BIKURIM Y MAASER

KI TAVÓ

El Talmud describe con abundancia de detalle cómo se realizaba la ceremonia de los Bikurim, la presentación de los primeros frutos al Kohén. La Torá encomienda los Bikurim como la primera acción que se debe efectuar después de heredar y poblar la Tierra Prometida. La gente de todos los confines de esa tierra debía reunirse en lugares predeterminados para hacer el peregrinaje a Yerushaláyim. Una vez en la ciudad sagrada, eran recibidos por los que allí residían con acompañamiento musical. Después de indagar acerca de su bienestar, los residentes de Yerushaláyim los acompañaban al Har HaBáyit, el monte sobre el cual estaba construido el Beit HaMikdash, donde ofrecerían los primeros frutos al Kohén.

¿Cómo se obtenían estos frutos? De acuerdo con el Talmud, las personas caminaban por sus respectivos campos para examinar el desarrollo del crecimiento de los frutos.

Cuando observaban un fruto maduro en un árbol, ataban una cinta al fruto exclamando: “Este fruto está destinado a Bikurim” y así sucesivamente con los higos, dátiles y demás frutos. ¿Cuál es la cantidad apropiada de frutos para esta ofrenda?

De acuerdo con la Mishná, no se asigna a la mitsvá de Bikurim una cantidad específica. Pertenece a Elu devarim sheein lahem shiur, el grupo de elementos cuya cantidad depende de la persona, de la bondad de su corazón. Así como no hay un límite prescrito para el número de visitas a un enfermo, o para la ayuda que la persona puede ofrecer para asistir a una joven para que pueda casarse, no existe una cantidad fija para este tipo de actividad o ayuda. O sea, que se podía cumplir con esta mitsvá con un monto pequeño.

La ceremonia de los Bikurim contrasta con la que se realizaba para el Maaser, el diezmo del producto de la tierra o un valor equivalente, que cada persona tenía que entregar al Leví. Además había otro diezmo que se debía consumir en Yerushaláyim y un diezmo adicional para el pobre. Durante cada seis de los siete años de un período de Shemitá, el año sabático de descanso para la tierra, se debía ofrecer dos de los mencionados diezmos anualmente. O sea, al menos un veinte por ciento de la producción agrícola. No obstante que se trataba de una cantidad significativa, en el momento de la ofrenda del Maaser no había acompañamiento musical.

La ceremonia era reservada. ¿Por qué? El examen de los dos eventos demuestra ciertas diferencias cruciales. Mientras que el Maaser era la ofrenda de un diezmo de la cosecha, o sea cuando el producto de la tierra estaba almacenado y resguardado para ser consumido durante el resto del año, Bikurim se practicaba al principio, cuando no se conocía aún cuál sería la cantidad o calidad de la cosecha. El Maaser era un aporte por lo que se había recibido. Bikurim representaba la esperanza por lo que traería el futuro. Bikurim era una demostración de fe acerca de lo que Dios proveería, una apuesta por el futuro. Bikurim es la disposición a compartir, incluso cuando aún no se ha totalizado el fruto de la tierra, mientras que Maaser tiene que ver con lo que está acumulado.

Estos capítulos son leídos durante el mes de Elul, la víspera de Rosh HaShaná. El momento en que, de manera simbólica, están abiertos los libros en los cuales se “escribirá” quién vivirá y quién morirá, quién gozará de salud y quién enfermará. Para ser inscritos apropiadamente se necesita méritos, una cosecha de buenas acciones, generosidad y solidaridad con el prójimo.

Pero sobre todo, Rosh HaShaná es incertidumbre y esperanza acerca del mañana. Una especie de Bikurim que es la práctica de la ofrenda, incluso cuando se desconoce lo que el futuro presentará. Es un acto de fe sobre la bondad Divina, del Dios dispuesto a perdonar los deslices del pasado, que apuesta por una mejora en el comportamiento futuro de la persona.

El Maaser y los Bikurim no tienen la misma vigencia en la actualidad porque no se ha reconstruido el Beit HaMikdash.

