LOS ESFUERZOS FÚTILES DEL FARAÓN

SHEMOT

Shemot quiere decir nombres, nomenclatura que destaca la importancia que la Torá otorga al nombre de la persona o del lugar, porque generalmente revela alguna característica fundamental. Por ejemplo, el primer hombre es designado como Adam porque proviene de la tierra, que en hebreo es adamá.

La designación Shemot es la primera palabra significativa del texto que empieza con la frase Veele Shemot… Sin embargo, en el relato del nacimiento de Moshé, la Torá narra que un hombre de la tribu de Leví tomó a una mujer de la misma tribu y describe cómo escondieron durante tres meses a su recién nacido varón, sin mencionar los nombres de estos tres personajes. Tal vez la intención fue poner la lupa sobre los sucesos, el hecho de que los padres llegaran al extremo de colocar a su bebé en una cesta para que navegara el río y encontrara un destino diferente. Aparentemente, el riesgo que revestían las aguas del río era preferible a la sentencia mortal ordenada por el faraón contra los recién nacidos varones.

Se desconoce cuál había sido el nombre que los padres dieron a este bebé, porque el nombre Moshé le fue dado por la hija del faraón, cuyo nombre tampoco es mencionado.

Varios exégetas suponen que el nombre Moshé es de origen egipcio, porque si se hubiera utilizado el idioma hebreo su nombre debería haber sido Mashui, que quiere decir “sacado” de las aguas. Tal vez el nombre Moshé no se refiere a su rescate de las aguas, sino a su futura trayectoria, que será la de extraer al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia.

La suerte de Moshé fue una consecuencia de las normas que los egipcios impusieron para frenar el crecimiento de la población hebrea, porque temían que en el momento de una incursión enemiga proveniente del exterior, los hebreos se convirtieran en aliados de los invasores. En este sentido, el faraón esclavizó a los hebreos, pensando que el trabajo forzado también frenaría la procreación, ya que los hombres estarían secuestrados la mayor parte del tiempo en los terrenos donde se erigían las construcciones faraónicas. No obstante, los hebreos continuaron multiplicándose de manera exponencial. Según el Midrash, eran muy comunes los nacimientos múltiples.

Si el único objetivo hubiese sido frenar el crecimiento poblacional hebreo, habría sido más eficiente eliminar a las mujeres. Pero en la mente de la gente de la época, incluso la del faraón, los hombres representaban la fuerza, los integrantes de un ejército que podría unirse a los posibles invasores.

Frente al continuo incremento del número de hebreos, el faraón exigió que las comadronas que atendían a las mujeres hebreas asesinasen a los varones recién nacidos inmediatamente después del parto. Pero la Torá relata que las comadronas desobedecieron el instructivo y, de esa manera, se convirtieron en las pioneras en desacatar una orden real.

Alegaron que las mujeres hebreas daban a luz por sí solas, porque eran muy fuertes. En realidad, mintieron, hecho que merece ser evaluado: ¿acaso la mentira es admisible cuando la supervivencia del colectivo está en peligro? De todas maneras, su valentía fue recompensada, porque de acuerdo con el texto bíblico, tuvieron descendencia que formaría parte liderazgo futuro del pueblo.

El faraón no descansó en su intento de mermar el crecimiento de los hebreos; además, había sido advertido por sus astrólogos de que el “salvador” de los hebreos estaba por nacer. Debido al desacato de las comadronas o su complicidad con las parturientas, el faraón ordenó que los varones fueran arrojados al río inmediatamente después de su nacimiento.

Los padres de Moshé pudieron esconder al recién nacido, porque de acuerdo con una antigua tradición, el bebé había nacido unos meses antes de que se completase el período de gestación. Al no poder ocultar más el evento, los padres optaron por colocar al recién nacido en una cesta sobre las aguas del río Nilo.

