AMBIVALENCIA ESPIRITUAL Y MATERIAL

Parashá Lej Lejá

La historia del pueblo judío es el tema de este texto, historia que tiene su comienzo con el primer patriarca Avraham. Por un lado, la Torá es un documento religioso con un mensaje ético-espiritual; pero, al mismo tiempo, es el relato de la epopeya del pueblo que será escogido por Dios para llevar su mensaje a la Humanidad. La Torá es un compuesto: espíritu y materia, seres humanos y Creador. Es el encuentro entre “cielo y tierra”, los primeros elementos mencionados en Bereshit. Es un fino tejido de imperativos religiosos y preocupaciones cotidianas, hecho que sale a relucir en la complejidad del carácter de sus protagonistas.

El primer patriarca es un individuo fuera de serie, que cambiará radicalmente la percepción acerca de un Ser Supremo único y el significado de esta fe para el comportamiento humano. Sin embargo, Avraham no debe ser confundido con Dios, es un ser humano excepcional pero con las limitaciones que la naturaleza le impone al hombre.

Avraham es un idealista dispuesto a romper enteramente con su pasado, a escuchar el mandato Divino para emprender una gran aventura. Porque no se trata solamente de Lej Lejá, el abandono físico del hogar paterno, también se le exige que rompa con el pensamiento de la época para que pueda embarcarse en una travesía intelectual desconocida y temeraria.

Como el gran iconoclasta, romperá con la idolatría del pasado y predicará la novedosa noción de la existencia de un Dios que no es visible para los ojos, pero que puede ser interiorizado por el sentimiento, el pensamiento y la fe.

Avraham responde a la precaria situación alimenticia de la Tierra Prometida huyendo a Egipto, momento en el cual considera que, para salvar su integridad física, debe pedirle a su bella esposa que se haga pasar por su hermana. Era de esperarse que el fundador del monoteísmo tuviera suficiente fe en Dios para que lo salvara de cualquier intento inmoral por parte de los egipcios –al menos así piensa el exégeta judeo-español Najmánides– y no le exigiera a su esposa que mintiese por temor a la muerte. En defensa de la actitud asumida por Avraham, el exegeta Radak afirma que la persona no debe apoyarse en el milagro, en una intervención Divina y, por lo tanto, la actitud de Avraham fue correcta.

Incluso está presente el argumento que Sarai, su esposa, era una familiar cercana, tal como si fuera una hermana. Sin embargo, se puede comprender el terror que debe haberse apoderado del patriarca en una época en la que el despotismo era absoluto y la vida humana carecía de gran valor a los ojos de los monarcas. Avraham estaba poseído por una fe incondicional, pero simultáneamente manifestaba las debilidades de cualquier ser humano.

Incluso la belleza de Sarai, que sale a relucir en el viaje a Egipto, tiene un doble sentido. Por un lado está “yofyá”, su rostro deslumbrante, pero al mismo tiempo está su “jen”, la gracia y el encanto que son reflejo de su espíritu y delicadeza sensual. Al principio, Avraham había sido atraído por la belleza interior de Sarai, por su finura y primor interno.

Ahora, frente a los deseos carnales de los egipcios, Avraham se da cuenta que la belleza superficial que irradia su esposa puede convertirse en el motivo de su perdición.

Serán temas fundamentales del texto sagrado: la satisfacción inmediata del deseo o la postergación de su realización; la necesidad material frente al imperativo espiritual; y la verdad absoluta frente a la necesidad circunstancial.

Tal vez, el mensaje fundamental de la Biblia será dar testimonio de que solamente Dios es perfecto, mientras que el ser humano será siempre un aprendiz de la perfección, porque incluso los patriarcas, los mensajeros fundamentales de la fe, eran imperfectos. Pero, a diferencia de otros, los patriarcas enseñarán la posibilidad de la enmienda, el retorno hacia la verdad proveniente del Creador. Los primeros dos patriarcas solamente tuvieron éxito con algunos de sus hijos, mientras que los otros se extraviaron por senderos equívocos y confusos. Sólo en el caso del tercer patriarca, Yaacov, vemos que después de errores y aciertos, rencor y fidelidad, su descendencia se encamina por el camino de la fe y la solidaridad fraternal para fundar las doce tribus que engendrarán al pueblo elegido por Dios.

EL ARCO IRIS

Parashá Nóaj

Nóaj representa una segunda oportunidad para el ser humano.

