ALBERTO COHEN z’l

IN MEMORIAM

Image 7-23-17 at 8.36 PMConocí a Alberto desde los primeros días en Caracas a fines de la década de los sesenta del siglo pasado. Su esposa Malka es ashkenazí, pero Alberto nunca perdió sus raíces sefaraditas. Hablaba de Melilla, su ciudad natal con extraordinario cariño y nostalgia, tal como si la hubiera abandonado hacía solo horas. Unos años atrás visité Melilla y ya no era la misma que en los años de su apogeo, porque muchos judíos habían emigrado. No obstante, se sentía en este protectorado español en el norte de África, la presencia de su comunidad judía actual con sinagoga y colegio, incluso un pequeño abasto con productos kasher, exclusivamente. Las instituciones portaban placas con nombres que reconocía tales como Abraham Sultan, Aquiba Benarroch porque habían emigrado a Caracas, pero que igualmente nunca olvidaron sus orígenes contribuyendo al mantenimiento y progreso de la comunidad.

Alberto era un hombre moderno pero que nunca abandonó sus raíces ancestrales. Tuve el privilegio de conocer a sus padres z’l que cumplían nuestras tradiciones al pie de la letra, y al mismo tiempo pude apreciar el respeto y debido honor que Alberto les proporcionaba.

Su esposa Malka era Malkita y su hermana Mercedes era Mercedita. Alberto se sentía responsable por toda su familia, incluso por mi amigo, su hermano Mauricio que tenía un amplio vocabulario yídish, que pronunciaba a la perfección, con “pronunciación Besarabia”.

Alberto tenía muchos amigos en la comunidad judía en Caracas, pero también incluía en su entorno a rabinos, especialmente de Israel, cuyo misticismo lo seducía.

Alberto sabía vivir bien y, por lo tanto, tenía un corazón generoso que admitía que otros también gozaran de la vida. Su volumen corporal daba testimonio que estábamos delante de un gourmet, pero al mismo tiempo, era muy emotivo y pensativo, amante de la historia y totalmente identificado con la condición contemporánea y futuro del pueblo judío.

No pudo ser testigo de cómo se destruía Venezuela y optó por residenciarse principalmente en la ciudad de New York durante los últimos años. Era un soñador y realista, simultáneamente. Nunca perdió su amor, devoción y admiración por Venezuela y su comunidad judía. Fue un empresario de renombre y dio trabajo y oportunidad a muchas personas en Venezuela.

Pero ante todo era el ‘pater familias’. Devoto esposo de décadas de Malka que lo acompañaba en todos sus quehaceres e intereses. Admirado y respetado por sus hijos David, Sandra y Bernie, nietos y bisnietos.

Nos visitamos y reunimos en numerosas oportunidades y pude apreciar de cerca sus abundantes cualidades humanas. No solo una sonrisa encantadora, sino una conversación interesante, producto de sus lecturas y vivencias.

Era un judío orgullosísimo, valoraba la tradición religiosa y respetaba a los estudiosos. Poseedor de gran curiosidad por la naturaleza del ser humano y su historia, Alberto siempre intervenía con acierto en toda conversación.

Fue un amigo sincero, de personalidad afable y gran corazón. Deja un vacío enorme en el seno de su familia y en el mundo de sus amistades, y ya lo extrañamos.

Tendremos que aprender a hablar de Alberto z’l en términos pretéritos, porque su personalidad era muy impactante con una presencia que era imposible ignorar.

Nishmató tehé tserurá bitsror hajayim, paz y tranquilidad a sus restos mortales y vida eterna a su espíritu, a su neshamá.

Marianne Beker z’l

En memoria

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Cuando llegamos a Venezuela, el señor Mote Kohn ya había enviudado y vivía en la casa de su hija mayor Marianne. Mote era un señor serio, asiduo asistente a la sinagoga los días Shabat, tenía el cargo de Fiscal dentro de la Junta Directiva de la Kehilá, de pensamiento universal, más allá de los confines de su tradición ancestral.

Luego conocí al doctor Simon Beker, extraordinario profesional de la medicina quien contaba a las personalidades venezolanas más ilustres como pacientes. Su bella y culta esposa era Marianne. Muchos la conocían como la esposa del doctor Beker, pero la mayoría la identificaba solo como Marianne por sus numerosas y extraordinarias cualidades individuales. Pareja extraordinaria de la comunidad judía en la cual cada uno tenía también una personalidad importante definida e impactante.