El relato bíblico demuestra la interacción entre Dios y el hombre. El pueblo hebreo percibe que Étsba Elohim, el “dedo de Dios” está presente en los acontecimientos, pero al mismo tiempo leeremos una instrucción Divina, cuando se advierte el peligro de las hordas egipcias que les persiguieron después del éxodo. Dios instruye: Daber el Benei Israel Veyisáu, “dile al pueblo que emprenda la travesía”. El pueblo no podía apoyarse únicamente en eventos milagrosos, tenía que tomar iniciativas, hecho que sale a relucir en el sobresaliente liderazgo de Moshé.

INDIVIDUALISMO Y ASIMILACIÓN

Parashá SHEMOT

El nombre de la persona no es accidental, manifiesta generalmente alguna característica básica del individuo. Así lo estima el texto bíblico. Empezando con el primer hombre, cuyo nombre reflejó el hecho de que fue hecho de la tierra.

Su nombre es Adam, porque adamá quiere decir tierra. Los hebreos fueron fieles a esa tradición y no cambiaron sus nombres cuando llegaron a Mitsráyim, Egipto. Siglos más tarde, cuando llega el momento del éxodo de esas tierras,observamos que continuaron manteniendo sus nombres originales. Este hecho fue uno de los méritos –o tal vez causas– del éxodo: mantuvieron su identidad a través del nombre, no sucumbieron a la tentación de la asimilación.

Esta idea está implícita en el primer versículo que reza: “Ele shemot… habaim Mitsraima”, “Estos son los nombres de los hijos de Yaacov, habaim, que vienen a Egipto”. En realidad, los hebreos se habían residenciado en esa tierra tiempo atrás; por lo tanto, sorprende el uso del vocablo habaim, “que vienen”, tal como si fuera un evento que se realizaba en aquel momento.

De acuerdo con el Midrash, después de la muerte de Yosef, los hebreos perdieron influencia en la corte y los egipcios empezaron a tratarlos tal como si hubiesen llegado recientemente al país.

En lugar de hacer referencia a la actitud de los egipcios, tal vez el vocablo habaim alude al comportamiento de los hebreos que no se asimilaron al medio ambiente y permanecieron fieles a la tradición de los patriarcas, portándose como si hubieran arribado a Egipto en aquellos días.

Por mantener su individualidad, con nombres y vestimentas diferentes, tradiciones e idioma propios, algunos egipcios probablemente dudaron de la lealtad de los hebreos.

La figura de Yosef contradice este argumento, porque gracias a su visión y facultades gerenciales, Egipto pudo superar la hambruna y ayudar a sobrevivir a toda la región; no obstante la pobreza de las cosechas de los siete años, simbolizados por las vacas flacas. La contribución de Yosef fue determinante y su comprobada lealtad a la suerte de los egipcios indujo al Faraón a designarlo como el regente de su corte.

Cabe reflexionar acerca de este tema: ¿un grupo puede hacer una contribución mayor al colectivo cuando mantiene intactas sus tradiciones ancestrales, o cuando se integra totalmente a la mayoría? Se puede argumentar que el patrimonio cultural e intelectual de la sociedad es directamente proporcional a la diversidad, a los aportes específicos e individuales de cada uno de sus integrantes.

Una de las razones fundamentales para que el hebreo mantenga su identidad y no se asimile al medio es la misión que Dios le encomendó: ser una luz para las naciones. Este imperativo será mencionado de manera explícita en la Torá, que ordena que los hebreos deban constituir un Mamléjet kohanim vegoy kadosh, “un reino de sacerdotes y un pueblo sagrado”.

Esta misión o escogencia del pueblo hebreo implica más que una distinción, la responsabilidad de servir como ejemplo para los otros pueblos. No es cuestión de privilegio, sino de servicio.

Sin embargo, cabe destacar que no todos los hebreos se mantuvieron en Egipto fieles a la tradición de los patriarcas. Hay quienes interpretan la palabra vajamushim, utilizada en el momento del éxodo como indicación de que sólo ejad mejamishá (“uno de cada cinco”) salió de Egipto. Aparentemente, el ochenta por ciento de los hebreos se integraron completamente al ambiente egipcio, fueron asimilados del todo. Porque la tentación de adoptar la cultura más importante de la época, la cultura egipcia con sus avances en la astronomía y la escritura, invitaba a los hebreos a abandonar el supuesto primitivismo de su ideal monoteísta.

