la vida de sus propios hijos. Yaacov rechazó la oferta de Reuvén porque no podría vengar cualquier accidente que ocurriera con Binyamín haciéndoles algún daño a sus propios nietos.

¿Por qué accede Yaacov a encomendar a Yehudá la seguridad de Binyamín? Yehudá no ofrece más seguridad que su propio honor: ser un pecador frente a su padre por el resto de sus días. El Midrash sugiere que Yehudá promete su porción en el Más Allá si algo pasara con Binyamín.

Al retornar a la narración bíblica, leemos que cuando los hermanos informan al anciano padre Yaacov que tienen que traer a Binyamín la próxima vez como prueba de la veracidad de sus palabras, el patriarca cuestiona ¿por qué le informaron al jerarca egipcio acerca de su hermano? ¿Acaso no eran suficientes las dificultades y desdichas que le habían ocurrido hasta el momento? Alai hayú julana, “todo ha caído sobre mí”, exclama Yaacov.

La palabra “alai” había sido utilizada por Rivká cuando indujo a su hijo Yaacov a disfrazarse como si fuera Esav. Cuando Yaacov respondió que si el padre descubría la estratagema podía ocurrir un desastre, para apaciguarlo, Rivká le dijo: alai kilelatejá bení, “que la maldición se desvíe hacia mí”.

Al igual que la madre, Yaacov también utiliza la palabra “alai”, y al tomar en cuenta que había perdido a su hijo predilecto Yosef, ahora que escucha que debe arriesgar a Binyamín, la palabra “alai” destaca su angustia y profundo dolor.

El Midrash sugiere que la palabra “alai” que se escribe con las letras “ayin”, “lámed” y “yod”, es una referencia a tres personajes que produjeron zozobra a Yaacov: Esav, Laván y Yosef.

Es conocida la rivalidad con Esav, competencia que empezó cuando los hermanos aún se encontraban en las entrañas de la madre. El odio y el enfrentamiento se dan generalmente entre las personas que son cercanas y conviven, pero al mismo tiempo producen el sufrimiento.

En el hogar de su tío Laván, Yaacov tuvo que aprender a defender sus intereses, porque desde el primer día fue engañado.

Primero, cuando le cambiaron a la esposa, colocando a Leá en el lugar de Rajel. Luego su tío trató de engañarlo con la remuneración por su trabajo. El engaño que Yaacov había perpetrado contra su padre Yitsjak y el que fraguó contra su hermano Esav, de manera simbólica, estaban siendo saldados. Laván era el hermano de su madre Rivká y aunque Yaacov hubiera preferido tener una relación familiar afectuosa con su tío, sufrió por no poder hacerlo.

El mayor dolor para un padre es la pérdida de un hijo, va contra la naturaleza. Por ello, Yaacov nunca olvidó la desaparición de Yosef. Probablemente tenía dudas acerca de lo sucedido, porque fue un acto lleno de ironía cuando los hermanos presentaron al padre la túnica ensangrentada de Yosef para que la reconociera. Era la misma túnica que había producido el celo entre los hermanos por el trato preferencial que Yosef recibía del padre. “Seguramente fue devorado, una mala fiera lo tragó”, fue la reacción del padre. Pero no se puede subestimar el torbellino de dudas que embargó al patriarca. Tal vez pasó por su mente que los propios hermanos eran culpables de la desaparición de Yosef. Por ello, no había consuelo. ¿Quién podía identificarse con el dolor de la pérdida de un hijo? Yehudá podía identificarse con el dolor de Yaacov porque había perdido a dos hijos: Er y Onán, quienes, casados sucesivamente con Tamar, murieron por pecar ante Dios.

Según los comentaristas bíblicos, en sus relaciones íntimas con Tamar, Er evitaba que saliera encinta para que el embarazo no la desfigurara. Onán también hizo lo mismo, porque pensaba que el hijo que tendría Tamar sería considerado hijo de su fallecido hermano.

Yaacov encomendó el cuidado de Binyamín a Yehudá, porque pensó que era el único hijo que tenía empatía por Èl y podía sentir su dolor inconsolable por la pérdida de Yosef.