Sin embargo, son instructivos que deben servir de ejemplo para la conducta humana. Muchas personas apartan una décima parte de sus ingresos para Tsedaká, la ayuda al prójimo y a la comunidad que le otorga la posibilidad de educar a sus hijos, que provee las herramientas e instituciones para el desarrollo de una vida de acuerdo con las mitsvot de la Torá, tal como las interpretaron los jajamim, cuyas opiniones fueron recogidas en el Talmud.

LA HORA DE LA SIEMBRA

Parashá - KI TAVÓ

Sin descartar su desengaño personal por no poder conducir al pueblo hebreo en el proceso de la conquista de la Tierra Prometida, Moisés estaba preocupado por la posibleinfluencia negativa que ejercerían los pobladores de Canaán a través de su culto idólatra. Por ello adelantó una serie de instructivos, cuyo objetivo era señalar que la tierra responde directamente al comportamiento humano. La cosecha no dependía de ningún tótem o ídolo a quien debía ofrecérsele ofrendas o sobornos. Mientras que el hombre ara y siembra, cuida y riega, en última instancia quien induce a la tierra para que brinde su fruto es únicamente Dios. En reconocimiento de este hecho instruyó que se hiciera la ofrenda de los primeros frutos para el Kohén, durante una ceremonia en la cual el agricultor tenía que reconocer que no sólo el producto de la tierra sino el desenvolvimiento de los hechos históricos responden a la voluntad de Dios. ¿Acaso Dios no los había liberado de la esclavitud egipcia? Al escuchar el gemido de su dolor, rompió las cadenas de su servidumbre.

La entrega de los primeros frutos, Bikurim, debe ser un momento de Simjá, alegría espiritual que se produce cuando se comparte con el Leví a quien no se le asignaría una porción durante el reparto de las tierras, y el extranjero, que tampoco podía poseer la tierra, ya que ésta sería dividida para siempre entre las tribus después de la conquista. La enseñanza es clara: no se puede tener Simjá auténtica mientras el vecino padece de hambre. Se alcanza el estado de Simjá solamente cuando se comparte con el menos afortunado.

Aunque el pueblo hebreo recibió la Tierra de Israel por decisión divina, virishtá veyashavta ba: para heredarla, tenía que habitarla. El pueblo hebreo estaba entrando en una´ segunda etapa de su historia nacional. Tanto durante el éxodo de Egipto como en la revelación en el monte Sinaí, el pueblo había tenido un rol pasivo. La promesa había sido HaShem yilajem lajem veatem tajarishún: Dios librará la batalla mientras ustedes permanecen en silencio. Ahora los acontecimientos tomaban otro rumbo: el pueblo tenía que  hacer” para heredar la tierra, tenía que tomar posesión de ella y defenderla de sus posibles enemigos.

Estas apreciaciones tuvieron eco en los albores del sionismo político de principios del siglo pasado. Mientras que a corriente central del movimiento sionista se preocupó porla adquisición de tierras mediante una negociación con los emires y potentados árabes, así como los grandes terratenientes que habían abandonado las tierras y que no habían visto ningún arado pasando sobre su superficie durante siglos, el movimiento sionista revisionista liderado por Zeev Jabotinsky proponía que la tierra tenía que ser habitada y defendida. Los títulos de posesión de nada servirían, el factor determinante sería el jaluts que estuviera “viviendo” sobre los terrenos adquiridos.

La Tierra Prometida no tenía solamente una ubicación geográfica específica. Israel tenía coordenadas espirituales con características sociales de avanzada. La décima parte del producto nacional tenía que ser aportada anualmente para el sustento de la tribu de Leví y los pobres que siempre existen en la sociedad. Si sumamos el diezmo que tenía que recogerse durante las festividades de Shavuot, Sucot y Pesaj, el aporte llegaba a sumar veinte por ciento. La viuda, el huérfano y el extranjero también tenían que gozar de laabundancia de la tierra, y solamente entonces habría Simjá.

Et HaShem heemarta, el pueblo hebreo había escogido a Dios, hecho que se traducía en Laléjet biderajav, transitar por Su camino, Lishmor jukav umitsvotav umishpatav, cuidar Sus ordenanzas (incluso cuando no las comprendemos), sus instructivos y dictámenes. Por otro lado, VaHaShem heemirjá: Dios te apartará para Él, para ser su pueblo escogido y convertirte en Am Kadosh LaShem, un pueblo consagrado para Dios.