Después de diez generaciones, a partir de la época de Adam y Javá, Dios decide destruir la Humanidad, empezar de nuevo y poblar la tierra con la simiente de Nóaj. Esta decisión se debió al comportamiento inmoral del hombre que violó las leyes que el primer hombre había recibido. De acuerdo con la tradición judía, Dios le había encomendado seis normas básicas de conducta a la Humanidad a través de Adam, pero su descendencia se apartó rápidamente del cumplimiento de las mismas. El libertinaje se impuso, fueron violadas las leyes fundamentales contra el incesto y se irrespetó la propiedad ajena.

Dios seleccionó a Nóaj porque no se había contagiado del comportamiento de sus contemporáneos y demostró que era posible atenerse a una conducta diferente y ser fiel a la enseñanza de sus ancestros. Aunque la Torá califica a Nóaj como un Ish Tsadik, “un hombre justo”, algunos expositores consideran que esa denominación es relativa. Era justo cuando se le comparaba con sus congéneres de la época, pero de haber vivido en la generación del patriarca Abraham, no habría recibido el mismo reconocimiento.

Dios decidió eliminar la Humanidad a través de un diluvio. Llovería sostenidamente durante muchísimos días, e incluso brotarían las aguas desde el interior del globo. La superficie de la tierra quedaría inundada y solamente los peces sobrevivirían al desastre. Para asegurar la continuidad del ser humano y del mundo animal, Dios le ordenó a Nóaj que construyese un arca de dimensiones considerables para albergar allí una pareja de cada especie, con lo que se podría poblar nuevamente la tierra. De algunos animales logró reunir siete parejas.

La Torá especifica las dimensiones del arca, que era aproximadamente de unos ciento ochenta metros de largo, treinta metros de ancho y dieciocho metros de alto. Una embarcación enorme para la época. No obstante, Rambán cuestiona estas dimensiones y sugiere que eran totalmente inadecuadas para dar albergue a ejemplares de cada uno de los animales y aves. Especialmente cuando se considera que también era necesario cargar suficientes alimentos para un año, las dimensiones del arca resultan insuficientes. ¿Qué hizo Nóaj para incluir ejemplares de cada una de las especies? Según Rambán, todo se debió a un milagro. Maravillosamente, el arca pudo incluir todos estos animales.

Rambán continúa planteando: si era necesario un milagro, ¿para qué se construyó una nave tan grande? Cualquier lancha habría sido suficiente, ya que todo dependía de un evento sobrenatural. Responde Rambán que las dimensiones del arca tenían el propósito de atraer la curiosidad de la gente, que constantemente indagaba por qué se estaba construyendo. De esa manera, Nóaj podría prevenir a todos sobre el propósito Divino de destruir el mundo, a menos que los hombres y las mujeres alterasen su conducta inmoral.

De acuerdo con el Midrash, Nóaj tardó ciento veinte años en la construcción, tiempo suficiente para que cada ser humano pudiera percatarse del peligro que le acechaba por el incumplimiento de las leyes que Adam había recibido.

El diluvio ocurrió porque la Humanidad no respondió a las advertencias de Nóaj. Rambán cuestiona: ¿por qué fue así? ¿Por qué no respondió la gente a las exhortaciones de este Tsadik? Rambán sugiere que la actitud de la gente fue consecuencia de la falta de convencimiento de Nóaj. De acuerdo con él, Nóaj no creía que la gente reaccionaría a sus advertencias; por lo tanto, su planteamiento no fue efectivo.

De antemano pensó que sus intentos eran vanos. La falta de confianza de Nóaj en la posibilidad de Teshuvá, su noción fatalista acerca de la imposibilidad de cambio en el comportamiento humano, fue un factor que condujo al desastre.

De acuerdo con una interpretación de Rabí Meir Shapira, fundador de la Yeshivá Jajmei Lublin, el arco iris que apareció en los cielos después del diluvio como señal –un B’rit– de que Dios nunca repetiría un diluvio para exterminar a la Humanidad, era también un mensaje dirigido a Nóaj. El arco iris aparece muchas veces después de una tormenta, cuando las nubes se interponen entre el sol y la superficie de la tierra y desatan su furia a través de truenos y relámpagos.

El arco iris es una demostración de que, incluso en los momentos de mayor oscuridad diurna, existe la posibilidad de que los rayos del sol penetren las nubes para que el cielo se vea iluminado y a todo color. El arco iris fue una señal para Nóaj y su descendencia. Tal como la naturaleza puede cambiar de la oscuridad a la luz, no se debe menospreciar la capacidad del ser humano para regenerarse, para enrumbarse en un proceso de Teshuvá, para el retorno a las raíces éticas que el judaísmo predica. La luz del estudio y la espiritualidad puede penetrar y eliminar los nubarrones de intolerancia y agresividad, resultado de la ignorancia y la adulteración de los valores.