La tensión entre la integración y el individualismo es el tema que acompañará al pueblo judío a través de la historia, en los sucesos que condujeron a la celebración de Purim y en los eventos que acompañaron a la rebelión de los Jashmonaim, hechos plasmados en la festividad de Janucá. Incluso en nuestros días, la asimilación luce como la mayor amenaza para la superviviencia del pueblo judío.

EL REINO ES DE DIOS

Shoftim

Los regímenes occidentales modernos dividen los poderes gubernamentales en tres categorías: ejecutivo, legislativo y judicial. En el caso de la tradición judía, el poder legislativoestá limitado a la interpretación de la Ley de la Torá, que es estudiada constantemente para encontrar la respuesta a una situación económica o social nueva. El poder judicial está en manos de los Batei Din, las cortes rabínicas que escuchan deciden los litigios, encabezados por el Sanedrín. En tiempos bíblicos, el poder ejecutivo estaba en manos del rey, porque una de las primeras mitsvot después de la conquista de la Tierra Prometida era la elección de un rey.

Nuestros capítulos reglamentan la escogencia del rey. Primero, el rey tenía que ser un individuo perteneciente al pueblo hebreo. Por lo tanto, el rey Herodes, que no había nacido de vientre judío, tuvo que ser confirmado por los sabios que exclamaron: “Eres nuestro hermano”. Herodes, para consolidar su mando, se había casado con una princesa hebrea, Mariamne, nieta del rey Hyrcanus II. Además, dice nuestro texto, no debería tener ni muchos caballos, ni muchas esposas, ni demasiado oro y plata.

Una ordenanza específica que el rey tenía que cumplir era escribir un ejemplar de la Torá que debía acompañarlo en todo momento, seguramente como un recordatorio de que todas sus acciones ejecutivas tenían que estar en concordia con los dictámenes del texto sagrado.

El rey también era un juez ante quien se podía apelar la decisión de un Beit Din y, según Maimónides, era el gran estratega en el momento de la guerra. El primer rey, Shaúl, fue ungido por el profeta Shemuel, quien accedió a la petición del pueblo. El texto bíblico del profeta Shemuel relata que los “mayores” se acercaron al profeta con la petición de que nombrara un rey “para juzgarnos, como en todas las naciones”. La reacción de Shemuel fue negativa y advirtió que el rey impondría impuestos adicionales. Pero en última instancia aceptó la petición y Shaúl inició el reino en Israel, pero no estableció una dinastía.

David fue el rey que sucedió a Shaúl y de ese momento en adelante, la estirpe de David ocuparía el trono, salvo en algunas ocasiones. La reacción inicial del profeta Shemuel saca a la superficie la posición ambivalente del judaísmo ante la elección de un rey. Algunos argumentan que la petición de “ser como todas las naciones para conducirnos en la guerra” va en contra del espíritu del judaísmo que, en efecto, desea diferenciarse de otros pueblos. Mientras que los “mayores” sólo querían cumplir con el instructivo de la Torá, los amei haárets, los “ignorantes” de la ley, desearon que fuera quien los condujera en caso de alguna guerra.

Más aun, la elección de un rey como autoridad suprema retaba frontalmente la supremacía del Creador. No se debe olvidar que el pueblo hebreo había sido “escogido” para llevar el mensaje de Dios a la Humanidad. Por lo tanto, para ese pueblo, quien debía tener la última palabra en cualquier circunstancia era Dios. El rey del pueblo hebreo era Dios. Sólo Él es Avinu Malkenu: “nuestro Padre, nuestro Rey”, tal como lo repetimos numerosas veces en los rezos de los Yamim Noraim.