Está claro que la escogencia del pueblo judío está condicionada por su comportamiento. El cumplimiento cabal de las mitsvot conduce a la escogencia de Dios. He aquí el secreto para todos los pueblos: para lograr el acercamiento a Dios y ser “escogido” por Él, se debe conducir una vida regida por el sentimiento de solidaridad con la viuda y el huérfanoy todos los desplazados por la sociedad.

Un arameo errante fue mi padre

Deuteronomio XXVI - XXIX,8 - Parashá KI TAVÓ

Una vez asentados en Israel, Moshé instruye a nuestros antepasados con respecto a sus obligaciones, a pesar de que él no los conducirá a la conquista de la tierra prometida. La primera de estas mitzvot tiene relación con los bikurim que son los primeros frutos (de las siete especies que caracterizan a la Tierra de Israel) que deben ser ofrecidos al kohén en el lugar elegido por Dios. La entrega de estos frutos está acompañado por un sipur, la recitación de varios versículos de nuestro texto que destacan que la Providencia guió nuestro destino desde el momento en que el patriarca Yaacov descendió a Egipto hasta el momento de la conquista.

Después de varios siglos de esclavitud y de una travesía nómada por el desierto, el pueblo estaba ansioso de labrar las nuevas tierras para poder alimentarse con el fruto de sus esfuerzos. Al igual que todo campesino, anticipaban intensamente la oportunidad de saborear los frutos que habían producido con su trabajo. Pero la Torá les exige que los primeros frutos destinen al culto religioso. La enseñanza es clara. El hombre tiene que reconocer que Dios, a través de la naturaleza, es quien hace crecer al fruto. El hombre ara, siembra y riega, pero para poder cosechar se requiere del vigor y de la posibilidad de reproducirse que la tierra le otorga a la semilla, todo lo que proviene de Dios.

La Torá no estipula la cantidad de frutos que deben ser presentadas al kohén en una cesta en el momento de los mencionados bikurim. El kohén podía retener la cesta si estaba confeccionada de mimbre, pero si era de algún metal debía devolverla al donante. El Talmud sugiere una cantidad mínima de frutas correspondiente a una sesentava parte del producto total. Rambam, basándose en elTalmud, describe el proceso de la selección de los primeros frutos. Al entrar al huerto, dice Rambam, se inspeccionan los árboles y se amarra una cinta sobre los primeros frutos, (incluso si todavía no están maduros), separándolos de esta manera para que formen parte de los bikurim. Uno mismo debe traer los bikurim a Yerushaláyim y no enviarlos a través de un mensajero. El kohén que recibía los bikurim, podía consumirlos únicamente en Yerushaláyim.

La tradición consiste en colocar la cesta sobre el hombro y según la Mishná, hasta el mismo rey Agripas lo hizo, cargando él mismo los bikurim una vez en el Har haBáyit, el Monte del Templo, hasta la azará, el interior del Beit HaMikdash. En aquel momento los leviyim entonaban el canto de las palabras del salmo, aromimejá HaShem ki dilitani…, “te ensalzaré, Eterno, porque Tú me has sostenido y no toleraste que mis enemigos se regocijaran de mi”. La cesta era presentada al kohén al mismo tiempo que se repetían unos versículos de nuestro texto a los cuales Rambam denomina vidui, que quiere decir confesión. Este vidui debía recitarse en hebreo y a su conclusión se colocaba la cesta al lado del mizbéaj, que es el altar.

En cambio, Shemá Israel, que es la afirmación básica de nuestra fe, puede ser recitada en cualquier idioma. Porque lo más importante es entender la idea contenida en Shemá Israel. Lo esencial es comprender el alcance intelectual de la afirmación de la existencia de un solo Dios. Pero, en el caso de los bikurim, hay un ceremonial esplendoroso y la misma entrega de los frutos al kohén contiene el mensaje esencial de que nuestros esfuerzos son vanos sin la Divina Providencia. En un principio, quienes conocían bien el texto que acompaña a los bikurim, lo recitaban de memoria, y los que no lo sabían, escuchaban su lectura. Pero dado que las personas que no conocían bien las palabras textuales empezaron a abstenerse de presentar los bikurim, los jajamim instituyeron que el texto original fuera leido en voz alta para todos, sin distinción alguna.