Marianne se convirtió a través de las décadas en un ícono en la comunidad judía.

Admirada por jóvenes como un modelo de lo que puede alcanzar una mujer en una sociedad latina, machista por definición. Su belleza impactaba como primera impresión para pasar a la retaguardia frente a su agudo intelecto y vasto equipaje cultural.

Ávida lectora de historia y filosofía, profesora universitaria con un prisma universal, todo ello era secundario a su interés y compromiso con el presente y futuro del pueblo judío. Marianne era un punto de referencia indispensable frente a cualquier situación crítica que requería experticia, juicio y sabiduría. Tuvo pocos cargos formales dentro de la comunidad con la excepción de la Unión Israelita y la CAIV. No había declaración o comunicado comunitario que no pasaba primero por su pluma también y aprobación.

Cualquier evento cultural: foro, reunión internacional, era impensable sin la activa participación de Marianne, tanto en la preparación como la ejecución.

Fue la extraordinaria madre de Toni y Bernardo, Ilana y Sidney, Bernardo y Cirly.

Tres hijos con cónyuges, y cada uno destacado en sus profesiones. Siempre pendiente de su hermano menor Carlos, Marianne vivía en una casa al lado de su querida hermana Dita en la Alta Florida, y reunía a la familia en un almuerzo dominical, porque Marianne también era una cocinera sin par. Combinación inusual de talento culinario con curiosidad intelectual.

Unos años atrás editamos conjuntamente un libro sobre las Sinagogas de Venezuela y el Caribe. La idea venía de Marianne, porque pensó que en el Caribe hay comunidades que han mermado o desaparecido y sería importante dejar un documento de sus instituciones religiosas e historia. Al incluir las sinagogas de Venezuela en ese libro, quedaba lejos de nuestra imaginación de aquel entonces, la posibilidad que en escasos años estaríamos enfrentando una situación semejante en nuestro país.

Durante estos últimos y turbulentos años en Venezuela, fundó y dedicó muchísimo esfuerzo a ESPACIO ANA FRANK, institución que ha estimulado la conciencia de gran parte de la sociedad venezolana para renovar esfuerzos por mantener en alto la bandera de la dignidad humana, la libertad de pensamiento y la convivencia. Recordando los horrores del pasado reciente durante la Segunda Guerra Mundial, a través de numerosas películas y foros, conversatorios y reuniones a promovido la identificación de la sociedad con los menos afortunados al mismo tiempo que contribuye para enfrentar con aplomo y decisión las dificultades del momento actual en Venezuela.

Su nombre hebreo Miryam hace alusión a la hermana de nuestro gran líder Moshe Rabenu. La bíblica Miryam fue hermana del ser humano más ilustre, sin embargo, la Torá testimonia que nunca fue opacada por Moshé. Tenía personalidad y liderazgo propio.

Siglos más tarde, nuestra Miryam, Marianne, también tenía liderazgo propio y se convirtió en un ejemplo a seguir para la juventud de nuestra comunidad y para muchos otros que fueron sus discípulos ya sea en la universidad o a través de sus numerosos escritos y finos ensayos en la prensa del país.

Llegó a una edad respetable, había pasado los 80 años de vida fructífera que deja una huella indeleble.

La vi por última vez apenas unas semanas atrás en la boda de su nieta Melanie con Danny y se veía como siempre bella y sonriente. Sabía que estaba enfrentando problemas de salud que no aparentaba físicamente. Pero me dijo, “estoy cansada de vivir, ya es suficiente”. Extrañas palabras para ese momento, pensé. Sin embargo, me quedaron grabadas porque recordé que su difunto padre Mote zl me había dicho: “no quiero vivir un momento más de lo que me corresponde”, no quería vivir sin tener todas sus facultades habituales.

Marianne se fue de este mundo terrenal con todas sus facultades y numerosos talentos intactos.

Todos estamos enlutados.

Tehé zijrá baruj

PREPARÁNDONOS PARA LA LIBERTAD

Parashá - SHELAJ

Los hebreos están cerca de la frontera de la Tierra Prometida, el objetivo geográfico del éxodo de Egipto. Las experiencias de los últimos dos años habían sido muy intensas.

Obtuvieron la libertad después de más de dos siglos de esclavitud y, en consecuencia, tenían que acostumbrarse a tomar las riendas del mando en sus propias manos. Dios había intervenido directamente para salvarlos de Egipto al enviar diez plagas, que fueron muy convincentes porque obligaron al faraón a que finalmente les permitiera salir del país; aunque, a última hora, el monarca decidió perseguirlos.