El reinado tuvo sus altibajos en la historia del pueblo judío. Algunos se destacaron por sus cualidades morales yespirituales. En cambio, muchos reyes, embriagados por el poder, abandonaron la tradición ancestral y permitieron la intromisión de “cultos extraños” en el Beit HaMikdash. Sin embargo, la figura del rey David ha quedado incrustada en el alma del pueblo, de tal manera que se canta loas al “mélej jai vekayam”, al rey David que posee vida para siempre.

No obstante, esta nostalgia por el rey y por el reino son claramente un producto del pasado doloroso del pueblo judío. Con el establecimiento de Medinat Israel, nuestro anhelo ha dado un vuelco y nuestro deseo actual es que este estado continúe con su vertiginoso desarrollo en un entorno de paz con un horizonte prometedor.

La misión de Moshé

Parashá SHEMOT - Éxodo I - VI,1

IMG_0213Estos son los primeros capítulos del segundo libro de la Torá que se denomina Shemot, que quiere decir Nombres. Para la Biblia el nombre de una persona no es arbitrario. Tiene una significación importante. Por ejemplo, nuestros jajamim afirman que fuimos salvados de Egipto por varias razones, siendo una de ellas el hecho de que no cambiamos nuestros nombres. Hay quienes señalan que a través de los nombres que las personas asumen es factible reconocer el grado de asimilación de un grupo a la sociedad mayoritaria. El hecho de haber conservado los nombres hebreos, es una demostración de la resistencia del pueblo judío de aquella época a asimilarse a la sociedad egipcia y de su apego a los patrones culturales y religiosos de los patriarcas.

En la Biblia se le concede un énfasis particular al significado idiomático de los nombres. El primer hombre se llama Adam porque fue formado de la adamá, que es la tierra. Su esposa recibe el nombre de Javá, porque es la madre de toda jai, que quiere decir un ser viviente. Hay quienes explican que el nombre Javá proviene de una raíz hebrea que quiere decir expresar o verbalizar conceptos. La capacidad intelectual del habla no consiste únicamente en traducir procesos mentales a palabras. La ciencia de la lingüística enseña que el lenguaje es el producto de un mecanismo intelectual sumamente complejo. A través del uso de las palabras se expresan ideas las cuales, en esencia, son construcciones mentales. Pero es válido igualmente afirman que el lenguaje genera ideas nuevas las cuales en ausencia de un lenguaje no podrían concebirse.

Con la desaparición de la generación de Yosef y sus hermanos, se empiezan a sentir nuevas corrientes en Egipto. Los hebreos habían prosperado y se habían multiplicado. Cuando todo está bien, suelen presentarse los problemas. Vayákom mélej jadash, “y se erigió un nuevo rey” que no quiso reconocer el aporte de Yosef al bienestar del país. Nuestros jajamim tienen opiniones divergentes con referencia a este nuevo rey. Algunos dicen que se trata efectivamente de un nuevo monarca que asciende al trono. Otros sostienen que el mismo rey sufrió un cambio. El rey siguió siendo el mismo. Pueda que esta sea la raíz del dicho popular en yídish que afirma men tor nit beten oif a náyem mélej, “no se debe orar por un nuevo rey”.

¿En qué consiste el argumento de este nuevo rey? El Faraón teme que en caso de una guerra, los hebreos pudieran plegar sus energías a las de los enemigos y vealá min haárets, “y ascienda de la tierra (abandone Egipto)”. Es cierto que nuestros antepasados fueron colocados en la abundancia en la tierra de Goshen, pero en realidad eran prisioneros en una especie de ghetto dorado. El Faraón sospechaba que nuestros antepasados podrían aprovechar un estado de guerra para escapar de su cautiverio, a pesar de la fertilidad de la tierra de Goshen. La política egipcia consistió, entonces, en cambiar radicalmente la condición económica de los hebreos, obligándolos al trabajo forzado, aumentando periódicamente el rigor de las tareas, sin darles compensación alguna. El plan del Faraón buscaba, probablemente, que los hebreos olvidaran su preocupación por los derechos humanos básicos y la noción de la libertad, haciendo todo lo posible para dificultarles la satisfacción de sus necesidades básicas. Hay quienes argumentan que incluso en estos tiempos, resulta una forma aberrante de sometimiento, y esa es la política de los gobiernos represivos, haciendo que la atención de sus ciudadanos se concentre en la adquisición de sus necesidades más básicas, quitándoles así, el tiempo y la energía necesarias para luchar por valores más altos: la libertad y los derechos humanos consagrados.