SHABAT Y EL SER HUMANO

BERESHIT

Desde el punto de vista de la tradición judía, la creación del universo es la acción Divina de colocar al hombre en el cosmos con el propósito de que trascienda hacia la Kedushá, la santidad, que es una propiedad de Dios. Así interpreta David Flatto, por ejemplo, la clara división que existe en el tercer libro de la Torá, Vayikrá. El gran crítico de la Biblia, Julius Wellhausen, a comienzos del siglo XIX retó a los exégetas judíos con sus teorías acerca del origen primario del texto bíblico.

Wellhausen se esmeró en el estudio cuidadoso del texto, hecho que obligó a su vez a los Parshanim, los intérpretes judíos, a indagar con mayor profundidad el mismo texto para poder rebatir sus afirmaciones. Apuntó que el temario de la primera parte de Vayikrá, Levítico, es totalmente diferente en la primera parte del texto cuando se le compara con la segunda parte y, por ello, sugirió que se trata de la integración de dos textos diferentes en un solo libro. La primera parte concluye con la sección Ajarei Mot que es el capítulo XVIII. La segunda parte empieza con Kedoshim y corresponde al texto desde el capítulo XIX hasta el último capítulo del libro, el capítulo XXII.

La lectura de Vayikrá conduce a concluir que Wellhausen tenía razón. La primera parte se refiere a los sacrificios que se tendrán que ofrendar en el Beit HaMikdash y la función de los Kohanim en los mismos. Torat Kohanim es la designación rabínica por el libro Vayikrá. Mientras que la segunda parte consiste básicamente en normas éticas generales, las leyes agrícolas que deben regir en la Tierra Prometida y las normas para la celebración de las diferentes festividades.

Flatto argumenta que la primera parte de Vayikrá se refiere a la proximidad que la persona debe anhelar con respecto a la Kedushá, la santidad. Dios es el Kadosh absoluto y los sacrificios son una vía para el acercamiento hacia Él, tal como alude la palabra Korbán, sacrificio, que en hebreo proviene de la raíz Karov, que quiere decir cercanía. La trágica muerte de Nadav y Avihú, hijos del Kohén Gadol Aharón, ocurre Bekorvatam, cuando se acercaron de manera inapropiada a la Kedushá, a Dios. La segunda parte de Vayikrá empieza con Kedoshim, cuyo primer instructivo es Kedoshim tih’yú, cada uno tiene que ser Kadosh. Mientras que la primera parte de Vayikrá habla del acercamiento hacia la fuente de la Kedushá que es Dios, la segunda parte ordena que cada individuo debe llegar a ser Kadosh. ¿Cómo se puede convertir la persona en Kadosh? He aquí la respuesta: abstenerse de robar, ser solidario con el prójimo, ayudar al pobre, pagar el sueldo del obrero el mismo día de la realización del trabajo, amar al prójimo de la manera como te amas a ti mismo. Y así sucesivamente. El concepto de Kedushá da una secuencia lógica a las dos partes de Vayikrá.

El versículo que insiste en la necesidad de obtener la Kedushá es seguido por la frase: “La persona debe temer a su padre y madre y cuidar mi Shabat, Yo soy tu Dios”. Los exégetas interpretaron este instructivo como una advertencia de no obedecer a los padres si ellos instigan al incumplimiento.

O sea, aunque la persona debe obediencia a sus padres, existe un límite para esa obligación: cuando el padre ordena la violación de la ley, debe desobedecérsele. El Shabat, la ley de Dios, está por encima del respeto o el temor por los padres.

Es posible que juntar el temor por los padres y la obediencia a Dios tenga un propósito diferente. Incluso en los Diez Mandamientos, el cuarto mandamiento de observar el Shabat es seguido por el mandamiento de honrar a los padres. En Bereshit leemos cómo Dios creó el universo en seis días y “descansó” en el séptimo día, o sea, cesó de crear.

Luego viene la historia de la primera pareja, Adam y Javá, quienes serán los padres de la Humanidad. Tal vez la lección fundamental de Bereshit es que Dios cesó de crear y ahora es el turno de la Humanidad para crear. Dios sigue observando el Shabat de la creación, no crea más. Desde entonces le corresponde al hombre ser el propulsor del desarrollo científico, moral y social. El Shabat semanal sirve para “recargar las baterías” y empezar nuevamente con otros días de creación, mientras Dios “observa” el comportamiento de su última creación en los días de Bereshit: el ser humano.