Los hebreos quedaron inmóviles frente a las hordas egipcias que estaban por alcanzarlos para obligarlos a retornar a la esclavitud. Entonces, Dios le dijo a Moshé que ordenara a los hebreos que continuaran con la fuga. Pero el mar Rojo se interpuso y nuevamente Dios hizo un milagro: se partieron las aguas y los hebreos lograron escapar. Los egipcios los persiguieron por el mismo sendero seco, pero murieron ahogados cuando las aguas se volvieron a juntar. El camino por el desierto era tortuoso y peligroso. Debido a la escasez de agua, Dios hizo otro milagro: de la piedra brotó el preciado líquido. Tampoco había comida y Dios, de nuevo, produjo el maná: un “pan” que aparecía junto con el rocío de cada amanecer. Su apetito por la carne también fue satisfecho mediante aves que súbitamente aparecen.

La travesía por el desierto los conduce al monte Sinaí, donde Dios revela Su Voluntad en un decálogo grabado sobre dos tablas de piedra: diez mandamientos que servirán de “Carta Magna” para toda la Humanidad y en toda época.

Con esos diez principios básicos, el pueblo judío se convertirá en el portavoz de la moralidad y, en cierta manera, esta ley se tornará su razón de ser. En adelante, el pueblo hebreo será perseguido y vejado porque no permitirá que otros se encaminen por el sendero del libertinaje y el abandono de los principios fundamentales de la moralidad, su mera presencia será un recordatorio de innegables imperativos: la responsabilidad por el prójimo y la solidaridad con el huérfano y la viuda, y todo aquel que por algún motivo no puede desarrollarse con normalidad.

Cuando llegó el momento de enfrentarse a Amalek, pueblo que se convertiría en el archienemigo del pueblo judío, Moshé levantó sus manos y mirada hacia el cielo y

Dios intervino para que los hebreos fueran los vencedores. Pero Amalek no fue derrotado completamente, sus descendientes aparecerían en la historia para retar periódicamente al pueblo judío. Desde Hamán hasta Hitler no le han dado tregua al pueblo judío: la amenaza es incesante.

Debemos destacar el cambio fundamental que se produjo cuando el pueblo hebreo se encontró a las puertas de la Tierra Prometida. Desde ese momento cesó la intervención divina directa, tendrían que librar la batalla por sí mismos.

Por ello, decidieron enviar una misión de exploración que informara acerca de las características del terreno y la naturaleza de sus habitantes. Las doce personas que fueron seleccionadas para la investigación no eran las más expertas en espionaje, al contrario, eran los líderes de las tribus, las figuras que gozaban de aprecio y, por lo tanto, su informe sería respetado y podrían dar confianza para la conquista.

Después de una visita a lo largo y ancho del territorio, la delegación entregó un reporte pesimista: las ciudades estaban fortificadas y sus habitantes eran gigantes. “No podremos conquistar esta tierra”, sentenciaron. Había llegado el momento crítico de tomar una decisión y asumir sus consecuencias, porque las batallas tendrían que ser libradas sin la ayuda directa divina. Aparentemente, el pueblo no estaba preparado para asumir esa realidad y tendría que continuar por las arenas del desierto durante treinta y ocho años más, hasta que todos los que habían llegado a una edad adulta en Egipto hubieran perecido, para permitir que las decisiones futuras fueran tomadas por quienes se habían formado en libertad, pues la esclavitud no era una alternativa.

SANTIDAD MANIFESTADA EN LA CONDUCTA SEXUAL

Uno de los temas básicos de estos capítulos es la expiación por los pecados que ofrece Yom Kipur. Así reza el texto: “Porque en este día (Yom HaKipurim) se les perdonará para purificarlos de todos sus pecados, delante del Señor quedarán purificados”. Nuestros capítulos se refieren inicialmente a la muerte de Nadav y Avihú, hijos de Aharón, que perecieron en el acto de la ofrenda al Señor. Los exégetas ofrecen diversas opiniones acerca de la naturaleza del pecado de estos insignes líderes espirituales que condujo a su muerte prematura.

Fue un caso de serefat neshamá veguf kayam, “la extinción del espíritu y la permanencia del cuerpo”.