El Faraón continúa preocupado ante la posibilidad de que el pueblo judío se reproduzca rápidamente y pueda representar una amenaza irreprimible tanto por su decidida voluntad y como por su creciente índice de natalidad. Se proclama entonces un nuevo edicto que exige que las comadronas a todo varón hebreo en el momento de su nacimiento. En vista de que esta orden no es acatada con el suficiente rigor, la misma es modificada exigiendo que todo varón recién nacido sea arrojado al río.

         Vayélej ish mibeit Leví, vayikaj et bat Leví; “entonces un hombre perteneciente a la casta de Leví tomó a una hija de Leví”. Este versículo es notable porque da testimonio de la valiente decisión de continuar con una vida familiar normal, aun bajo la amenaza de tener que perder algún hijo en esa unión. Nuestros jajamim señalan a esta pareja, que decide reiniciar su vida conyugal como los futuros padres de Moshé, destinado a liberar a nuestros antepasados del yugo egipcio. Miryam, la hija mayor de esta pareja de la tribu de Leví, había cuestionado la decisión de sus padres por no llevar una vida de pareja, debido a la orden faraónica. El Faraón ordenó la muerte de los varones, únicamente argumentó Miryam, pero una decisión tan tajante, tampoco daba la posibilidad de procrear niñas. Este diálogo alegórico sirve para darle mayor énfasis a la firme resolución de Amram, el padre de Moshé, de no aceptar que un tirano paralizara el desenvolvimiento esencial de una sociedad y no permitir que agrediera la dignidad humana aun bajo la amenaza de muerte. En este siglo, en ausencia de toda noción de moralidad bajo los Nazis, aun en los mismos campos de concentración, hubo quienes que trataron de llevar una vida conyugal “normal” a pesar de las ominosas consecuencias que esto implicaba.

Tres meses después de nacido, Moshé es colocado en una cesta y echado al Nilo. La hija del Faraón escucha su llanto y identifica como uno de los niños hebreos. Según nuestros jajamim ella reconoce su condición de hebreo porque había sido circuncidado y eventualmente le da el nombre Moshé, porque fue sacado de las aguas. El rescate de Moshé es presenciado por Miryam, quien le sugiere a la hija del Faraón que puede conseguirle una mujer hebrea para amamantar al bebé. De tal modo, Yojéved, la auténtica madre de Moshé, continúa cuidándolo. Una vez terminado el período de la lactancia, Moshé se residencia en el palacio del Faraón.

Ya en posición importante en la Corte del Faraón, Moshé decide ver con sus propios ojos la situación de sus hermanos hebreos. Moshé mata a un capataz egipcio que maltrataba a un hebreo. Al día siguiente, cuando desea intervenir en una disputa entre dos hebreos, (según nuestros jajamim se trata de Datán y Aviram que participarán en la futura rebelión liderizada por Kóraj) su autoridades, cuestionada demostrando que su acción del día anterior era de conocimiento público. Aparentemente, Datán y Aviram lo denuncian ante el Faraón. Moshé decide huir de Egipto y se dirige a Midyán, donde se casa con Tsiporá, hija de Yitró. Allí se convierte en pastor de ovejas. Un día- que será decisivo para la historia de nuestro pueblo- Moshé tiene la visión de una zarza ardiente que no se consume y la imagen de un ángel que surge del fuego. Moshé escucha la voz de Dios que le encomienda regresar a Egipto para sacar a sus hermanos de la esclavitud, pero deberá castigar a los egipcios por su crueldad. Moshé llega a Egipto y visita frecuentemente la corte. Se produce el azote de las diez plagas porque el Faraón no cumple las promesas que hace para librarse de los fuertes castigos que Dios le impone a él y a su pueblo.