Interviene Dios en la historia cuando el hombre yerra irremediablemente, como en el caso del Mabul, el diluvio que destruyó a todos menos a una familia, para que todo pudiera empezar de nuevo. Obligó a los egipcios a liberar a los hebreos de la esclavitud. Por último, manifestó su voluntad en el monte Sinaí a través de la Torá, con un documento escrito que señala con toda precisión cuál es el sendero que conduce a la Kedushá, el propósito fundamental de Bereshit, la creación del universo. Bereshit fue la hora de Dios. La historia es la hora de la Humanidad.

SUCOT

UNA OPORTUNIDAD ADICIONAL

Aunque Sucot forma parte de los Shalosh Regalim, festividades que incluyen a Pésaj y Shavuot, su proximidad con los Yamim Noraim alude a una relación con el tema del Juicio que domina el entorno religioso de Rosh HaShaná y Yom Kipur.

Durante Sucot se practicaba una ceremonia denominada Simjat Beit Hashoeva en el Beit HaMikdash, que tenía como elemento central el agua, símbolo de la vida debido al líquido contenido en la placenta de la madre. Esta idea se manifiesta también en el ritual del mikvé, piscina ritual que sirve para eliminar la impureza espiritual y que simboliza una especie de renacer de la persona que efectúa la inmersión. Sucot es la fecha para el “Juicio de las Aguas”, momento en el cual se decide su abundancia o escasez en el año venidero.

Textos sagrados antiguos señalan que en Sucot, específicamente en Hoshaná Rabá, los seres humanos también son juzgados; por lo tanto, las hoshanot que se recitan durante la festividad consisten de peticiones para la reconsideración del fallo emitido en los Yamim Noraim. Durante Hoshaná Rabá se suele saludar en yídish con el voto por que la persona reciba “a gut kvítl”, una buena boleta para el año venidero, señal de que el dictamen de Yom Kipur aún no era el definitivo. Dios aparentemente daba unos días adicionales de prórroga para que la persona iniciara un proceso de teshuvá, para que enmendara su comportamiento para ser merecedor de la vida.

Tal como lo indica la nomenclatura Yamim Noraim, Rosh HaShaná y Yom Kipur son días solemnes en los cuales la idea del juicio impone un ambiente de seriedad. En cambio, Sucot es la festividad del regocijo, tal como la Torá instruye: SUCOT “Vehayita aj saméaj”, “y estarás excesivamente alegre”. Los jajamim afirman “Kol mi sheló raá Simjat Beit Hashoevá lo raá simjá miyamav”, “quien no presenció la ceremonia de Beit Hashoevá no conoce lo que es el regocijo”.

Tal vez la insistencia específica del regocijo intenso durante Sucot, a diferencia de los otros Regalim que también deben estar acompañados de la alegría, se debe efectivamente a su contigüidad y relación con los Yamim Noraim.

Sucot refleja la profunda alegría espiritual de haber sido definitivamente inscritos por un año de vida. El doble regocijo, debido a la festividad de Sucot –que conmemora la protección Divina durante los cuarenta años de travesía por el desierto– y la finalización del veredicto que empezó en Rosh HaShaná, se manifiesta también por medio del número de sacrificios que se ofrendaban en el Beit HaMikdash. La Torá ordena que el número de sacrificios sea duplicado en el caso de Sucot.

La Torá identifica a cada uno de los Shalosh Regalim con un evento agrícola. Sucot es Jag Haasif, la festividad que celebra la última cosecha del año, mientras que Pésaj conmemora el renacer de la naturaleza en la primavera. Cuando se establece una relación entre Sucot y el Día del Juicio también se está sentando una relación entre el producto de la naturaleza indispensable para la supervivencia física de la persona con la idea de la teshuvá, el elemento espiritual indispensable para el individuo. Es una manifestación adicional de cómo el judaísmo destaca la integridad del ser humano, porque la división entre lo material y espiritual tiene razones didácticas: ambas son expresiones del Creador, quien hizo en un principio cielo y tierra, lo celestial y lo terrenal.

Tal como el agua y la lluvia son vitales para el desarrollo material, el ingrediente moral representado por los Yamim Noraim es trascendental para el espíritu.

La sucá, que es una choza frágil, simboliza la confianza en el Creador. Es una expresión de fe por la que el hombre puede convertir una habitación rudimentaria en un hogar de entendimiento y armonía, siempre y cuando el mensaje ético de los Yamim Noraim irrumpa en sus paredes.