Yosef y sus hermanos: el reencuentro

VAYIGASH - Génesis XLIV,18 - XLVII,27

IMG_0197Yosef asume los poderes administrativos de Egipto a los treinta años de edad, y se casa con Osnat la hija de Poti Fera (según Rashí este es el mismo Potifar, que manifiesta cambios sexuales pues desea a Yosef). De esta unión nacen Menashé y Efráyim. Durante los años de abundancia que Yosef predijo, se almacenan los excedentes para luego ponerlos inevitablemente a la venta en los años de hambruna que, aparecen. Toda la región sufre de escasez y Yaacov se informa acerca de la venta de productos, e insta a sus hijos que vayan a Egipto. Temiendo que pueda ocurrir una desgracia, Yaacov no permite que Binyamín, el menor de sus hijos y hermano de Yosef, por parte de madre, acompañe a sus hermanos en este viaje. Para adquirir los alimentos hay que llegar obligatoriamente donde Yosef, quién reconoce inmediatamente a sus hermanos. Los hermanos se postran delante de Yosef, asumiendo que es un dignatario egipcio mientras éste recuerda que se está cumpliendo lo vaticinado en uno de sus sueños.

         Yosef le crea dificultades a sus hermanos sugiriendo que en realidad su misión es espiar el país, y de esta manera lo obliga a darle mayores datos personales. “Somos doce hermanos, hijos de un solo padre,” dijeron, “el pequeño está con su padre y uno ya no está más”. Para probar de la veracidad de sus palabras Yosef exige que uno de los hermanos quede como rehén, mientras vuelven con Binyamín. Los hermanos emprenden el viaje de regreso a la casa paterna. Yehudá insta al padre para que permita que Binyamín los acompañe en un segundo viaje de compras a Egipto. La hambruna se ha acentuado y sin alimentos adicionales no se podrá sobrevivir. Muy a su pesar, el anciano Yaacov da su consentimiento. Gracias a una estratagema, la copa de Yosef es escondida en el equipaje de Binyamín, presentándose la posibilidad una nueva tragedia. Al descubrirse el robo de la copa, Yosef acusa a los hermanos de traición y de ingratitud. Pero, agrega Yosef, el único culpable es el que se había apoderado de la copa, tratando de implicar a Binyamín. Estas copas eran utilizadas en aquel entonces para encantamientos y hechicerías, por lo cual su hurto era muy significativo y altamente comprometedor.

Nuestra lectura semanal comienza con el discurso que pronuncia Yehudá ante Yosef relatando los hechos que condujeron a la situación. La situación era crítica. Yaacov no sobrevivirá, a la desaparición de Binyamín, porque nafshó keshurá benafshó, “su espíritu (el de Yaacov) estaba amarrado a su espíritu (el de Binyamín)”, y era el último hijo de su amada Rajel. Cuando Yaacov rehusa dar el permiso para que Binyamín acompañe a sus hermanos en el segundo viaje a Egipto, el primogénito Reuvén le dice et shenei banai tamit, im lo avienu eleja; “podrás matar a mis dos hijos si no te lo traigo de vuelta”. Las palabras de Reuvén no eran convincentes porque ¿acaso Yaacov se vengaría de sus nietos por la desaparición de su hijo? Yehudá, en cambio, argumentó responsablemente al decirle al padre que con sus propias manos cuidaría a Binyamín y si ocurriese algo inesperado, vejatatí lejá kol hayamim, “consideraré haber faltado ante ti por el resto de mi vida”. Yehudá se ofrece a Yosef en calidad de esclavo a cambio de la libertad de Binyamín, porque el desenlace sería fatal para su padre Yaacov.