La Torá ordena que para la ceremonia de los bikurim, veanita veamartá, deba alzarse la voz y recitar, aramí oved aví, recordando que nuestro patriarca Yaacov había sido un arameo errante antes de bajar a Egipto. Durante el yugo egipcio, Dios escucha nuestro lamento y se hace eco de nuestro sufrimiento. Dios nos saca de la esclavitud y nos trae a la tierra donde fluye la leche y la miel. Y he aquí los bikurim, los primeros frutos obtenidos gracias a la bondad Divina que constituyen  motivo de regocijo y de alegría.

Como consecuencia del episodio de los meraglim, los espías, todos los que habían llegado a la mayoría de edad en Egipto, perecen en el desierto y, por lo tanto no participan en la conquista de la tierra. Los que ahora se encargan de presentar los bikurim son sus descendientes o aquellos que habían sido menores de edad en el momento de la salida de Egipto. El éxodo era entonces un hecho reciente en la historia de nuestro pueblo. Sin embargo, nuestros jajamim insisten en que las instrucciones de laTorá son válidas para todas las épocas y el texto original se debe repetir. Siglos después, cada uno se presentará delante del kohén recitando igualmente, aramí oved aví…, vayareu otanu hamitzrim vayaanunu,  “Un arameo errante era mi padre…, pero los egipcios nos maltrataron”. Esta afirmación implica que aún persiste, en cada persona, el sentimiento de haber sido maltratado por los egipcios, no obstante los muchos siglos que nos separan de esa época. De manera similar, Moshé Rabenu afirma en un capítulo anterior lo et avotenu karat HaShem et haberit hazot…, que quiere decir, no (sólo) con nuestros padres concertó este pacto (en el Monte Sinaí) sino (también) con nosotros, que estamos vivos aquí y ahora.

La noche del séder, recitamos en la Hagadá, jayav adam lirot et atzmó keilu hu yatzá mimitzráyim, que quiere decir que cada quien  debe considerar como si él mismo hubiese participado en el éxodo de Egipto. Hacemos un salto y nos ubicamos en el lugar y en la época de nuestros antepasados en Egipto. En efecto, recitamos estos mismos versículos de nuestro texto semanal y abundamos en detalles adicionales, para señalar que yetziat mitzráyim es un hecho  inseparable de nuestra formación y nacionalidad. Yetziat mitzráyim da testimonio de la intervención de Dios en la historia y de Su respuesta a nuestras súplicas. Sí  existe Quien responde a las plegarias y sí existe, Quien se interesa por los oprimidos. Especialmente en los momentos cuando sentimos la aparente ausencia de la divinidad, yetziat mitzráyim afirma que en el momento oportuno se da la intervención Divina.

La historia (religiosa e ideológica) del pueblo judío no consiste en un análisis de hechos y de pensamientos que pertenecen al pasado y que tienen posible influencia sobre nuestro presente y sobre nuestro futuro. Nuestra historia pasada es parte integral de nuestro presente. Los tiempos verbales no están claramente definidos en la gramática del idioma hebreo. Tal como ein mukdam umeujar baTorá, que quiere decir que el relato de la Torá no sigue un orden cronológico, en cierto sentido los sucesos que, en diferentes épocas, les acaecieron a nuestros antepasados son actuales y forman parte de nuestro presente.

Nunca permitimos que Israel perteneciera exclusivamente al relato de las hazañas de otros tiempos. En todo momento, Éretz  Israel era parte integral de nuestras discusiones y estudios, de nuestros escritos y oraciones. Elevamos nuestras plegarias por la lluvia en Sheminí Atzéret durante el largo exilio de casi dos mil años en el momento que ésta era necesaria para Israel, al igual que lo hubiéramos hecho de haber residido entonces sobre la Tierra Prometida. El exilio fue un hecho físico real. Pero idealmente, nunca abandonamos esa tierra. Por lo tanto, el retorno en nuestro tiempos aIsrael, no exigió ajustes emocionales trascendentales para el judío y tampoco se hizo necesario un período de consolidación social y política lo que para otros pueblos suele ser una realidad en la etapa inicial de su formación nacional independiente.