La utilización del concepto esh zará, “fuego extraño”, como causante del castigo, exige explicación. Tal vez debían haber esperado que la llama descendiera del cielo en el momento del sacrificio. El hecho de que la Torá advirtiese, después del relato de este trágico episodio, que el Kohén no debe acercarse para hacer una ofrenda mientras está en estado de ebriedad, sugiere que tal vez en eso consistió el pecado de Nadav y Avihú, quienes se intoxicaron para alcanzar un estado de éxtasis antes de la ofrenda. Según otra versión, ofrecieron opiniones legales en la presencia de sus mayores: Moshé y Aharón.

Es posible que la Torá deseara destacar que el líder tiene que responder a una disciplina más severa, porque su conducta sirve de ejemplo para el colectivo. Yom Kipur, a través de su cualidad de “santidad”, se convierte en un vehículo para la obtención del perdón. En el caso del pueblo, en general, nuestro texto hace una advertencia acerca de las relaciones sexuales incestuosas prohibidas, como otra conducta relacionada con el concepto de santidad. Es interesante destacar la relación entre dos palabras provenientes de la misma raíz: Kadosh y Kedeshá, la primera se refiere a la santidad y la segunda denota a la prostituta utilizada en el culto idólatra. De acuerdo con la tradición judía, la santidad y la desviación sexual son cualidades opuestas, no pueden convivir.

Tal vez por ello, el tema de la lectura de la Torá de la tarde de Yom Kipur se refiere a las relaciones sexuales ilícitas. Por otro lado, el judaísmo considera al matrimonio como el estado ideal para el hombre y la mujer, en cumplimiento de la primera mitsvá que recibió Adam: “Perú urevú umil’ú et haárets”, multiplicar la especie humana para cubrir todos los rincones de la tierra.

A tal fin se realizaban encuentros entre los jóvenes en edad de casarse al concluir el día sagrado. Es posible que ésta sea una razón adicional para la escogencia de la lectura de la tarde, que servía para alertar cuáles parejas eran aceptables, y así descartar las relaciones incestuosas.

Dado que la Torá no menciona el estado matrimonial de Nadav y Avihú, hay quienes sugieren que su pecado consistió en negarse a contraer matrimonio. Consideraron que no había doncella merecedora de sus atenciones. Tal vez pensaron que su misión sacerdotal era incompatible con las relaciones matrimoniales cotidianas. Pero al relacionar Kedushá con el comportamiento sexual, la Torá destaca que la santidad no debe referirse exclusivamente a la relación del hombre con Dios. A diferencia de otras confesiones, el judaísmo exige que el Kohén también forme su propio hogar, porque la Kedushá no debe permanecer aparte, en un nivel celestial.

Al contrario, se debe propiciar el intercambio, que la Kedushá penetre en la vida cotidiana de la persona. De manera similar, la Teshuvá, el arrepentimiento y la expiación por los pecados, no debe centrarse tan sólo en el día de Yom Kipur. El espíritu de la fecha sagrada debe sobrepasar el límite de ese día para influenciar el comportamiento del individuo durante el resto del año.

KEDOSHIM  /  LA OTRA CARA DE LA SANTIDAD

El mensaje del éxodo de Egipto es clarísimo: ningún pueblo puede esclavizar a otro pueblo, la libertad es un derecho inalienable, así lo afirma la Constitución estadounidense y lo reafirma la nueva Constitución venezolana. Debido a que éste es un mensaje fundamental, la Torá insiste en condenar la inmoralidad de la conducta egipcia, su culto a la muerte e insensibilidad ante el sufrimiento humano. La salida de Egipto era necesaria para mantener en alto el sentimiento de dignidad de los hebreos, pero simultáneamente tenían que alejarse de ese entorno para no contagiarse de sus aberraciones morales. Por ello, Dios envió a Moshé a que los salvara de la servidumbre egipcia.

La meta del éxodo era igualmente clara: arribar a la Tierra Prometida, a Canaán. ¡Cuán dolorosa había sido para Moshé la decisión divina de impedirle el acceso a esa tierra! Mientras que Moshé había sido el fiel emisario para enfrentar al faraón y conseguir su consentimiento para el éxodo, la entrada a la Tierra Prometida exigía un liderazgo diferente: joven y audaz, liderazgo que asumió Yehoshúa.

Aunque Moshé no dirigiría la entrada a Canaán, sus últimos discursos consistían en advertencias para el pueblo, a fin de que no adoptara las costumbres idólatras de los cananeos.

Si por un lado Dios los sacó de Egipto debido a la inmoralidad que permeaba su ambiente, ¿por qué los condujo a Canaán, una tierra sumida en la idolatría y todo tipo de desviaciones e inmoralidades? ¿Se estaba cambiando acaso malo por peor? La respuesta estaba en el monte Sinaí, lugar dónde recibieron un instructivo que sería un antídoto, una vacuna contra el contagio de la inmoralidad: los Diez Mandamientos.