         Yosef no puede contener más sus emociones. El sufrimiento que ha causado a sus hermanos está llegando a límites extremos y teme por la salud precaria de su padre. Sus sueños se han concretado y los hermanos han sufrido mental y emocionalmente por el daño que le causaron años atrás. Yosef decide revelar su identidad a sus hermanos y el llanto compartido se escucha por doquier. Los hermanos quedan consternados al escuchar las palabras, aní Yosef, haod aví jai; “yo soy Yosef, ¿vive mi padre aún?”. Yosef les sugiere que su acto de traición habría sido, en cierta forma, guiado por Dios con el propósito de que él, pudiese socorrerlos durante los años de hambruna. Yosef les urge para que regresen rápidamente al hogar ancestral y notifiquen al padre acerca de su existencia. Vehigadtem leaví et kol kevodí bemitsráyim, “y contarán a mi padre acerca de todos mis honores en Egipto”, es el mensaje orgulloso que Yosef envía al padre. Conociendo el gentil, aunque no siempre modesto, carácter de Yosef, algunos comentaristas sugieren que Yosef dijo a sus hermanos vehigadtem, “y contarán” a todo el mundo, que “leaví”, “a mi padre” pertenecen todos los honores que recibo en Egipto. Todo esto, en reconocimiento de la educación y de la preparación que había recibido en casa de sus padres, lo que le permitió llegar a tan alta posición en la Corte del Faraón.

¿Por qué guardó silencio Yosef durante todos esos años? ¿Acaso no estaba consciente del sufrimiento que su ausencia le causaba a su anciano padre Yaacov? Al alcanzar una posición de poder en Egipto podía haber enviado por sus hermanos y por su padre para que viniesen a disfrutar de las bondades de las tierras del Nilo. Se ha ofrecido respuestas diferentes pero ninguna de ellas es totalmente satisfactoria.

         Yaacov, a pesar de la abundancia de detalles en el relato de sus hijos, no creyó que Yosef estaba vivo y que había alcanzado una posición excelsa. Pero dice la Torá, vayar et haagalot … vatejí rúaj Yaacov avihem, “y vio las carretas… y cobró vida el espíritu de Yaacov”. La palabra agalá tiene doble significación en hebreo. Puede traducirse como carreta y también como becerro. Dice Rashí, que el último tema que Yosef había tratado con su padre era el caso de un difunto abandonado en el campo. Yaacov le había enseñado que la distancia entre el difunto y los caseríos del área debía ser medida. Los ancianos del caserío más cercano debían declarar que ellos no habían derramado esa sangre inocente y ofrecer después un becerro como sacrificio. Se podría argumentar que lo más indicado hubiera sido una redada para capturar a los malhechores conocidos de las cercanías para tratar de identificar al culpable del crimen. Pero la tradición quería enseñar que los ancianos, como representantes de una sociedad organizada, tenían que asumir la responsabilidad cuando se cometía un crimen en su entorno. Porque se interpretaba que el crimen era consecuencia del ambiente de libertinaje y una demostración de que las enseñanzas de los maestros y líderes no habían surtido el efecto esperado. Las agalot, “carretas” recordaban el eglá, el “becerro” del sacrificio indicado en el último tema que Yaacov había estudiado con Yosef, por lo que llegó a la conclusión de que únicamente su hijo Yosef podía haber hecho esta alusión. Esto tenía un significado adicional. Se trataba del tema de un cadáver abandonado, y él, Yosef, también había sido abandonado a la incertidumbre de la esclavitud, que solía terminar en una muerte violenta.

La reunión entre padre e hijo es muy emocionante, con llantos y alegría. El Faraón los recibe con generosidad, bemetav haárets hoshev et avija..., “ubica a tu padre en la mejor de las tierras”, yeshvú beérets goshen, “se radicarán en la tierra de Goshen”. Goshen es un lugar privilegiado por su riqueza terrenal. Pero, Goshen también es un ghetto, porque el Faraón limitaba la residencia de Yaacov y sus hijos a un área específica. En los próximos capítulos leeremos que el Faraón, en un cambio de opinión (según algunos comentaristas, se trata de un nuevo Faraón) decide que estos nuevos extranjeros pueden subvertir el orden del reino por lo que toma medidas para controlar su crecimiento numérico. Se emiten nuevas leyes que podrán ser impuestas fácilmente hebreos están ubicados en un territorio definido, en un enclave específico. Este hecho servirá de modelo para la Edad Media y para los nazis de nuestros tiempos que no sólo aprendieron del pasado sino que sobrepasaron, en intensidad y grado, la perfidia de épocas anteriores.