Entre el éxodo de Egipto y la entrada en la Tierra Prometida, tuvieron la experiencia de la Revelación Divina en el Sinaí. Se abría ahora un nuevo espacio: Kedushá, la santidad.

Se instituyó un sistema de sacrificios que servirían para echar puentes, para acercar al hombre a Dios. La edificación  del Mishkán, como símbolo de la Presencia de Dios en la comunidad, sería un recordatorio del Berit, el pacto entre el hombre y Dios. Atá bejartanu, Dios había escogido al pueblo hebreo para que fuera su mensajero, el portavoz que tenía la responsabilidad de invitar a la Humanidad a que reconociera al único Dios como creador del universo y diseminar la idea de kedushá por los confines de la tierra.

Esta kedushá tenía dos aspectos. El primero consistía en el korbán y el kohén, el Mishkán y las festividades. Así encontramos que el día más sagrado, Yom Kipur, incluye al Kohén

Gadol y al korbán: el sacrificio. La santidad de ese día, aunada a los elementos mencionados, “abre la puerta” de entrada al Kódesh HaKodashim, el lugar más sagrado del Mishkán.

El segundo aspecto de kedushá se manifiesta en nuestro texto mediante una serie de ordenanzas de carácter social que se refieren a la relación entre el hombre y su prójimo, y su conducta sexual. Por ejemplo, dejar intacta una esquina del campo para que el pobre pueda alimentarse, no mentir, ser imparcial en el juicio, no vengarse, ayudar al forastero, son instructivos cuyo cumplimiento produce la kedushá personal.

Existe el aspecto ritual de la kedushá que gira alrededor del Mishkán y las festividades, pero también existe la kedushá individual, que es el resultado de un comportamiento de acuerdo con valores morales y espirituales.

Mientras que en el Mishkán, y luego en el Beit HaMikdash, con los korbanot que allí se ofrendaban, el feligrés era básicamente un espectador y adquiría kedushá por medio de su presencia y participación pasiva en el ritual; en el segundo caso, para adquirir kedushá, tenía que ser el actor principal, totalmente participativo.

Al considerar que Moshé fue el “emisario” de Dios para

el éxodo de Egipto y por ello no está mencionado en la Hagadá que recitamos la noche del Séder de Pésaj, con la excepción de una cita bíblica, el pueblo hebreo tuvo un papel pasivo, como si hubiera sido forzado a salir de la esclavitud.

Así interpretan algunos exégetas las primeras palabras del texto bíblico: Beshalaj Paró et haam, “Cuando el faraón expulsó al pueblo”, como si los hebreos hubieran tenido que ser empujados para salir, hecho que se puede deducir de su expreso deseo de volver a Egipto ante cualquier adversidad en el desierto. Por otro lado se observa que la entrada en la Tierra Prometida se realizó por la conquista. Esta vez Dios inspiró, pero fueron nuestros antepasados quienes tuvieron que batallar y luchar para poder poblar la tierra de Canaán.

Aunque Canaán presentaba inmoralidades tales como las que se practicaban en Egipto con algunas modalidades adicionales de idolatría, ya los hebreos habían cambiado.

Dios había enseñado al pueblo hebreo el camino de la kedushá; ahora sabían que la santidad era también una función de sus acciones. El ambiente de Canaán sería muy peligroso y demoraría siglos hasta que se pudiera extirpar el paganismo, tal como lo testimonia el libro de Melajim que relata cómo, en la época del rey Yoshiyahu, el kohén Jilkiyahu encontró en ejemplar del Séfer HaBerit el texto sagrado que fue leído ante la congregación, para luego expulsar los vestigios de idolatría que se encontraron en el Beit HaMikdash. En la época del segundo Beit HaMikdash desaparece totalmente la idolatría pero surgen nuevos desafíos: ahora será sinat jinam, el odio gratuito que tendrá que ser conquistado, porque la lucha espiritual es constante. Tal como la libertad física tiene que ser reconquistada en cada generación, de manera similar la lucha interior del hombre contra la tentación también es una constante. Sólo los ángeles celestiales están libres de la incitación al pecado. Ser humano quiere decir escoger, diferenciar entre lo que es moral y lo que no lo es, entre la solidaridad y el egoísmo, entre la mezquindad y el altruismo.